domingo, 27 de diciembre de 2009

Volvé, Dickens

La vidriera era oscura. Tan oscura era, negro de hollín, negro de noche, que si no fuera por la cartulina amarilla que decía "Manos: cinco pesos" hubiera seguido de largo. Pasé de largo treinta veces, cincuenta, cien, no sé cuántas, pero un día me detuve.
Manos: cinco pesos. Alcé la vista y unas letras que supieron ser luminosas decían JOANNA, peluquería . No decían eso, el nombre era otro. No me interesa ser realista al extremo de perjudicar a la gente buena. eso se los dejó a muchos de mis colegas. La mezcla del periodismo y la literatura es un monstruo de dos cabezas que siempre me fue ajeno.
JOANNA, peluquería. Toqué la puerta. Un mujer joven, delgada y menuda, peinada con una sencilla cola de caballo, abrió la puerta, trabada por una cadena.
-¿Sí? inquirió. Tenía esa cara de pocos amigos que da el cansancio.
Le señalé el cartel.
El interior era alumbrado por una luz de cuadro de Van Gogh que se obtiene fácilmente con una lampara de 25, esa luz amarilla de los bares donde se emborrachan sus personajes. El espejo estaba rajado, el tapizado de la butaca, roto, con la gomaespuma asomando.
Lo único que brillaba era un televisor.
Me ofreció una silla. El televisor era en blanco y negro y estaban dando una telenovela. Joanna, supongamos que es su nombre, no le podía sacar los ojos de encima. Puso una mesita a regañadientes y encima de ella una toalla sucia. Luego empezó a limarme la uñas. Cada diez segundos se daba vuelta a mirar la pantalla: una joven actriz ( después reconocí a Emilia Attias) resistía con heroísmo el acoso de un vulgar malandrín. Su nobleza era maravillosa. Así lo vi, porque estaba viéndolo con Joanna. Si lo hubiera visto en mi casa o en cualquier otro lado, hubiera pensado que eran dos actores patéticos con un guión de cuarta pensado para idiotas. Pero no era así, entendí , ella era noble y bella y él un vulgar malandra. Ella jamás venderá un milímetro de su piel. Ella es como Joanna, imagino. Entonces viene el corte y me pone una mano de calcio. Sacudiéndose la aventura de la mirada, me pregunta si quiero un par de medias por dos pesos.
Veo un diploma colgado en la pared, con manchas verdes. Veo que Joanna se recibió de peluquera en una academia en 1990. Tal vez tenga mi edad, pero parece más joven. Su corazón puro y sin mácula la mantuvo así.
Me llevo las medias, las manos esmaltadas y la absoluta conciencia de que el peor actor del mundo tiene una misión que cumplir y que la peor de las ficciones es mejor que lo real.
Ya lo sabía. Lo sabía cuando leía Los tres mosqueteros en el fondo de mi casa de Villa Urquiza. Lo supe siempre pero lo había olvidado. Ahora yo escribo ficciones y me preocupan demasiado los engranajes, tuercas y tornillos.
Esto pasó hace dos meses. Ahora camino por esa calle todos los días y busco la peluquería de Joanna, con sus vidrios de hollín. Y no la encuentro. Se esfumó, como un fantasma que vivió demasiado tiempo a la sombra de la gran avenida y se fue, en busca de refugio, con su televisor y sus heroínas de corazón puro. Como ella misma.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La leyenda del capitán Maldito

LA LEYENDA DEL CAPITÁN MALDITO

¿Conocen la historia del Capitán Maldito? ¿No?
Ignorantes.
El Capitán Maldito era conocido por ese nombre tanto en Maracaibo como en Lima y Tierra del Fuego. Con solo oír su nombre, los hombres temblaban como Gudurix y las mujeres gritaban como la rubia de King Kong. A la noche, cuando los niños no se querían tomar la sopa, se les decía: vendrá el Capitán Maldito y te llevará. Su fama era peor que la de Satanás, que tiene bastante mala fama. Su final fue tan triste que de solo recordarlo me pongo a llorar. A su muerte los hábitos monjiles quedaron de luto y en las islas británicas hubo un desmayo masivo de cinco minutos a las cinco de la tarde por parte de las ladys, en señal de duelo.
Se conserva un retrato de él en el Convento de las Carmelitas de Bogotá. En él vemos al Capitán Maldito posar con aire siniestro. Tracemos su retrato.
El Capitán Maldito llevaba con apostura un parche en el ojo izquierdo y el derecho era de vidrio. Ustedes dirán que no veía un carajo, sí, les digo yo, pero por eso era tanto más temible. Es famoso que, blandiendo el sable de aquí para allá le cortó la cabeza a su propio lugarteniente. También se cuenta que una vez mandó a ahorcar al gobernador de Santa Guadalupe de los Arenales y en lugar de eso sus hombres ahorcaron al cocinero. Todo lo que dijo el Capitán Maldito esa noche fue que la comida era mucho mejor. Es que parece que el gobernador de Santa Guadalupe de los Arenales cocinaba unos platos de primera.
Prosigamos. De su brazo derecho pende un temible garfio de hierro retorcido y oxidado, que más de una herida mortal, más de un hueso roto, a él se deben. En cuanto al brazo izquierdo, era ortopédico. Esto a nadie debe asombrar. Simple maravilla de la medicina incaica.
Se cuenta qué, así como Byron se ponía hosco cundo se hacía notar su cojera, el Capitán Maldito se ponía de igual modo cuando algún desprevenido se ofrecía a estrechar su mano. Es famoso lo sucedido durante el encuentro entre el Capitán Maldito y Lord Julian Wade. Lord Julian, enviado por el rey Jacobo, tenía la misión de ofrecer al Capitán Maldito el gobierno de Jamaica. La derrota del elegante inglés fue total y esto por un incidente, que nos apresuramos a relatar.
Frente a sendas botellas de ron, el Capitán trazaba frente a un admirado Sir Julian las líneas de su plan de gobierno. Su más cara medida era incentivar peregrinaciones de monjas desde el continente. Tal piadosa intención, llegó a lo más profundo del corazón de Sir Julian. Conmovido, pronunció la frase fatal:
—Capitán, estrechemos nuestras manos.
¡Frase cortés, digna en todo del elegante británico! Frase sencilla, sí, pero no para el Capitán Maldito, a quien la sola palabra manos sublevaba la sangre. Frase imbécil pronunciada por un Sir Julian alcoholizado con ron de mala calidad, dicen algunos. Haciéndola corta: el Capitán Maldito enrojeció y cuál lo haría una doncella ruborosa, ofendida en el íntimo pudor, desenvainó el sable y seccionó de un solo golpe, las dos manos del imbécil de Sir Julian.
Es que Sir Julian era un imbécil y nuestro capitán era sensible como una poeta mexicana.
El capitán, anécdotas aparte, en su estampa retratada adelantaba con hidalguía una pata de palo, labrada en una magnífica muestra del arte caribeño. Poseía, además, en finas incrustaciones, topacios, rubíes y esmeraldas de gran valor. Como se ve, no era ningún tacaño y además, sabía muy bien la parte del botín que le correspondía: las tres cuartas partes y el resto lo repartía con generosidad y justicia.
Semejante pinta coronaba una peligrosa pero breve carrera. Tal vez a eso se deba el penetrante aroma de su recuerdo, que satura el ambiente monástico y a las pálidas solteronas por elección en largas jornadas de té y canasta.
Fue un fin triste y peor aún, desconsiderado e irrespetuoso por parte del Señor el que acabó con la espada más temible de la isla de la Tortuga.

La suave, lisa y dulce lady Fairling cortaba rosas de su jardín, sin notar que su rubio cabello estaba sucio y desarreglado. Tampoco le preocupaba que su aérea falda blanca estaba agujereada y que sus finos y delicados pies se hallaban calzados por apenas una media roja y otra naranja. Esas nimiedades parecían desmentir la delicadeza de su talle y de hecho lo hacían. Porque la suave, dulce y lisa lady Fairling era el bruto John el Tuerto, por eso era lisa y su disfraz se lo había procurado Bill el ciruja, por eso no era tan elegante como el de una auténtica Lady británica. Pero John el Tuerto no se preocupaba por eso, porque, como ya hemos dicho, el Capitán Maldito no veía un carajo.
Corrió rápidamente por la isla de la Tortuga la voz de que una suave y dulce, aunque lisa, lady inglesa había llegado a la isla a cortar rosas y estudiar a los pájaros. Rápidamente se enteró el Capitán Maldito, que jugaba una partida de truco con Lady Ashton y Lady Dursdey, las dos últimas ladys que habían llegado a la isla con el pretexto de estudiar pajarracos y sin engañar a nadie, salvo tal vez a Lord Ashton y Lord Dursdey.
—¿Así que tenemos otra, eh?—murmuró el capitán —Señoras—dijo dejando las cartas sobre la mesa—Disculpadme.
Lady Ashton se desmayó. Lady Dursdey se rascó la oreja y levantó las cartas del Capitán para ver que tenía. Luego lanzó una puteada, porque hubiera ganado esa mano.
El cuarto jugador era Bill el ciruja. Sonrió enigmático.
El Capitán Maldito salió de la taberna.
Se equivocó diez veces el camino y trastabillando llegó hasta la suave, dulce y lisa Lady Fairling.
Lady Fairling, o sea, John el Tuerto, inclinado sobre un macizo de flores, giró la cabeza al oír la rotunda pata de palo del Capitán Maldito.
—¿Lady Fairling? —dijo el Capitán.
—Oh, yes—dijo el Tuerto, imitando a una lady como mejor sabía mientras buscaba el puñal entre las enaguas.
—Lady Fairling, tengo muchos compromisos. Ya hay demasiadas como usted en la isla. Por lo tanto va a tener que irse.
—Oh, no—murmuró el tuerto. Bill el ciruja había cosido un bolsillo a la enagua para guardar el puñal, así que el tuerto trataba de descoserlo.
—Está bien—dijo el capitán.
El Tuerto encontró el puñal.
—Tendré que hacerlo—dijo el Capitán, irritado.
Y cuando el tuerto tuvo el puñal bien aferrado, y comenzaba a girar, tenso, con un mohín de coquetería dirigido a la nublosa mirada del confiado capitán, este, que tenía bien ganada su fama de maldito, le cercenó el cuello de un sablazo.
—Me tienen harto las mujeres— suspiró. Tomó una aceituna de un platito que había en una mesa. Pues sí, había una mesa y un platito con aceitunas, aunque no lo hubiera dicho antes. Se sirvió tres más de un saque...y se atragantó con los carozos.
Así murió el más terrible de todos los piratas.
Les advertí que era un final desconsiderado. Pero yo no hago la historia.
Sólo la escribo.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Las puertas de La Alhambra

Sueño el perfume de la Alhambra
En el arco de tu pecho
Tu boca es una puerta,
Tu aliento, un jardín perfumado
Bailan violetas en un lecho borracho
Estrellas mareadas, mirá, es la luna loca
Que tambalea en un cielo hecho de topacios
Tu pecho, el arco de la Alhambra
Y todas sus puertas son bocas tibias
Rosadas, dulces. Me besan como esclavas
Cada flor de cristal me muerde los labios
Polvo de violetas baña tu espalda
Que abrazan mis piernas en medio del agua
Tan dulce es el beso de la espada
Que nadie creyera que al fin matara
Me besa furiosa y me deja exhausta
Y si no tuvieras furia y yo no desmayara
Pálida sobre el lecho, de mí misma raptada
Si en un sueño, dulce dueño
Me vieras rosada y exánime
Y un dulce de mieles de vos se adueñara
Fuera de mí mi espíritu
Vagando difuso
En las danzas más locas
En tu sueño confuso
Por jardines te llevaba
A yacer entre flores y hiedra
Te llevaba embriagada del beso divino
Besándote en el arco tenso de tu pecho
Soñando con puertas de plata
Con lechos de hiedra
Con jazmines y ámbar
Con la piel blanca de la luna
Reflejada en un lago de nácar

