sábado, 18 de noviembre de 2017

¿Dónde estás, Bob Fosse?

Éste pequeño texto, que he publicado anteriormente y sin duda mis amigos lectores más fieles conocen, para mí siempre es un ejemplo del misterio de la inspiración en materia de letras, humor y personajes. Cuando lo escribí  tenía un amigo (hace mucho tiempo de esto), que era un novelista de éxito internacional y al que se le daba por llamarme a mi humilde departamento de Villa Lugano (que adoro, aunque ya no vivo allí), desde sitios para mis 27 años completamente exóticos: Melilla o San Francisco o Milán. Yo le contestaba con cartas y ésta es una de esas cartas.
Sucedió que una noche, horas después de una llamado internacional, yo me senté en la cocina, miré mi pila de platos personal y decidí escribir una carta a éste maduro señor como si yo estuviera en África. Así al poco tiempo surgí como antropóloga intrépida y luego...
A la mañana, antes de cruzarme al correo a despachar la carta, la releí preocupada...y decidí fotocopiarla. Trabajándola un poco, se convirtió en este texto.
¿DÓNDE ESTÁS, BOB FOSSE?, años más tarde, fue un texto crucial para el crecimiento del blog. Empezaron los comentarios de desconocidos, pronto lectores amigos y la curva de visitas se empezó a elevar. Varios años después de haberlo escrito, lo sigo disfrutando. Acá lo tienen.

¿DÓNDE ESTÁS, BOB FOSSE?

Ah, cuando yo era joven. Vivía en Siberia, era feliz, no tenía sífilis, no había conocido a Bob.
Fue aquí, en África. Podía elegir a cualquiera, pero tuvo que ser él.
Me abandonó. Y aquí, en el corazón de África, planeo mi siniestra venganza, con el latir de los tambores del siniestro brujo de la tribu, quien gusta de la buena música cuando se prepara esos estofados de antropólogo australiano como sólo él lo sabe hacer.
—Diablos —se dijo la escritora y arregló la cinta de la máquina de escribir—. Cómo conmover a la platea, ésa era la cosa. —Qué difícil. Qué dura es la vida del artista. Y cómo están los mosquitos. Me gasto el sueldo en espirales y repelentes que no sirven para nada. Y el calor no se aguanta más: la remera se me pega al cuerpo pero si me la saco me van a ver los vecinos porque mi cuñado no viene a ponerme la cortina.
Es una noche calenturienta en África Ecuatorial y pican los mosquitos. Aquí en África la vida es dura, pero además es corta. Maldición, cada aforismo que digo me recuerda a Bob. No siempre la vida fue tan dura, después de todo. En realidad. En fin, que en África no hay dinero para mosquiteros,  el sueldo se te va solamente en la quinina, y apenas hay que conformarse con cortinas de bambú. Pero soy una mujer curtida y un mosquito de más o de menos no es nada para mí. Si sólo tuviera a mi Bob.

Suena el teléfono. La escritora arroja al suelo un sombrero inexistente y lo patea. Es su cuñado, para decirle que no puede poner la cortina hoy y que mañana Camila baila jazz en la escuela y si no sabe cómo se vestían las bailarinas de jazz. Cómo habrán notado, el lema de la literatura de este prodigio de escritora es que nada se pierde y todo se transforma.

Decía que era una noche calenturienta y pican los mosquitos. ¿Ya les hable de Bumba Catunga? Lloro solitaria pero no estoy sola. Conmigo está Bumba Catunga, el fiel sirviente negro, que ronca panza arriba. Si en un rato no lo despiertan los mosquitos, lo sacudiré para que tome su quinina. Hace tanto calor que lloro y no se nota porque las lágrimas se evaporan haciendo señales de humo que dicen “¿dónde estás, Bob Fosse?”, “Te cavaste la fosa, Bob Fosse”, “te arrancaré los ojos Bob", etc...
Bob etc... salió a comprar cigarrillos hace veinte años y aún no ha regresado. Ahora debe estar mucho más viejo, prefiero al negro, pero se duerme. Es lógico, de día lo hago trabajar. Pero no es como mi Bob Fosse. Él cocinaba, lavaba, planchaba. ¿Dónde estás, Bob Fosse?
Las hienas ríen como mi destino. ¿Estarán digiriendo a mi Bob, etc...? Era tan pesado que podrían digerirlo veinte años. Era indigesto.

