Como Huckleberry Finn decìa que su amigo el negro Jim era “blanco de alma”, yo creí, alentada por la humanidad desde muy chica, que a pesar de ser morena e inteligente, atributos de intelectual en los castings hollywoodenses, yo era rubia y tonta de alma. Es así. Sé que no soy rubia, pero merezco ser rubia. Sé que las rubias no son tontas, pero, ahora, partiendo de que soy rubia; nos merecemos ser tontas. Nos merecemos la piedad de una visión tonta de la vida. Pensaría menos pensamientos sin reconocimiento y mal pagos. Nos merecemos que nos crean, también las rubias, que de verdad estudiamos geopolítica y por eso publicamos nuestro análisis de la batalla de la Vuelta de Obligado, y que de verdad somos poetas líricas pero como no nos dan, no me dan ese reconocimiento, aquí estoy, ejerciendo a veces de humorista. Nunca me esforcé en aprender técnicas para ser humorista, aprendí a serlo atendiendo el teléfono. Para atender a Pérez-Reverte o al Doctor Troncoso Rodríguez hay que entender de absurdos. Uno me conocía, el otro no. Pero los dos me confirmaron lo que ya sabía: accidentalmente era morena e inteligente. pero idealmente, en mi esencia platónica, era rubia y era tonta.
Hablemos sólo de Troncoso Rodríguez.
Pasé todo el verano del 2005 despertando cada mañana de mis pocas horas de sueño atendiendo adormilada el teléfono, escuchando temerosa una voz estridente que gritaba ¿DOÑA PAUUULA RUUUUGERI? Habla el doctor Troncoso desde Londres.
Londres. El Doctor Troncoso presidía la SOCIEDAD PLANETARIA DE AMIGOS DEL ESCRITOR CLÁSICO y se comunicó conmigo por el trabajo que yo había realizado, en la Biblioteca Nacional, con la colección perdida del reconocido y fallecido autor Jorge Luis Lugones. No quiero más problemas, así que casi todos los nombres de la narración son ficticios y lo que relato también. En principio, se realizó en Londres en el 2004 una subasta de libros y objetos de Jorge Luis, de los cuales, se decía, unos pertenecían a la Biblioteca Nacional. Mi primer llamado del doctor Troncoso lo recibí para pedirme que fuera perito en el proceso judicial iniciado al librero que vendía uno de los libros.
Me confundió mucho. En la Biblioteca Nacional no habían querido ingresar los libros anotados por Jorge Luis porque la investigación la había hecho yo y yo era rubia y tonta. ¿Este hombre pensaba sin verme que era morena e inteligente?
Bueno, era genial. Viajaba a Londres, en el viaje un brebaje de la azafata me volvía inteligente, periciaba el libro rodeada de expertos y con lupa (me imaginaba las miradas lujuriosas de los expertos cuando me inclinaba sobre el libro, otro fruto de mi mente rubia y tonta) y justo, justo esa semana, ¡tocaba Paul en Londres! Pero me tuve que negar. Yo no conocía el ejemplar en cuestión y hubiera sido irresponsable mi actuación en el caso. Punto…pero no final. El doctor Troncoso se aficionó a llamarme.
—La Sociedad compró una casa, antigua, al lado del monasterio donde vivieron Chopin y George Sand…
—Una casa donde vivió Antonio Machado…
—Y donde se alojó Jorge Luis de joven…
—En un lugar llamado Valdemosa…
Cada mañana de ese verano me habló de la casa. Ya me había hablado de la subasta durante la primavera y me había enviado el catálogo de Bloomsbury por correo. Ahora me mandó un ramo de rosas amarillas con una cinta roja. Troncoso era español.
—Y queremos hacer una biblioteca, mucha gente importante está poniendo dinero…
Ya estábamos casi a fin de enero.
—Y yo quisiera que usted venga a vivir a Valdemosa con sus hijos y forme la biblioteca. ¿Me escucha bien Doña Pauuula?
Si. Lo había escuchado, yo estaba sin trabajo, por rubia y tonta… De golpe todo me parecía increíble y cruel. ¿Y mis afectos? ¿Y mi pareja?
Me mandó fotos de la casa y de Valdemosa a mi e-mail.
Y ya no mandaba rosas. Raudo, me mandó una tarjeta de crédito a mi nombre.
Empecé a despertarme. Busqué información sobre Valdemosa.
Hay una grosera frase que dicen los gauchos argentinos que es, en el fondo, muy sabia y dice, disculpen “¿Qué tiene que ver el culo con el mes de agosto?”
Bueno… ¿Qué tiene que ver el estudio de Jorge Luis Lugones con supongamos, el tráfico de personas? No lo sé, ni lo quise averiguar. Mientras, decidí que todo eso estaba algo podrido y mandé a Troncoso a conseguirse cocaína de mejor calidad.
