viernes, 25 de junio de 2010

Desencadenada

l
Yo sueño con una noche
Para beber de tu cintura
El suave sentir que en mi boca dura
En la ebriedad de la creación,
Dios forjó dos piezas que encajan a la perfección ¿Y qué?
Un herrero o un escultor harían lo mismo
Forjó rosas, forjó bocas,
forjó aleaciones de carne y acero
Pechos de labrador, manos de arrieros
Manos como las tuyas
Ellas tocan mi tibio corazón
Donde duerme la tierna flor roja
Y se abre en la noche, en escondido sueño
Dulce, blanda, tibia, de suaves pétalos
Roja como la sangre, roja como los labios
De una princesa sin dueño
Un tibio corazón, sólo una rosa
Una rosa que semeja una boca

Bebe, rosa, traga, boca
Envuelve la hoja de duro acero
dale tu corazón al rudo arriero
Duérmete desnuda en sus brazos morenos


ll

No sé, hombre o dios
Cómo no irme entre tus brazos
Cómo no derretir entre las hojas
La abierta corola de la rosa


Último

Y tú que lees esto
Mira al dios ebrio
Sostiene una copa
De vino perfecto
Ruega que esta noche
La derrame en tu lecho

sábado, 12 de junio de 2010

NACERÁ UNA BRUJA

Un día nació una bruja y fue tan grande el temor de perecer aferrados a su talle ondulante como aquel otro temor antiguo a perder la vida por el canto de las sirenas. Pero las sirenas daban su vida en el canto y no pretendían más que se la devolvieran en su justo valor. Esta bruja, no una sirena,( que se hubiera cuidado de los humanos no llegaran hasta ella), tuvo que decir un último enigma y confiar al destino su solución, atados sus brazos y piernas a un tronco, con el que fue quemada.
Ella pronunció en un susurro: “Nacerá de mis cenizas una bruja que no os atreveréis a quemar”.
Vientos desatados llevaron sus cenizas.
En una tierra cercana nació una mujer. Temiéndola por su inteligencia, el padre la encerró en lo alto de una torre. Solo la lluvia entraba por la ventana tan alta. Y llegó el día en que un rey enemigo asaltó el castillo. El castillo ardía y la joven no pudo esperar mas auxilio que el de la amada tormenta. Pero con la tormenta llegó un caballero y la rescató. Pensó en tomarla de esclava. Pero tímidamente, la mujer, la hija de la bruja que había perecido en las llamas, le contó su historia.
“Amo la tormenta”, dijo ella y calló. Sintiéndose incapaz de toda cobardía, el caballero la sedujo. Tuvieron hijos e hijas. Las hijas heredaron el antiguo poder de las cenizas y tuvieron otras hijas. Una de esas hijas escribió la historia con el fin de que las hijas dispersas se sepan hermanas y de que los hombres recuerden su poder, que resulta de la unión del conocimiento y la poesía, de la inteligencia y el valor, del leer en la celeste armonía que existen más límites que los finitos.
Un día nacerá una bruja