miércoles, 28 de diciembre de 2011

Caso curioso, sí.

Curioso, mi querido Watson, pero no lo suficiente, hubiera dicho Sherlock y me hubiera despedido con una sonata de violín. Curioso, diría asímismo Hércules Poirot, pero evidente Hastings, y tal vez me habría despedido galantemente, con una rosa de su jardín. En cambio, el padre Brown hubiera dicho "equívoco" y Henry Merrivale hubiera hablado de la maldita malignidad de las cosas. Y con un gruñido, me hubiera también despedido. Así que agoté mi reserva de autores clásicos y detectives favoritos y voy al asunto.
Gertrudis era de ésas. De ésas que uno llama Gertrudis porque es mejor no convocarlas acá. En ese lugar, edificio, desde ese patio y ese aula que frecuentamos de chicos de lunes a viernes, intentó imponerme su amistad. No sé cómo decirlo, Gertrudis creía que burlándose de mis lecturas podíamos tener una amistad. Y de mi ropa, y comentando mi pelo y hablando de todas esas cosas de las que hablan las Gertrudis. Debo decir que logró bastante. A fuerza de imposición y de abuso de la cortesía, tan peligrosa a veces, que me enseñaron en mi familia, pasaba largas horas en casa. Horas en las que obtenía datos. Y se los proporcionaba a la otra Gertrudis, su madre.
Así supo que éramos, mis hermanos y yo, nietos de italianos. Y ahi viene lo curioso.
Se terminaba la escuela secundaria y aún seguía viendo a Gertrudis. Un día se despidió de mi. Toda elegante, con insólitos zapatos de taco, me dijo que venía a despedirse porque viajaba ¡a Italia! A estudiar, allá, física nuclear con una beca. Y claro ¡adónde sino a la ciudad de mi abuelo! Así que Gertrudis, vestida de modelo y sin una maleta, se tomaba frente a mis ojos un taxi a Ezeiza para ir a Milano.
Volvió a los tres meses. Dijo que ella, porque era mi amiga, habia pedido el legajo de mi familia en Milano. Y que había tratado de conseguir la partida de nacimiento de mi abuelo, pero, ah, valía cien dólares. Entonces intervino la madre. Pueden tener propiedades aún en Milán. Averiguarlo cuesta cien dólares más.
Mis padres les dijeron que no sin decirme a mí por qué. Todo lo que preguntaba yo a Gertrudis me respondía con evasivas. ¿El idioma italiano? Muy difícil, ella se manejaba en inglés. Presumia que algo de italiano entendíamos. En fin, Gertrudis hija y madre nos querían estafar. Cuando nos mudamos no les dimos la dirección. Ni ciao, ni ci vediamo. Addio, como a los muertos.
Pero pasan los años. Y la memoria no se pierde pero se archiva. Y existen las redes sociales Y Gertudis me contactó.
Casi no teníamos de qué hablar. Todo lo que decia era despreciativo y, en particular, hacia las ex compañeras que habían hecho una carrera interesante, a las que viven en Europa, a las que eran periodistas... y a mí. Tal vez por salvar la charla, le pregunté como habia sido su juvenil experiencia italiana...
Un silencio. Larguísimo silencio. Estaría tratando de recordar qué corno tenía ella que ver con Italia. Durante su silencio, yo recordé. Todo.
Sé que los viejos compañeros se reunieron y los que hablaron con Gertrudis me borraron de su lista.
No me importa. Poirot me lo dijo bien. Madame, cuidado con esa demoseille. Gertrudis y Paulette son nombres que no se llevan bien.
Por supuesto, tenemos los documentos familiares, enviados por el municipio de Milano, desde hace veinte años, y no nos costaron más que la estampilla de la carta escrita en italiano por uno de mis hermanos.
Curioso. Me encantaría escribir una novela con Gertrudis como protagonista. Pero no sé por qué, creo que me faltarían hechos con que hacer un argumento.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

EL CUENTO DEL RAYO

Hoy tengo un deseo.
Deseo contarles una historia.
Es más vieja que la manzana dorada y más antigua que los dedos de dios. Más vieja que el atardecer y más fuerte que la tormenta. Cuando la conozcan, les pasará lo que a mí: se olvidarán de quién la ha contado y la recordarán sólo al ver, tal vez, una estrella, o al sentir el beso suave de otros labios.
O tal vez se la olviden para siempre.
Ésta es la historia.
Hubo una era en que el hombre y la mujer eran uno, en el mundo cálido y líquido de la unión perfecta. El mundo era pequeño y dormía en un amanecer eterno, mecido por líquenes y alumbrado por rayos de luna.
Y entonces sucedió la desgracia. Vino como la tormenta, la catástrofe.
Cayó el rayo y nos separó.
El rayo alumbró la muerte y el conflicto, el grito y la discordia entre los dos seres fragmentados. El mundo creció, maduró, envejeció. Hubo hambre en el antiguo vergel, en el manantial puro hubo sed.
Desde entonces nos estamos buscando y nos amamos y nos peleamos porque deseamos, sin saberlo, volver a sentirnos completos en el mundo del origen.
Esta Noche espero que se vean las estrellas.
Estos son mis Sueños y Deseos, los poemas que se escribieron en noches estrelladas en este mundo viejo.