Hace poco, en mayo pasado, me fracturé una pierna. Le dije a mi marido que pusiera en venta el catálogo de Bloomsbury dedicado por Troncoso en Mercado Libre y un libro repetido de Reverte con una dedicatoria apurada, “a la novia de Artagnan”. No mezclo a los dos personajes. Uno es un canalla (Troncoso) y otro un escritor que admiré en demasía y del que me distancié. Sigo guardando sus libros dedicados a Paula. Pero pensé que la venta, ya que no podía trabajar por el accidente sufrido, me podía servir.
Puse en venta las dos cosas. Con el catálogo me compré una bata lila (le especifiquè claramente a mi marido que la quería lila, que combina mejor con mi alma rubia) y el dvd original de Legalmente Rubia. Con el libro de Reverte mi marido me compró una buclera (¿qué hace una rubia sin bucles?) y el dvd original de Legalmente Rubia 2.
Mientras, la Biblioteca Nacional expuso la colección Borges iniciada por mí. Pero además de rubia y tonta, tenía la pierna en una bota Walker y sólo me movía por la casa, con muletas, con una bata lila y bucles imaginariamente rubios…
jueves 26 de enero de 2012
martes 17 de enero de 2012
DESENCADENADA
Pálida osadía
De la rosa abierta
Herida sin muerte
Por tan dulce flecha
Que vierte tan buena
Tan dulce violencia
Rosa que sola
Se estremece incierta
Corazón tan suave
Que añora su flecha
El licor más suave
El cazador más dulce
La noche embriagante
Y me visto de copa
Me visto de rosa
Me visto de ave
De la rosa abierta
Herida sin muerte
Por tan dulce flecha
Que vierte tan buena
Tan dulce violencia
Rosa que sola
Se estremece incierta
Corazón tan suave
Que añora su flecha
El licor más suave
El cazador más dulce
La noche embriagante
Y me visto de copa
Me visto de rosa
Me visto de ave
jueves 5 de enero de 2012
MI PEQUEÑA ALDEA GALA
Camino desde la gran avenida, que en realidad es una avenida de barrio, con comercios atendidos por sus dueños, muchas veces amables, otras quejosos, humanos que no necesitan que los humanicen. Prefiero que se quejen del calor, de los impuestos, del gato de la vecina o que me elogien el azul de la remera, el color de ojos, la cartera vieja, a que me digan como el vendedor trajeado dela inmensa empresa de medicina que visité ayer: Un hijo te cuesta ..y con la calculadora me dice...y luego otro hijo te cuesta...y vos decís que con estas personas quién quiere androides. Como decía, comercios de barrio, y yo caminé esta mañana las cinco cuadras que me separan del gran shoping pueblerino con el ambicioso objeto de hacerme con una cortina para la ducha. Todo son gracias y felíz año y camino contestando saludos. Tomo la calle soleada que me devolverá a mi casa. Veo la rotisería de siempre y aunque es difícil que me anime a comprarles con el olor a aceite quemado que se siente a lo lejos, igual me gusta mirarla. Es la casa de comidas fantasma. Comida hay, sino no habría olor a aceite. Pero en las mesas de fórmica, con manteles de papel y sillas de caño laqueado gastadas, nunca , nunca en cinco años vi a nadie comiendo. Pero ellos siempre, siempre cocinan,y pienso en esos comensales que tal vez espían desde la esquina, esperando que yo me aleje, para entrar. En la otra esquina en diagonal, veo que la zapateria del Mago del Calzado está cerrada. Durante un tiempo, el Mago del Calzado, un señor paraguayo muy culto, y yo, hicimos un canje benficioso para los dos: él me arreglaba zapatos, yo le pagaba con libros. Entre otros le pagué los tacos de unas botas con El crimen de la guerra de Juan Bautista Alberdi, el manifiesto del prócer argentino contra la criminal guerra del Paraguay en que intervino como invasor la Argentina además de Brasil. Una guerra de la que aún la tradición oral de las madres paraguayas cuenta historias terribles. Pero a mí se me terminaron los zapatos por arreglar y los libros que a Elvio podían interesarle y hace tiempo que no lo veo.
En esa esquina hay una avenida rápida y peligrosa, que autos y colectivos cruzan a gran velocidad y el humor del semáforo es cambiante.
Entonces me encuentro con mi primera ancianita
Es tan baja que casi no sobrepasa mi cintura. Es flaquita, parece muy anciana y muy viva. Me dice que se anima a cruzar cuando lo haga yo y me limito a darle el brazo. Mientras cruzamos me cuenta que fue a buscar chocolate, pero por el calor no había, que se quedó sin chocolate y que es hija de vascos-Por eso soy terca-concluye y concluye el peligroso paso por la temida avenida inquietante para mi, para ella un monstruo como un río con cocodrilos. "Muchas gracias..."y me alejo porque camino más rápido.
Entonces veo a la persona más deliciosa del barrio.
Tiene casi noventa años, alta y flaca. La primera vez que la vi tenía una bata acolchada verde. Era otoño y la calle estaba cubierta de hojas de árbol marrones. Señora, me llamó desde detrás de una reja. Estaba descalza y trepada a la ultima rendija de la reja, tenia el cabello largo y blanco suelto y lo sacudía el viento.-Señora-me gritó con voz en la que temblaba la indignación. "¿cuando va venir el intendente a sacar las hojas?" No me acuerdo que le dije. Gracias, recuerdo, me dijo compungida. "Las hojas ensucian todo".
