martes, 28 de septiembre de 2010

JOVEN Y TRAGICA

Mis días llegaban rápidos a su fin y yo lo sabía. Me esperaba la más amarga de las noches, la que no tiene retorno ni electricidad. Sabía que iba a extrañar el cine de trasnoche, pero no tenía remedio. Mi obligación era suicidarme. Había llegado mi hora.
Yo, Penélope Saturnina López, por fin podía decir mi nombre completo, ése que pondrían en mi triste lápida, que mi afiebrada, pasional y trastornada poesía haría célebre. ‘Saturnina’ sería como decir ‘Alfonsina’, ese nombre de esperpento acabaría teñido de gloria póstuma.
Lo cierto es que yo, poeta maldita, tenía el deber, llegada mi edad, de suicidarme. Era imprescindible que pereciera, joven y trágica. Además, me había abandonado un hombre. No añadas, infame lector, que me abandonaron todos, eso no es cierto. Sólo me abandonaron los que me interesaron. Todos los demás seguían a mi alrededor, cuál faunos impotentes frente a esa formidable Diana que era yo en mi fracasada y trágica juventud. La magnitud de mi fracaso era tal que ni siquiera pude darme muerte. ¿Para qué? La busqué, no la hallé, pero lo que hallé fue más horroroso que ella misma. Mi deber ya no fue el mismo desde entonces, desde entonces mi deber era enseñar el horror.
Mi profesor de taller de poesia me había explicado que si no había nacido en Francia, era inútil intentar ser una poeta del Parnaso francés. Tardé un poco en convencerme. Creí primero que con un diccionario y un ligero acento y una boina haría el cambio estético profundo que necesitaba para que algún día estuviera, ya no triste, ya no ajada, sino encerrada entre dos tapas de cartón, mal encuadernada, en un meláncólica edición en la estantería de un joven de letras, justo entre Verlaine y Rimbaud.
Mala idea, meterse entre esos dos, pero bueno. No haber nacido en París no me daba oportunidad de cometer ese error cuando encarnara entre dos tapas...
Ah, París. Qué daría yo por París. Mi diario íntimo y mis poemas inéditos que, con el tiempo, cuando esté muerta y no lo pueda disfrutar, valdrán una fortuna.
Pero hablábamos de la tragedia horrorosa de mi juventud. La que, con su piedra de toque, hizo de mí un ser más allá del bien y del mal, y tan indiferente a Adán como a la Serpiente.
Tristemente me dirigí al puerto para dar fin a mi triste vida, pero mi interior, a pesar de mi apariencia lastimosa, de mis lágrimas de cocodrilo, se sacudía de gozo. Estaba colocando el punto final a mi obra maestra: yo misma. Veía mi futuro glorioso. “Arrancada en la flor de la juventud en su innata melancolía”... “Tronchada su gentil naturaleza de sílfide por la bestialidad de la bestia humana”... “Ella no comprendía el mundo y pereció para poder seguir sin comprenderlo y sin pasar por idiota”.
Me dirigí al puerto una noche de mayo. El viento ululaba una canción de tristeza infinita. Desesperada, asomaba la cabeza en todas las tabernas, buscando un hombre lo suficientemente sobrio para ser divertido. Así caminaba, pateando latas. Mi pecho subía y bajaba bajo la blusa, suspiraba ligeramente, largaba un ay lastimero cada cinco metros, en fin, cumplía con todos las reglas del estilo para suicidarse excepto que llevaba un impermeable. Mi excelente "Manual de estilo para suicidas" no daba muchas instrucciones en cuanto a vestimenta: sólo indicaba un delicado pijama de seda para suicidarse en la cama, como José Asunción Silva, o una malla enteriza, estilo competición, para hundirse en el mar. Yo llevaba un trench de gabardina con su típico lazo. Llovía y total ya iba a mojarme bien cuando me arrojara al río.....
Camino, pues, cuidando suspirar cada cinco metros, un dos, tres, cuatro, cinco: suspiro; ...un, dos, tres....
Tan concentrada estaba, que casi no veo a los dos malandras que se plantan delante de mí. Me detuve y les dije con dulce sonrisa, como quien está más allá de todo, en el último trance.
—Ya es tarde. Demasiado tarde —y quise avanzar sin verlos a mi inmortal destino pero, grosero, uno de ellos, con un parche en el ojo, plantó su sucia manaza en mi hombro.
