sábado, 13 de marzo de 2010

Leyendas de familia

He crecido sin poder evitar la fascinación por los castillos, las historias románticas. Eso se debe a cierta historia que, a falta de aya irlandesa, me contaba mi tía Leda.
Mi tía Leda era una mujer muy hermosa que había desperdiciado su vida esperando al cisne en forma de conde ruso o, al menos, barón alemán. Leda me contó, cuando hube pasado los diez años, una historia de familia sumamente peculiar. Ella había nacido en Lanús, pero como muchos hijos de italianos, le importaba un comino y se proclamaba lombarda.
Pero una noche fue mucho más allá y me confesó la verdad: en realidad, ella era una condesa italiana legítima. Y me contó la primera versión de una leyenda familiar, no diré que completamente fantástica, pero sin duda pintoresca.
A la mañana siguiente interrogué a mi padre, quien me confirmó la historia, añadiendo algunas variantes ligeras.
En fin, he decidido darla a conocer, aunque advierto que aligerada de lo que, a mi modo de ver, eran sólo exageraciones.Pero¿quién no tiene una leyenda en la familia?La ley de Mark Twain, según la cual todos exageramos, se cumple en todas las tradiciones familiares.


Imaginen uno de esos luminosos atardeceres de Toscana, sólo que en una villa no muy lejos de Milán, en la dorada Lombardía.
En la verde campiña italiana, sobresale una figura tétrica:un sombrío castillo de líneas góticas, de severidad germana semiderruido por la acción del tiempo, y alguna catapulta colaboradora.
Sus aspecto bélico contrasta con el verdor en el que pastan tres vacas y, por último, con siete fornidos muchachos rubios, con la piel dorada por el sol, que trabajan la tierra azada en mano. Por la similitud de sus rasgos se sabe que son hermanos. El mayor no pasa de los treinta años, el menor no puede haber cumplido aún los quince.
Cualquiera los tomaría por simples campesinos, pero aunque eran tan nobles como un Motmorency , habían sido criados sabia y admirablemente en el estoicismo. Su padre, conde al fin, era un hombre instruido, lector de Voltaire y de Rousseau, que quiso ahorrarles los males de una educación aristocrática y por lo tanto, los mató de hambre toda su vida. Quise decir que los educó en la sencillez y rectitud. Cumpliendo ese modelo pedagógico, se ausentaba largas temporadas, apareciendo sólo de vez en cuando.
Al fin, el conde regresó del último de sus viajes, cuya duración había sido prácticamente la edad del menor de sus hijos y, luego de corta agonía, falleció.Ni perdieron el tiempo en dedicarle canciones como a Mambrú. Entregaron raudos los restos a un anatomista, un tal Lombroso, que pasaba cada dos años y que ya habia pagado más del 70 por ciento del cadáver del viejo, ya que los visionarios muchachos vendían los parientes vivos en cuotas adelantadas, o sea, crearon los planes de ahorro y préstamo sin saberlo.Cuando, satisfecho, Lombroso se llevó ese cráneo que había ambicionado durante años, los siete hambrientos hermanos, hartos de cosechar papas y de ordeñar a las tres vacas, fueron ansiosos a abrir el sobre que contenía el testamento, el decreto que sellaba el fin de su educación roussoniana y les entregaría su legítima fortuna. Pero el susodicho papel decretaba que la mitológica escalera que conducía al sótano donde se hallaba el tesoro no debía ser pisada, bajo pena de maldición eterna, hasta que al menor de los hermanos, ese buenazo de Iván, le crecieran los primeros pelos en la barba. Rompieron en maldiciones. Pero Iván declaró, con inocencia, que la barba no podría tardar en salirle. Así que esperaron otros tres años, hasta que una madrugada, Iván despertó a todos con un grito de alegría: una imperceptible pelusa acariciaba su cara imberbe. ¡Al fin!
Salvajemente corrieron al sótano. Los fornidos muchachos levantaron el pesado piano y alzaron la maciza argolla de hierro de la tapa que cubría la escalera hacia la bóveda. Siete ansiosos pares de piernas bajaron, tropezando, los escalones polvorientos, en los cuales se notaban las huellas de los siglos, incluso a la tenue luz de una vela. Al fin encontraron un arca de hierro oxidado y lo destrozaron a golpes de pala, pero sólo el eco de la pala resonó en la bóveda. No se oyó el tintineo del oro y de la plata, no se vio el replandor de rubíes y esmeraldas. Un sobre amarillo era el único contenido del cofre. El silencio fue sepulcral. El pequeño Iván, el más valiente, por fin alargó la mano y tomó el sobre. En el temblor de su mano se podía leer, claro como en un libro abierto, la culpa por haber mentido sobre su barba. En realidad se había convencido de que era lampiño. Pero sus hermanos mayores no notaron nada y le arrancaron el sobre de las manos. Lo abrieron de tal forma, que tuvieron que juntar los pedazos para poder leerlo. Los pedazos eran algo más o menos así.