El perfume de tu beso me llevó embriagada
A las puertas de la Alhambra

martes, 1 de diciembre de 2009

La Sorbona y yo



La Sorbona y yo


Como buena escritora maldita, que no piensa en su éxito sino en el de sus futuros nietos, hace años que junto basura. Es decir, guardo todos mis manuscritos. Cuando era joven los guardaba para esos seres brillantes de la Sorbona que iban a comprender y analizar cada borroneado de mis textos. Ya un poco mayorcita, conocí algunos tipos y tipas de la Sorbona y me volví práctica: los guardaba para esos atorrantes y vagos de la Sorbona que viven de becas y subsidios. De todas formas, a mí como a Napoleón, me interesa el aspecto, para unos pasado de moda, de la gloria.
La gloria póstuma es redituable de dos maneras. Una es la burguesa, y consiste en que los nietos se enriquecen vendiendo nuestra basura y en los suplementos un montón de gente cobra por discutir la inmoralidad de publicar lo que nosotros en vida decidimos dejar inédito( ja, ja, ja) O sea, el aspecto burgués es el de alimentar a muchos vagos, además de nuestros nietos. El otro aspecto no es burgués, es sacramente egipcio. En nuestra época no podemos aspirar a pirámides, pero nuestras sombras lastimosas estarán más satisfechas de una tumba en la Chacarita llena de latas de cerveza, paquetes de cigarrillos y pintadas en aerosol, más quejas de los parientes de nuestros vecinos por todos los que nos visitan en nuestra última morada, que de mirar nuestras tumbas para encontrar tres margaritas resecas de nuestros parientes y nada más.
En fin, de todas formas mi temperamento es más burgués que egipcio, y aunque me agrade la idea de latas de cerveza en mi tumba, me agrada más pensar en mis nietos con la calculadora en la mano vendiendo en Sotherbys las boludeces que guardo ahora en los cajones.
Como las cosas hay que hacerlas bien (y sugiero a todos los autores malditos que sigan mi ejemplo) cuando tengo un rato libre busco los poemas (horrendas imitaciones de Byron que escribía en 1995) y escribo frases de genio torturado en los márgenes (siempre cuido tachar una o dos palabras). Piense que mucha gente de letras se dedica a los estudios genéticos y tachar es necesario para ayudar a su trabajo. Un poeta que no tacha y no hace muchas versiones no colabora con los cupos de becas, algo así como que cierra puestos de trabajo de licenciados en Letras¿me explico?. Bueno, escribo una frase genial, un sábado a la tarde sin mucho que hacer, y tacho un poco.
Por ejemplo:
"Estoy poseída, poseída, poseída. Un demonio me persigue día y noche. Mi madre dice que es el portero que viene a cobrar las expensas, pero para mí es una musa que me empuja a escribir más y más, cada vez que toca el timbre escribo con tanta fuerza que el lápiz se rompe"(aquí una mancha negra que atestigua que rompí otro lápiz) "Escribo y escribo(anoto en el margen):las expensas aumentarán igual. Chopin y George Sand nunca las pagaban, tampoco Lautremont"
Guardo cuidadosamente, por supuesto, el lápiz que rompí en ocasión de escribir esto.
Bueno, ya lo saben. Hagan la fortuna de su descendencia, los estudios genéticos están en su apogeo y los genetistas de letras son cada vez más. Y la expensas van a seguir aumentando.Escriban cada papel que se les ponga en frente, tachen, hagan dibujitos, etc... Una puede ser maldita ahora porque no se imagina a Lautremont pagando las expensas ni a Chopin en la panadería.
Pero no hay que dejar a los nietos sin nada.¿O NO?

miércoles, 11 de noviembre de 2009

MERCADO NEGRO.CAPITULO CINCO Y FINAL

Viene del post anterior
ARRÁNCALO Y PARTÉSELO EN LA CABEZA
MacDillon despertó en una pesadillesca ciudad, ya saben cuál, me cansé de decirlo, Nueva York. Y se encaminó a su casa como sonámbulo. Y embocó la llave a duras penas. Aún podía verse una estrellita solitaria bailando sobre su cabeza. Entró y encendió la luz. Y sentada en su jergón roñoso, recostada más bien, en la pose de Madame Recamier, se hallaba una rubia espectacular. Como Isabel Sarli, pero más flaca y teñida.
—¿Tú eres el que busca a mi esposo? —susurró.
—¿Qué?—MacDillon estaba sordo como un topo.¿O era una tapia?
—¡Qué si tú eres el que busca a mi esposo!
—¿Y quién es tu esposo?
—¿No adivinas quién soy? —dijo la rubia teñida incorporándose y dejando ver dos pechos voluminosos enclaustrados en un corpiño que en mi opinión, tenía rellenos. Era como Ivana Trump, con más maquillaje. O sea, era lo que los hombres llaman un sueño y las mujeres llamamos una pajarraca.
—¿Quién eres?—Mac Dillon preguntó esto con la naturalidad y la calma de quien ha recibido doscientos dólares en lugar de tres mil y una golpiza del sargento García. O sea, como alguien que ha perdido la capacidad de asombro que es el origen de la filosofía según Karl Jaspers.
—Soy la futura viuda de MacEnroe.
—¿El tenista?
—No te hagas el idiota.
—Entonces el que se masturba con guantes de cirujano usados.
—-El mismo. Mi femineidad no soporta ese desprecio.¿Me comprendes?
—Claro—MacDillon buscaba como un loco un peine en sus bolsillos para hacerse bien la raya. Sería gratis esta vez.¡Bien!
—Si dinero es lo que buscas, aquí hay de sobra—ella le arrojó una cartera.
Pero él se arrojó sobre ella.Y fue, creánme, maravilloso. Se habían juntado el hambre y las ganas de comer. En fin. Patéticos. Eso terminó más rápido que una pizza delante de MacRae.
—Al fin un hombre me comprende—exclamó ella. Triste ¿eh?
“Al fin una mujer no me cobra, me paga” pensó él, no sin lógica.
—Matarás a ese cerdo.
—Claro.
—Y te casarás conmigo.
—Por supuesto.
—Y me harás el amor toda la noche.
—Bueno...la noche es larga.
—Y es toda nuestra.
—Pero yo me levanto temprano.
—¿Me estás diciendo que te levantas temprano o que es imposible de levantar?
—Qué romántica. Prueba.
—Probaré.
Y probó. De todas las formas. Pero fue imposible.

Al fin ella se hartó. Se arregló la ropa, repitió dos o tres palabrotas y le sugirió que hablaran de negocios.
—Mi marido va a estar mañana a las cinco en el fumadero de opio de la calle Cuarenta y ocho y la Decimonovena Avenida.¿Te ubicas o te hago un plano?
—¿Dónde está el bar con el busto de Jefferson pintado de rojo?
—Sí. El bar tiene un sótano. Ese sótano es un fumadero de opio. Al fondo a la derecha hay un baño. En el baño hay un caño. Arráncalo y partéselo en la cabeza. Será limpio, no hay mucho que se derrame. Barato para ti, pero yo te lo pagaré caro.
—¿Cuánto es caro?
—Carísimo. Me casaré contigo. Será el modo de que no abras la boca. Y serás el dueño del emporio MacEnroe.
—Oye. Yo leí novelas. No soy tan bruto como piensas. Las rubias siempre dicen eso y mienten.
—Pero yo soy castaña. Lo demás es agua oxigenada.
—Es verdad—reconoció él—Mañana a las cinco estaré ahí.
—Sí. Y te amaré para siempre.
“¡Y me pagará por ello!” —pensó MacDillon.
—Está bien-dijo—Lo mataré.
—-Eres mi héroe.
—¿Cómo te llamas?
—Evangelina Salazar de MacEnroe.
—Con eso me convences. Con ese nombre no puedes ser una arpía de novela.
—Claro que no. Me voy. Ahí queda mi cartera. Gasta lo que hay adentro, pero cuídala. Fue un regalo de bodas.
—Descuida. Podrás llevarla en el funeral.
—Claro que no—ella se mostró escandalizada—¿No ves que es roja? Sería una falta de respeto.
Bien, llegó la hora de mostrarse un poco rudo.
—Vete-dijo—Eres una perra. Cuando seas mi mujer, te trataré como mereces. Para mañana a esta hora serás viuda.
—Adiós—dijo ella y un destello extrañamente metálico asomó en su mirada. ¿Era lo que parecía?¿Tenía lentes de contacto de color? No podría asegurarlo.
En eso MacDillon reparó en un detalle. No conocía a MacEnroe. Salió al corredor y gritó.
—¡Evangelina!
—Salazar—se volvió ella con un mohín de coquetería.
—No lo conozco.
—¿A quién?
—A tu marido.
—En mi cartera hay fotos.
—Bien.
—¿Ya me puedo ir?
—Vete.
—Adiós.
Y se fue.

Y al día siguiente, MacDillon tomó la cartera y contó los billetes. Había allí tres mil dólares. Bailó horriblemente mal una polca.
Y luego miró la foto.
MacEnroe se parecía mucho a MacRae.
¿Extraño? Si A es igual a B...entonces MacEnroe era MacRae!
Pero se conocían desde la infancia. Transcurrieron juntos la adolescencia, con la vieja Lucy..¿sería posible?
¿Ya lo adivinaron, no?

A las cinco, MacDillon fue al bar de la Cuarenta y ocho y La Decimonovena avenida, con un busto de Jefferson pintado de rojo, descendió el sótano, fue al fondo, tornó a la derecha, entró al baño, le costó bastante arrancar el caño, fue hacia MacRae, que fumaba opio en una hamaca y le partió la cabeza.
Uf. Ni Chase lo hubiera hecho mejor. Qué escena violenta. Y en un solo párrafo.
Luego dejó el caño, salió, y en la esquina estaba Rose.
—Oh, Joe—parloteó—¡Te conseguí la motosierra!
La apartó suavemente.
—Olvídalo, nena. Me caso.
—¿Tú?
—Sí, yo ¿por qué no?
—¿Pero con quién?
—Ya lo sabrás—dijo sombrío.
—Mira. Algo pasa en el bar.
—Olvídalo, nena. Te enviaré un pavo relleno en Acción de Gracias.
—Pero mira. Está el sargento García.
—Tu amigo, eh, espero que le cobres caro.
—Pero viene hacia aquí.
—Es que eres guapa, Rose. Incluso vestida.
—Pero mira lo que lleva en la mano, Joe, eh, mira.

Y llevaba en la mano el caño sangriento.
Y en la otra mano, dos esposas.
Y tras de él venían veinte policías más.

Y ese fue el fin de MacDillon.
EPILOGO
Ya lo adivinaron, ¿no? Evangelina Salazar es la viuda de MacRae, que pagó su viudez con los tres mil dólares que su finado marido recibiera del ignoto para siempre MacEnroe a cambio de los guantes usados de cirujano.
Y MacDillon es un idiota.
Pero eso lo sabían desde el principio.

Pero Mary se entendió con él, por medio de Rose, que entre otras cosas, colaboraba con MacEnroe ayudándolo a calzarse los guantes.
Gracias a Dios, terminé este cuento. Ya puedo ir y confesarme.

lunes, 2 de noviembre de 2009

MERCADO NEGRO. CAPITULO 4

VIENE DEL POST ANTERIOR
>¿Y qué pasó entonces?<
Buena pregunta. Pero no tiene fácil respuesta. Ya se me ocurrirá algo. Oh, bien. Mac Dillon, llegó a su casa, cortó el piolín y vio desparramarse un montón de billetes. Pero qué se le iba a ocurrir contarlos. Era un montón de billetes.
De billetes de un dólar.
Doscientos miserables dólares de cambio chico.
Pero el muy idiota todavía no se dio cuenta. Está bailando una polca por la habitación y baila horriblemente mal. Con razón siempre tiene que pagar. ¿Quién lo haría gratis con un hombre que es feo, es tonto, baila mal y, detalle fundamental, no cuenta el dinero?
Su primer acercamiento a la realidad fue cuando quiso comprar una botella de whiskie la Ruina de los Campbell con un billete de un dólar y dijo, muy macho.
—Quédate con el vuelto, ejem, preciosa.
Y no digamos lo que le contestó Ejem, Preciosa.
Entonces metió la mano en el bolsillo y por fin contó el dinero. Creía tener trescientos dólares. Pero tenía tres. Compró chicles. Volvió al departamento. No era fuerte en matemáticas. Pero logró darse cuenta de que no tenía tres mil dólares. Entonces lo invadió su instinto criminal. Y no supo que hacer con él.

Decidió olvidar las últimas andanzas de Rose. Decidió acudir a ella, como siempre lo hacía cuando lo acometía el instinto criminal y no sabía que hacer con él.
Rose era secundariamente prostituta y pelirroja, pero primordialmente tenía buen corazón.
En el buen corazón de Rose pensaba Mac Dillon cuando le tocó el timbre.
—¿Quién es? — dijo una voz dulce como un violín en primavera.
—Ábreme.
—Ya voy.
—Perra.
—Sí, querido.
MacDillon masculló palabrotas. Entretanto, la lluvia caía y Nueva York parecía más sucia y bajo la lluvia monótona y mugrienta renacía el instinto criminal que venía a aplacar. Sólo Rose, la de buen corazón, podía ayudarlo.
Y allí estaba ella, la polaca pequeña y dulce, con su deshabillé de rosas desteñidas como sus mejillas marchitadas.
Con dulce sonrisa abrió la puerta y lo miró de arriba abajo.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a destruirte.
—Destrúyeme rápido, entonces y vete.
—¿Qué pasó con tu buen corazón?
—Lo tiré al inodoro.
—Perra—dijo MacDillon y le tiró una bofetada.
—Gracias—dijo ella.
—¿Qué me dices?
—Gracias—repitió y le pegó un sartenazo que lo lanzó de nuevo a la calle.
—¿Qué se hizo de tu buen corazón? —repitió él atontado.
—Lo arrojé las alcantarillas podridas de esta ciudad putrefacta, dura y cruel. He aprendido, Joe. Me has enseñado la crueldad.¿Ves este abrelatas? —dijo extrayendo un pequeño artefacto del bretel de su corpiño— Te asombrarías de ver las cosas que he abierto con él.
—Bueno, Rose, como siempre, eres especial. Sin ti, no sabría que hacer.¿Cuánto te debo?
La dulce cara de Rose se amplió con una brillante sonrisa.
-Cuarenta dólares, amor...
—Espera, te debía veinte, está bien. Pero un timbrazo son quince ¿o
—Quince dólares de ahora, por el timbre, veinte me debías de la última vez.Suma cuarenta dólares porque el abrelatas me costó cinco.¿Fue brillante, no?
—Sí, no lo esperaba.¿Qué tal una motosierra la próxima vez?
—Oh, eso es caro.
—Tal vez pueda pagarlo.
—¿Estás de nuevo en el negocio?
—No te importa—masculló.
—Es igual. Avísame cuando quieras la motosierra, cariño. Abrígate y no tomes frío.¿Quieres pasar y tomar algo caliente?
—¿Cuánto sale eso?
—Oh, cinco dólares un té.
—¡Té en Nueva York! Estás loca, cariño.
—El café está tan caro...
—Déjalo, Rose. Otro día.
—Adiós, querido.

