domingo, 18 de mayo de 2008

Recordando gestos patrióticos

Éste es mi tercer y último post de la serie que, para mis adentros, denominé, “Recordando al amigo De la Rúa”. Y a la crisis del 2001-2002, que yo padecí como millones de argentinos. Principalmente, mi mayor reproche a De la Rúa es haberme hecho comer la peor pasta del país, la peor salsa y el peor queso rayado que jamás haya vendido el chino de un supermercado. Sé que muchos de mis compatriotas procedieron velozmente a olvidarse de todo esto y de cosas infinitamente más tristes que esa, pero no me importa. Yo tengo excelente memoria y las estoy recordando, ahora en este blog. Curiosamente, en tiempos de la presidencia de De la Rúa, mi ilusión era ser humorista. Ejercitaba mi sentido del humor con la triste realidad nacional.
De la Rúa, no sé si recuerdan, solía a menudo pedirle a la población un gesto patriótico. Gustaba de hacerlo cuando despedía masivamente empleados públicos, recortaba masivamente sueldos y jubilaciones y tomaba otras medidas igualmente populares. En los hospitales no había gasas, ni jeringas descartables, por hablar de lo más elemental, y todos los que tuvieron un familiar con cáncer saben que no había drogas, que no había cómo aplicarles rayos y otras muchas carencias que causaron la muerte silenciosa, evitable y criminalmente dolorosa de muchísimos hombres, mujeres y niños, mientras esa infeliz María Antonieta de traje y corbata declaraba estar muy preocupado y nos pedía que fuéramos patriotas. Esta fue mi respuesta, escrita en esos tiempos, así como mi post Esto ocurría en Ciudad Gótica fue escrito mientras escuchaba a medias un discurso del ex ministro de economía Cavallo y la pequeña pieza casi teatral La Reina de Villa Lugano, en pleno cacerolazo.
Acá va mi respuesta a De la Rúa cuando nos pedía, por enésima vez, un gesto patriótico.

GESTO PATRIÓTICO

Un clásico ejemplo de gesto patriótico es agacharse a buscar el jabón en la ducha del penal. Pero hay ejemplos más prosaicos y variados y para eso tenemos la Historia, pródiga en gestas heroicas, eficaz aliada del político que siempre encontrará su felicidad evocando a San Martín en el cruce de Los Andes, por ejemplo, o a Cabral en la batalla de San Lorenzo, patriota afortunado si los hay, para demostrarle al jubilado que gana doscientos pesos, que el heroísmo no es sólo comer cada día. Claro que el jubilado no come todos los días, así que no es diariamente un héroe, lo será a lo sumo tres veces a la semana y a veces es tan poco heroico que se muere inexplicablemente, dado que su dieta no incluye alcohol, ni grasas ni fuma ni nada. Mientras el pobre gobernante, en esas cenas que se manda regadas con vino de las mejores bodegas, a las que obliga su profesión, comiendo cuello de jirafa con grasa de uro, al fin padece artereoesclerosis y otras calamidades. Lo que sin duda es también un gesto patriótico.
Recordemos gestos patrióticos.
A Tupac Amaru los españoles le pidieron un gesto patriótico, concretamente, que se dejara descuartizar por cuatro caballos, dice la Historia que el hombre tardó un poco en admitir la necesidad del acto de patriotismo, pero terminó accediendo porque reconoció la necesidad y urgencia de que lo despedazaran.
Hacia mil ochocientos veintisiete, si recuerdo bien, la Argentina necesitaba desesperadamente de gestos patrióticos, por lo que el general Lavalle le pidió a Dorrego que se dejara fusilar patrióticamente. Dorrego se lo tomó con filosofía y lo dejó hacer, sabiendo que la Patria a veces pide esas cosas y que, como patriota que era, no le podía negar nada.
Cuando el caudillo Facundo Quiroga paseaba por un lugar llamado Barranca Yaco, admirando el resplandor de la luna y deshojando una margarita, dos hermanos llamados Reinafé le pidieron un gesto patriótico, concretamente, que se dejara asesinar. Quiroga, naturalmente, accedió, porque como ustedes ya adivinaron, muerto o vivo, siempre era un patriota.
Pero también están los héroes y heroínas anónimos.
Cuando el Guapo Mendez le pidió a Juana Cildañez que se levantara la pollera y se pusiera en cuatro patas, no necesitó aclararle a Juana qué clase de gesto patriótico le pedía. Mientras que cuando le pidió lo mismo al Guapo Balvanera, sí lo tuvo que aclarar. Claro que al saber que se trataba de un simple gesto patriótico, el Guapo Balvanera se levantó la pollera y se puso en cuatro patas. Heroísmos cotidianos como estos hay muchos, pero me conmueve especialmente el renunciamento histórico del Guapo Mendez al concederle a Balvanera que también de él la patria necesitaba un esfuerzo.
Aguarde. Ya se que está pensando. Está recordando algún gesto patriótico personal, suyo, íntimo, que lo honra. Bueno, cuéntemelo. Escribame una carta y cuéntemelo con lujo de detalles. La Argentina necesita saber cuántos y quienes son sus héroes patriotas
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