martes, 21 de julio de 2009

Bibliofilia

BIBLIOFILIA

Voy a pontificar: no es verdaderamente pobre quien nunca ha tenido que vender sus propios libros.
En mi tierna infancia, me apresuraba a leer los clásicos, porque sabía que irremediablemente irían a parar al banco de empeños, esto fue motivo de que a la edad de doce años alcanzara extraordinaria erudición, culpable de no pocos problemas sociales y, peor, lingüísticos en mi consecuente adolescencia. No entraré en detalles porque me gusta ir rápidamente al grano, pero baste con decir que para mi era casi irresistible exclamar juramentos en francés y hablar en la segunda persona del plural hispano. Lo último desapareció, por fortuna, pero lo primero lo sigo haciendo, en voz baja y cuando estoy sola.
No llegué a tiempo para vender la cuantiosísima biblioteca de mis padres. Ya para cuando tuve edad de ir a una librería sola prácticamente de ella no quedaba nada. "¿Cómo?", diría mi madre. Lo diré rápidamente: mis padres conocieron tiempos mejores y por eso afrontan la pobreza con visceral cobardía. En lugar de vender expeditivamente los libros, decirles valientemente adiós, sin ilusiones insanas, preferían dilatar la agonía de la pérdida llevándolos a empeñar. Durante dos o tres meses decían confiados que ya los sacarían, luego de cuatro o cinco podían confesarse que no, pero ya no constituía un impacto, porque los habían olvidado.
Ocurrió así la paulatina pauperización de la biblioteca familiar, hecho que me llevó a conocer las bibliotecas públicas. La predilecta por mí es la de Juramento y Cramer, en Belgrano. Tenía varias particularidades: para empezar, que en lugar de tener sólo libros de texto, como la mayoría de las bibliotecas de barrio, tenía novelas, una cantidad maravillosa, increíble de novelas. La atendía en ese entonces una tuerta visionaria, que por tedio ni siquiera pretendía ayudarme a elegir 'el texto', horrorosa inclinación, yo diría, delirio de poder, de todas las bibliotecarias.
Afortunadamente, la biblioteca familiar volvió a enriquecerse por la herencia de un tío, bibliófilo prodigioso. Este tío, el inefable tío Omar, vivió en Bernal, en un lugar pintoresco llamado "Recreo Marconi". Así se sigue llamando en homenaje o por olvido, del italiano que se estableció allí primero y fundó el pueblo. Las casas están hechas con trozos de muebles y pedazos de autos viejos: la mejor de todas tenía ventanas gracias a que el dueño había tenido la suerte de hallar las puertas de un Citröen y la astucia de constituir con ellas las paredes. No está el barrio habitado por pigmeos; por esta desgracia constitucional los habitantes padecen de lumbalgia traumática crónica (los sociólogos se fascinarían). El Recreo Marconi no es (preciso aclarar) una villa miseria: las villas miseria pertenecen a este tiempo y a este mundo y el Recreo Marconi existe fuera de ambas cosas (los sociólogos jamás lo entenderían).
En medio de todo esto, emergían como un castillo medieval las sólidas maderas de la casa de mi tío. En esta zona baja, a cientos de metros del río, la casa estaba asentada en la única colina: cuatro maderas hacían de pilares, como en las casas de los isleños; estas maderas estaban cubiertas de curiosos rosales que subían por ellas como enredaderas. Rodeaban la casa nubes de fieles mosquitos, que no la abandonaban ni por un instante: se diría que la solitaria casita tenía para ellos una irresistible atracción, inexplicable por la famélica carne que la habitaba. La casa tenía tres habitaciones en el superior (y único) piso: llenas de libros. Sobre pilas de libros, apoyaban dos lámparas a kerosene (no había luz eléctrica, ni baños, ni agua corriente, comida, cada tanto... ¡pero libros!). No sólo de pan vive el hombre: también de clásicos de la literatura universal y novelas policiales, parecía susurrar el ambiente.
Pronto, sin embargo, el hambre comenzó a asediarlos: mi tía contemplaba agónica como el tío Omar dejaba la casa con una bolsa repleta de clásicos ingleses. Dos horas después volvía, con la bolsa igualmente cargada. Mi tía se incorporaba entonces y anhelante preguntaba:
"--¿Lo conseguiste?"
"--Si", respondía el tío Omar, con voz satisfecha y descargaba el contenido de la bolsa en el piso: montones de novelitas del Oeste. Al Benson, John Smith: los mejores.
Ella entonces lanzaba un suspiro lastimero; era menester tomárselo con filosofía y tomando un libro nuevo se extendía en el catre "porque leer un nuevo libro sacia el hambre". Y a cuántos habría convenido saberlo antes.
Pues bien, mis tíos, incomprensiblemente dadas su sana filosofía y forma de vida, fallecieron antes de lo esperado. Después del lógico período de duelo mis hermanos y yo fuimos al Recreo a buscar nuestra herencia: libros, está de más decirlo. Cuando llegamos, la casa había sido casi devastada: los vecinos, sin dejarse estar por su lumbalgia, mientras nosotros nos dejábamos sumergir en la tristeza, habían conseguido ya sacar la mitad de los libros y los habían vendido como papel viejo al cartonero del barrio, cosa que el mismo nos informó al nosotros llegar y asombrarnos de su prosperidad. Él, que no era bobo, los había vendido como libros y no como papel. Nos mostró el par de zapatos relucientes y el encendedor que había ganado con su especulación vil. Lo cierto es que faltaban unos cinco mil libros, así que el pobre hombre resultó estafado; cosa que pasa por no conocer a los libreros. Por lo menos mi tío los cambiaba, aunque más no fuera por las obras maestras de John Smith, pensé mientras a mis ojos afluían las lágrimas.
Fuera como fuere, aún nos quedaban cinco mil libros. El traslado a nuestra casa en Villa Urquiza fue una tarea titánica: del Recreo a la estación de Bernal había que recorrer tres kilómetros a pie, por un camino de tierra que con las lluvias se volvía un lodazal (y siempre que íbamos llovía).
Al fin la casa estaba repleta de libros otra vez: volvía a parecer un hogar. Pero nada dura y el hombre no puede bañarse dos veces en el mismo río, ni vender dos veces el mismo libro. Por consiguiente, y puesto que los libros que no teníamos ya los habíamos vendido (la lógica es algo implacable), y nuestras lecturas no nos habían enseñado el estoicismo, nos vimos obligados a salir a vender nuestra herencia apenas cobrada.
Mis padres esta vez no intervinieron en la transacción: no es igual llevar primero ediciones de Las mil y una noches al Banco de empeños, con aire de nobleza insultada (a la nobleza le sienta bien ser insultada y da un tono particular al cutis, decía mi madre), que ir a vender novelas del Oeste a librerías de usados. Eso no me inmutaba, soportaba las miradas de los libreros, con la seguridad interior de que Tolstoi se hubiera enamorado de mi.
Pero no se equivoquen: amamos los libros. Nuestros sufrimientos al venderlos se elevaban al martirio, pero un martirio que sentaba maravillosamente bien a nuestras almas literarias, que templó nuestros corazones, en fin, que nos llevó a conocer todas las librerías de Buenos Aires, a odiar como se debe odiar a todos los libreros, a conocer las bibliotecas públicas, a maldecir a todas las bibliotecarias, ya lo ven: a llevar una existencia que Verlaine hubiera aprobado y hubiera incitado a Tolstoi, quizás, a mi redención.
En fin, aquí espero. Cinco mil libros se acaban pronto: se venden más rápido de lo que se leen.

Epílogo
Sentados junto al fuego de las hornallas, soportando el frío invernal, con las narices azuladas y los dedos entumecidos, elevamos una única súplica, rezamos esperanzados.
Cada tanto alguno tiene una idea, pronto sin embargo las cabezas vuelven a caer sobre las manos que apenas las sostienen.
--Esos malditos... los libreros, están más suspicaces que nunca -murmura Diego.
Las cuatro cabezas se levantan, cruzamos miradas afiebradas, un nuevo brillo las anima. Una idea perversa, si, una idea, un objeto perverso anima nuestras mentes. ¡Robar libros! Es menester haber caído, si, Tolstoi ya no se enamoraría de mi, Verlaine nos seguiría aprobando, Dostoievski al menos...
Nos aproximamos al fuego. Las cuatro cabezas, separadas, piensan juntas, los cuatro brazos se extienden y las manos se unen. Y pronunciamos un horrible juramento.
Maulló un gato (negro).