lunes, 5 de enero de 2009

Rafael, mi amigo y la guitarra de George

Escucho a Harrison, esta noche de reyes, a su guitarra que llora tan dulcemente, mientras no sabe por qué... Y busco algo para ustedes, algo para compartir. La voz de Harrison es dulce como la de un pájaro herido por una flecha amante. Busco, reviso archivos. Y encuentro esta carta. Esta carta que escribí hace dos años y un día exactos, unos días después de la partida de mi amigo Rafael. Recuerdo que pensaba las palabras, caminando bajo la lluvia, perdida. El viento me golpeaba el rostro, tormenta de verano, y Rafael no estaba, como si esa tormenta lo hubiera arrebatado. Yo quería escribir sobre él y no podía. Pero lo hice. Lo que escribí no es un retrato. Es un relámpago que apenas muestra su rostro, el que yo conocí. Y esto es lo que quiero compartir con ustedes, la voz potente de Rafael que oi entre ráfagas de viento patagónico, mientras lloro suavemente, como la guitarra de George que me acompaña esta noche de enero.

RAFAEL PINEDO, mi amigo

Oscar Wilde decía que desde el punto de vista del sentimiento, el modelo de todas las artes era la profesión de actor. No dijo nada tan hermoso del oficio de escritor, seguramente porque su cortesía le impedía poner como modelo el arte que él mismo practicaba. Rafael Pinedo podía ser un artista desde el punto de vista del sentimiento, y ser escritor. A todo esto le sumaba una pasión y un talento para la ciencia exacta poco usuales. Son tres logros increíbles para una sola persona, y los tres reflejan una voluntad indoblegable, una inteligencia poco usual y una sensibilidad exquisita.
El sentido del humor de Rafael deslumbraba. Una podía estar sentada en uno de esos eventos imposibles a los que hay que ir , como buena escritora, tal vez un poco cansada o amargada (preséntenme al escritor que cree estar donde debe estar), y escuchar, potente como una ráfaga de viento, la voz de Rafael haciendo una broma. Su capacidad para cambiar el ánimo de los otros con una simple broma o una apreciación sincera era únicamente suya, no he conocido ninguna otra persona con ese raro don. Tenía ese humor que es privilegio del inteligente y del sensible.
Sus libros expresaban una visión del género humano descarnada y dura. Su luz personal la desmentía completamente. Esa es una contradicción maravillosa. Tenía esa visión descarnada, porque su vista iba lejos y profundo, y su sensibilidad era mucha. Su rara lucidez no le restaba nada a su ser cálido y cariñoso.
Era un caballero. Nuestra estupidez social vació de sentido esa palabra, pero todas las mujeres inteligentes saben de qué les hablo. No esa caballerosidad falsa hecha de gestos establecidos y sin sentido, que suelen usar los hipócritas, sino una caballerosidad auténtica, hecha de gestos lindos y cariño sencillo sin más fin que sí mismo.
Tenía un humor muy lúdico, y una rara clase de histrionismo: la que no proviene de la egolatría sino de la generosidad. Él nos brindaba sus bromas y sus actuaciones espontáneos.
Se ponía muy serio cuando hablaba de “Mi Chica” La mirada elocuente de sus ojos pardos se bañaba de una ternura que conmovía. No tuve la suerte de conocer a la Chica de Rafael. Una mujer de la que se enamore alguien como él debe ser, sin dudas, maravillosa.
Tengo razones muy personales para estar admirada del valor con el que Rafael enfrentó la enfermedad que lo llevó joven a la muerte, razones que si puedo, algún día contaré a la Chica. Sepan tan sólo que los gestos valientes no deben sorprender de alguien que puede desarrollarse en dos artes y una ciencia. Es algo propio de un hombre extraordinario.
Yo no tengo miedo de decir que mientras escribo esto mis ojos se llenan de lágrimas. Cualquiera que lo conociera y no fuera un imbécil sabe que es un raro privilegio haberlo tratado. Yo tuve esa suerte. Intenté, con pocas palabras, compartir ese privilegio con ustedes.