Bah, esto es una porquería, se dijo la escritora. El problema es que el negro está dormido, por eso es aburrido. Si estuviera despierto sería más emocionante. Lo voy a despertar.Tomé el látigo y le acaricié con él la espalda.
—Despierta, Bumba Catunga —que quiere decir “hombre con rulos”—. Necesito pasión ardiente. Si no me sirves, arrancaré el tótem del poblado otra vez y después te tocará lavarlo.
—No, por favor —en su voz temblaba la súplica—. Médico brujo hará mucho mal. Dice que ser arpía chiflada.
—Si, soy arpía y me gusta serlo y me gustó mucho ese totem la semana pasada, me gusta más que vos, pero no quiero problemas con la tribu y si no me satisfaces, te azotaré.
—Entonces azótame, me duele menos.
—Ah, mond dieu. Maldito seas, Bumba Catunga. No quiero lastimarte. Sólo bésame.
—Ama, es que si sólo te lavaras los dientes a la mañana...
—Imbécil, una aventurera como yo no se lava los dientes jamás. Bésame.
—Con la boca cerrada sí, ama.
—Maldita sea, quién dijo en la boca. ¿También querés que te haga un mapa?
—Dice médico brujo que francesa ser malvada.
—Ahí si me lavo, te lo juro.
—Eso dijo la semana pasada y no era verdad
—Me puse perfume.
—No insistas, amita, me duele la cabeza.
—Maldición, Bumba Catunga, empiezo a creer que eres un impotente, como dicen en el poblado. Dime que no es verdad.
—Es verdad. ¿Me venderás nuevamente?
—No, Bumba Catunga. Tu conversación me agrada y encuentro que ese totem me gusta mucho.
—¡No, ama! ¡El totem sagrado no! Médico brujo enojar. Quemar esta casa. Yo me voy.
Sale corriendo.
Me quedo sola. Las hienas ríen.
—¡Oh, Bob Fosse! —Mis ojos se llenan de lágrimas—. ¿Dónde estás, Bob Fosse?

—¡Bien! —se dijo la escritora satisfecha y en eso el viento le rompió dos ventanas y le arrojó las macetas al piso, sin que ella se percate en su ensueño de gloria—. El éxito... —suspiró—. Función a sala llena... —volvió a suspirar—. Con Cecilia Roth como la aventurera intrépida, y Ricardo Darín como Bumba Catunga. ¿O Denzel Washington estaría mejor?
Y llena de confianza en el futuro, distraídamente aplastó un mosquito
.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Estación en curva

Estoy en el metro de Madrid, con esa cercanía humana que te imponen los metros en todas partes del mundo y casi choco con una adolescente que se dejaba transportar soñando y aferrada materialmente a un caño del vagón.
Observo que se parece un poco a mí a los 17, pálida, de largo pelo oscuro y de cuerpo que las abuelas calificaban con simpatía de "rellenito". Lleva un short de jean (el uniforme), una camiseta blanca, sandalias y una conmovedora cadenita en el cuello con su nombre. "Carolina".
Carolina.
Es bella y aún no lo sabe, hermosa paradoja de juventud que admiraba Stendhal. Es una mujer niña, como se puede ser también, una mujer cisne. Se guarda la belleza en el bolsillo del short y sigue viajando en el metro.
"ESTACIÓN EN CURVA", dice una voz repetida por los parlantes.
¿Oíste , Carolina? Estación en curva.
Buena suerte.