Hoy estaba con un largo camisón blanco bordado tal vez hace décadas, con los pies descalzos doblados sobre la reja, las manos abrazando los barrotes y el pelo largo y blanco de siempre.
Señorita, gritó alborozada- qué lindo sombrerito.
Gracias, le dije. Llevo un sombrero de rafia porque el sol de Buenos Aires se ensaña con quienes pisan sus baldosas. "Es hermoss...", la oigo gritar a lo lejos...
Dos cuadras. Paso sin sobresaltos por el instituto de música,donde oigo tronar una bateria, por un taller mecánico, por una vidriería donde un hombre me pregunta ociosamente si tengo calor y por fin llegó a mi lugar favorito.
La esquina de casa.
En la pizzería Chaplin, Beto, que dejó la amargura con que lo retraté hace tiempo por un buen ánimo creciente desde que vende helado con la pizza, me sirve un vaso de agua fría. La cocinera está sentada en la calle tomando mate.
Y ahora entro en mi casa.Abro la bolsa de la cortina de baño. Es chica. No me sirve ¿pero me tiene que importar?
Fue otra mañana apacible en mi pueblecito galo particular.
En esa esquina hay una avenida rápida y peligrosa, que autos y colectivos cruzan a gran velocidad y el humor del semáforo es cambiante.
Entonces me encuentro con mi primera ancianita
Es tan baja que casi no sobrepasa mi cintura. Es flaquita, parece muy anciana y muy viva. Me dice que se anima a cruzar cuando lo haga yo y me limito a darle el brazo. Mientras cruzamos me cuenta que fue a buscar chocolate, pero por el calor no había, que se quedó sin chocolate y que es hija de vascos-Por eso soy terca-concluye y concluye el peligroso paso por la temida avenida inquietante para mi, para ella un monstruo como un río con cocodrilos. "Muchas gracias..."y me alejo porque camino más rápido.
Entonces veo a la persona más deliciosa del barrio.
Tiene casi noventa años, alta y flaca. La primera vez que la vi tenía una bata acolchada verde. Era otoño y la calle estaba cubierta de hojas de árbol marrones. Señora, me llamó desde detrás de una reja. Estaba descalza y trepada a la ultima rendija de la reja, tenia el cabello largo y blanco suelto y lo sacudía el viento.-Señora-me gritó con voz en la que temblaba la indignación. "¿cuando va venir el intendente a sacar las hojas?" No me acuerdo que le dije. Gracias, recuerdo, me dijo compungida. "Las hojas ensucian todo".
Hoy estaba con un largo camisón blanco bordado tal vez hace décadas, con los pies descalzos doblados sobre la reja, las manos abrazando los barrotes y el pelo largo y blanco de siempre.
Señorita, gritó alborozada- qué lindo sombrerito.
Gracias, le dije. Llevo un sombrero de rafia porque el sol de Buenos Aires se ensaña con quienes pisan sus baldosas. "Es hermoss...", la oigo gritar a lo lejos...
Dos cuadras. Paso sin sobresaltos por el instituto de música,donde oigo tronar una bateria, por un taller mecánico, por una vidriería donde un hombre me pregunta ociosamente si tengo calor y por fin llegó a mi lugar favorito.
La esquina de casa.
En la pizzería Chaplin, Beto, que dejó la amargura con que lo retraté hace tiempo por un buen ánimo creciente desde que vende helado con la pizza, me sirve un vaso de agua fría. La cocinera está sentada en la calle tomando mate.
Y ahora entro en mi casa.Abro la bolsa de la cortina de baño. Es chica. No me sirve ¿pero me tiene que importar?
Fue otra mañana apacible en mi pueblecito galo particular.
miércoles 28 de diciembre de 2011
Caso curioso, sí.
Curioso, mi querido Watson, pero no lo suficiente, hubiera dicho Sherlock y me hubiera despedido con una sonata de violín. Curioso, diría asímismo Hércules Poirot, pero evidente Hastings, y tal vez me habría despedido galantemente, con una rosa de su jardín. En cambio, el padre Brown hubiera dicho "equívoco" y Henry Merrivale hubiera hablado de la maldita malignidad de las cosas. Y con un gruñido, me hubiera también despedido. Así que agoté mi reserva de autores clásicos y detectives favoritos y voy al asunto.
Gertrudis era de ésas. De ésas que uno llama Gertrudis porque es mejor no convocarlas acá. En ese lugar, edificio, desde ese patio y ese aula que frecuentamos de chicos de lunes a viernes, intentó imponerme su amistad. No sé cómo decirlo, Gertrudis creía que burlándose de mis lecturas podíamos tener una amistad. Y de mi ropa, y comentando mi pelo y hablando de todas esas cosas de las que hablan las Gertrudis. Debo decir que logró bastante. A fuerza de imposición y de abuso de la cortesía, tan peligrosa a veces, que me enseñaron en mi familia, pasaba largas horas en casa. Horas en las que obtenía datos. Y se los proporcionaba a la otra Gertrudis, su madre.
