lunes, 29 de junio de 2009

Un lento conjuro

CONJURO SECRETO

Si una voz te dijera
lo que al viento susurro
que suaves mis manos
te esperan allí
donde mora el ensueño
y el secreto conjuro
en ardiente promesa
te entregara a mí

Si yo te dijera
que ayer por la noche
soñaba despierta
Que tu reina fui
Y que empuñé tu cetro
para hacerlo mío
Y abriendo mis labios
tu espada me hundí

Si yo te ofreciera
Mi sangre en tus sueños
Arrojada y desnuda te dijera:
Bébeme
Y luego desmayara,
Amor y duelo, gloria de una noche:
Traspásame

Al dios le duele el amor secreto,
Roza con su espíritu de llama
Mis piernas que te abrazan en sueños
Y de fuego viste mi corazón
El fuego que gime en mis versos
La Antorcha divina
Que robó Prometeo

Este lento conjuro
Te beberá entero

lunes, 15 de junio de 2009

¿Un poema erótico desconocido de Pierre Louys?

Ayer fui a ver a Jonson, pero la ginebra marca Cañón que le llevé obtuvo un resultado imprevisto por mí. Le llevaba un poema de Lewis Carroll a ver qué autor inventaba, aquel del juicio del ratón, pero en lugar de empezar a declamar, en cuanto se lo di sacudió la cabeza, lo arrojó a un costado sin leerlo y extrajo de sus bolsillos un papel arrugado.
—Tomá —me dijo—, ésta es la auténtica Afrodita de Pierre Louÿs, la que escribió no sirve, no va con su carácter.
Balbucée un pedido de explicaciones (había pagado la ginebra). Lo que me mostraba era un poema más o menos largo, en versos irregulares.
—Pierre Louÿs era un tarambana que andaba ganduleando por Tánger, compartía una amante marroquí con Andre Gide, que era un gay indeciso, y, a pesar de su vida poco pudorosa, se dio el lujo de darle vuelta la cara a Oscar Wilde y, además, lo difamó. Publican un poema narrativo llamado Afrodita, bajo su nombre. Dije que no se corresponde con su carácter, así que investigué un poco y encontré este otro poema, el borrador original que escribió ese mequetrefe. Entendámonos —dijo alzando la mano de venas azuladas en un gesto de grandeza—, éste es el poema original escrito por el berreta Pierre Louÿs, ese que no cerraba la puerta del baño en Tánger y otras cosas impropias de decir a una dama. Después los editores lo modificaron y quedó como clásico de la literatura erótica. Erótica un corcho. Llevate este poema, por favor, y pagame otra ginebra. Me la merezco. Vas a ver que dice sinsentidos anacrónicos con la época helénica y cita mal a Hesíodo. Tomá el poema, nena.
Una de las cosas que más me cuesta tolerar de Jonson es que me diga nena, pero se lo deje pasar. Tenía el día gruñon, a veces le pasa y ¡¡¡me estaba dando un inédito de Pierre Louÿs!!! Ahora mismo se los transcribo. Es cierto, tiene anacronismos, los antiguos griegos no tenían monasterios y está el asunto escabroso de la concepción de Afrodita. Pero, vamos, a esta altura del siglo XXl, ¡un inédito de Pierre Louÿs! Acá va.

Afrodita
Canto Primero: Crisis

Sentada con los blancos tobillos
carcomidos y marchitos de los besos
vemos a Crisis, desprovista de abrigos,
llorosos sus ojos de hallarse frente al Ciego
e impotente cantor de su tormento.
Laméntase Crisis de su negra suerte
con su ronca voz virginal de todo celo
en cantar loas al cantor que tiene enfrente.
Cálida, como las flores del Oriente
Perfumada con las gotas de rocío
de la mañana de este aciago desatino
pregunta su voz sedosa por Demetrio
a quien Afrodita, para su privado servicio,
mezquinamente confinó en un monasterio.
Pregunta a todos a donde queda eso
para mejor enviar sus improperios por correo
Sus ojos, negros, y sus pequeños senos,
traviesos como dos gemelos cervatillos,
apuntan allí donde está el vino
y altiva, manda en su busca al Ciego
cantor con los más sutiles requiebros
A Baco, el amante del delirio.
Mas Baco decide hoy estar sordo
y el Ciego no llega en su tropiezo
más que a volcar el cántaro en la fuente.
--¡Serán ciegas todas las aves del Infierno!
--exclama Crisis sin ningún sentido,
mas respetando la medida de estos versos.
Y, como una diosa, que busca su inmortal destino,
corre a los bordes de la fuente
Grita a Demetrio, que lo culpa de su suerte,
y tristemente se ahoga en vino tinto.

Canto Segundo: Demetrio

El suave aliento de Demetrio
perfumaba la entrepierna de Afrodita.
--Eres alto y esbelto --decía ella--
como la única palmera que hay en Delfos,
verdad es que ya está vieja.
Y con cara de infinito aburrimiento
chupaba una rosa y se tragaba una orquídea.
Rió Demetrio, tontamente, aunque con voz cristalina
y mordió fuertemente el peplo de Afrodita
quién exclamó en alemán un juramento:
--Voto a tal --dice afrancesada
luego de un más afortunado y suave beso.
--Aquí viene un mensajero justo a tiempo
y Demetrio mueve la perfecta cabeza
justo para ver un par de cuernos.
Es Hermes, el de los pies alados
que al varón le ofrece su casco
diciendo: --Le pertenece esto --
y mira intensamente un pliegue
demasiado rosado del peplo transparente.
El atribulado amante, sin sospechar la sorna
se colocó el casco y resultó la suya
testa coronada por la más indigna burla
mas agradeció a Hermes con mirada boba.
--¡Ya sé para que sirven estos cuernos!
--exclama la ingrata Afrodita luminosa
Y libra con Demetrio la más infame
aventura del amor humano y del placer divino.
¡Oh, vosotros, suspicaces!
Que sonreís ante esto complacidos
antes de dormir vuestro sueño sin amantes
Es la desgracia de Hermes la más infame.
Nos dice el bardo que en este canto
se dio Hermes por vencido
y por los caminos vaga eternamente errante.

Canto Tercero

Canta, oh Bardo,
la tontería del bello Demetrio
cuyo cuerpo que perdiera la belleza
que lo hiciera desgraciado
bajo la piedra yace fétido.
Y luego detente: canta
la desdicha de la bella Crisis,
la pequeña ninfa de los ríos mortales,
la que pereció en el vino
que en su boca derramaran
más de mil ochocientos amantes.
Mas cuando oigas
los suaves pasos ondulantes
de la diosa de los sueños
confusos y de las noches errantes.
Cuando sientas el aire
de un aroma dulce enrarecerse,
cuando tambalees como borracho
y no puedas resistir tomar de Chipre un vaso
cuando veas la sombra
que encendió en Vulcano los amores
y que hizo un prisionero de Ares
Calla, oh Bardo:
tu propia dicha te lo ruega,
de aquella que al nacer
castró a su padre
nada cantes y nada quieras.