Qué dulce es esta Rose-pensaba Joe mientras volvía a hundirse en la ciudad acalambrada de putrefacción. Qué dulce una buena mujer en esta ciénaga asquerosa.
Se sentía relajado y optimista cuando cruzaba la calle con el semáforo en rojo. Se sentía tan optimista que no se dio cuenta cuando lo durmieron de un puñetazo.

...Sobre la cabeza de MacDillon bailaban estrellitas de colores en alocado círculo. Era un espectáculo digno de verse. Arrojado en la vía, lo contemplaba el Sargento García y otros dos policías igualmente asquerosos.
—Buenos días, Joe. Sabemos que buscas a MacEnroe. Sólo queremos decirte que lo olvides. Ya sabes que andamos detrás de ti.
—Y déjala en paz a Rose. Es una buena chica—agregó otro que mascaba chicle.
—Así que ya sabes.
Se fueron orondos dejándolo ahí. Lamentablemente, él estaba desmayado y no los oyó... Bueno, no se perdía de nada. Cuánto más tiempo duermas en Nueva York, mejor. Eso dicen.
¿Pero cómo sabían que buscaba a MacEnroe si él no buscaba a Mac Enroe? Mistery. Pero no es tan misterioso. Ya lo verán.
En realidad él sí buscaba a MacEnroe. Pero hasta ahora solo lo había buscado en la guía telefónica. Y no lo encontró. Uno no se encuentra multimillonarios petroleros en la guía. Así que llamó a MacRae. Y MacRae le dijo, solícito, que no se preocupara por MacEnroe. Qué no le iba a pagar un dólar más. Qué los que más tienen, siempre son los mas tacaños. Y que por favor, no volviera a llamar a la hora de la cena. Y le cortó.
¿Cómo hallar a MacEnroe? No lo sabemos. Pero MacEnroe supo hallarlo a él.¿Cómo?
Tal vez Rose lo supiera. Pero por ahora, yo no.

CONTINÚA EL LUNES 10 DE NOVIEMBRE

lunes, 26 de octubre de 2009

MERCADO NEGRO: CAPITULO 3

VIENE DEL POST ANTERIOR

EL SUCIO MAC RAE
Dos noches más tarde, MacDillon recibía de manos de Mary una bolsa roja, de las que se usan para la basura patológica en todos los hospitales de buen nombre y en los de mal nombre también.
Cruzando el puente de Brooklyn, mirando ensoñado las estrellas, Joe MacDillon soñaba con el maravilloso contenido de su bolsa sintiéndose Santa Klaus. Tres preciosos pares de guantes usados por cirujano eran, a ver, quinientos dólares por guante. La aritmética no era su fuerte. Cada par valía mil dólares. O sea, tres mil dólares. Vaya juguete que le esperaba al niñito negro. Vaya juerga que le daría a Rose.
Apenas se halló en su lúgubre domicilio llamó a MacRae.
Marcó su sucio número y espero. Esperó lo suficiente para impacientarse. Al fin, una dulce voz femenina le respondió.
—Hello.
—Quiero hablar con MacRae.
—Tiene la boca ocupada, cariño. Pero dime lo que quieres y yo se lo diré.
—¿Rose? —exclamó sorprendido.
—Oh, no. No digas quién eres. Estoy pasándola bien.
—Si fuera tan bueno como dices, no podrías conversar, Rose. Cuando era conmigo, no conversabas.
—Tú siempre especial, Joe MacDillon—dijo ella con una risita-Pero verás, por ahora estamos cenando. Lo que tiene en la boca es un hermoso pavo del Día de Acción de Gracias.
—Pero eso fue ayer.
—Sí, fue ayer ¿Dónde estabas tú? No me saludaste. Estamos cenando lo que quedó.¿Qué quieres que le diga? Le pasaré el mensaje durante el postre.
—¿Y cuál es el postre?
—Yo, cariño ¿qué más?
—Déjalo, Rose. Lo llamaré mañana.
—OK, pero que no sea muy temprano. Estoy con contrato hasta el mediodía. Y avísame cuando me necesites, amor y recuerda que me debes veinte dólares ¿sí, querido?
Rose colgó y MacDillon se quedó mascullando. No importaba. Rose no era la única mujer en el mundo.

Pasó la noche y MacDillon se despertó al mediodía. Hora de llamar a MacRae.
Marcó el maldito número.
—Hello—respondió una dulce voz femenina.
—Oh, no, Rose. Otra vez no.
—Pero me estoy yendo, baby. Te paso con este tigre.
—Ahora él es un tigre.
—Tú también, tú también. Pero él no ha dejado nada del pavo de Acción de Gracias. No me dejó probar bocado. Me voy a casa por que me muero de hambre. Así que te doy con él. Bye, bye, dulce baby.
Llamar dulce baby a ese mamarracho es demasiado ¿o no? Por eso nunca quise ser prostituta..Por las cosas que hay que decir.
—¿MacDillon?
—¿MacRae?
—Él mismo.¿Qué tienes?
—Gripe.
—¿Qué tienes para mí?
—Guantes sucios. Tres pares.
—Te has portado. Bien. ¿conoces la esquina de la Cuarenta y ocho y la Décimonovena Avenida?
—¿Te refieres al bar que tiene un busto de Jefferson pintado de rojo para hacer juego con el matafuegos?
—Sí, donde estaba la casa de la vieja Lucy ¿la recuerdas?
—¿Cómo me voy a olvidar de la vieja Lucy? Estaba vieja, pero esas francesas...
—Dios, si te dejaba sin aire.
—Si habré gastado de mi primera libreta de ahorros con la vieja Lucy.
—Y luego tu padre te tiraba de las orejas, ja.
—En cambio el tuyo te pagaba todas las juergas.¿Y qué fue de Lucy?
—La reventó el reuma. Empezó con el lumbago.
—Claro, el lumbago. Gajes del oficio.
—Y después el reuma y después le encontraron artritis.
—Pobre Lucy.
—Terminó en el Hospital General.. así empezamos en este negocio ¿recuerdas?
—Sí, cómo no me voy a acordar.
—¡ENTONCES NO PREGUNTES LO QUE YA SABES Y VE AL BAR DE LA CUARENTA Y OCHO Y LA DECIMONOVENA AVENIDA CON EL BUSTO DE JEFFERSON PINTADO DE ROJO DONDE ESTABA LA CASA DE LA VIEJA LUCY QUE TENÍA EL LUMBAGO DE TANTO AGACHARSE Y ARTRITIS DE TANTO ARRODILLARSE Y TRAE LOS MALDITOS GUANTES!!!!!!!!
—¿Y mis tres mil? — preguntó MacDillon.
Pero MacRae ya había cortado.

¿Y a qué hora tendría que estar allí— se preguntó MacDillon. Pero imaginó que debía ser a la hora de comer.
Y al día siguiente, al mediodía, estaba allí con su bolsa roja y el bolsillo expectante.
Y allí estaba el busto de Jefferson pintado de rojo, pero faltaba el matafuegos. Y sentado, devorando unos huevos con tocino y esas porquerías que comen los yankis, estaba MacRae.
Se veía muy gordo y completamente pelado. Comía como un cochino. Con una mano grasienta llamó a MacDillon. Y MacDillon, diligente, se sentó a la mesa con cara de buen chico.
—¿Qué vas a comer?
—Pizza.
—Buena idea. Hey, Tommy. Una pizza grande con pepperoni. Sabes, aquí hacen la pizza de un modo que me encanta. Chorrea grasa, pero es riquísima Y bien, Joe, querido, ¿qué tienes para papi?
—Lo que sabes. Tres pares de guantes sucios.
—Sucios y sanguinolientos.
—Roñosos, infectos. Y valen tres mil dólares.
—Dámelos.
—Quiero mis tres mil.
—Hagamos un trato, MacDillon. Yo te daré los tres mil dólares, claro que sí, muchacho, el viejo MacRae siempre cumple. ¿No es verdad, Tommy? Mira que pizza, muchacho. Esto es una pizza. Sírvete, anda.
—Quiero mis tres mil.
—Te decía que haremos un trato. Yo te daré los billetes, sí, claro que sí, no vas a dudar del viejo MacRae. Pero los tengo envueltos en una servilleta.¿Y sabes por qué?
—Si la servilleta está limpia me parece bien.
—¿Y sabes por qué? —insistió MacRae
—¿Por qué? — se resignó.
—Porque nunca, oyes, nunca se debe mostrar el dinero. Pásame la bolsa, quiero ver que no me estás engatusando.
—Tú pasame algo de esa pizza. Comes como Pilón, no dejas nada.
—Oye, toda la vida te di de comer, así que no te quejes. Hum. Huele a gato muerto. Están asquerosos estos guantes. Bien, sirven- cerró la bolsa e increíblemente siguió comiendo—Oye, si no te comes eso dejámelo a mí.
—Come, a mí se me fueron las ganas.
—¿Estás seguro que no la quieres? No has comido nada.
—Como bien dijiste, huele a gato muerto. ¿Y desde cuándo gastas tanto escrúpulo frente a una porción de pizza ajena? Come y dame mi paga. Cargué esa bolsa dos días.
—Shshshsh. Estira el brazo izquierdo bajo la mesa y tómala.
MacDillon estiró el brazo izquierdo y tomó un bulto de la mano oculta de MacRae.
—Bien, bien, chiquito— MacRae simulaba seguir una conversación—¿Cómo está Mary? ¿Sigue tan guapa como siempre?
—Tú sigues ciego como siempre. Cuando tenga más, te lo haré saber. Y no te manches la camisa, MacRae. Rose no acostumbra lavarlas.
—Oh, Rose, Rose. Esa chica sí que es dulce ¿sabes lo que me hizo?
—No y no quiero saberlo. Adiós, MacRae.
—Espera, espera. Cocino un pavo como nunca lo has visto.
—Adiós MacRae,-repitió con furia y se fue, el idiota, sin revisar el interior de la servilleta atada con un piolín que llevaba en el bolsillo izquierdo. Y claro, Mac Rae estaba seguro que no lo haría. Acabó la pizza, pidió la cuenta, cargó la bolsa roja y se marchó.
CONTINÚA EL LUNES 2 DE NOVIEMBRE

lunes, 19 de octubre de 2009

MERCADO NEGRO: CAPITULO 2

VIENE DEL POST ANTERIOR
CAPITULO 2:
Maldita Mary

Cruzando el puente de Brooklyn, MacDillon se perdía en ensoñaciones bajo las pálidas estrellas neoyorkinas. Llenar el carrito del supermercado de buena y sana comida chatarra. Invitar a Rose a una buena juerga. Comprarle un juguete al vecinito negro cuya madre se lo llevaba asustada cada vez que se le acercaba. ¿Por qué? se preguntó, amargado. A él le gustaban los niños. Porque, ya lo saben, ¿no? En el fondo, su corazón es tierno como la manteca. Podría proponerle matrimonio a Rose e ir al cincuenta por ciento. No, eso es muy generoso. Ochenta por ciento para él, veinte para Rose y si no le gusta que se vaya. Una cosa es ser un caballero y otra ser un imbécil. Después de todo, lo de MacEnroe se iba a terminar y hay que asegurarse la vida.
Pero ahora todo dependía de Mary.

Hacía cinco años que no veía a Mary, pero sabía que seguía en el Hospital. Mary era una sucia tipa, del mismo modo que él era un sucio tipo. No la veía desde que ella le pidió que le pintara el comedor y le colocara las cortinas y él le contestó que se pintara el culo y otras cosas que por pudor no digo. Soy consciente que una señora como yo no puede escribir un relato como este, pero la última vez que me confesé no tenía nada para decir. Así que aquí estoy, intentándolo. Bueno, él le dijo que se pintara el culo y que se colgara las cortinas de...ay, padre Mario. Cómo voy a decir eso. En fin, le dijo que se colocara y se pintara... Bueno, le dijo algo a Mary, que a pesar de ser una sucia tipa le ofendió, naturalmente y así cesaron sus relaciones. Y en esos cinco años, MacDillon había caído en la peor ruina. Durante un año, fue pintor de brocha gorda. Luego pensó que eso menoscababa su honor y se dedicó a ciruja. Y ahora lo encontramos cruzando el puente de Brooklyn, en busca de Mary nuevamente.