I
En un sueño de mi dulce dueño
Soñaba yo que su dueña era

Dulces son cadenas si me atan a su pecho
Y dulces mis piernas, esclavas de su espalda
Dulce es el infierno a sus brazos atada

Es un sueño el que mi dulce dueño
Quiso al fin que su dueña fuera

II
La Flecha ardiente derramada
El Beso más dulce
Que nunca diera Espada

III
Tengo sed
Sed de amante lluvia que derrita la máscara
Que me despoje de escudo y me desarme de lanza
Y quede desnuda la rosa encarnada
Que se esconde en noche junto a alta ventana
Ser envuelta en ámbar

Mi deseo es siempre el mismo, aunque pueda contar a veces cosas tristes (el caer del rayo), la felicidad está en no dejar pasar las nubes sin verlas ni aún llorando. Así, mis deseos, copas amigas, ámbar en mis labios, noches de amor y la mano de mi compañero junto a mí cada noche.
Perfumes y secretos. Y deseos.

lunes, 5 de diciembre de 2011

¿DONDE ESTÁN?

La pregunta es para Reverte, desde hace años y luego de que me dijera amablemente que me dejara de escribir mariconadas con referencias literarias y más gentilmente, si cabe, "escribe lo que te salga del chichi". Je ne comprende pas. En mi castellano argentino, eso no se entiende. Ahórrenme las traducciones, aunque algunas cosas muy bonitas me escribió el simpático Montero Glez también. Pero me fui del asunto. ¿Dónde están las casi cien cartas que le escribí a Pérez Reverte y que nunca devolvió? Ésas donde le escribía a veces también mi hija, donde le hablaba del pintor Gerardo, que falleció hace unos años y que si es inteligente, el señor Reverte conserva una magnífica obra de él. La historia de Gerardo Néstor Estevez es triste: fue mi pareja de los veinte años y con él aprendí a posar. Falleció joven, pero una persona allegada a él se apropió de su obra. En poder del hijo que tuve con él sólo hay tres dibujos. Así que espero que Reverte conserve esa rara obra; por lo demás, yo sí conservo el hermoso dibujo que Roberto Fontanarrosa le obsequió y que él no valoró suficientemente para llevárselo, así que quedó en mis manos. Dedicado a Arturo en tinta china, sé que el Negro genial estaría contento de saber que lo tengo yo.
¿Dónde están las cartas que el caballero español no devuelve? No sé. Pero tengo una.
La publiqué varias veces. La publiqué incluso en una revista de letras reconocida. Fue una carta que explotó en mis manos en una cocina repleta de platos por lavar, entre gritos de mis hijos pequeños, luego de hablar cinco minutos con este ubicado señor que me contaba sus éxitos y sus giras. Por alguna razón inexplicable, necesitaba exhibirlos frente a una joven madre sola que vivía en un monoblock de Lugano. Bastante movilizada, esa noche le escribí una carta que al día siguiente fotocopié antes de enviar. Y que luego corregí hasta convertirla en un cuento un poco teatral de lo que verdaderamente es un escritor. Un escritor: alguien que desea genuinamente escribir y lo hace en cualquier circunstancia. Un escritor: uno que no piensa que el mérito es vender libros sino escribirlos. Así que no sé dónde están las cartas que de joven envié a Reverte, las que hablaban de Ulises y del troyano Héctor, entre otras cosas, pero sé dónde hay una y la publico acá. Es mi autoretrato, en parte, también era una forma de responder a la invasión en mi hogar de esa exhibición de poder masculino coherente con la década infame de los noventa: dinero, foto en el diario, entrevistas en la tele, reloj costoso... pero el lujo para Reverte era hablar de gente como Melville. Ése es un autor que sí hubiera deseado conocer. Es probable que no tuviera reloj.

LA CARTA:

¿DÓNDE ESTÁS, BOB FOSSE?

Ah, cuando yo era joven. Vivía en Siberia, era feliz, no tenía sífilis, no había conocido a Bob.
Fue aquí, en África. Podía elegir a cualquiera, pero tuvo que ser él.
Me abandonó. Y aquí, en el corazón de África, planeo mi siniestra venganza, con el latir de los tambores del siniestro brujo de la tribu, quien gusta de la buena música cuando se prepara esos estofados de antropólogo australiano como sólo él lo sabe hacer.
—Diablos —se dijo la escritora y arregló la cinta de la máquina de escribir—. Cómo conmover a la platea, ésa era la cosa. —Qué difícil. Qué dura es la vida del artista. Y cómo están los mosquitos. Me gasto el sueldo en espirales y repelentes que no sirven para nada. Y el calor no se aguanta más: la remera se me pega al cuerpo pero si me la saco me van a ver los vecinos porque mi cuñado no viene a ponerme la cortina.
Es una noche calenturienta en África Ecuatorial y pican los mosquitos. Aquí en África la vida es dura, pero además es corta. Maldición, cada aforismo que digo me recuerda a Bob. No siempre la vida fue tan dura, después de todo. En realidad. En fin, que en África no hay dinero para mosquiteros, el sueldo se te va solamente en la quinina, y apenas hay que conformarse con cortinas de bambú. Pero soy una mujer curtida y un mosquito de más o de menos no es nada para mí. Si sólo tuviera a mi Bob.