Queridos hijos míos: (aquí una huella dactilar con sangre o vino tinto, más probablemente)
Los he educado con sen
verdaderos aristócratas, sencillos y nobles, alta

Ese era un pedazo. Después había otro pedazo que decía

çillez. Lo he educado para que sean
neros y humildes. Por eso han pasta

Hay otros pedazos más, con manchas de café, pero si me disculpan, creo que no voy a poner las treinta y cinco partes de la carta . Así que pasaré directamente al texto completo, ya que al menos no era tinta invisible ni había que quemarla para leerla.
Esta es la carta, qué diantres.

“Queridos hijos míos:
Los he educado con sencillez. Los he educado para que sean verdaderos aristócratas, altaneros y humildes. Por eso han cultivado papas y pastado vacas todos estos años. De tal manera llegaría el día en que disfrutarían de tener servidumbre que lo haga y despilfarrar con noble holgazanería la fortuna que proviene de las vacas, las papas y la considerable herencia que pensaba dejarles.Pero un revés del destino quizo que yo me hundiera en negras tinieblas. Las negras tinieblas de esa tumba de la aristocracia: el juego. Seré breve y conciso: sabrán aceptar el destino: valor.
“Jugué todo el dinero contante y sonante: lo perdí.
“Jugué todos los papeles de propiedades y acciones: las perdí.
“Jugué la platería del siglo XV y el mobiliario del siglo XVII y también los perdí, por lo que les dije que quería alejarlos de la ostentación y del lujo, objetivo que logré con creces.
“Jugué el título de nobleza: lo perdí. Sé que es el golpe más duro para ustedes. Hijos míos, la nobleza es un atributo de la sangre y del alma. Ya por su porte conocerán que son caballeros.
“Por último, jugué los caballos, con arneses y sillas incluídos: los perdí.
“Y finalmente, creyendo que podía recuperar todo lo anterior, jugué el viejo castillo, sí, es ese que habitáis y que pronto no habitáreis. Aunque lo perdí, pude lograr con una hipoteca que lo rematen dentro unos años. Ya se enterarán.
“Bien, hijos míos (tú también, mi pequeño Iván). Sé que comprenderán a este anciano padre, que quiso lo mejor para sus hijos.
“Sé que me agradecerán la educación que les he brindado y me alegro de demostrarles, mediante hechos, que es un modelo educativo adecuado a los tiempos que corren.
Adiós.
Su anciano padre, Conde de L.
“Posdata: No creais, hijos, que los dejo solos en el mundo sin más patrimonio que esta carta. Levantad el arcón. Hallareis un hueco en la tierra, cavado con mis propias manos y en él, un cofrecito de hierro. Abridlo y tendreis un verdadero tesoro.”

Renació en ellos la esperanza. Dieron vuelta el arcón de una patada, encontraron el cofrecito, lo abrieron a puñetazos y encontraron...un verdadero tesoro, sí: Las Cartas de Lord Chesterfield a su hijo Stanhope, en práctica edición de bolsillo.
Los siete hermanos lanzaron en la oscura bóveda un horrible juramento. Y a continuación, cada uno de ellos hizo lo que todo caballero y todo hombre de honor haría en esas circunstancias: se afiliaron al Partido Socialista.
Lucharon, pelearon, dejaron las vacas y adoptaron la riesgosa vida política ciudadana. Dos fueron ahorcados, tres fusilados, la pobre Elena, a quien olvidamos nombrar porque mientras se desarrollaba la historia estaba haciendo sus labores en lo alto de castillo, se hizo monja y vivió en un convento para siempre. El pequeño Iván murió como un héroe en el frente y ya más nadie se rió de su rostro lampiño y puro como un lirio del campo.
Mi abuelo, exactamente el quinto de los siete hermanos, vergonzosamente, en esos tiempos difíciles vendió la última vaca, se tomó el primer barco y se vino a la Argentina. Se casó con la hija de unos toscanos que habían corrido igual suerte tomando idéntica decisión y ni bien tuvo su hogar lo pintó integramente, incluyendo el piso, la puerta de calle y los vidrios de las ventanas, con los colores de la bandera de Italia.
Por fin se ocupó de que llegara a mí, su nieta, el último eco de esta terrible historia.
Aunque, como les dije, yo despojé al relato de sus numerosas exageraciones.