El timbre a esas horas de la noche sonó bochornoso. MacDillon resolvió mostrarse sereno y digno. No iba a arrastrarse a los pies de esa perra.
La casa estaba misteriosamente en silencio.
Repitió timbrazo y en eso momento una voz cavernosa de cigarrillos negros y bronquitis genética preguntó quién es.
—Yo—respondió MacDillon
—Yo también soy yo.
—MacDillon.
—Yo también soy MacDillon.
—Joe.
—Así que Joe. Mi hermanito querido. No estoy vestida.
—Mira Mary, hagamos las paces. Se acerca el Día de Acción de Gracias.
—Pamplinas, como decía el viejo Scrooge.
—Hace frío.
—Fuck you.
—¿Acá?
—Espera, que busco la cámara de fotos. Soy la nueva artista pop. Haré una exposición sobre las pequeñas cosas de la vida.
—Ábreme, Mary. Me congelo.
—Vaya. El hielo endurece.
—Necesito guantes..
—Qué delicado.
—Guantes de cirujano. Usados.
—Qué asqueroso.
Se sintió el ruido de los cerrojos y apareció una gordita pelirroja y pecosa, ajada en carnes, entrada en años, malhumorada, con un pucho en la boca, igual en todo a MacDillon, salvo en algunas cosas que por pudor no nombraremos.
—¿Así que quieres guantes de cirujano y usados?¿Cuánto me das por ellos?
—Nada.
—Ajá. El comedor sigue sin pintar.
—Píntate el culo.
Mary lanzó una risotada.
—Siempre el mismo ¿eh?.Pasa.
MacDillon pasó sacudiéndose el frío. Miró las paredes. Necesitaban cuatro manos de pintura.
—Dame algo de tomar.
—¿Qué me darás por un whiskie doble?
—Nada.
Mary lanzó otra risotada. El pucho se quemaba entre sus dedos. Lo arrojó al piso y lo pisoteó, causando otra quemadura a la alfombra.
—La alfombra de mamá—murmuró MacDillon apenado.
—Qué tierno.
—Dame el whiskie. Tengo la garganta seca.
—¿Cuánto me das por tres pares de guantes sucios de cirujano? —dijo Mary bruscamente y mirándolo de frente.
—Nada.
—¿No conoces otra palabra?
—Para tí, no.
—¿Qué me das? — insistió.
—Mataré a tu perro si no me los das.
—Está muerto.
—Mataré a tu marido si no me lo das.
—Y me harás el favor más grande de la vida y te trataré como a un hermano, pero no te daré los sucios guantes.
—Mataré a tus hijos.
—Ja. Si eres capaz de encontrarlos, te daré un premio, pero no los sucios guantes.
En ese momento, MacDillon aguzó el oído. Le pareció oír un maullido. Sí, era un maullido.
—Ahorcaré a tu gato.
Mary lo miró.
—Mataré a tu gato.
—Mi...
—Gatito—Y MacDillon se levantó y comenzó a buscarlo.
—¡No! ¡NO! Mi gatito no—Mary empezó a sollozar convulsivamente. Y MacDillon suspiró satisfecho. Obtendría lo que buscaba.


CONTINÚA EL LUNES 26 DE OCTUBRE

lunes, 12 de octubre de 2009

MERCADO NEGRO: UNA TURBIA HISTORIA

CapÍtulo 1:
Guantes usados de cirujanos

Era una calle a oscuras, las ventanas temerosas se hallaban cerradas, lastimeramente aullaba un perro como si hubiera recibido una patada.
Y efectivamente, la había recibido. O bien el perro había hecho algo que no debía o Joe MacDillon paseaba por aquella calle.
Ambas cosas eran ciertas. El perro había mirado amorosamente a Joe MacDillon y le había dado la amistosa patita (nunca debes hacer eso, perro ¿oyes?) Y Joe MacDillon le había dado una regia patada.
Mientras él camina pateando perros y latas por igual en ese basural llamado...
...Nueva York. Ciudad brillante, cosmopolita, el centro de la civilización. Pero tras la civilización se oculta la barbarie. Las brillantes luces de Broadway no alcanzan a ocultar los opacos harapos de los mendigos, ni la nariz rota de un viejo boxeador borracho ni el labio partido y tumefacto de la vieja meretriz que le pidió dos dólares.
Nueva York. La pobreza desnuda sus calles y sus luces, el bajo mundo se apodera del alto mundo, la exitosa bailarina, cuyo nombre brilla en las marquesinas del teatro, pasa altiva frente a la vieja pordiosera que una vez también supo llevar plumas y diamantes. Las plumas vaya usted a saber dónde fueron a parar, los diamantes, al banco de empeños, de donde así como entraron salieron, pues eran tan falsos como Nueva York, falsa opulencia, falso brillo, falsas estrellas de neón y mejillas de falso rubor.
Pero ¡ah! La basura de Nueva York. La basura de Nueva York era inigualable. En ningún otro lugar había basura que valiera tanto como aquella.
Y Joe MacDillon lo sabía bien. Tan bien, que ningún basural se le escapaba.

Mientras él camina pateando perros y latas por el lado oscuro de la vida, masculla palabrotas. El canto de un beodo parece entonar un muezín, sea lo que sea un muezín, a las malas costumbres, al Dios de los malos, a la malignidad de las cosas.
Y mientras Joe MacDillon camina, se detiene a revolver la basura. Encuentra un zapato marrón izquierdo de hombre. La próxima cerveza estriba en que encuentre el par derecho. Pero en lugar de eso encuentra un guante.
-Maldita Mary-masculla, mientras se fija si aparece el otro.
Aquellos eran malos tiempos para MacDillon y de todo culpaba a Mary. Pero ¿quién es Mary?¿Una rubia burbujeante que le exprimió los sesos y la billetera? ¿Una morena insinuante que le arrebató su herencia con malas artes? ¿O una gordita pelirroja y pecosa, ajada en carnes, entrada en años, malhumorada, con un pucho en la boca, su hermana Mary tal vez, igual en todo a él salvo en algunas cosas que por pudor no nombraremos?
Todo se sabe al fin y no hay por qué adelantarse. Mac Dillon encontró el guante, pero no el zapato. Era igual, aún le quedaba un cigarrillo. Y si a MacDillon le queda un cigarrillo, no tiene porque trabajar más.
Sin embargo, debe la renta, debe el gas y le debe veinte dólares a Rose, la meretriz dulce y de buen corazón que le alivia la dura vida. Hacía dos meses que no le hacía una visita y estaba desesperado por hacerla. Pero una deuda es una deuda.

Cuando entró en su lúgubre departamento, de paredes verdes y mohosas, con un jergón tirado en el piso y una colección completa de botellas de todas las clases, excepto la clase de botellas llenas, sonó el teléfono.
Mac Dillon se detuvo en el umbral, escéptico a sus oídos. Hacía un año que no pagaba el teléfono. Un milagro había sucedido. Sin comprender nada atinó a alzar el auricular.
—¿Hola?
—Pedazo de idiota.
—¿MacRae? —Trató de no sonar incrédulo.
—¿Y quién más te va a pagar ese teléfono? —llegó el momento, al fin en este relato negro oirán la esperada palabrota-Shit.
—Oye, MacRae—había un punto colérico en esa voz ronca— Acepto que pagues mi teléfono si quieres, pero no que blasfemes.
Hubo un intervalo de silencio estupefacto del otro lado. Mac Dillon sonrió, complacido. Por fin había sorprendido a esa rata.
—¿Qué eres, una damisela?
—No, pero soy un caballero y por mi honor no permito que se me hable así. Así que cortaré y volverás a llamar. Adiós, MacRae.
Colgó el teléfono. En menos de un minuto sonaría de nuevo. Sesenta, cincuenta y nueve, cincuenta y ocho..., empezó a contar los segundos mientras encendía su cigarrillo. Así que lo necesitaban a él, a MacDillon. Entonces tendrían que pagarlo caro.
RI I I I NGGG!!!!!!
Ese ring sonó enojado ¿o me parece a mí?
—Escucha, rata de las cloacas. Tengo trabajo para ti y no quiero que me vuelvas a cortar el teléfono. Se lo ofreceré a otro ¿entiendes, maldito hijo de puta?
—Oye, ya te dije que no digas palabrotas. Dime que quieres, por que estoy esperando una llamada ¿sabés? Y no quisiera por nada del mundo que le dé ocupado a mi amiguita.
—Qué amiguita, no te hagas el interesante. Jodes menos que el chofer del Papa. Te va a contratar el Vaticano por eso, pero primero harás algo por mí. ¿Te suena el nombre de MacEnroe?
John MacEnroe. El multimillonario petrolero.¿JOHN MAC ENROE? Oh, la diosa Fortuna llama a la puerta..
Rápidamente se repuso.
—Humm, MacEnroe ¿el tenista?
—No te hagas el idiota.
—Oh, ya sé a quién te refieres. Ese tunante.
—¿Qué inmundicia de novela de espadachines andas leyendo? Te crees D’Artagnan ¿eh? Eres maldita carroña de Brooklyn, así que deja las palabras finas. ¿Recuerdas la buena época de la basura patológica, cuando robabas la basura de los quirófanos y cada guante de cirujano usado te dejaba veinte dólares? ¿Te imaginas a D’Artagnan robando guantes de cirujano?
—¿Eso es lo que quieres?¿Guantes de cirujano?
—Eso es lo que quiero, pero el negocio ha cambiado un poco, desde que sabemos el nombre del sucio tipo que se masturba con ellos. Ahora por uno solo de esos guantes podríamos sacar quinientos dólares. El enfermito tiene con que pagar ¿Mac Dillon? ¿Sigues ahí? Habla, rata del pantano, que no tengo toda la noche.
—Estoy acá— y por fin la voz de MacDillon sonó alterada— Así que es MacEnroe. Podemos sacar más de lo que dices.
—Escucha, idiota, ahora no tienes nada. Eres un ciruja. De momento, ese es el precio. Cuando tengas un par, ponte en contacto conmigo. ¿Tu hermana Mary sigue en el Hospital General?
—Sí-contestó Mac Dillon lentamente— mi hermana Mary sigue en el Hospital General.
—¿Sigue como instrumentadora?
—Sigue como instrumentadora.
—-Hay un porcentaje discreto para ella si es necesario, pero espero que no sea necesario, eh, Joe? Ella no debe saber para qué los quieres. Dile que tú te masturbas con ellos.
MacRae cortó.
—Maldita Mary—murmuró MacDillon mientras miraba el gabán que se acababa de sacar.
Sonreía (su sonrisa era una mueca torcida, una peligrosa cornisa a la que asomaban amarillos dientes temerosos de caer), sonreía cuando abrió la puerta y salió a la calle.

CONTINÚA EL LUNES 19 DE OCTUBRE

domingo, 20 de septiembre de 2009

La Sirena en tierra

La conocí hace años. Hace tantos años. No recuerdo si fue en un circo. No recuerdo si fue en un hospital, cansada, las tristes piernas cubiertas con un chal demasiado ajado. No sé si no fue en casa, en mi infancia, cubierta con un vestido de flores, ella preparaba tallarines en silencio obcecado

Tal vez fue en una maternidad. Tal vez gritaba en la sala de partos vecina a la que yo estaba, también en un grito sangrante. No sé si no la vi en la calle, con un niño y una lata de monedas, no sé si fue en una peluquería, haciendo lavar su largo cabello ingobernable. Tantas veces la vi, a ella, La Sirena.

Me lo dijo todo. Mil veces, como si sirviera para algo, pero sabiendo ambas que no serviría de nada. Inútil como todo el conocimiento, la sirena me contó la verdad sobre si misma.

Ella lo dijo todo. Estas son sus palabras. Presten atención, porque entonces sabrán, con sólo oir su murmullo, si la mujer que les pregunta la calle o les envuelve la comida para llevar, o esa que duerme en su cama, es una sirena en el lugar equivocado.

Y así dijo ella, La Sirena:

Una sirena deja el agua porque tiene sed, una sed ingobernable de sueños. El hombre de una sirena es un sueño del que nunca es dueño. Sueñas amarlo con la boca abierta por las corrientes submarinas, entre corales y algas. Pero es imposible.Y debes irte. Debes dejar el mar, la espuma, tu alimento de liquen.

No hay forma de que un hombre sepa jamás lo que una sirena piensa. Su canto es un canto hermético. Es un secreto, propagado por la brisa. El misterio sireinaico no puede nunca ser revelado, pero la sirena puede ser rota, dañada, muerta, sin jamás revelar su secreto.