Suena el teléfono. La escritora arroja al suelo un sombrero inexistente y lo patea. Es su cuñado, para decirle que no puede poner la cortina hoy y que mañana Camila baila jazz en la escuela y si no sabe cómo se vestían las bailarinas de jazz. Cómo habrán notado, el lema de la literatura de este prodigio de escritora es que nada se pierde y todo se transforma.

Decía que era una noche calenturienta y pican los mosquitos. ¿Ya les hable de Bumba Catunga? Lloro solitaria pero no estoy sola. Conmigo está Bumba Catunga, el fiel sirviente negro, que ronca panza arriba. Si en un rato no lo despiertan los mosquitos, lo sacudiré para que tome su quinina. Hace tanto calor que lloro y no se nota porque las lágrimas se evaporan haciendo señales de humo que dicen “¿dónde estás, Bob Fosse?”, “Te cavaste la fosa, Bob Fosse”, “te arrancaré los ojos Bob", etc...
Bob etc... salió a comprar cigarrillos hace veinte años y aún no ha regresado. Ahora debe estar mucho más viejo, prefiero al negro, pero se duerme. Es lógico, de día lo hago trabajar. Pero no es como mi Bob Fosse. Él cocinaba, lavaba, planchaba. ¿Dónde estás, Bob Fosse?
Las hienas ríen como mi destino. ¿Estarán digiriendo a mi Bob, etc...? Era tan pesado que podrían digerirlo veinte años. Era indigesto.

Bah, esto es una porquería, se dijo la escritora. El problema es que el negro está dormido, por eso es aburrido. Si estuviera despierto sería más emocionante. Lo voy a despertar.

Tomé el látigo y le acaricié con él la espalda.
—Despierta, Bumba Catunga —que quiere decir “hombre con rulos”—. Necesito pasión ardiente. Si no me sirves, arrancaré el tótem del poblado otra vez y después te tocará lavarlo.
—No, por favor —en su voz temblaba la súplica—. Médico brujo hará mucho mal. Dice que ser arpía chiflada.
—Si, soy arpía y me gusta serlo y me gustó mucho ese totem la semana pasada, me gusta más que vos, pero no quiero problemas con la tribu y si no me satisfaces, te azotaré.
—Entonces azótame, me duele menos.
—Ah, mond dieu. Maldito seas, Bumba Catunga. No quiero lastimarte. Sólo bésame.
—Ama, es que si sólo te lavaras los dientes a la mañana...
—Imbécil, una aventurera como yo no se lava los dientes jamás. Bésame.
—Con la boca cerrada sí, ama.
—Maldita sea, quién dijo en la boca. ¿También querés que te haga un mapa?
—Dice médico brujo que francesa ser malvada.
—Ahí si me lavo, te lo juro.
—Eso dijo la semana pasada y no era verdad
—Me puse perfume.
—No insistas, amita, me duele la cabeza.
—Maldición, Bumba Catunga, empiezo a creer que eres un impotente, como dicen en el poblado. Dime que no es verdad.
—Es verdad. ¿Me venderás nuevamente?
—No, Bumba Catunga. Tu conversación me agrada y encuentro que ese totem me gusta mucho.
—¡No, ama! ¡El totem sagrado no! Médico brujo enojar. Quemar esta casa. Yo me voy.
Sale corriendo.
Me quedo sola. Las hienas ríen.
—¡Oh, Bob Fosse! —Mis ojos se llenan de lágrimas—. ¿Dónde estás, Bob Fosse?

—¡Bien! —se dijo la escritora satisfecha y en eso el viento le rompió dos ventanas y le arrojó las macetas al piso, sin que ella se percate en su ensueño de gloria—. El éxito... —suspiró—. Función a sala llena... —volvió a suspirar—. Con Cecilia Roth como la aventurera intrépida, y Ricardo Darín como Bumba Catunga. ¿O Denzel Washington estaría mejor?
Y llena de confianza en el futuro, distraídamente aplastó un mosquito
.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Mis 19 años

