sábado, 14 de junio de 2008

Clarimonda, la muerta enamorada

"Vengo de un país en el que no hay lunas ni soles, sólo un horizonte de inescrutable penumbra; no ya caminos ni senderos; no hay tierra en la que posar el pie, ni aire en que batir las alas."
Clarimonda dice esto. Clarimonda, la que "es tan bella que no hay paleta de pintor ni verso de poeta capaz de describirla". Pero sí puede hacerlo Téophile Gautier, su creador. Leí La muerta enamorada por primera vez, en una manoseada pero bella edición de Torres Agüero Editor, a los veintitrés años. La tengo en mi falda, ahora, y miro su prodigiosa tapa. Es de un rosa subido, tal vez de un morado intenso. Sus letras tienen un sesgo romántico, tal vez gótico. Su ilustración, un dibujo gris aterrador y erótico a la vez, una pareja desnuda huyendo, abrazada, de la guadaña de la muerte.
A mis 23 años, no prestaba atención a más detalles que el texto mismo. La muerta enamorada me arrebató y creí que Gautier había bajado de regiones innombradas, a raptarme de mi cuerpo y hacerme vivir las noches de Clarimonda.
Fue realmente curioso lo que ocurrió luego: busqué otros libros de Gautier. Ni siquiera recuerdo sus títulos. No me gustaron. Nada igualaba a la muerta enamorada, absolutamente nada. Pariente del diablo de Cazzote, pariente de Armida, pariente de la bella vampira de Dumas y de la mujer del collar de terciopelo negro, su pálida belleza no tenía igual.
Creí que Gautier, el gran Gautier, era sólo la muerta enamorada y con ella se había extinguido su gloria. Como dije, no prestaba atención a los créditos de un libro.
Una tarde de invierno, mi hija Daniela volaba de fiebre y se atormentaba por el fastidio, así que tomé el mejor libro breve que encontré en mi biblioteca. La muerta enamorada. Lo leí en voz alta. Las horas volaron.
"¡Desdichado, desdichado!", dijo Clarimonda, "¿Qué has hecho? ¿Por qué has escuchado a ese cura imbécil? ¿No eras feliz?".
Una vez que empecé a leer la historia, los ojos enormes y verdes de Daniela (nueve años) no me permitieron detenerme hasta llegar al final.
Pasaron años y libros. Hace poco me obsequiaron la misma edición de Torres Agüero, en perfecto estado. Ya tengo treinte y siete años, me interesan los editores, los traductores y los directores de las colecciones.
Entonces vi que no me gusta sólo Gautier. Me gusta Gautier traducido por Carlos Gardini. El mismo Carlos Gardini que admiro por la belleza e inteligencia de su obra. El mismo Carlos Gardini con el que compartí charlas inolvidables y que una vez compartió mi mesa y la de una Daniela casi mujer. El mismo narrador dueño de una erudición que empalidece la de muchos académicos, porque sabe emplearla. Y no sólo eso. Gardini dirigió la colección de Cuentos de Torres Agüero junto con Roberto Dulce. El Roberto Dulce que alguna vez tuvo una librería inolvidable llamada El Espejo Oscuro, donde Daniela estuvo conmigo cuando tenía tres años y donde tuve conversaciones increibles, sobre, por ejemplo, los cuentos de fantasmas de Louisa Alcott. El mismo que vino a mi casa y compartió mi cena y elogió a la diminuta Daniela, hace ya más de quince años, y conoció a Ger, su hermano de meses y al que vi jugar partidas de ajedrez interminables.
Así que la bella Clarimonda es la Clarimonda de Gautier, Gardini y Roberto Dulce.
Y era natural que a Daniela y a mí, nos enamorara su historia.