lunes, 30 de octubre de 2017

Duérmete, que mañana será otro día

La madre,de veinte años y poco más, dice esas palabras como acunando el sueño del niño que, encogido, trata de dormir. Como pequeño soldado en la víspera del combate, sus músculos están rígidos.
¿Qué le espera mañana ? ¿burla de la maestra?¿grito de la profe de gimnasia?¿burlas de los compañeros? ¿U otro golpe más en el estómago que lo hará vomitar?
-Cámbialo de escuela- le dijo pragmática la maestra que se burla. Sin su participación decisiva, ésto tal vez ocurriría, pero sin respaldo de la autoridad. Y entonces tal vez, el pequeño soldado fuera un niño más, jugando en el patio.
Duérmete, que mañana será otro día, dice la madre en un susurro y deja un libro ilustrado con dinosaurios a un costado. Luego se recuesta en un colchón al lado de la camita de su hijo.
Está muy cansada. Las horas de oficina sellando libros no rinden para un departamento decente, y una madre sin compañía es el blanco fácil de esas pequeñas pero eficaces obreras de la ideología, bibliotecarias con las que trabajaba y maestras que encontraban un blanco aún más fácil en su hijo y a las que enfrentaba todos los días.
A la mañana salen juntos, dos soldados en terreno hostil.
Pero un día toda está pesadilla se terminará, se dice la madre. Y tal vez pueda contarla.
Ve a su hijo atravesando, tan solo y tan valiente, la puerta de la escuela. Se sacude el miedo y se va a buscar sus propia batalla diaria en las oficinas de la Biblioteca.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Pregunta


“¿ Qué es el Infierno?
¿Cuál es la sabiduría?
¿ Dónde está el Cielo?

— “A todo puedo, hombre, responder
Deja ante todo que esta noche
No esté sola y yo te diré”

A la madrugada siguiente
Tras el último beso
Yo me puse de pie

—La promesa del Cielo
Es el Infierno

—La promesa del Infierno
Es el Cielo


Esto es la sabiduría

miércoles, 4 de octubre de 2017

Los ojos que miraban las estrellas

Paso por una vereda. Tiene de techo el puente de la autopista y en ella una familia sin otro techo se refugia de la lluvia. Poseen unos colchones, unas mantas y unos libros.
Si la noche está despejada, ven las estrellas. Poseen el Universo.
Bajo el puente, la vida crece. Hay un pequeño niño entre los colchones y las mantas. Y un perro.
Lo dije. Poseen el Universo.
Y entonces se termina. El calor, el refugio y se terminan los colchones y las mantas.
Alguien llamó por teléfono o watssap y dijo: Cuidado, abajo de la autopista hay unos poseedores del Universo. 
Y se prepararon, con palos y fuego. Nadie pero nadie debe poseer solamente, pobremente, como indigentes, nada más que el Universo.
Al día siguiente, unas pilas de volutas grises, las pruebas de que los colchones habían sido quemados. La familia y el perro ya no estaban.
Ahora hay una obra abajo del puente de la autopista. Todo está quedando diseñado y limpio y hasta verde. Vida vegetal , sí.
Los ojos que miraban las estrellas ya no están.
¿Dónde están?