Diecinueve años. Buena edad para empezar a trabajar. Sólo que yo estaba embarazada de cinco meses. Por motivos inextricables, tal vez debido a mi estructura ósea más bien grande, la panza de embarazada no se veía. Ventajas y desventajas, nadie me daba el asiento en ningún lado, pero podía conseguir un trabajo. Y lo hice. Tuve mi primer entrevista en el Consejo del Menor, que estaba en Humberto Primo y San Juan, con la discreta panza de cinco meses. La jefa me explicó en pocas palabras. "Esto es una beca. Trabajás siete horas, no tenés vacaciones ni días por enfermedad. No tenés ningún derecho". "Tengo todos mis derechos", le contesté, con la impavidez de mis 19 años, "pero no los reconocen".
Curiosamente, la respuesta le gustó. Y quedé contratada.
Tengo recuerdos terribles y otros divertidos. Me acuerdo que me escondía en mi box cuando alguna mujer declaraba "me atendió un chica embarazada" y la asistente social, digna representante de la clase media alta que no era como esas mujeres que tenían seis o siete hijos, respondía "Se equivocó de piso. Acá no hay ninguna embarazada".
Mientras, el ascensor no andaba nunca y yo subía y bajaba escaleras con legajos.
Mientras mi trabajo fue hacer legajos, mis primeros horrores a lo Conrad fueron leyendo la letra apurada de las asistentes sociales. Recuerdo una historia: "la mujer dice que vivían con el marido y seis menores del trabajo de cartonero de él, pero el caballo se empacó en las vias del tren, el hombre trataba de hacerlo caminar cuando el tren los arrolló y mató al marido y al caballo que era su única propiedad. Se solicita subsidio".
Intenté imitar la redacción de una asistente social sin éxito. Escriben muy mal, apuradas, trabajando, y sus informes, cuanto peor escritos, eran más terribles que la mejor prosa de Dickens. Era la burocracia, que escondía la sangre en un nombre con número debajo en una carpeta de cartón, y cuando la carpeta de cartón se extraviaba, una familia quedaba sin hotel, sin comida, sin medicamentos. Me convertí en una máquina de buscar legajos (19 años) y hasta me llamaban de otros departamentos para que los buscara, mi fama de encontrar los legajos se extendió por los siete pisos, pero era sencillamente que los encontraba... buscándolos. Aprendí una regla muy sencilla de la investigación de documentos que después apliqué en mi trabajo en archivos de todo tipo: "si la carpeta de Rodriguez Juan se perdió, no la busqués en la R. Buscala en la S". Porque si se perdió, es porque no está en dónde debe estar, sino en otro lado. Por supuesto, también yo perdí legajos. Y me escondía muerta de vergüenza, cuando una mujer, cuyo nombre todavía recuerdo, venía a preguntar por su trámite estraviado por mí. 19 años y siete meses de embarazo.
Se habían dado cuenta. La primer medida fue no dejarme subir escaleras. La segunda... qué hacer con los derechos.... El delegado gremial dijo generosamente que trabajara hasta el día del parto y volviera diez días después; ahora pienso que tendría a alguien para darle mi beca y pensó que yo no volvería. Trabajé hasta el día del parto, pero a los diez días todavía no podía caminar. Durante veinte dias me fingieron la firma en la planilla, entonces una de las jefas vino a mi casa y me dijo que si no volvía no me podían conservar el puesto. Y volví. Consejo del Menor y la Familia. Donde trabajamos parturientas menores de edad (entonces eras mayor a los 21) y enfermos.
Empecé a hacer una inquieta revuelta interior al ritmo de los llantos y las gracias de mi hija. Cuando escuchaba llorar un bebé en el pasillo de la oficina perdía leche de mis pechos. Cuando veía a esas madres con mamaderas llenas de... té, se me partia el corazón. Empecé a robar la leche maternizada del departamento de Salud. Era un departamento poco saludable que estaba en el quinto piso, donde tenían algunas cajas de leche para bebés, encanutadas como el tesoro del Tío Rico. Recuerdo cómo, con una mujer que limpiaba, empezamos a repartirla al estilo Robin Hood en versión poco épica.
Tengo muchos recuerdos. Algunos se los voy a ahorrar. La mayoria, en realidad. La leche maternizada la venía a buscar una nena flaquita de ojos grandes que me recordaban Africa. Vivía en una pensión que su madre no pagaba, con dos mellizos recién nacidos y otros dos hermanos. Se negaban a atenderla siendo durísimos con ella. "Que venga tu madre". Y, a escondidas, yo le daba las bolsas de leche maternizada. No sólo era para los recién nacidos, la madre también comía eso.
Un dia la mujer vino. Tenía la estatura de una niña y ojos agrandados por el asombro de la tragedia cotidiana. Él, el padre de los niños, estaría en el mismo lugar donde estaría el padre de mi hija. Tal vez por eso, la idea de ser dura con ella me parecía cruel y estúpida.
Fueron crueles y estúpidas. Esas mujeres, que habían estudiado una carrera, que tenían un salario y una casa y a veces un marido, eran muchas veces crueles y estúpidas. Y yo cruel con ellas. Las odiaba. Ahora soy un poco mayor y entiendo un poco la teoría del espejo. Para ellas, eso era un trabajo. A veces, es cierto, lloraban a escondidas. Nadie es tan cruel. Pero esas mujeres desamparadas no eran un espejo para ellas. No se veían en ellas.
Yo sí.
Yo hacia poco tiempo habia parido una hija en la Maternidad Sardá después de haber hecho parte del trabajo de parto en un colectivo acompañada por mi madre.
Por eso tal vez, al año de trabajar y a los seis meses de nacida mi hija, harta de llorar tragedias por decenas todas las noches, cansada de perder leche escuchando llantos infantiles, harta de la crueldad estúpida y del mal banal, me busqué una buena asamblea sindical,le canté las cuarenta y una al delegado, que me indicó amablemente que me iban a reventar a cadenazos y me gané un maravilloso despido al día siguiente.
Empezaba otra historia. Pero ésa no se me olvidó. Y Matasiete, vos, viejo animal del gremio, te estoy buscando. Acordate. Tengo una cadena de imborrables recuerdos.

