viernes, 16 de noviembre de 2007

Lección de buenos modales

Nadie debería escribir libros que la Reina de Inglaterra no pueda leer, o comentar afablemente con el Arzobispo de Canterbury. Con esto me refiero puntualmente a la frase inicial de una novela del célebre autor español Montero Glez, llamada “Sed de champán”. Cito, ruborizada, el fatal primer párrafo de este libro.
“El Charolito sólo se fiaba de su propia polla...”, dice. Ese comienzo es terrible, sobre todo por la desconfianza que expresa... Y continúa “...porque era la única que no podía darle por el culo”. Más allá del vocabulario soez, expresa cierta paranoia, pero yo no indago en cuestiones psicológicas, y me ciño estrictamente a la cuestión de los modales. Todo se puede decir con ingenio y sutileza de manera tal que en el Palacio de Buckingham se pueda contar entre taza y taza de té.
Demos una demostración práctica de cómo se puede escribir lo mismo sin decir palabrotas.
Para empezar, el nombre del personaje, el Charolito, es de muy baja estofa. Charol sería mejor, pero tampoco. Charold está bien. Incluso Lord Charold está mucho mejor. El resto de la frase plantea un problema difícil para una dama como yo,y sin olvidar que este blog lo lee la Tía María, pero hay que enseñarle a la gente a escribir con decencia y así lo haré. Comencemos.

Lord Charold olía despreocupado una rosa, que su tía la Duquesa de York le enviara gratuitamente de su desarreglado jardín.
— Sabes, James.
—¿Señor?— inquirió respetuosamente James, mientras acomodaba los tiestos flojos del jardín de invierno donde su señor fumaba en pipa.
— Hace diez años que estás a mi servicio y no puedo darte la espalda. Me preocupa—.dijo con displicencia.
— Señor, creo que debería confiar en mí. Hace diez años que estoy a su servicio— redundó James acalambrándose en su pose respetuosa.
—James, creo que comprenderás. Yo sólo puedo confiar en esta— dijo Lord Charold, bajándose los pantalones confeccionados por el mejor sastre de Trafalgar Square y los calzoncillos largos tejidos por su tía, la Duquesa de York- Por más que lo intente, lo cierto es que no puedo darle la espalda.
—Si me permite, Lord Charold— repuso James— yo no me incomodaría por darle la espalda. Hay que disfrutar de la vida. Como dijera San Patrick “Ninguna fruta es prohibida si sabe bien”
— ¿Eso dijo San Patrick, James? Me admira.
—Creo que no lo dijo, señor, pero seguramente lo pensó.
—Es igual, es una bella frase. Como sea, no creo que haya nada igual a esta. Es una pena que no pueda darme la espalda— suspiró Lord Charold— Apostaría que tú no tienes nada que se le parezca.
—Señor— se irguió James—.Tal vez no sea mucho, pero seguramente algo se parece
—Disculpa, James. Aunque hace diez años que estás mi servicio, no te creo.
— Se lo juro, señor.
— ¿Por qué juras, James? No te creeré si no lo veo.
James se apresuró a bajarse los pantalones.
— Humm. Lo siento, James, no se parece. Hey, se ha volcado un tiesto a tu espalda.
— No veo ningún tiesto caído, señor.
— Mira bien.
— No hay ningún tiesto en el piso, señor --dijo James respetuosamente.
—Entonces arroja uno.
—¿Cuál , señor?
—Cualquiera.
James arrojó la maceta. Luego se inclinó a recoger los pedazos.
—James— dijo Lord Charold, emocionado—. Te aumento el sueldo diez libras.
—Oh, señor— exclamó el mayordomo.
—Diez libras y un chelín.
—¡Oh Señor!
—Dí “Ay, señor” y te aumentaré diez libras y cinco chelines.
—Ay señor
—Llámame John y cierra la puerta.

Lo dicho: la Reina de Inglaterra podría leer tranquilamente este relato moral en el jardín de invierno del Palacio de Buckingham.Y el arzobispo de Canterbury también.
Así que ya sabés, Montero Glez. Hay que ser más finos.