Así supo que éramos, mis hermanos y yo, nietos de italianos. Y ahi viene lo curioso.
Se terminaba la escuela secundaria y aún seguía viendo a Gertrudis. Un día se despidió de mi. Toda elegante, con insólitos zapatos de taco, me dijo que venía a despedirse porque viajaba ¡a Italia! A estudiar, allá, física nuclear con una beca. Y claro ¡adónde sino a la ciudad de mi abuelo! Así que Gertrudis, vestida de modelo y sin una maleta, se tomaba frente a mis ojos un taxi a Ezeiza para ir a Milano.
Volvió a los tres meses. Dijo que ella, porque era mi amiga, habia pedido el legajo de mi familia en Milano. Y que había tratado de conseguir la partida de nacimiento de mi abuelo, pero, ah, valía cien dólares. Entonces intervino la madre. Pueden tener propiedades aún en Milán. Averiguarlo cuesta cien dólares más.
Mis padres les dijeron que no sin decirme a mí por qué. Todo lo que preguntaba yo a Gertrudis me respondía con evasivas. ¿El idioma italiano? Muy difícil, ella se manejaba en inglés. Presumia que algo de italiano entendíamos. En fin, Gertrudis hija y madre nos querían estafar. Cuando nos mudamos no les dimos la dirección. Ni ciao, ni ci vediamo. Addio, como a los muertos.
Pero pasan los años. Y la memoria no se pierde pero se archiva. Y existen las redes sociales Y Gertudis me contactó.
Casi no teníamos de qué hablar. Todo lo que decia era despreciativo y, en particular, hacia las ex compañeras que habían hecho una carrera interesante, a las que viven en Europa, a las que eran periodistas... y a mí. Tal vez por salvar la charla, le pregunté como habia sido su juvenil experiencia italiana...
Un silencio. Larguísimo silencio. Estaría tratando de recordar qué corno tenía ella que ver con Italia. Durante su silencio, yo recordé. Todo.
Sé que los viejos compañeros se reunieron y los que hablaron con Gertrudis me borraron de su lista.
No me importa. Poirot me lo dijo bien. Madame, cuidado con esa demoseille. Gertrudis y Paulette son nombres que no se llevan bien.
Por supuesto, tenemos los documentos familiares, enviados por el municipio de Milano, desde hace veinte años, y no nos costaron más que la estampilla de la carta escrita en italiano por uno de mis hermanos.
Curioso. Me encantaría escribir una novela con Gertrudis como protagonista. Pero no sé por qué, creo que me faltarían hechos con que hacer un argumento.
Gertrudis era de ésas. De ésas que uno llama Gertrudis porque es mejor no convocarlas acá. En ese lugar, edificio, desde ese patio y ese aula que frecuentamos de chicos de lunes a viernes, intentó imponerme su amistad. No sé cómo decirlo, Gertrudis creía que burlándose de mis lecturas podíamos tener una amistad. Y de mi ropa, y comentando mi pelo y hablando de todas esas cosas de las que hablan las Gertrudis. Debo decir que logró bastante. A fuerza de imposición y de abuso de la cortesía, tan peligrosa a veces, que me enseñaron en mi familia, pasaba largas horas en casa. Horas en las que obtenía datos. Y se los proporcionaba a la otra Gertrudis, su madre.
Así supo que éramos, mis hermanos y yo, nietos de italianos. Y ahi viene lo curioso.
Se terminaba la escuela secundaria y aún seguía viendo a Gertrudis. Un día se despidió de mi. Toda elegante, con insólitos zapatos de taco, me dijo que venía a despedirse porque viajaba ¡a Italia! A estudiar, allá, física nuclear con una beca. Y claro ¡adónde sino a la ciudad de mi abuelo! Así que Gertrudis, vestida de modelo y sin una maleta, se tomaba frente a mis ojos un taxi a Ezeiza para ir a Milano.
Volvió a los tres meses. Dijo que ella, porque era mi amiga, habia pedido el legajo de mi familia en Milano. Y que había tratado de conseguir la partida de nacimiento de mi abuelo, pero, ah, valía cien dólares. Entonces intervino la madre. Pueden tener propiedades aún en Milán. Averiguarlo cuesta cien dólares más.
Mis padres les dijeron que no sin decirme a mí por qué. Todo lo que preguntaba yo a Gertrudis me respondía con evasivas. ¿El idioma italiano? Muy difícil, ella se manejaba en inglés. Presumia que algo de italiano entendíamos. En fin, Gertrudis hija y madre nos querían estafar. Cuando nos mudamos no les dimos la dirección. Ni ciao, ni ci vediamo. Addio, como a los muertos.
Pero pasan los años. Y la memoria no se pierde pero se archiva. Y existen las redes sociales Y Gertudis me contactó.