martes, 8 de noviembre de 2011

SUEÑO EN EL PALACIO

Sueño el perfume de La Alhambra
En el arco de tu pecho
Tu boca es una puerta,
Tu aliento, un jardín perfumado
Bailan violetas en un lecho borracho
Estrellas mareadas, mirá, es la luna loca
Que tambalea en un cielo hecho de topacios
Tu pecho, el arco de La Alhambra
Y todas sus puertas son bocas tibias
Rosadas, dulces. Me besan como esclavas
Cada flor de cristal me muerde los labios
Polvo de violetas baña tu espalda
Que abrazan mis piernas en medio del agua

Tan dulce es el beso de la espada
Que nadie creyera que al fin matara
Me besa furiosa y me deja exhausta

Y si no tuvieras furia y yo no desmayara
Pálida sobre el lecho, de mí misma raptada
Si en un sueño, vos mi dueño
Me vieras rosada y exánime
Y un dulce de mieles de vos se adueñara
Fuera de mí mi espíritu
Vagando difuso
En la danzas más locas
En tu sueño confuso
Por jardines te llevara
A yacer entre flores y hiedra
No era sueño:
Te llevaba embriagada del beso divino
Besándote en el arco tenso de tu pecho
Cruzamos puertas de plata
Nos abrazamos en lechos de hiedra
Con jazmines y ámbar
Con la piel blanca de la luna
Reflejada en un lago de nácar

El perfume de tu beso me llevó embriagada
A las puertas de la Alhambra

viernes, 7 de octubre de 2011

La tormenta pasa

La tormenta pasa. A veces crees que no pasará nunca. A veces, un solo segundo, pensarás que te matara. Puede ser cuando balearon tu calle y acostaste a tus hijos en el piso y vos encima de ellos, porque estás en el primer piso, las recortadas disparan plomo hacia arriba y esos ventanales que tanto amaste ahora son el enemigo...¿importa cuándo? ¿hay que vivir en un lugar muy raro o exótico para que ocurra? No...la tormenta pasa por todos los sitios.Por los que ocupan un rincón en el diario, tan chico que parece una noticia sobre un zoológico lejano, hasta los que ocupan toda la pantalla de los canales de tu país, y ni hace falta, ni podés verlas, porque para eso hay que cruzar...el salón con ventanal dónde está el televisor y llueven las balas. Y pasó.Esa tormenta que creía que me mataría. Y que mató a otros. Por eso una vez escribí que la ficción está, tiene que estar, para recordar entre los vivos la memoria de los que se fueron.
Pasan las tormentas. Nací en primavera, en 1970, bajo el signo del Escorpión. Es el signo de todos. Todos tenemos nuestro veneno, en la dulzura, o el otro, el letal. Hay quienes matan con un beso, decía Wilde. Y por él pasó la tormenta, la tormenta de un beso.
Pasa la tormenta. Ahora tenés 23 años y tus hijos son niños, muy niños. La amiga dejó de serlo y te echó del departamento que ya no podías pagar, con la ayuda de diez hombres y en diez minutos. Tu trabajo de promotora y modelo se esfuma, la amiga que dejó de serlo se quedó con tu ropa y tu agenda y tus manuscritos. Estás bajo la lluvia de mayo, en la vereda de Julián Alvárez al 900, y mientras tus pertenencias se mojan, tu cabeza no piensa en la tormenta, sino en dónde pasar la noche. Y viene una señora con un termo de café con leche y otra con medias para tus chicos y otra que te dice Cuando Dios te cierra un puerta, te abre una ventana, y por un segundo tu cabeza escapa a la tormenta y se ríe de esos mlitantes teóricos y fervorosos amigos tuyos que prefieren discutir a Lenin durante horas y piensan que la simple caridad o la más digna solidaridad son "métodos del sistema para mantenerse". Tal vez la señora del termo fuera leninista. No lo sé. No es imposible. Tal vez fuera católica, es más, del Opus Dei. Para mi, siempre será la señora del termo y quisiera para ella la corona del Reina de Inglaterra, el tejado del Taj Mahal y un arco iris sin lluvia cada atardecer.
Esa tormenta también pasó. La amiga que ya no era amiga se borró de mi mente.No la reconocería. Tengo más presente a la señora del termo.Si no fuera así, la tormenta hubiera quedado en el pecho para siempre...
Ahora es de noche y estoy durmiendo. Viajo hacia atrás, todavía más. El piso es enorme, en Recoleta. Era mi barrio de infancia y entonces no valía nada. Habia una juguetería a la que ya no podía ir porque la policía habia montado una ratonera y habían matado al hijo adolescente del juguetero. Era el año 1976. La tormenta estaba pasando y yo tenia cinco años. Tenia un camisón celeste y me despertaron rasguidos y ruidos extraños. Me levanté. Caminé por el enorme pasillo. Un piso en Recoleta, dirán. No sé qué hora de la noche era. Vi a mi madre con una amiga suya rompiendo cosas. Discos. Hacían un ruido seco, metálico, casi un disparo y ya habia oído disparos. Libros. Tardaban más en romper los libros. Los fragmentos iban a bolsas y las bolsas al incinerador del edificio. Cuando me vieron me enviaron a dormir.
Libros. Pasaron dos años y no vivía en un piso en Recoleta. Eramos cuidadores de un techo sin herederos en Villa Urquiza. Un techo para un matrimonio sin ingresos con cuatro hijos. Si pasó la tormenta por ahí no me di cuenta. Leía Los tres mosqueteros en esa casa soleada y me reía de como Artagnan lleva a sus tres amigos y a los cuatro lacayos a tomar chocolate a lo de un cura gascón que lo invitó a merendar...los mosqueteros, mis amigos, no tenían comida ¡y eran los héroes! Y mientras pasaba páginas, absorta, mi madre me sacudía los hombros y me daba una taza de harina mezclada con agua. Mi almuerzo.
Hoy hay tormenta en Buenos Aires.Llueve mucho.Todo está húmedo, pero ya casi no siento la fractura de mi pierna. La tormenta pasa siempre.Creo que puedo decir que se puede vivir confiando en que pase, como dice Edmundo Dantés al final del Conde de Montecristo, "ESPERAR Y CONFIAR". Aunque creas , por un segundo, que te puede matar.Lo único errado es creer, estés donde estés, que por tu casa, tu pueblo, tu país, no va a pasar la tormenta.