Sólo se puede descubrir a la sirena contaminando las aguas, hacer el claro en lo oscuro talando el bosque secreto. La selva descubierta ya no es selva.

La espada del conquistador, inflexible y dura, puede herirla, pero no penetrarla. Esa es la perfidia de la sirena. Jamás Armida fue tan pérfida como cuando se dejó tronchar en el árbol de mirto, según confesó Reynaldo antes de morir, los ojos soñando y la boca en sangre.

El cazador de sirenas, que es el más recio de los hombres, abre estelas tan sutiles entre las olas que sueña que su carne es piedra, que se sueña espada viva y se siente eterno en su sueño fugaz, que siempre será sueño y siempre será fugaz. Entonces la sirena se adueña del botín más preciado: el sueño de su cazador que de ella sólo tiene la vigilia.

Debe definirse como característica esencial el silencio de la sirena, más elocuente que su canto.

Cuando la sirena se niega a cantar es cuando más sufrimiento causa al hombre su voz.
Una
sirena en silencio es la angustia del cazador de sirenas. Entonces él comprueba la impenetrabilidad, el secreto incansable e invencible de las aguas.

martes, 8 de septiembre de 2009

Desencadenada

Un perfume árabe
Una flor dorada
Un muy suave beso
Violenta y desmaya

Transporta a mi boca
Miel dulce y dorada
Mi boca es una copa
Una copa muy blanda
Agua en que yo bebo
La suavidad de la espada

La quiero
Así que dame
Dame la noche, la lluvia, la luna anegada
Dame la orquídea abierta
El perfume de la flor dorada
Dale a mi boca, copa
Dale tu beso de miel, espada hecha agua

miércoles, 26 de agosto de 2009

A pedido del público vuelve la antropóloga intrépida

¿DÓNDE ESTÁS, BOB FOSSE?

Ah, cuando yo era joven. Vivía en Siberia, era feliz, no tenía sífilis, no había conocido a Bob.
Fue aquí, en África. Podía elegir a cualquiera, pero tuvo que ser él.
Me abandonó. Y aquí, en el corazón de África, planeo mi siniestra venganza, con el latir de los tambores del siniestro brujo de la tribu, quien gusta de la buena música cuando se prepara esos estofados de antropólogo australiano como solo él lo sabe hacer.

—Diablos, se dijo la escritora y arregló la cinta de la máquina de escribir—Cómo conmover a la platea, esa era la cosa_ Qué difícil. Qué dura es la vida del artista. Y cómo están los mosquitos. Me gasto el sueldo en espirales y repelentes que no sirven para nada. Y el calor no se aguanta más: la remera se me pega al cuerpo pero si me la saco me van a ver los vecinos porque mi cuñado no viene a ponerme la cortina.


Es una noche calenturienta en África Ecuatorial y pican los mosquitos. Aquí en África la vida es dura, pero además es corta. Maldición, cada aforismo que digo me recuerda a Bob. No siempre la vida fue tan dura, después de todo. En realidad. En fin, que en África no hay dinero para mosquiteros, el sueldo se te va solamente en la quinina, y apenas hay que conformarse con cortinas de bambú. Pero soy una mujer curtida y un mosquito de mas o de menos no es nada para mí. Si solo tuviera a mi Bob.

Suena el teléfono. La escritora arroja al suelo un sombrero inexistente y lo patea. Es su cuñado, para decirle que no puede poner la cortina hoy y que mañana Camila baila jazz en la escuela y si no sabe como se vestían las bailarinas de jazz. Cómo habrán notado, el lema de la literatura de este prodigio de escritora es que nada se pierde y todo se transforma.

Decía que era una noche calenturienta y pican los mosquitos. ¿ Ya les hable de Bumba Catunga? Lloro solitaria pero no estoy sola. Conmigo está Bumba Catunga, el fiel sirviente negro, que ronca panza arriba. Si en un rato no lo despiertan los mosquitos, lo sacudiré para que tome su quinina. Hace tanto calor que lloro y no se nota porque las lágrimas se evaporan haciendo señales de humo que dicen “¿dónde estás, Bob Fosse?” “Te cavaste la fosa, Bob Fosse”, “te arrancaré los ojos Bob etc...”
Bob Etc... salió a comprar cigarrillos hace veinte años y aún no ha regresado. Ahora debe estar mucho más viejo, prefiero al negro, pero se duerme. Es lógico, de día lo hago trabajar. Pero no es como mi Bob Fosse. Él cocinaba, lavaba, planchaba. ¿Dónde estás, Bob Fosse?
Las hienas ríen como mi destino. ¿Estarán digiriendo a mi Bob Etc.? Era tan pesado que podrían digerirlo veinte años. Era indigesto.

Bah, esto es una porquería. El problema es que el negro está dormido, por eso es aburrido. Si estuviera despierto sería más emocionante. Lo voy a despertar.

Tomé el látigo y le acaricié con él la espalda.
— Despierta, Bumba Catunga—que quiere decir “hombre con rulos” —Necesito pasión ardiente. Si no me sirves, arrancaré el tótem del poblado otra vez y después te tocará lavarlo”.
— No, por favor—en su voz temblaba la súplica—Médico brujo hará mucho mal. Dice que ser arpía chiflada.
— Si, soy arpía y me gusta serlo y me gustó mucho ese tótem la semana pasada, me gusta más que vos, pero no quiero problemas con la tribu y si no me satisfaces, te azotaré.
— Entonces azótame, me duele menos.
— Ah, mond dieu. Maldito seas Bumba Catunga. No quiero lastimarte. Solo bésame.
— Ama, es que si solo te lavaras los dientes a la mañana...
— Imbécil, una aventurera como yo no se lava los dientes jamás. Bésame.
— Con la boca cerrada sí, ama.
— Maldita sea, quien dijo en la boca. ¿También querés que te haga un mapa?
— Dice médico brujo que francesa ser malvada.
— Ahí si me lavo, te lo juro.
— Eso dijo la semana pasada y no era verdad
— Me puse perfume.
— No insistas, amita, me duele la cabeza.
— Maldición, Bumba Catunga, empiezo a creer que eres un impotente, como dicen en el poblado. Dime que no es verdad.
— Es verdad. ¿Me venderás nuevamente?
— No, Bumba Catunga. Tu conversación me agrada y encuentro que ese tótem me gusta mucho.
— ¡No, ama! ¡El tótem sagrado no! Médico brujo enojar. Quemar esta casa. Yo me voy.
(Sale corriendo)
Me quedo sola. Las hienas ríen.
¡ Oh, Bob Fosse! — Mis ojos se llenan de lágrimas— ¿Dónde estás, Bob Fosse?

sábado, 15 de agosto de 2009

El auténtico Capitán Alatriste, en exclusiva

DE CÓMO QUEVEDO ESCRIBIÓ UN SONETO

No era un hombre muy guapo ni muy honrado, pero su nariz tenía alcances prodigiosos. Al menos así lo pregonaba Caridad la Estrafalaria, con una sonrisa que pretendiendo ser maliciosa, era ciertamente beatífica. Como notarán, mi estilo difiere de anteriores entregas, pero esta vez me he asesorado mejor leyendo a los grandes de la prosa estilista y refinada. Creo que antes lo hacía bastante mal y ya han adivinado en mí al otrora joven cronista Iñigo de Balboa, sólo que ahora escribo muchísimo mejor.Y volviendo a Alatriste, dejo constancia de que su nariz, maliciosidades estrafalarias aparte, tenía alcances prodigiosos. En ciertos lances abandonaba la espada y prescindía de la vizcaína para embestir a su adversario con ella y por eso Quevedo, que no tenía mucho que envidiar, la admiraba y la denominaba con diversos epítetos, al cual más reluciente y elegante. Enemigo de soeces burlas que por otra parte disminuían la expectativa de vida al que las pronunciara, se refería al portentoso aditamento de nuestro protagonista con versos al cual más ingenioso. Qué bien que escribo ahora. En mi opinión mi prosa dejaba mucho que desear, era mas bien tosca. No tenía elegancia. Y ahora escribo tan bien. Si el Dómine Pérez viviera estaría admirado de su otrora imbécil discípulo. Imbécil me llamaba cuando conjugaba mal los verbos y confundía versos de Quevedo con versos de Gorgonsola que él mismo me enseñaba a escondidas. Y de Gorgonsola se trata esta entrega.
Alatriste había escapado por milagro a una estocada que le tendiera el vil italiano y vino a descansar, maltrecho y resoplando, a la taberna de la Estrafalaria, donde Quevedo se emborrachaba para mi solaz y para que yo ensayara mi caligrafía (torcida, según el cura Pérez), copiando sus versos. Siempre lo hacía así y yo era su escriba, porque en la mañana con la resaca que tenía no se acordaba de nada, y así es como yo seguí paso a paso el poema que dedicara a Alatriste y otros muchos poemas, como aquel, “Cerrar podrá mis ojos la postrera”, que yo copié, felizmente, porque al día siguiente el decía “Cerrar podré mi puño en tus ojeras” y sostenía que era un verso magnífico.
Cuando entró Alatriste, Quevedo maldecía a Gorgonsola como de costumbre.
— “Ese Gorgonsola culterano
Al que llamo el corcovado”
— Otra vez sopa — dijo Alatriste, y se sentó. Corriendo llegó la Estrafalaria con una jarra de vino, volcándola en la mesa mientras Alatriste hundía la punta de su nariz en el opulento pecho de la Caridad esa que, estrafalaria y todo, todavía estaba buena. Pocos años más tarde ella fue caritativa conmigo también, pero eso ya fue un bajón.
— Escuchad, Alatriste, tengo un trabajito para vos. Bonita espada llevas en la cara. Ya quisiera el monasterio tener tal monumento.
— De que se trata el trabajo — dijo el capitán, que estaba de mal humor— y cuánto es la paga. Ya sabes que yo distribuyo estocadas tanto porque hay dinero como porque no me lo dan.
Quevedo miró su vaso de vino con su característica mala leche.
— Yo ya me presumía
Que tu nariz era judía
— Xenófobo— exclamó la Estrafalaria mientras limpiaba el vino derramado en la madera.
—¿Qué animal es ese? — preguntó Quevedo.
— Tú.
­— Cállate, mujer— Alatriste le pegó un pisotón.
— Sexista— le dijo la Estrafalaria alejándose de la mesa.
— Ese animal me gusta más— declaró Quevedo.
— El trabajito ­— prosiguió— es dejar a Gorgonsola rengo. Un golpe de los que tú sabes. Que todo Madrid sepa que lo he dado yo, pero que preso, si hay que irlo, vayas tú. Cuando lo ataques le dirás el siguiente soneto...
— Deja el soneto. ¿Cuál es la paga? — dijo el capitán, apuntando a Quevedo con su segunda espada.
— Terrible sería que estornudaras. Nunca lo había pensado.
—¿Cuál es la paga? — repitió sordamente el capitán
— Seis dinares.
— Bah — sorbió un trago de vino cuidando que su nariz quedase fuera del vaso.
— Tres rublos
— Me haces estornudar
— Cinco maravedíes
— Trato hecho. Gorgosola por mí ya se queda tuerto
— Cojo
— Por diez escudos, también tuerto.
— Cinco maravedíes y un poema para ti si lo dejas ciego
— Diez escudos y lo dejo sordomudo
Quevedo lo miró largamente y dijo por fin:
—Érase una nariz como un embudo.
— Quince escudos — insistió Alatriste—. Te lo dejo cojo, tuerto y sordomudo.
—¿Por cuánto me lo dejas también muerto?
— Muerto por veinte escudos y un soneto.
— Erase una nariz pintando el techo. Me conformo con que quede tuerto.
—¿Y cojo?
­— Déjame meditar. Tuerto, cojo y ya es jorobado.
“¿Quién lleva joroba y parche
Y arrastra una pierna con donaire?
Para que se rían las gallinas
Calle arriba Corcovilla
Para que se aparten las matronas
Acá viene Gorgonsola”
—¿Meditaste?
— Medité que lo quiero manco. A propósito, más vino y tu nariz tendrá un rojo paulatino.
El capitán hizo una seña y la Estrafalaria se acercó con otra jarra. Alatriste clavó su mirada serena y turbia como pantano en invierno en el poeta y con los dedos hizo cuentas.
— Cojo, sordomudo, tuerto y manco ­— exclamó el insigne sonetista—. Y un soneto, bien mirado, es bastante buena paga, así que olvida los escudos. Ya lo tengo: Erase un hombre a una nariz pegado. La humanidad te recordará por siempre. Y ahora recuerdo que el Duque de Osuna cierta vez por un soneto me pagó... Procurad no cortar mi inspiración, Alatriste con vuestra quejumbrosidad nasal. Amenazáis estornudar, me lo veo venir, un océano o un firmamento, pero procurad desistir mientras acabo yo mis versos. Ya sabéis, los efluvios a mí me vienen de las musas, pero en el caso vuestro prefiero ignorar de donde vienen. ¡Voto a Dios!
Y el capitán estornudó. Y su estornudo permaneció aún cuando su propietario se había ido y cuando la Estrafalaria limpiaba las mesas, aún lo sentía en mis orejas. Y esa noche vi a Alatriste en la habitación hundir su mirada turbia como ciénaga en otoño en el vino rojo y su nariz, de tonalidades opalescentes, era como un reto a los abismos de esa España que buenos soldados tuviera si les diera buena paga. Un sobrino del tío de mi hermana fue a pelear a Flandes hace veinte años y todavía le deben cinco sueldos y tres ranchos. Y bien mirado, aunque soy un prosista refinado, escribiré de ahora en mas en verso, cual aprendí del gran Quevedo y a un doblón cada uno, poemas haré como ninguno.
Y estando ya agotado
Me despido de vuestras gracias
Por no padecer la desgracia
De parecer poco inspirado

viernes, 7 de agosto de 2009

Un pequeño animal efímero : el rotifer y su amigo Nodier

Cuenta Alejandro Dumas en sus memorias la siguiente historia oída a Charles Nodier, profundo conocedor de los animales fantásticos a los que no consideraba fantasías, y sobre cuya existencia daba no pocos testimonios. El que vamos a relatar es casi desconocido, aparentemente el rotifer fue sólo visto por Nodier.

