miércoles, 12 de marzo de 2008

Matteo Belli: un juglar en la ciudad

Me gustaría hablarles de Matteo Belli, contarles que es un gran actor, dueño de una de las voces más bellas que he oido hablar en su lengua italiana y en la mía española. Contarles por ejemplo, que es un estudioso y divulgador de los monólogos juglarescos medievales y que, a través de los siglos, trae ese humor eterno e irreverente de los poetas libres y perseguidos(o perseguidos por ser libres) a nuestros días. Que vuelve a la vida la poesía que nunca murió, en los labios jóvenes de un nuevo trovador. Que capturó toda esa luz de la Edad Media llamada oscura para traerla a estos días también oscuros.
Pero en realidad quiero hablarle a él. Para él tengo esta carta que voy a compartir con ustedes.
A usted, señor Belli:
Muchos maestros quisieron aleccionarme, muchos escritores quisieron influenciarme, muchos profesores trataron de corregirme. Pero nadie cambió tanto mi manera de pensar y sentir el humor y la poesía como usted, señor Belli, una noche de verano, hace años, en la semioscuridad de la sala de la Asociación Dante Alighieri. Cuando su voz resucitaba, para los que estábamos ahí, a un juglar llamado Ruggeri como yo, que suplicaba defendiendo las razones de su poesía a un obispo que cruel lo amonestaba. Y entonces las penumbras dibujaban en su rostro, señor Belli, el otro rostro del obispo, juez cruel y su voz tronaba con tintes tenebrosos y esta poeta del siglo XXI, que como su colega del año 1200 se llama Ruggeri, temblaba en su asiento.
Volví a mi casa esa noche, era verano. Trataba de imitar el movimiento de su brazo, señor Belli, cuando escenificaba a un buscavidas que, en la plaza de Jerusalén, vendía una pluma del arcángel Gabriel, junto con un pedazo de las Tablas de Moisés que había caido en el patio de su cuñado, con el undécimo mandamiento maravilloso, aquel que dice que todos pueden hacer todo lo que quieran. Sí, fue en el año 2002 ó 2001, no me acuerdo el año, pero me acuerdo el monólogo, como si lo hubiera presenciado ayer. Y recuerdo el brazo grácil con la pluma inexistente, pero se veía ahí, en su mano, la pluma.
Pero no podía imitarlo. No soy actriz y nunca lo seré, soy escritora. Me educaron para ser una dama, con una lista de palabras y gestos prohibidos. También recuerdo al hidalgo que representó, aquel que decía ser "hijo de una rosa y una azucena". Recuerdo que preguntó si había en la sala algún hidalgo. Todos se rieron, pero yo no. Creo que mi abuelo era hijo de una rosa y una azucena, no sé si mi tía María no era hija de dos azucenas inclusive: eso era una fiesta.
Pero su humor me hizo un efecto liberador: debo tener algo de sangre villana, bastante en realidad. Cuando llegue a mi casa y al ver que no podía mover los brazos tan grácilmente como usted, escribí una pequeña pieza teatral, que será la siguiente entrada de este blog.
Y que le debo a usted, señor Belli, como muchos de los textos que he escrito desde entonces y que he publicado aquí.
Este domingo, voy a estar en el teatro Cervantes, donde representará Hora X. Infierno de Dante.
Y sé que va a volver a conmoverme.
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