lunes, 26 de septiembre de 2011

dale un corazón de seda

En un hogar pobre de campesinos nació una pequeña niña y no diremos dónde porque no importa mucho. Los padres eran tan pobres que no tenían nada para darle. La miraban tomados de la mano, con lágrimas en los ojos.
Vendrían las hadas que dan dones a todas las niñas desde que el mundo es mundo. Pero como la niña era muy pobre, pequeña y fea, eso era un simple trámite, por lo cual los padres suspiraron aliviados. Vendrían sólo las hadas buenas, tal vez viniera una sola, apurada, mirando el reloj. El hada maléfica sólo se dignaba ir a grandes palacios, a mansiones de estrellas de cine, maldecía a las hijas de los reyes. Asi que sabían que su hija, al menos, no tendría ningún don maldito. Sólo esperaban que las apuradas hadas, como asistentes sociales del destino, le dieran aunque fuera un don a su hija que le permitiera sobrevivir.
Ella dormía en la cuna. Cada tanto un leve suspiro inquietaba a la madre. Instintivamente, quería darle leche de su cuerpo, pero estaban esperando la visita de las hadas.
Tocaron la puerta. El hombre abrió.
Eran dos mujeres con trajes de ejecutivas arrugados y largo pelo rubio. Sus ojos eran muy verdes y brillaban por igual. Llevaban sendas carpetas. Se detuvieron en el umbral para hacer cada una una cruz con sus lapiceras en las recién abiertas planillas
—¿Cómo se llama la niña? -preguntaron a coro
—No tiene nombre aún.
—¿Y en qué están pensando? Póngale un nombre. Me lo exige la planilla—dijo un hada.
—Ada —dijo la madre.
—Ana —exclamó el padre.
—Ada Ana —repitieron a coro las hadas mientras escribían los dos nombres—. Bien, vamos a verla.
—¿Cuáles son sus ingresos? —preguntó una. Las dos hadas eran indistingibles.
—Soy jornalero, asi que gano un poco de dinero.
—¿Pero puede mandarla a la escuela pública?
—Creo que si.
—"Creo" me suena mal. Va a mandarla a la escuela —dijo una de las hadas— Bien, su única oportunidad es el estudio.
Se acercó a la cuna, sacó una varita mágica de su carpeta y dijo:
—Ada Ana, tendrás una gran memoria. Memorizarás todas las letras y sonidos. Nada que leas u oigas se te borrara de la mente.
—Y ahora yo —dijo la otra.
—Ada Ana. Entenderás el lenguaje de la música y sabrás de melodías.
—Bueno —repuso mirando al padre—. Uno de los dones es para disfrutar. Sino para qué vivimos y nos alimentamos. No todo en la vida es trabajo.
Y entonces se abrió la puerta. Lentamente, chirriando sobre los goznes. Todos se sobresaltaron al ver a una gran señora, de larga cabellera azabache, con brillantes ojos negros, alta, con un traje rojo y la varita de oro en la mano. No llevaba ninguna carpeta.
—El hada maléfica... —murmuró la madre. Instintivamente quiso cubrir a su hija.
—Cálmese —dijo un hada rubia—. A veces ocurre, pero muy raras veces. Está de licencia casi todo el año ¿verdad?
El Hada Maléfica se acercó a la cuna de la niña.
—Vengo cuando es preciso. Esta niña será hermosa. Tú le diste memoria y tú le diste gusto por la música. ¿Qué puedo darle yo? Creo que ya lo sé. De hecho, lo sé porque no vine por azar. Sé lo que necesita.
Se acercó a la cuna con su varita de oro, tocó con ella la frente de la niña y dijo:
—Ada Ana: te doy un corazón de seda que se rasgue sólo con un beso, sólo con la promesa de un beso, sólo con el sueño de un beso.
-Será poeta —dijo el Hada Maléfica a las otras dos hadas.
Luego habló a los padres con sus labios de sangre.
—Lo malo es sólo un poco malo, ¿saben? Hada significa fata, destino en una antigua lengua. Yo sólo cumplo órdenes. Será poeta —repitió el Hada Maléfica.
Desaparecieron las tres hadas y la casa quedó a oscuras. Y Ada Ana lloró suavemente.