“Llegará el día en que se descubrirán las ondinas, los gnomos, los silfos, las ninfas, los ángeles, como yo he descubierto mi rotifer. Todo consiste en hallar un microscopio para los infinitamente transparentes, como lo hemos hallado para los infinitamente pequeños. Antes de la invención del microscopio solar, la creación se detenía para el hombre en el ácaro, estaba muy lejos de sospechar que hubiese serpientes en el agua, cocodrilos en el vinagre, delfines azules. Se inventó el microscopio solar y se vio todo eso. En el agua que bebemos hay hidras, ictiosaurios en el vinagre. Y hay efímeros, como mi rotifer. Mucho antes que todos hice yo experimentos con los infinitamente pequeños. Un día, después de haber sometido al examen el agua, el vino, el queso, el pan, en fin, todos los ingredientes con los que se pueden hacer experiencias, obtuve de mi tejado un poco de arena mojada —en aquella época vivía en un piso sexto— la metí en la caja de mi microscopio y apliqué a él el ojo. Entonces vi que se movía un animalito extraño, de la forma de un velocípedo, armado con dos ruedas que se movían rápidamente. Si tenía que atravesar un río, las ruedas le servía como las de un vapor; si tenía que recorrer un terreno seco, las ruedas le servían como las de un carro. Lo miré, lo detallé, lo dibujé. Después me acordé de pronto de que mi rotifer —lo bauticé así, aunque luego lo llamé tarantantelo—, me acordé de pronto que mi rotifer me había hecho faltar a una cita. Tenía prisa, tenía que habérmelas con uno de esos animáculos a quienes no les gusta esperar, uno de esos efímeros a que se llama mujer. Dejé mi microscopio, mi rotifer y el poquito de arena que era su mundo. En el sitio adonde iba tenía que hacer otro examen continuo y concienzudo que me retuvo toda la noche. No volví hasta el día siguiente por la mañana. Me dirigí al microscopio. Durante la noche, la arena se había secado y mi pobre rotifer, que sin duda necesitaba la humedad para vivir, había muerto. Su imperceptible cadáver yacía del lado izquierdo, sus ruedas estaban inmóviles, el vapor no caminaba ya y el velocífero se había detenido.
Muerto y todo, el animal no dejaba de ser una curiosa variedad de los efímeros, y su cadáver merecía ser conservado, como el de un mamut o un mastodonte. Únicamente, que ya comprenderá usted que era preciso tomar precauciones muy grandes para manejar un animal cien veces más pequeño que un cirón, precauciones mayores aún que si se tratase de una animal diez veces mayor que un elefante. Entre todas mis cajas, escogí una cajita de cartón; la destiné a ser tumba de mi rotifer, y con la barba de una pluma, transporté la porción de arena de la caja del microscopio a la de cartón. Contaba enseñar aquel cadáver a grandes científicos, pero no hallé a esos señores y si los hallé, se negaron a subir a mi sexto piso, y en esto, yo olvidé el cadáver de mi rotifer durante tres meses o tal vez un año. Un día, por casualidad, vino a mi mano la caja, y entonces quise ver el cambio que se había operado en el cadáver de mi efímero. El tiempo estaba nublado y llovía. A fin de ver mejor, acerqué el microscopio a la ventana y vacié en una caja el contenido de la de cartón. El cadáver del pobre rotifer seguía inmóvil sobre la arena; únicamente que el tiempo, que se acuerda tan cruelmente de los colosos, perecía haber olvidado algo infinitamente pequeño. Miré mi efímero con curiosidad fácil de comprender, cuando, de pronto, una gota de lluvia cae en la caja del microscopio y humedece la arena. Al contacto de aquella vivificante frescura, me pareció que mi rotifer se reanimaba, que movía una antena y luego la otra, que daba vueltas a una de las ruedas y luego a las dos, que recobraba su centro de gravedad, que sus movimientos se regularizaban, que vivía. El milagro de la resurrección, en el que Voltaire no creía, acababa de realizarse, no al cabo de tres días, sino al cabo de un año... Diez veces renové la misma prueba: diez veces se secó la arena y diez veces murió el rotifer; diez veces humedecí la arena y diez veces resucitó el rotifer. Lo que yo había hallado no era un efímero, era un inmortal. Probablemente mi rotifer había vivido antes del Diluvio y debía sobrevivir al juicio final.
Un día en que por vigésima vez, me disponía a renovar la experiencia, una ráfaga de viento se llevó la arena seca, y con ella mi rotifer. Después he vuelto a buscar arena del tejado y de otros lugares, pero siempre inútilmente, jamás he hallado el equivalente de lo que he perdido. Mi rotifer era no sólo inmortal, sino también único”.

martes, 21 de julio de 2009

Bibliofilia

BIBLIOFILIA

Voy a pontificar: no es verdaderamente pobre quien nunca ha tenido que vender sus propios libros.
En mi tierna infancia, me apresuraba a leer los clásicos, porque sabía que irremediablemente irían a parar al banco de empeños, esto fue motivo de que a la edad de doce años alcanzara extraordinaria erudición, culpable de no pocos problemas sociales y, peor, lingüísticos en mi consecuente adolescencia. No entraré en detalles porque me gusta ir rápidamente al grano, pero baste con decir que para mi era casi irresistible exclamar juramentos en francés y hablar en la segunda persona del plural hispano. Lo último desapareció, por fortuna, pero lo primero lo sigo haciendo, en voz baja y cuando estoy sola.
No llegué a tiempo para vender la cuantiosísima biblioteca de mis padres. Ya para cuando tuve edad de ir a una librería sola prácticamente de ella no quedaba nada. "¿Cómo?", diría mi madre. Lo diré rápidamente: mis padres conocieron tiempos mejores y por eso afrontan la pobreza con visceral cobardía. En lugar de vender expeditivamente los libros, decirles valientemente adiós, sin ilusiones insanas, preferían dilatar la agonía de la pérdida llevándolos a empeñar. Durante dos o tres meses decían confiados que ya los sacarían, luego de cuatro o cinco podían confesarse que no, pero ya no constituía un impacto, porque los habían olvidado.
Ocurrió así la paulatina pauperización de la biblioteca familiar, hecho que me llevó a conocer las bibliotecas públicas. La predilecta por mí es la de Juramento y Cramer, en Belgrano. Tenía varias particularidades: para empezar, que en lugar de tener sólo libros de texto, como la mayoría de las bibliotecas de barrio, tenía novelas, una cantidad maravillosa, increíble de novelas. La atendía en ese entonces una tuerta visionaria, que por tedio ni siquiera pretendía ayudarme a elegir 'el texto', horrorosa inclinación, yo diría, delirio de poder, de todas las bibliotecarias.
Afortunadamente, la biblioteca familiar volvió a enriquecerse por la herencia de un tío, bibliófilo prodigioso. Este tío, el inefable tío Omar, vivió en Bernal, en un lugar pintoresco llamado "Recreo Marconi". Así se sigue llamando en homenaje o por olvido, del italiano que se estableció allí primero y fundó el pueblo. Las casas están hechas con trozos de muebles y pedazos de autos viejos: la mejor de todas tenía ventanas gracias a que el dueño había tenido la suerte de hallar las puertas de un Citröen y la astucia de constituir con ellas las paredes. No está el barrio habitado por pigmeos; por esta desgracia constitucional los habitantes padecen de lumbalgia traumática crónica (los sociólogos se fascinarían). El Recreo Marconi no es (preciso aclarar) una villa miseria: las villas miseria pertenecen a este tiempo y a este mundo y el Recreo Marconi existe fuera de ambas cosas (los sociólogos jamás lo entenderían).
En medio de todo esto, emergían como un castillo medieval las sólidas maderas de la casa de mi tío. En esta zona baja, a cientos de metros del río, la casa estaba asentada en la única colina: cuatro maderas hacían de pilares, como en las casas de los isleños; estas maderas estaban cubiertas de curiosos rosales que subían por ellas como enredaderas. Rodeaban la casa nubes de fieles mosquitos, que no la abandonaban ni por un instante: se diría que la solitaria casita tenía para ellos una irresistible atracción, inexplicable por la famélica carne que la habitaba. La casa tenía tres habitaciones en el superior (y único) piso: llenas de libros. Sobre pilas de libros, apoyaban dos lámparas a kerosene (no había luz eléctrica, ni baños, ni agua corriente, comida, cada tanto... ¡pero libros!). No sólo de pan vive el hombre: también de clásicos de la literatura universal y novelas policiales, parecía susurrar el ambiente.
Pronto, sin embargo, el hambre comenzó a asediarlos: mi tía contemplaba agónica como el tío Omar dejaba la casa con una bolsa repleta de clásicos ingleses. Dos horas después volvía, con la bolsa igualmente cargada. Mi tía se incorporaba entonces y anhelante preguntaba:
"--¿Lo conseguiste?"
"--Si", respondía el tío Omar, con voz satisfecha y descargaba el contenido de la bolsa en el piso: montones de novelitas del Oeste. Al Benson, John Smith: los mejores.
Ella entonces lanzaba un suspiro lastimero; era menester tomárselo con filosofía y tomando un libro nuevo se extendía en el catre "porque leer un nuevo libro sacia el hambre". Y a cuántos habría convenido saberlo antes.
Pues bien, mis tíos, incomprensiblemente dadas su sana filosofía y forma de vida, fallecieron antes de lo esperado. Después del lógico período de duelo mis hermanos y yo fuimos al Recreo a buscar nuestra herencia: libros, está de más decirlo. Cuando llegamos, la casa había sido casi devastada: los vecinos, sin dejarse estar por su lumbalgia, mientras nosotros nos dejábamos sumergir en la tristeza, habían conseguido ya sacar la mitad de los libros y los habían vendido como papel viejo al cartonero del barrio, cosa que el mismo nos informó al nosotros llegar y asombrarnos de su prosperidad. Él, que no era bobo, los había vendido como libros y no como papel. Nos mostró el par de zapatos relucientes y el encendedor que había ganado con su especulación vil. Lo cierto es que faltaban unos cinco mil libros, así que el pobre hombre resultó estafado; cosa que pasa por no conocer a los libreros. Por lo menos mi tío los cambiaba, aunque más no fuera por las obras maestras de John Smith, pensé mientras a mis ojos afluían las lágrimas.
Fuera como fuere, aún nos quedaban cinco mil libros. El traslado a nuestra casa en Villa Urquiza fue una tarea titánica: del Recreo a la estación de Bernal había que recorrer tres kilómetros a pie, por un camino de tierra que con las lluvias se volvía un lodazal (y siempre que íbamos llovía).
Al fin la casa estaba repleta de libros otra vez: volvía a parecer un hogar. Pero nada dura y el hombre no puede bañarse dos veces en el mismo río, ni vender dos veces el mismo libro. Por consiguiente, y puesto que los libros que no teníamos ya los habíamos vendido (la lógica es algo implacable), y nuestras lecturas no nos habían enseñado el estoicismo, nos vimos obligados a salir a vender nuestra herencia apenas cobrada.
Mis padres esta vez no intervinieron en la transacción: no es igual llevar primero ediciones de Las mil y una noches al Banco de empeños, con aire de nobleza insultada (a la nobleza le sienta bien ser insultada y da un tono particular al cutis, decía mi madre), que ir a vender novelas del Oeste a librerías de usados. Eso no me inmutaba, soportaba las miradas de los libreros, con la seguridad interior de que Tolstoi se hubiera enamorado de mi.
Pero no se equivoquen: amamos los libros. Nuestros sufrimientos al venderlos se elevaban al martirio, pero un martirio que sentaba maravillosamente bien a nuestras almas literarias, que templó nuestros corazones, en fin, que nos llevó a conocer todas las librerías de Buenos Aires, a odiar como se debe odiar a todos los libreros, a conocer las bibliotecas públicas, a maldecir a todas las bibliotecarias, ya lo ven: a llevar una existencia que Verlaine hubiera aprobado y hubiera incitado a Tolstoi, quizás, a mi redención.
En fin, aquí espero. Cinco mil libros se acaban pronto: se venden más rápido de lo que se leen.