Casi no teníamos de qué hablar. Todo lo que decia era despreciativo y, en particular, hacia las ex compañeras que habían hecho una carrera interesante, a las que viven en Europa, a las que eran periodistas... y a mí. Tal vez por salvar la charla, le pregunté como habia sido su juvenil experiencia italiana...
Un silencio. Larguísimo silencio. Estaría tratando de recordar qué corno tenía ella que ver con Italia. Durante su silencio, yo recordé. Todo.
Sé que los viejos compañeros se reunieron y los que hablaron con Gertrudis me borraron de su lista.
No me importa. Poirot me lo dijo bien. Madame, cuidado con esa demoseille. Gertrudis y Paulette son nombres que no se llevan bien.
Por supuesto, tenemos los documentos familiares, enviados por el municipio de Milano, desde hace veinte años, y no nos costaron más que la estampilla de la carta escrita en italiano por uno de mis hermanos.
Curioso. Me encantaría escribir una novela con Gertrudis como protagonista. Pero no sé por qué, creo que me faltarían hechos con que hacer un argumento.
miércoles 7 de diciembre de 2011
EL CUENTO DEL RAYO
Hoy tengo un deseo.
Deseo contarles una historia.
Es más vieja que la manzana dorada y más antigua que los dedos de dios. Más vieja que el atardecer y más fuerte que la tormenta. Cuando la conozcan, les pasará lo que a mí: se olvidarán de quién la ha contado y la recordarán sólo al ver, tal vez, una estrella, o al sentir el beso suave de otros labios.
O tal vez se la olviden para siempre.
Ésta es la historia.
Hubo una era en que el hombre y la mujer eran uno, en el mundo cálido y líquido de la unión perfecta. El mundo era pequeño y dormía en un amanecer eterno, mecido por líquenes y alumbrado por rayos de luna.
Y entonces sucedió la desgracia. Vino como la tormenta, la catástrofe.
Cayó el rayo y nos separó.
El rayo alumbró la muerte y el conflicto, el grito y la discordia entre los dos seres fragmentados. El mundo creció, maduró, envejeció. Hubo hambre en el antiguo vergel, en el manantial puro hubo sed.
Desde entonces nos estamos buscando y nos amamos y nos peleamos porque deseamos, sin saberlo, volver a sentirnos completos en el mundo del origen.
Esta Noche espero que se vean las estrellas.
Estos son mis Sueños y Deseos, los poemas que se escribieron en noches estrelladas en este mundo viejo.
I
En un sueño de mi dulce dueño
Soñaba yo que su dueña era
Dulces son cadenas si me atan a su pecho
Y dulces mis piernas, esclavas de su espalda
Dulce es el infierno a sus brazos atada
Es un sueño el que mi dulce dueño
Quiso al fin que su dueña fuera
II
La Flecha ardiente derramada
El Beso más dulce
Que nunca diera Espada
III
Tengo sed
Sed de amante lluvia que derrita la máscara
Que me despoje de escudo y me desarme de lanza
Y quede desnuda la rosa encarnada
Que se esconde en noche junto a alta ventana
Ser envuelta en ámbar
Mi deseo es siempre el mismo, aunque pueda contar a veces cosas tristes (el caer del rayo), la felicidad está en no dejar pasar las nubes sin verlas ni aún llorando. Así, mis deseos, copas amigas, ámbar en mis labios, noches de amor y la mano de mi compañero junto a mí cada noche.
Perfumes y secretos. Y deseos.
Deseo contarles una historia.
Es más vieja que la manzana dorada y más antigua que los dedos de dios. Más vieja que el atardecer y más fuerte que la tormenta. Cuando la conozcan, les pasará lo que a mí: se olvidarán de quién la ha contado y la recordarán sólo al ver, tal vez, una estrella, o al sentir el beso suave de otros labios.
O tal vez se la olviden para siempre.
Ésta es la historia.
Hubo una era en que el hombre y la mujer eran uno, en el mundo cálido y líquido de la unión perfecta. El mundo era pequeño y dormía en un amanecer eterno, mecido por líquenes y alumbrado por rayos de luna.
Y entonces sucedió la desgracia. Vino como la tormenta, la catástrofe.
Cayó el rayo y nos separó.
El rayo alumbró la muerte y el conflicto, el grito y la discordia entre los dos seres fragmentados. El mundo creció, maduró, envejeció. Hubo hambre en el antiguo vergel, en el manantial puro hubo sed.
Desde entonces nos estamos buscando y nos amamos y nos peleamos porque deseamos, sin saberlo, volver a sentirnos completos en el mundo del origen.
Esta Noche espero que se vean las estrellas.
Estos son mis Sueños y Deseos, los poemas que se escribieron en noches estrelladas en este mundo viejo.