domingo, 11 de septiembre de 2011

DESENCADENADA

LA VIDA QUE DEBO
Te bebo despacio, te bebo suave
Te bebo furiosa, violenta
Te bebo sofocada, te bebo exánime
Te bebo con ardor valiente
Te bebo con debilidad cobarde
Te bebo tibia, pacíficamente
Tengo la vida para beberte
Te bebo con prisa, te bebo lenta
Te bebo dormida, te bebo despierta
Lenta viene la tierra a soñarme muerta
Y yo sola sueño en la rosa abierta
Lenta viene la noche a ocultar mi ruego
Ruego desnuda ante cielo abierto
Lentos rugen los mares, pidiendo mi cuerpo
Y lenta naufrago en barca sin dueño
Lentas son las deudas que deben pagarse
Y mientras muerte sueña conmigo
Yo sueño tenerte
La vida que debo es para beberte

lunes, 29 de agosto de 2011

EL ARTE DE HACERSE DESPEDIR

Decía Jonathan Swift una famosa frase que es la siguiente: se reconoce a un genio cuando los necios se conjuran contra él. Personalmente la noción de genio es demasiado alemana y en sí misma muy ególatra para mi gusto, los genios alemanes suelen describir las características físicas del genio, por ejemplo, Schopenhauer "el genio es petiso, pelado y gordo" dice el tipo, o sea es como él u Otto Weininger, más generoso, sólo reconoce en él mismo los atributos más elementales diciendo"nunca una mujer puede ser un genio", por lo cual se decanta que cualquier hombre puede serlo, no le importa si es petiso, tiene frente amplia y el viento sacude su cabellera leonina, que sí son condiciones indispensables si ustedes quieren ser Beethoven o Schopenhauer. Y saber alemán. Pero si quiere ser Weininger, con ser hombre basta.
Bueno, estas son necedades. La cuestión es acá dar mis modestas lecciones para todo aquel que quiera hacerse despedir de su trabajo rápidamente. Así que volvamos a la frase de Swift.
Reconocemos a un genio porque los necios se conjuran contra él, dice el tipo.
La vida está llena de casos donde un grupo de necios se conjura contra otro necio, que no por eso se cree un genio. Ustedes y yo nos reconocemos en ese último grupo. Somos necios y nos molestan otros necios como nosotros.
Ser un necio es relativo. Ahora, justamente ser un genio es un absoluto. ¿entienden? Tienen que empezar a comportarse como absolutos y no como relativos. Y decir frases como las dos últimas que dije yo, que no se entienden un carajo. ¿Qué es ser un absoluto? Pregúntenle a otro, hace dos frases que soy un genio y no me sé explicar.Todas sus acciones tienen que así, singulares, claras y contundentes. Si usted quiere ser despedido rápidamente, sea un genio.
Crease o no, artistas en hacernos despedir somos todos. Yo misma soy una experta. Mis primeros despidos no tenia conciencia de mi potencial artístico. Me iba llorando, cabizbaja, con el treinta por ciento del último sueldo apretado en el bolsillo, diciendo ¿por qué a mi? Claro, los contratos basura lograron muchos despedidos sin aporte de su propia genialidad. Bueno: los contratos basuras son ahora normales. En algunos sitios, despedir gente está de moda. Yo simplemente trato de que no sean otro ladrillo en la pared. Hay que hacerlo todo, como dice Twain, con estilo. Así, si lo o la van a despedir: sea una artista.
Hay técnicas y pequeños consejos con los que logrará ser un genio y que lo despidan, todo junto. Y para esto, apelaremos a Platón.Si, sé que se cita más a Foucault, pero es más fácil Platón. A Platón lo visualizo como uno más de nosotros, despedido, en una ronda de mate y biscochos Don Satur. A Foucault lo veo más como becario del Conicet, tomando capuccino en el Café del Lector. No se por qué. Busquemos a Platon, que es amigo.
Acá deberá hacer una pequeña inversión. Cómprese "El Banquete" o bien el "Critón", que queda menos festivo y más suicida. Cómprelo usado, así parece que lo leyó muchas veces.
Llévelo al trabajo. Síentese, no importa si es repositor o trabaja en una estación de servicio. Siéntese en el escalón del surtidor de nafta a leer. Lo amarán. Se hará popular, creáme.
Lo querrán incinerar.
Supongamos que trabaja en una biblioteca. ¿qué más natural que sentarse a leer? No crea. Yo tuve una jefa bibliotecaria que me recordaba cinco o seis veces por hora que no me pagaban por leer.
"¿Ah, si?" Contestaba yo un poco distraida pero educadamente. Y pasaba otra página.
Pero bueno. Siéntese, le decía y abra el libro. Lea toda la tarde. No se olvide de fichar al irse.
Si es cajera de supermercado la despedirán en el acto.Dígale a su jefe que busca un hombre y que se aparte de su tubo fluorecente. Sabe que usted no se parece a Diógenes y su jefe no se parece en nada al gran Alejandro. Aclárele que busca otro hombre, no a él. Una vez hecha la salvedad, será despedida. Para el glorioso momento, apréndase las siguientes frases: "Usted no piensa, luego no existe".O "El estómago tiene razones que la razón no comprende" Y pida un sandwich. Su bella ironía será recordada durante años en toda la línea de cajas.
Bien, pero si no es cajera de supermercado o empleado de estación de servicio, el proceso puede ser más largo. Apoye su Platón en el escritorio y comienze a filosofar. A cada pregunta responda según el conocido método de la mayéutica.
Ejemplo:
Jefe-"No te pagan por leer"
Usted- "¿Lo cree así?"
Jefe: "¿sos estúpido o te hacés?
Usted: "¿Es bruto o se hace?"
Jefe:" Voy a comunicar esto al señor Director"
Usted- "¿Puedo ir al baño?"
Ve lo simple que es. Usted, un pacífico filósofo socrático. Él, un bruto animal. Su superioridad moral está demostrada, sobre su jefe y sobre la Polis. Así que no tome cicuta porque no hay, y además todos lo queremos, pero váyase tranquilo y feliz a su casa.
Si es que fue despedido después de esto.Porque si no lo despiden, conserve ese trabajo.
Es un trabajo maravilloso.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Madrugada con una sirena y un unicornio