domingo, 24 de septiembre de 2017

NUNCA OLVIDÉ A MARÍA ROSA


Me acuerdo de María Rosa y su hijo Leandro como si este último tuviera eternamente cuatro años y ella estuviera hoy enfrente de mí, como ayer, con sus explicaciones de sonrisas y lágrimas, su pelo corto, su rostro agraciado y triste. Conocí a María Rosa en el Consejo del Menor, mi primer trabajo, con mis diecinueve años y mi maternidad de pocos meses.
María Rosa estaba en la calle con el pequeño Leandro y con dos pechos llenos de leche que ninguna inyección podía retirar. Porque en un acto de abnegación terrible, en un sacrificio impensable, ella había entregado a su pequeño bebé. Para que el bebé no estuviera en la calle, como ya lo estaba Leandro, lo había dado en adopción.
El Departamento de Adopción estaba en el cuarto piso de un edificio gris y ruinoso de la calle Humberto Primo. Era común que no anduviera el ascensor y que embarazadas y mujeres con niños pequeños tuvieran que subir por la escalera. También era común que los solidarios empleados, al pasar junto al pasillo donde esperaban las madres, insultaran en voz bien alta a aquellas atorrantas que abandonaban a sus hijos. De los atorrantes de género masculino que abandonan a sus hijos, no sé por qué siempre se olvidaban, curiosa y cómoda forma de amnesia. Comencé a trabajar en la institución en simulado estado de gravidez, pero cuando éste se hizo indisimulable, el cuarto piso, Adopciones, era fatal para mí. Cada vez que mi jefa me enviaba a ese piso (por escalera) los amables empleados me dirigían algún insulto o alguno de sus cínicos comentarios, creyendo que yo era otra jovencita que iba a dar en adopción. Gente respetable de traje gris. Seguramente vírgenes todos ellos.
De todas las formas de poder, no hay ninguna más ruin que la que ejercen algunos empleados administrativos. Quien está haciendo un trámite, ya sea el más molesto y banal como el más vital y crucial (dar un hijo en adopción, por ejemplo) no se atreve a enfrentarse al sádico impulso del empleado de manifestar su minúsculo poder maltratando, la mayor parte de las veces, con la mayor impunidad.
Pero hablábamos de María Rosa y de Leandro.
María Rosa llegaba a la oficina todos los miércoles. Saludaba con una sonrisa y se sentaba a esperar. A veces charlábamos y me contaba que todavía los médicos no lograban que dejara de producir leche materna. Ella añoraba a ese hijo entregado por amor, tan desesperadamente, que la leche no se iba. No se iba y ella venía a la oficina a hacer el pedido trágico, imposible, condenado al fracaso, de que le devolvieran al bebé.
Calibremos el caso. Vean ustedes cuántos matices, cuán profundo es el contenido trágico de esa situación que muchos hombres y muchas mujeres de la institución calificaban con un simple “que se joda” o el más compasivo “si no se supo cuidar que se joda”. Tres palabras u ocho sirven para lavarse las manos y para excluir del tema al otro partícipe del embarazo, (reveladora palabra), el progenitor que protegido por la sociedad sigue su camino.
Pero hablábamos del hijo de María Rosa. Ya había sido entregado a una familia. Una pareja con techo, con trabajo, con las posibilidades económicas que se le habían negado a la madre biológica. Con las huellas de Niobe en el rostro, lloraba por el hijo perdido, entregado por ella misma.
La asistente social que se ocupaba del caso, es decir, que hacía lo único que se podía hacer, que consistía en explicarle con calma que su reclamo era imposible, me dijo un día con fastidio: “Lo hubiera pensado antes”.
Y yo, que hacía poco había tenido a mi hija Daniela a la que orgullosamente le puse mi apellido, me indigné sin poder evitarlo. “Lo pensó —respondí en voz baja—. Lo pensó nueve meses: pensó incluso en este momento, en los dos pechos llenos de dolor”.
Es que la tragedia es autoconsciente. Cuando un héroe trágico da el primer paso, ya sabe cuál será el último.
Nunca me voy a olvidar de María Rosa y Leandro.
Como nunca me voy olvidar de quienes los trataron con crueldad.
Qué sabrán ellos.

lunes, 18 de septiembre de 2017

El mendigo de Barajas

Todos hemos vivido jornadas a puro agotamiento. Éste era uno de esos días.Venía cansada de doce horas de vuelo, con la diferencia horaria (Buenos Aires- Madrid) y tenía una escala de 9 horas en el aeropuerto de Barajas. La gente en general es amable pero está en su propio viaje. Así que había que aguantar la espera, la diferencia horaria, el cambio de moneda tras las doce horas de vuelo sin poder dormir un minuto.
Tal vez porque ya soñaba con Praga, mi destino entre otros, presintiendo que me enamoraría, tal vez porque sí, en el vuelo no dormí nada. Así que las 9 horas en Barajas se presentaban duras.
Trataba de esperar sin impaciencia ni ansiedad.
Un hombre, bajo, moreno, con una barba que raleaba, me pidió una moneda para comer.
"_Cómo no- le respondí- Pero espéreme, porque no quiero darle una moneda extranjera".
Revolví mis bolsillos, examiné bien las monedas, separé los pesos argentinos que aún llevaba encima y le dí dos monedas.
-Muchas gracias- me dijo y desapareció.
Unas tres horas después, mucho más cansada, me encontró entre mis bolsos sentada en el piso. Me sentía más agotada que nunca.
El hombre me preguntó con expresión preocupada.
-¿Cómo está?
-¡Hola!- le dije contenta de ver una cara apenas conocida.-¿cómo está usted?
Entonces tuvo un gesto insólito. No me dijo una palabra. Me tomó la mano como un caballero español y le dio dos besos.
Después sonrió y se fue.