Epílogo
Sentados junto al fuego de las hornallas, soportando el frío invernal, con las narices azuladas y los dedos entumecidos, elevamos una única súplica, rezamos esperanzados.
Cada tanto alguno tiene una idea, pronto sin embargo las cabezas vuelven a caer sobre las manos que apenas las sostienen.
--Esos malditos... los libreros, están más suspicaces que nunca -murmura Diego.
Las cuatro cabezas se levantan, cruzamos miradas afiebradas, un nuevo brillo las anima. Una idea perversa, si, una idea, un objeto perverso anima nuestras mentes. ¡Robar libros! Es menester haber caído, si, Tolstoi ya no se enamoraría de mi, Verlaine nos seguiría aprobando, Dostoievski al menos...
Nos aproximamos al fuego. Las cuatro cabezas, separadas, piensan juntas, los cuatro brazos se extienden y las manos se unen. Y pronunciamos un horrible juramento.
Maulló un gato (negro).

domingo, 12 de julio de 2009

ROSA ENCARNADA


La Rosa Encarnada era el símbolo de los Elphergs, familia reinante de Ruritania, mi patria elegida entre tantas que habitan mi biblioteca. Durante años supe decir el parlamento de la princesa Flavia, y vi la rosa roja que estruja Rodolfo de Rassendyll entre mis manos. No sabia entonces, cuando leí por primera vez esa historia, que el amor iba a rozarme con sus alas blancas o el dolor iba a ensombrecer mis días, como un gigantesco Ave Roc que tapara el cielo todo, no dejándome ver más que el lecho donde dormían mis hijos. No sabía entonces que es la furia la que estruja la Rosa Encarnada de los Elphergs, y que no sólo la dulzura es la que entreabre los labios. No sabia leyendo a Anthony Hope que muy pronto sería madre y que a lo largo de los años de mi juventud, escribíría un largo poema. Ese largo poema se llama La Rosa Encarnada. Ya no es de los Elphergs, sino mía. Durante muchos años durmió en cuadernos de espiral, me acompañó en todas mis mudanzas, la ilustraron garabatos de mis hijos pequeños, la regué despacio mientras les cantaba canciones de cuna.
Rara vez le mostraba a alguien esos poemas. Las supuestas autoridades les bajaron el pulgar: un poeta premiado me dijo que leyera poetas modernos, un escritor de éxito me dijo que leyera más poesía antes de escribir. No les hice caso: pobres infelices, conocía uno a Pessoa, el otro a Quevedo, pero ninguno de ellos sabía quien era Ronsard. Así que los ignoré y, a pesar de ellos, cada noche, cuando mis hijos dormían, tenía mi cita con el viento contra la ventana, el aullido infinito de un perro negro y el canto del zorzal. Así regué la rosa encarnada, así escribí cientos de poemas.
Esos niños que miraba dormir mientras escribía ya no son niños. Y la rosa encarnada ya no se esconde, como escribí una vez, en alta torre. Acaba de ser publicada por Rúcula Libros, ilustrada por la niña que garabateaba en los márgenes de las hojas que su madre llenaba de versos. Sus garabatos ya no son simples (jamás los fueron) Mírenlos: http://elmargendelahoja.blogspot.com./ Verán la tapa de La Rosa Encarnada. El libro que descansa en la mesa de luz de mi hijo, a quien se lo dediqué hablándole de "El Gigante Egoista", el cuento de Wilde que leíamos antes de dormir él y escribir yo.
A Matteo Belli le dedico este libro. Su interpretación del poeta del año 1200 llamado Ruggeri, como yo, que defiende su poesía ante un obispo (de voz tenebrosa, vieja y rencorosa, sería tal vez un poeta premiado en el Medioevo, un bestseller del monasterio) me dio valor, como conté alguna vez en este blog. Matteo Belli leyó un cuento del libro y, mirándome muy serio, él , un artista completo, un juglar lleno de magia, me dijo que lo había leido tres veces para analizarlo. Es por eso, y por mi admiración a su arte, que me hizo crecer y madurar como poeta, que el libro le está dedicado. Que un intérprete de Dante analice mi Rosa Encarnada, es un honor.
Me daré el gusto de transcribir aquí la carta con que el editor dio su aprobacion a los poemas, como verán, no iba dirigida a mi, sino que me fue reenviada. Creo que es una carta de aceptación de antología, de un editor-poeta y de paso le quitará toda su melancolía a este post. Acá va la carta del señor Pablo Ferro, editor de Rúcula Libros, quien junto a Federico Ferro y Ruth Olivera han formado esa fabulosa editorial. Me hace feliz que estas personas maravillosas hayan decidido hacer el esfuerzo económico de editar este libro de poemas, como me dijo Federico: "para sacarlos del cuaderno, para romper la maldición".
La carta de Pablo Ferro
“No tengo el mail de Paula, pero me gusta cómo escribe. Está completamente chiflada, es la síntesis perfecta de Blanca Nieves, la bruja maléfica de la Bella Durmiente y Susan Sontag, jejé. Perfecta la poesía que lleva por título: PREGUNTA. Zen borgeano.
"La promesa del Cielo es el Infierno" (Aterrador). Suena como "Let me show you fear, in a handfull of dust".
Bernard Shaw decía que no había que dejarse coimear por la promesa del Cielo futuro. Borges decía que Stevenson hubiera dicho que no había que dejarse tentar por la promesa del Infierno. No vale la pena ser bueno, si hay recompensa. Qué mérito tendría ¿no? El mérito de hacer la PREGUNTA, acaso la única virtud posible.
Y después leo en EL DIABLO ENAMORADO: "Toda tu creación destruida, por destruirme a mí" (Puro Zoroastro, instinto persa, sadismo angelical en plena metástasis).
Aquel poema que empieza: "No traigan a Cristo a mi casa", es un blues ideal. Digno de Muddy Waters. Dont let 'em bring Christ, home, oh, no.
Y en ACERO Y VERSOS: "Mi precio son dos dragones
Uno rojo. Otro blanco" (notable)
AL FRUTO DE TU VIENTRE, maravilloso comienzo:
"Parirás con dolor
Parirás sola
Parirás en la noche oscura
Parirás en la noche sin luna"
"Y a la sombra de seis mil cruces hay un solo Cadalso" (es como un tango medieval)
"Yo escribí la historia, nadie puede sellar mis labios" (¿una amenaza de una poetisa-diosa?-tengo miedo)
"Tres felices matrimonios. Y tres amantes ahogados. Prosigamos" (me recuerda a Dylan en Under the red sky... , por la músika)
"Y nadie más que una mujer puede escribir el cielo" (cuánta razón, dios es la madre universal, o no existe). Me ha gustado el cuento de la Rosa encarnada, "mi patria está en la punta de mi espada", brillante y afiladísimo final para un libro feroz, e inquietantemente elegante. Un honor será contarlo en nuestra humildísima editorial. gracias!!!! Pablo.”
Es la mejor carta editorial que recibí jamás. Dejó aquí el link a Rúcula Libros
http://www.ruculalibros.com.ar/ Quienes quieran acercarse a la Rosa Encarnada ( y a los libros de Pablo Ferro, mi genial editor), pueden escribir también a bazardeilusiones@gmail.com
Hay una Rosa Encarnada en la mesa de luz de Luis. Ella dice: "Duro como el acero, dulce como la miel". Sólo hay un ejemplar con ese verso. Luis sabe por qué.

lunes, 29 de junio de 2009

Un lento conjuro

CONJURO SECRETO

Si una voz te dijera
lo que al viento susurro
que suaves mis manos
te esperan allí
donde mora el ensueño
y el secreto conjuro
en ardiente promesa
te entregara a mí

Si yo te dijera
que ayer por la noche
soñaba despierta
Que tu reina fui
Y que empuñé tu cetro
para hacerlo mío
Y abriendo mis labios
tu espada me hundí

Si yo te ofreciera
Mi sangre en tus sueños
Arrojada y desnuda te dijera:
Bébeme
Y luego desmayara,
Amor y duelo, gloria de una noche:
Traspásame

Al dios le duele el amor secreto,
Roza con su espíritu de llama
Mis piernas que te abrazan en sueños
Y de fuego viste mi corazón
El fuego que gime en mis versos
La Antorcha divina
Que robó Prometeo

Este lento conjuro
Te beberá entero

lunes, 15 de junio de 2009

¿Un poema erótico desconocido de Pierre Louys?

Ayer fui a ver a Jonson, pero la ginebra marca Cañón que le llevé obtuvo un resultado imprevisto por mí. Le llevaba un poema de Lewis Carroll a ver qué autor inventaba, aquel del juicio del ratón, pero en lugar de empezar a declamar, en cuanto se lo di sacudió la cabeza, lo arrojó a un costado sin leerlo y extrajo de sus bolsillos un papel arrugado.
—Tomá —me dijo—, ésta es la auténtica Afrodita de Pierre Louÿs, la que escribió no sirve, no va con su carácter.
Balbucée un pedido de explicaciones (había pagado la ginebra). Lo que me mostraba era un poema más o menos largo, en versos irregulares.
—Pierre Louÿs era un tarambana que andaba ganduleando por Tánger, compartía una amante marroquí con Andre Gide, que era un gay indeciso, y, a pesar de su vida poco pudorosa, se dio el lujo de darle vuelta la cara a Oscar Wilde y, además, lo difamó. Publican un poema narrativo llamado Afrodita, bajo su nombre. Dije que no se corresponde con su carácter, así que investigué un poco y encontré este otro poema, el borrador original que escribió ese mequetrefe. Entendámonos —dijo alzando la mano de venas azuladas en un gesto de grandeza—, éste es el poema original escrito por el berreta Pierre Louÿs, ese que no cerraba la puerta del baño en Tánger y otras cosas impropias de decir a una dama. Después los editores lo modificaron y quedó como clásico de la literatura erótica. Erótica un corcho. Llevate este poema, por favor, y pagame otra ginebra. Me la merezco. Vas a ver que dice sinsentidos anacrónicos con la época helénica y cita mal a Hesíodo. Tomá el poema, nena.
Una de las cosas que más me cuesta tolerar de Jonson es que me diga nena, pero se lo deje pasar. Tenía el día gruñon, a veces le pasa y ¡¡¡me estaba dando un inédito de Pierre Louÿs!!! Ahora mismo se los transcribo. Es cierto, tiene anacronismos, los antiguos griegos no tenían monasterios y está el asunto escabroso de la concepción de Afrodita. Pero, vamos, a esta altura del siglo XXl, ¡un inédito de Pierre Louÿs! Acá va.

Afrodita
Canto Primero: Crisis

Sentada con los blancos tobillos
carcomidos y marchitos de los besos
vemos a Crisis, desprovista de abrigos,
llorosos sus ojos de hallarse frente al Ciego
e impotente cantor de su tormento.
Laméntase Crisis de su negra suerte
con su ronca voz virginal de todo celo
en cantar loas al cantor que tiene enfrente.
Cálida, como las flores del Oriente
Perfumada con las gotas de rocío
de la mañana de este aciago desatino
pregunta su voz sedosa por Demetrio
a quien Afrodita, para su privado servicio,
mezquinamente confinó en un monasterio.
Pregunta a todos a donde queda eso
para mejor enviar sus improperios por correo
Sus ojos, negros, y sus pequeños senos,
traviesos como dos gemelos cervatillos,
apuntan allí donde está el vino
y altiva, manda en su busca al Ciego
cantor con los más sutiles requiebros
A Baco, el amante del delirio.
Mas Baco decide hoy estar sordo
y el Ciego no llega en su tropiezo
más que a volcar el cántaro en la fuente.
--¡Serán ciegas todas las aves del Infierno!
--exclama Crisis sin ningún sentido,
mas respetando la medida de estos versos.
Y, como una diosa, que busca su inmortal destino,
corre a los bordes de la fuente
Grita a Demetrio, que lo culpa de su suerte,
y tristemente se ahoga en vino tinto.