I
En un sueño de mi dulce dueño
Soñaba yo que su dueña era
Dulces son cadenas si me atan a su pecho
Y dulces mis piernas, esclavas de su espalda
Dulce es el infierno a sus brazos atada
Es un sueño el que mi dulce dueño
Quiso al fin que su dueña fuera
II
La Flecha ardiente derramada
El Beso más dulce
Que nunca diera Espada
III
Tengo sed
Sed de amante lluvia que derrita la máscara
Que me despoje de escudo y me desarme de lanza
Y quede desnuda la rosa encarnada
Que se esconde en noche junto a alta ventana
Ser envuelta en ámbar
Mi deseo es siempre el mismo, aunque pueda contar a veces cosas tristes (el caer del rayo), la felicidad está en no dejar pasar las nubes sin verlas ni aún llorando. Así, mis deseos, copas amigas, ámbar en mis labios, noches de amor y la mano de mi compañero junto a mí cada noche.
Perfumes y secretos. Y deseos.
viernes 25 de noviembre de 2011
Mis 19 años
Diecinueve años. Buena edad para empezar a trabajar. Sólo que yo estaba embarazada de cinco meses. Por motivos inextricables, tal vez debido a mi estructura ósea más bien grande, la panza de embarazada no se veía. Ventajas y desventajas, nadie me daba el asiento en ningún lado, pero podía conseguir un trabajo. Y lo hice. Tuve mi primer entrevista en el Consejo del Menor, que estaba en Humberto Primo y San Juan, con la discreta panza de cinco meses. La jefa me explicó en pocas palabras. "Esto es una beca. Trabajás siete horas, no tenés vacaciones ni días por enfermedad. No tenés ningún derecho". "Tengo todos mis derechos", le contesté, con la impavidez de mis 19 años, "pero no los reconocen".
Curiosamente, la respuesta le gustó. Y quedé contratada.
Tengo recuerdos terribles y otros divertidos. Me acuerdo que me escondía en mi box cuando alguna mujer declaraba "me atendió un chica embarazada" y la asistente social, digna representante de la clase media alta que no era como esas mujeres que tenían seis o siete hijos, respondía "Se equivocó de piso. Acá no hay ninguna embarazada".
Mientras, el ascensor no andaba nunca y yo subía y bajaba escaleras con legajos.
Mientras mi trabajo fue hacer legajos, mis primeros horrores a lo Conrad fueron leyendo la letra apurada de las asistentes sociales. Recuerdo una historia: "la mujer dice que vivían con el marido y seis menores del trabajo de cartonero de él, pero el caballo se empacó en las vias del tren, el hombre trataba de hacerlo caminar cuando el tren los arrolló y mató al marido y al caballo que era su única propiedad. Se solicita subsidio".
Intenté imitar la redacción de una asistente social sin éxito. Escriben muy mal, apuradas, trabajando, y sus informes, cuanto peor escritos, eran más terribles que la mejor prosa de Dickens. Era la burocracia, que escondía la sangre en un nombre con número debajo en una carpeta de cartón, y cuando la carpeta de cartón se extraviaba, una familia quedaba sin hotel, sin comida, sin medicamentos. Me convertí en una máquina de buscar legajos (19 años) y hasta me llamaban de otros departamentos para que los buscara, mi fama de encontrar los legajos se extendió por los siete pisos, pero era sencillamente que los encontraba... buscándolos. Aprendí una regla muy sencilla de la investigación de documentos que después apliqué en mi trabajo en archivos de todo tipo: "si la carpeta de Rodriguez Juan se perdió, no la busqués en la R. Buscala en la S". Porque si se perdió, es porque no está en dónde debe estar, sino en otro lado. Por supuesto, también yo perdí legajos. Y me escondía muerta de vergüenza, cuando una mujer, cuyo nombre todavía recuerdo, venía a preguntar por su trámite estraviado por mí. 19 años y siete meses de embarazo.
Se habían dado cuenta. La primer medida fue no dejarme subir escaleras. La segunda... qué hacer con los derechos.... El delegado gremial dijo generosamente que trabajara hasta el día del parto y volviera diez días después; ahora pienso que tendría a alguien para darle mi beca y pensó que yo no volvería. Trabajé hasta el día del parto, pero a los diez días todavía no podía caminar. Durante veinte dias me fingieron la firma en la planilla, entonces una de las jefas vino a mi casa y me dijo que si no volvía no me podían conservar el puesto. Y volví. Consejo del Menor y la Familia. Donde trabajamos parturientas menores de edad (entonces eras mayor a los 21) y enfermos.
Empecé a hacer una inquieta revuelta interior al ritmo de los llantos y las gracias de mi hija. Cuando escuchaba llorar un bebé en el pasillo de la oficina perdía leche de mis pechos. Cuando veía a esas madres con mamaderas llenas de... té, se me partia el corazón. Empecé a robar la leche maternizada del departamento de Salud. Era un departamento poco saludable que estaba en el quinto piso, donde tenían algunas cajas de leche para bebés, encanutadas como el tesoro del Tío Rico. Recuerdo cómo, con una mujer que limpiaba, empezamos a repartirla al estilo Robin Hood en versión poco épica.
Tengo muchos recuerdos. Algunos se los voy a ahorrar. La mayoria, en realidad. La leche maternizada la venía a buscar una nena flaquita de ojos grandes que me recordaban Africa. Vivía en una pensión que su madre no pagaba, con dos mellizos recién nacidos y otros dos hermanos. Se negaban a atenderla siendo durísimos con ella. "Que venga tu madre". Y, a escondidas, yo le daba las bolsas de leche maternizada. No sólo era para los recién nacidos, la madre también comía eso.
