sábado, 15 de agosto de 2009

El auténtico Capitán Alatriste, en exclusiva

DE CÓMO QUEVEDO ESCRIBIÓ UN SONETO

No era un hombre muy guapo ni muy honrado, pero su nariz tenía alcances prodigiosos. Al menos así lo pregonaba Caridad la Estrafalaria, con una sonrisa que pretendiendo ser maliciosa, era ciertamente beatífica. Como notarán, mi estilo difiere de anteriores entregas, pero esta vez me he asesorado mejor leyendo a los grandes de la prosa estilista y refinada. Creo que antes lo hacía bastante mal y ya han adivinado en mí al otrora joven cronista Iñigo de Balboa, sólo que ahora escribo muchísimo mejor.Y volviendo a Alatriste, dejo constancia de que su nariz, maliciosidades estrafalarias aparte, tenía alcances prodigiosos. En ciertos lances abandonaba la espada y prescindía de la vizcaína para embestir a su adversario con ella y por eso Quevedo, que no tenía mucho que envidiar, la admiraba y la denominaba con diversos epítetos, al cual más reluciente y elegante. Enemigo de soeces burlas que por otra parte disminuían la expectativa de vida al que las pronunciara, se refería al portentoso aditamento de nuestro protagonista con versos al cual más ingenioso. Qué bien que escribo ahora. En mi opinión mi prosa dejaba mucho que desear, era mas bien tosca. No tenía elegancia. Y ahora escribo tan bien. Si el Dómine Pérez viviera estaría admirado de su otrora imbécil discípulo. Imbécil me llamaba cuando conjugaba mal los verbos y confundía versos de Quevedo con versos de Gorgonsola que él mismo me enseñaba a escondidas. Y de Gorgonsola se trata esta entrega.
Alatriste había escapado por milagro a una estocada que le tendiera el vil italiano y vino a descansar, maltrecho y resoplando, a la taberna de la Estrafalaria, donde Quevedo se emborrachaba para mi solaz y para que yo ensayara mi caligrafía (torcida, según el cura Pérez), copiando sus versos. Siempre lo hacía así y yo era su escriba, porque en la mañana con la resaca que tenía no se acordaba de nada, y así es como yo seguí paso a paso el poema que dedicara a Alatriste y otros muchos poemas, como aquel, “Cerrar podrá mis ojos la postrera”, que yo copié, felizmente, porque al día siguiente el decía “Cerrar podré mi puño en tus ojeras” y sostenía que era un verso magnífico.
Cuando entró Alatriste, Quevedo maldecía a Gorgonsola como de costumbre.
— “Ese Gorgonsola culterano
Al que llamo el corcovado”
— Otra vez sopa — dijo Alatriste, y se sentó. Corriendo llegó la Estrafalaria con una jarra de vino, volcándola en la mesa mientras Alatriste hundía la punta de su nariz en el opulento pecho de la Caridad esa que, estrafalaria y todo, todavía estaba buena. Pocos años más tarde ella fue caritativa conmigo también, pero eso ya fue un bajón.
— Escuchad, Alatriste, tengo un trabajito para vos. Bonita espada llevas en la cara. Ya quisiera el monasterio tener tal monumento.
— De que se trata el trabajo — dijo el capitán, que estaba de mal humor— y cuánto es la paga. Ya sabes que yo distribuyo estocadas tanto porque hay dinero como porque no me lo dan.
Quevedo miró su vaso de vino con su característica mala leche.
— Yo ya me presumía
Que tu nariz era judía
— Xenófobo— exclamó la Estrafalaria mientras limpiaba el vino derramado en la madera.
—¿Qué animal es ese? — preguntó Quevedo.
— Tú.
­— Cállate, mujer— Alatriste le pegó un pisotón.
— Sexista— le dijo la Estrafalaria alejándose de la mesa.
— Ese animal me gusta más— declaró Quevedo.
— El trabajito ­— prosiguió— es dejar a Gorgonsola rengo. Un golpe de los que tú sabes. Que todo Madrid sepa que lo he dado yo, pero que preso, si hay que irlo, vayas tú. Cuando lo ataques le dirás el siguiente soneto...
— Deja el soneto. ¿Cuál es la paga? — dijo el capitán, apuntando a Quevedo con su segunda espada.
— Terrible sería que estornudaras. Nunca lo había pensado.
—¿Cuál es la paga? — repitió sordamente el capitán
— Seis dinares.
— Bah — sorbió un trago de vino cuidando que su nariz quedase fuera del vaso.
— Tres rublos
— Me haces estornudar
— Cinco maravedíes
— Trato hecho. Gorgosola por mí ya se queda tuerto
— Cojo
— Por diez escudos, también tuerto.
— Cinco maravedíes y un poema para ti si lo dejas ciego
— Diez escudos y lo dejo sordomudo
Quevedo lo miró largamente y dijo por fin:
—Érase una nariz como un embudo.
— Quince escudos — insistió Alatriste—. Te lo dejo cojo, tuerto y sordomudo.
—¿Por cuánto me lo dejas también muerto?
— Muerto por veinte escudos y un soneto.
— Erase una nariz pintando el techo. Me conformo con que quede tuerto.
—¿Y cojo?
­— Déjame meditar. Tuerto, cojo y ya es jorobado.
“¿Quién lleva joroba y parche
Y arrastra una pierna con donaire?
Para que se rían las gallinas
Calle arriba Corcovilla
Para que se aparten las matronas
Acá viene Gorgonsola”
—¿Meditaste?
— Medité que lo quiero manco. A propósito, más vino y tu nariz tendrá un rojo paulatino.
El capitán hizo una seña y la Estrafalaria se acercó con otra jarra. Alatriste clavó su mirada serena y turbia como pantano en invierno en el poeta y con los dedos hizo cuentas.
— Cojo, sordomudo, tuerto y manco ­— exclamó el insigne sonetista—. Y un soneto, bien mirado, es bastante buena paga, así que olvida los escudos. Ya lo tengo: Erase un hombre a una nariz pegado. La humanidad te recordará por siempre. Y ahora recuerdo que el Duque de Osuna cierta vez por un soneto me pagó... Procurad no cortar mi inspiración, Alatriste con vuestra quejumbrosidad nasal. Amenazáis estornudar, me lo veo venir, un océano o un firmamento, pero procurad desistir mientras acabo yo mis versos. Ya sabéis, los efluvios a mí me vienen de las musas, pero en el caso vuestro prefiero ignorar de donde vienen. ¡Voto a Dios!
Y el capitán estornudó. Y su estornudo permaneció aún cuando su propietario se había ido y cuando la Estrafalaria limpiaba las mesas, aún lo sentía en mis orejas. Y esa noche vi a Alatriste en la habitación hundir su mirada turbia como ciénaga en otoño en el vino rojo y su nariz, de tonalidades opalescentes, era como un reto a los abismos de esa España que buenos soldados tuviera si les diera buena paga. Un sobrino del tío de mi hermana fue a pelear a Flandes hace veinte años y todavía le deben cinco sueldos y tres ranchos. Y bien mirado, aunque soy un prosista refinado, escribiré de ahora en mas en verso, cual aprendí del gran Quevedo y a un doblón cada uno, poemas haré como ninguno.
Y estando ya agotado
Me despido de vuestras gracias
Por no padecer la desgracia
De parecer poco inspirado
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