—¿No tiene ni aún cinco minutos para escuchar nuestra oferta? —dijo con vozarrón beodo—. Si usted quiere suicidarse, nosotros le ofrecemos una alternativa mejor. ¿No desea vengarse del mundo que la desprecia? ¿Por qué morir sin llevarse unos cuantos por delante?
—¿Y cuál es esa alternativa? —inquirí, más interesada, pero no sin antes quitar su sucia mano de mi impermeable, en la que dejó una desagradable y grasosa mancha.
—La piratería. Venga, vamos a una taberna. Vos -dijo su compañero-, pasanos a buscar en dos horas. Vamos a ver cuanto ron aguanta la dama.
Y tomándome del brazo, me llevó hacia la taberna. Mientras me hablaba, yo casi no lo escuchaba, una perspectiva encantadora nacía ante mis ojos. Byron, el Corsario, Morgan, Bernis y yo, con el torso desnudo, tiznada de pólvora, un aro en la nariz, cañoneando buques ingleses y violando prisioneros antes de pasarlos por la quilla, mientras el mundo me cree muerta.
En la taberna bebimos ron, firmé su camisa con mi sangre, luego más ron, más, más y más, y no recuerdo nada salvo que me desperté en la cubierta de un barco. Me habían tirado dos baldazos de agua fría y yo recordé que el oficio de pirata, además de romántico, tiene sus aspectos desagradables.
Me rodeaba un círculo de pobres diablos desastrados, tan desnutridos que pensé que me iban a comer, y el del parche en el ojo, que me había hablado por primera vez, me tiró una desagradable patada en las costillas, con lo cual dije un ‘ay’ lastimero y me encontré con la triste realidad de que no estaba en el barco del Capitán Blood, que sí sabía cómo tratar a una dama.
—Sos la primera imbécil que cae en dos meses. Tu labor como pirata es meter en esas latas que vez ahí —señaló pilas y pilas de latas de ese atún ‘El Pirata’ que venden en los super chinos a cinco pesos—, todo el atún que pescan estos idiotas. Mejor suicidarse, ¿no? —y lanzó una risotada vulgar y soez—. Ahora arriba y a laburar. Ustedes a sus puestos, manga de giles. Vos, Gordo, asegurate que encontremos un cardumen esta vez o te cuelgo del palo mayor.
No tengo que explicarles nada, ¿verdad? Claro y rotundo horror. Una esclavitud peor que ser repositora de Jumbo. ¡Yo meter atún en latas! Jamás, me dije. Me levanté, digna y gravemente, y dije con firmeza.
—Colgadme. No trabajaré junto a esta infame y sudorosa canaille. No pondré atún en ninguna de esas latas. Antes me lo comeré.
—Con que esas tenemos, ¿eh? —gritó el tuerto—. ¡Átenla al palo mayor! ¡El látigo de nueve colas! ¡El potro!
—¡Motín! —grité—. ¡Motín! —Y dando el ejemplo, me precipité al tonel más cercano y empecé a comer atún a cuatro manos.
La tripulación hambrienta sólo necesitaba un líder para amotinarse. Se abalanzaron sobre los toneles a comer, mientras el Gordo arrojaba al capitán por la borda. Guiada por él, bajamos a su camarote y confiscamos el ron y sus revistas porno.
—Sea nuestra capitana —me dijo el Gordo con lágrimas en los ojos—. La obedeceremos hasta la muerte.
Qué decir. La fiebre del emocionante momento me encegueció. Me vi al frente de esa infame canaille, conduciéndolos a heroicas empresas, haciendo de ellos el terror de los atunes, convirtiéndolos, en fin, en hombres de provecho. Ya podía sentir su sudorosa gratitud en noches estrelladas en éxtasis a repetición, ordenando las maniobras en los intervalos. Ya veía, en fin, hileras y más hileras de atún ‘El Pirata’ desapareciendo de las góndolas de los supermercados. Ya me veía comprando por fin mi departamento en Montparnasse, donde sería una artista enigmática, exótica, deliciosa, créanme.
Pero un verso magnífico interrumpió ese mediocre ensueño. Un verso increíble, inmortal. Y volviendo a la realidad, negué tristemente con la cabeza.
—No puedo —le respondí—. Esta horrorosa historia me hizo comprender la trascendencia de la vida. Ahora me dedicaré a la literatura. Sólo obedeceme en una cosa.
—Lo que usted quiera. Usted nos rescató de la esclavitud.
Entonces le saqué la revista que tenía entre las manos y le dije arrobadora:
—Hazme feliz.

Bajé del barco entre los vítores de la tripulación al día siguiente. Retorné a mi hogar y, marcada por el horror, escribí versos inmortales y trágicos.
Publicar un comentario