Un dia la mujer vino. Tenía la estatura de una niña y ojos agrandados por el asombro de la tragedia cotidiana. Él, el padre de los niños, estaría en el mismo lugar donde estaría el padre de mi hija. Tal vez por eso, la idea de ser dura con ella me parecía cruel y estúpida.
Fueron crueles y estúpidas. Esas mujeres, que habían estudiado una carrera, que tenían un salario y una casa y a veces un marido, eran muchas veces crueles y estúpidas. Y yo cruel con ellas. Las odiaba. Ahora soy un poco mayor y entiendo un poco la teoría del espejo. Para ellas, eso era un trabajo. A veces, es cierto, lloraban a escondidas. Nadie es tan cruel. Pero esas mujeres desamparadas no eran un espejo para ellas. No se veían en ellas.
Yo sí.
Yo hacia poco tiempo habia parido una hija en la Maternidad Sardá después de haber hecho parte del trabajo de parto en un colectivo acompañada por mi madre.
Por eso tal vez, al año de trabajar y a los seis meses de nacida mi hija, harta de llorar tragedias por decenas todas las noches, cansada de perder leche escuchando llantos infantiles, harta de la crueldad estúpida y del mal banal, me busqué una buena asamblea sindical,le canté las cuarenta y una al delegado, que me indicó amablemente que me iban a reventar a cadenazos y me gané un maravilloso despido al día siguiente.
Empezaba otra historia. Pero ésa no se me olvidó. Y Matasiete, vos, viejo animal del gremio, te estoy buscando. Acordate. Tengo una cadena de imborrables recuerdos.
Curiosamente, la respuesta le gustó. Y quedé contratada.
Tengo recuerdos terribles y otros divertidos. Me acuerdo que me escondía en mi box cuando alguna mujer declaraba "me atendió un chica embarazada" y la asistente social, digna representante de la clase media alta que no era como esas mujeres que tenían seis o siete hijos, respondía "Se equivocó de piso. Acá no hay ninguna embarazada".
Mientras, el ascensor no andaba nunca y yo subía y bajaba escaleras con legajos.
Mientras mi trabajo fue hacer legajos, mis primeros horrores a lo Conrad fueron leyendo la letra apurada de las asistentes sociales. Recuerdo una historia: "la mujer dice que vivían con el marido y seis menores del trabajo de cartonero de él, pero el caballo se empacó en las vias del tren, el hombre trataba de hacerlo caminar cuando el tren los arrolló y mató al marido y al caballo que era su única propiedad. Se solicita subsidio".
Intenté imitar la redacción de una asistente social sin éxito. Escriben muy mal, apuradas, trabajando, y sus informes, cuanto peor escritos, eran más terribles que la mejor prosa de Dickens. Era la burocracia, que escondía la sangre en un nombre con número debajo en una carpeta de cartón, y cuando la carpeta de cartón se extraviaba, una familia quedaba sin hotel, sin comida, sin medicamentos. Me convertí en una máquina de buscar legajos (19 años) y hasta me llamaban de otros departamentos para que los buscara, mi fama de encontrar los legajos se extendió por los siete pisos, pero era sencillamente que los encontraba... buscándolos. Aprendí una regla muy sencilla de la investigación de documentos que después apliqué en mi trabajo en archivos de todo tipo: "si la carpeta de Rodriguez Juan se perdió, no la busqués en la R. Buscala en la S". Porque si se perdió, es porque no está en dónde debe estar, sino en otro lado. Por supuesto, también yo perdí legajos. Y me escondía muerta de vergüenza, cuando una mujer, cuyo nombre todavía recuerdo, venía a preguntar por su trámite estraviado por mí. 19 años y siete meses de embarazo.
Se habían dado cuenta. La primer medida fue no dejarme subir escaleras. La segunda... qué hacer con los derechos.... El delegado gremial dijo generosamente que trabajara hasta el día del parto y volviera diez días después; ahora pienso que tendría a alguien para darle mi beca y pensó que yo no volvería. Trabajé hasta el día del parto, pero a los diez días todavía no podía caminar. Durante veinte dias me fingieron la firma en la planilla, entonces una de las jefas vino a mi casa y me dijo que si no volvía no me podían conservar el puesto. Y volví. Consejo del Menor y la Familia. Donde trabajamos parturientas menores de edad (entonces eras mayor a los 21) y enfermos.
Empecé a hacer una inquieta revuelta interior al ritmo de los llantos y las gracias de mi hija. Cuando escuchaba llorar un bebé en el pasillo de la oficina perdía leche de mis pechos. Cuando veía a esas madres con mamaderas llenas de... té, se me partia el corazón. Empecé a robar la leche maternizada del departamento de Salud. Era un departamento poco saludable que estaba en el quinto piso, donde tenían algunas cajas de leche para bebés, encanutadas como el tesoro del Tío Rico. Recuerdo cómo, con una mujer que limpiaba, empezamos a repartirla al estilo Robin Hood en versión poco épica.