Canto Segundo: Demetrio

El suave aliento de Demetrio
perfumaba la entrepierna de Afrodita.
--Eres alto y esbelto --decía ella--
como la única palmera que hay en Delfos,
verdad es que ya está vieja.
Y con cara de infinito aburrimiento
chupaba una rosa y se tragaba una orquídea.
Rió Demetrio, tontamente, aunque con voz cristalina
y mordió fuertemente el peplo de Afrodita
quién exclamó en alemán un juramento:
--Voto a tal --dice afrancesada
luego de un más afortunado y suave beso.
--Aquí viene un mensajero justo a tiempo
y Demetrio mueve la perfecta cabeza
justo para ver un par de cuernos.
Es Hermes, el de los pies alados
que al varón le ofrece su casco
diciendo: --Le pertenece esto --
y mira intensamente un pliegue
demasiado rosado del peplo transparente.
El atribulado amante, sin sospechar la sorna
se colocó el casco y resultó la suya
testa coronada por la más indigna burla
mas agradeció a Hermes con mirada boba.
--¡Ya sé para que sirven estos cuernos!
--exclama la ingrata Afrodita luminosa
Y libra con Demetrio la más infame
aventura del amor humano y del placer divino.
¡Oh, vosotros, suspicaces!
Que sonreís ante esto complacidos
antes de dormir vuestro sueño sin amantes
Es la desgracia de Hermes la más infame.
Nos dice el bardo que en este canto
se dio Hermes por vencido
y por los caminos vaga eternamente errante.

Canto Tercero

Canta, oh Bardo,
la tontería del bello Demetrio
cuyo cuerpo que perdiera la belleza
que lo hiciera desgraciado
bajo la piedra yace fétido.
Y luego detente: canta
la desdicha de la bella Crisis,
la pequeña ninfa de los ríos mortales,
la que pereció en el vino
que en su boca derramaran
más de mil ochocientos amantes.
Mas cuando oigas
los suaves pasos ondulantes
de la diosa de los sueños
confusos y de las noches errantes.
Cuando sientas el aire
de un aroma dulce enrarecerse,
cuando tambalees como borracho
y no puedas resistir tomar de Chipre un vaso
cuando veas la sombra
que encendió en Vulcano los amores
y que hizo un prisionero de Ares
Calla, oh Bardo:
tu propia dicha te lo ruega,
de aquella que al nacer
castró a su padre
nada cantes y nada quieras.

sábado, 30 de mayo de 2009

La crítica del Dr Jonson

Hoy fue una mañana fría y lluviosa, poco apropiada para la poesía, pero tenía una deuda, con ustedes y con el Dr. Jonson, al que le debía una botella de ginebra. Así que escribí un poema horrible, cosa que nunca lleva esfuerzo así que no me agradezcan. Simplemente se trataba de ver cómo funciona la mejor cabeza crítica de la Argentina.
No es un catedrático. No fue nunca a Filosofía y Letras. Simplemente es un pediatra jubilado, rezongón y borracho, con un hígado a prueba de bulones.
Sin embargo, es el mejor cerebro de la crítica contemporánea.
Su intuición es mágica, sólo con la ayuda de una ginebra, su cerebro puede diseñar un autor a medida del poema que se presente. Así cumplió el viejo anhelo de la crítica, lo llevo más lejos que nadie: Prescindir de los autores.
Escribi un poema por la mañana, y a las cinco de la tarde, me presenté en el bar de Lugano donde él cumple religiosamente horario.
Estaba sentado, cabizbajo. Sus dedos tocaban una taza de café frío. Todavía no cobró la jubilación, así que llego en el momento indicado. Hago una seña al mozo, que no necesita que le indique lo que quiero: una botella de ginebra marca Cañón.
Sirvo el vaso. Jonson se enciende. Parece un autómata cuyo mecanismo se acaba de accionar. Mira la hoja de papel. Toma un sorbo.
Lean el poema y así podrán valorar la magnífica crítica...

Oda terrible


Aciago día el de la ola terrible
que me tumbó abatiendo mis narices
con la ocre sal que rememora el nosocomio.

Micébiles estaban los borloros
y miserables estuvieron los bañeros
que confundieron mareo con ahogo.

Oh Artemisa casi perezco
Oh San Sulpicio, qué martirio
renacer entre la espuma cual Venus
debería ser más divertido.

Si al menos conociera a la griega
mitología el dorado bañero
si al menos hubiese sido Apolo,
¡conformista, le bastaba parecerlo!

No atreviéndose a ser piedra,
ni río ni lluvia de oro
no atreviéndose a ser hombre:
menos aún a convertirse en toro.

Estáis a punto de decirme
¡lo sé! que tal hubiera hecho Zeus
mas se trataba de Apolo.

Es igual confesad que es triste
el destino de una poeta
que fue salvada de las olas...

...sin consuelo sometida
a los azares de la enfermería
y presintiendo el Olimpo
confinada a la camilla.

Jonson leyó esto mismo que ustedes acaban de leer. ¿Tiene este poema algo especial? Es un poco ridiculo, pero nada más. Digno de esta mañana sin sol. Sin embargo él toma de su vaso, alza la vista y abre la boca para bostezar.Me da tiempo de alistar el grabador. Y declama con voz monocorde, clara y sin titubeos
“ Ah, ¡es una obra de juventud de la querida Ema Berdier! (1905-1999) Ema Berdier, la que fuera amante de Juan Fernandez, del servicio de patología del hospital Muñiz. Buen patólogo, bastante bueno, lástima que tomara tanto. Este poema habla claramente de una época de soledad de Ema, confinada en cama por un severo problema de laringe. En él hallamos la frustración, el lúgubre infierno de la insatisfacción, la situación social de la mujer, y la tortura hedónica del deseo, oposición dialéctica ésta que se simula en la aparente dulzura femenina. La dulzura femenina, acaso el único defecto de este poema, ha arruinado brillantes carreras literarias, de poetas que no hallaron nunca en diccionario alguno un sinónimo de la palabra ‘lánguida’. Nótese que Ema Berdier no la utiliza en ninguno de sus poemas, su dulzura es sólo simulada: bajo la apariencia de suavidad de los versos, late un corazón de valkiria, de hurí del paraíso de Mahoma ansiosa de formar un sindicato, de filósofa que intenta liberarse de las cadenas de su belleza, de mujer sensual que no ignora que su destino final es el sacrificio y arremete con la fuerza de la rima, cuando lo que se rima son improperios.”
Dijo todo esto sin respirar, tomó el útimo trago del vaso y dejó caer la prodigiosa cabeza . Sirvo otro vaso. Levanta la cabeza, lleva el vaso a los labios y después de un prolongado y extático brindis consigo mismo y su portentoso cerebro, prosigue así:
“Analicemos el poema. A punto de ahogarse, la rescata un bañero ¿de qué la salva? La salva del mar, es decir, de la libertad. ¿Y qué es un bañero sino un hombre? Es decir que el bañero no la ha salvado, sino que le ha quitado la libertad. ¡Oh Artemisa! exclama la poeta, refiriéndose seguramente a aquella cazadora intrépida y virgen, tal vez la única feminista de todo el Olimpo. Y luego “Oh San Sulpicio”, en un distinto tono, demostrando cómo la burbuja hedónica del deseo siempre se deshace al aparecer la rigidez eclesiástica del internado de señorita donde vivió sus primeros años.
El brillante Apolo se esfuma y aparece en su lugar un vulgar bañero. Se desvanece el hechizo y viene el amargo reproche. “No atreviéndose a ser piedra, ni río ni lluvia de oro...”. Aquí la lírica helenística se nos muestra en todo su esplendor.
Ema A. Berdier es una de las tantas poetas que han sufrido el oprobio de la sociedad masculina. Lo digo porque conocí bien a Juan Fernandez, era buen patólogo, pero todo lo que tomaba era un oprobio. Por eso Ema empezó una larga relación con Victoria Sackville West. La conoció en ocasión de un viaje a Inglaterra. Ema quería ser como Rimbaud en su segunda etapa, cuando se dedicó al comercio, por eso quiso importar de Londres sales para damas, fue una incursión en el capitalismo demasiado poética. Ya hacia esa época las damas no se desmayaban, salvo las hipotensas y lo remediaban con sal de mesa. Conoció a Vicky Sackwille West, ella se desmayaba a menudo y Ema le daba sales, hasta que practicando otros métodos de reanimación, empezó un ardoroso amor, que termino cuando Virginia Woolf las agarró a trompadas. Sin embargo y como siempre ocurre, no sabemos si el amor se concretó o fue simplemente platónico, ejemplificando Vita, o Vicky, simplemente a la Artemisa del poema. En cambio lo del patótogo del Muñiz lo sé de posta, si hasta les presté la llave de mi departamento un montón de veces.
Ema Berdier fue una gran escritora que llegó a todo demasiado temprano o demasiado tarde, nunca a tiempo. Pudo ser un amor imposible de Borges, pero tomaba otro tranvía, pudo suicidarse el mismo año que Lugones, Alfonsina Storni y Horacio Quiroga, pero no tenía ganas, pudo hacer muchas cosas que no hizo. Los últimos años, (como Rimbaud en su segunda etapa), fue comerciante: atendía un lavadero en Villa Crespo. Hoy nos encargamos de darla a conocer, ya que su destino fue tal vez el más triste para una poeta. Aún hoy se sostiene que nunca escribió ella, sino Juan Fernandez.Ese a duras penas escribìa los informes de patología. Un caso entre los muchos de opresión machista en el mundo de las letras.”
Deslumbrante. Llevaba sombrero para la ocasión, me lo quité con respeto. Comprobé que mi grabador había cumplido resguardando sus grandes palabras, gracias a las cuales tenemos otra fascinante historia para la página literaria argentina, una nueva poeta maldita para nuestro panteón. Sólo costó una ginebra. Todavía quedaba para dos vasos, pero no tenía más poemas.
Pagué la cuenta y dejé a Jonson bebiendo con expresión de beatitud.

sábado, 23 de mayo de 2009

El eminente doctor Jonson

Reconozco que sin los críticos los escritores no somos nada. Sin ellos no habría estímulo y a pesar de los best sellers imbéciles que dicen que el escritor que no quiere vender libros miente, la realidad es que la preparación de un escritor requiere muchos años de escribir en que no vende nada, ni puede hacerlo, porque se está formando. Cosa que el best seller imbécil no ve porque usualmente le ofrecieron escribir un libro cuando era un periodista de televisión o el conductor de un programa radial y se puso a escribir con esa preparación. Esos son los best sellers que duermen años y décadas en los estantes de las grandes bibliotecas, con el polvo que deja la indiferencia de los lectores, libros en los que tres o cuatros milímetros de polvo, significan años sin que nadie toque sus lomos, en esos gigantescos cementerios de la vanidad con foto en el diario. Pero esto es una digresión. Lo que quería decir es que mientras una se forma, sin pensar en el éxito comercial, piensa en el crítico. Instintivamente, todo autor sabe que el crítico es esa persona que justifica su labor. El autor sabe que escribe para el velorio, que él y su libro un día van a estar ahí en un aula sin abrir la boca cosida a la fuerza por la fatalidad, pero con unas ganas de hablar terribles . Se muere de ganas de decir todo pero no puede, se murió hace quinientos años. Y exactamente como en los velorios, están todos opinando sobre él, diciendo lo bueno que era, pero sin dejar de notar todos sus defectos.
Son ellos, los críticos, los que dan sentido a nuestra obra: es que nosotros tenemos que escribir versos inútiles para que ellos escriban cosas que de verdad tengan sentido. Es más: si ellos no nos explican, va a parecer que todo lo que escribimos se entiende y eso es muy malo.Uno empieza a leer a Dante con un crítico anticuado, por ejemplo, un tal De Sanctis. El tal De Sanctis, italiano que vivió creo en el siglo XIX, parece genial hasta que viene alguien trayendo un libro de Benedetto Crocce y te lo da con una palmadita en la espalda. Ese otro crítico italiano, un poco más reciente, nos demuestra sin lugar a dudas que De Sanctis es un idiota. Y después lees a otro fulano que te demuestra que Crocce no entiende nada de nada. Mientras tanto y aunque no lo parezca, los versos de Dante permanecen igual. "La meretriz mira con sus ojos putos" Lo miraba con los putos ojos cuando empecé a leer a De Sanctis y lo sigue mirando con los putos ojos ahora también. Lo constato cada tanto. Cada vez que vas avanzando en tus lecturas críticas, abrís el Dante en la misma página y consternada ves que sigue diciendo lo mismo.
Bueno, la cuestión es que el crítico que más admiro no es De Sanctis, ni Crocce, ni Harold Bloom, ni ninguno de esos viejos borrachines: yo tengo mi propio Viejo Borrachín: el doctor en pediatría Jonson Porboswell.
Vive en un bar de Lugano. Nadie lo vio nunca fuera del bar.Ejerció la medicina cuarenta años, cuando se jubiló se dedicó a su gran pasión: la crítica literaria. La crítica en él es el arte de la imaginación: él y su ginebra inventan el marco teórico, el enfoque y la genética literaria de cada texto, pero lleva el asunto más lejos todavía: te inventa el autor o autora, la fecha de su nacimiento y de su muerte, su contexto histórico y sus controversias en vida, sus romances, su sexualidad, no deja detalle librado al azar.
Y todo eso, a cambio de una ginebra.Que compraran los vinateros, se pregunta una.
El sabado que viene prometo ir, ya que hace tiempo que no lo hago y tirarle un poema cualquiera mientras pido la peor ginebra, que es la única que venden en ese bar, a ver que le sale. Y les prometo que voy a compartirlo con ustedes.El viejo Jonson es imperdible.