Tengo muchos recuerdos. Algunos se los voy a ahorrar. La mayoria, en realidad. La leche maternizada la venía a buscar una nena flaquita de ojos grandes que me recordaban Africa. Vivía en una pensión que su madre no pagaba, con dos mellizos recién nacidos y otros dos hermanos. Se negaban a atenderla siendo durísimos con ella. "Que venga tu madre". Y, a escondidas, yo le daba las bolsas de leche maternizada. No sólo era para los recién nacidos, la madre también comía eso.
Un dia la mujer vino. Tenía la estatura de una niña y ojos agrandados por el asombro de la tragedia cotidiana. Él, el padre de los niños, estaría en el mismo lugar donde estaría el padre de mi hija. Tal vez por eso, la idea de ser dura con ella me parecía cruel y estúpida.
Fueron crueles y estúpidas. Esas mujeres, que habían estudiado una carrera, que tenían un salario y una casa y a veces un marido, eran muchas veces crueles y estúpidas. Y yo cruel con ellas. Las odiaba. Ahora soy un poco mayor y entiendo un poco la teoría del espejo. Para ellas, eso era un trabajo. A veces, es cierto, lloraban a escondidas. Nadie es tan cruel. Pero esas mujeres desamparadas no eran un espejo para ellas. No se veían en ellas.
Yo sí.
Yo hacia poco tiempo habia parido una hija en la Maternidad Sardá después de haber hecho parte del trabajo de parto en un colectivo acompañada por mi madre.
Por eso tal vez, al año de trabajar y a los seis meses de nacida mi hija, harta de llorar tragedias por decenas todas las noches, cansada de perder leche escuchando llantos infantiles, harta de la crueldad estúpida y del mal banal, me busqué una buena asamblea sindical,le canté las cuarenta y una al delegado, que me indicó amablemente que me iban a reventar a cadenazos y me gané un maravilloso despido al día siguiente.
Empezaba otra historia. Pero ésa no se me olvidó. Y Matasiete, vos, viejo animal del gremio, te estoy buscando. Acordate. Tengo una cadena de imborrables recuerdos.
martes 8 de noviembre de 2011
SUEÑO EN EL PALACIO
Sueño el perfume de La Alhambra
En el arco de tu pecho
Tu boca es una puerta,
Tu aliento, un jardín perfumado
Bailan violetas en un lecho borracho
Estrellas mareadas, mirá, es la luna loca
Que tambalea en un cielo hecho de topacios
Tu pecho, el arco de La Alhambra
Y todas sus puertas son bocas tibias
Rosadas, dulces. Me besan como esclavas
Cada flor de cristal me muerde los labios
Polvo de violetas baña tu espalda
Que abrazan mis piernas en medio del agua
Tan dulce es el beso de la espada
Que nadie creyera que al fin matara
Me besa furiosa y me deja exhausta
Y si no tuvieras furia y yo no desmayara
Pálida sobre el lecho, de mí misma raptada
Si en un sueño, vos mi dueño
Me vieras rosada y exánime
Y un dulce de mieles de vos se adueñara
Fuera de mí mi espíritu
Vagando difuso
En la danzas más locas
En tu sueño confuso
Por jardines te llevara
A yacer entre flores y hiedra
No era sueño:
Te llevaba embriagada del beso divino
Besándote en el arco tenso de tu pecho
Cruzamos puertas de plata
Nos abrazamos en lechos de hiedra
Con jazmines y ámbar
Con la piel blanca de la luna
Reflejada en un lago de nácar
El perfume de tu beso me llevó embriagada
A las puertas de la Alhambra
Sueño el perfume de La Alhambra
En el arco de tu pecho
Tu boca es una puerta,
Tu aliento, un jardín perfumado
Bailan violetas en un lecho borracho
Estrellas mareadas, mirá, es la luna loca
Que tambalea en un cielo hecho de topacios
Tu pecho, el arco de La Alhambra
Y todas sus puertas son bocas tibias
Rosadas, dulces. Me besan como esclavas
Cada flor de cristal me muerde los labios
Polvo de violetas baña tu espalda
Que abrazan mis piernas en medio del agua
Tan dulce es el beso de la espada
Que nadie creyera que al fin matara
Me besa furiosa y me deja exhausta
Y si no tuvieras furia y yo no desmayara
Pálida sobre el lecho, de mí misma raptada
Si en un sueño, vos mi dueño
Me vieras rosada y exánime
Y un dulce de mieles de vos se adueñara
Fuera de mí mi espíritu
Vagando difuso
En la danzas más locas
En tu sueño confuso
Por jardines te llevara
A yacer entre flores y hiedra
No era sueño:
Te llevaba embriagada del beso divino
Besándote en el arco tenso de tu pecho
Cruzamos puertas de plata
Nos abrazamos en lechos de hiedra
Con jazmines y ámbar
Con la piel blanca de la luna
Reflejada en un lago de nácar
El perfume de tu beso me llevó embriagada
A las puertas de la Alhambra
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