Hay madrugadas como ésta, frías con pensamientos cálidos. Dos de la madrugada. Mi hijo tararea en voz muy baja una melodía en el silencio nocturno, posiblemente una nueva composición.Calienta el agua para el té de los dos. Suelo dormir a esta hora.Hace exactamente diez años, juré que nunca más un poema me iba a levantar de la cama. Y lo cumplí. Hasta hoy.
El músico de 18 años con quien comparto casa me rememora mis viejos insomnios creativos.La noche no está estrellada. Veo las nubes por la ventana.Y el pensamiento bullicioso que me hacía dar vueltas en la cama me despertó.Así que compartiré el agua hirviendo para el té con mi hijo Ger. Es respetuoso, calló la guitarra hace horas.Pero su última melodía quedó flotando.
Tenia un pensamiento confuso, porque a veces me desanimo. ¿Para qué escribir?-me pregunté.Pregunta que a la cuarta vez que me plantée, me sacó de la cama, me colocó un cardigan de lana grueso, me trajo a esta mesa, me hizo prender la luz, abrir un cuaderno, encender la netbook y responder la pregunta escribiendo.No quiero despertar al hombre que amo a estas horas con una pregunta como esa.
Preguntarme, por qué escribo es casi tan ocioso, pero necesario, como preguntarle a la sirena porque prefiere la profundidad del mar a la luz del sol.La sirena aparece en este blog con cierta recurrencia. Mi favorita, la de Andersen, se ríe de la pregunta."el sol es agradable,- dice mientras coquetea con la masa de cabellos que apenas oculta su pecho perfecto-; pero la gente que vive bajo él, es gente commplicada. Peligrosa" Lo dice y se zambulle de nuevo.
También escribí tanto sobre los unicornios que creo conocerlos muy bien.¿por qué huyen y huyen en los bosques, sin respiro, sin alivio, cuando sería más fácil decir: bien, vengan ustedes todos los cazadores, corten el cuerno y llevénselo, háganlo polvo para sus boticas o cuélguenlo en la pared, pero dejénme en paz?Y vivir sin huir...pero mutilado. El precio, el costo , el pragmatismo del que tanto me hablaron de joven cuando decia "voy a ser escritora?". "¡Escritora, pero, mi amor, tenés que ser pragmática", decía la profesora, y bien, pragmático sería el unicornio si se dejara mutilar el cuerno. Y no, no lo hace, no entrega su precioso cuerno, porque él es...su corazón y nadie entrega su corazón.
Y ahora que el té se enfrió y otra vez tengo sueño y un hombre cálido me espera en el otro cuarto, en su sueño profundo, sin saber que ahora pienso en él y en las madrugadas de mi juventud de poeta donde no me importaba despertarlo a las cinco de la mañana para leerle un verso,.... y ahora, repito, tal vez alguien crea que escribiendo esto estoy entregando mi corazón, pero sé, se me revela esta noche, que escribo ficciones para esconderlo, para esconderlo bien.
Bajo el sol hay gente complicada, en el bosque hay cazadores...

miércoles, 3 de agosto de 2011

Los ojos tras los anteojos oscuros

Subió en el shopping Alto Palermo y era previsible. El colectivo estaba abarrotado, yo por milagro ocupaba uno de los pocos asientos y esta mujer de bronceado furioso e hieráticos anteojos negros, cargada de bolsas de ropa de marcas caras y de quejas, pronto me empezó a fastidiar.
Las quejas iban dirigidas a su hija, pero las escuchábamos todos.Vagamente, se entendió que sólo ella se ocupaba de la casa, que los varones no hacían nada
por la limpieza, que nadie cocinaba si ella no se ocupaba.La voz era fuerte, vibrante, exaltada. Su tono no se contradecía con las bolsas de ropas caras, ni con los anteojos ni con el bronceado furioso.El contenido del discurso quejoso, se contradecía un poco.La hija la escuchaba con sumisión no exenta de soplidos y quejidos simulados. Cada tanto un suave¿que querés que haga? escapaba de sus labios.Era pálida y regordeta, se vestía con una simple remera y pantalón de gimnasia, contrastando con la exagerada flacura de su progenitora, de brazos fibrosos coronados por manos huesudas y arrugadas. Por que, aclaro, esto fue un verano y no recuerdo qué verano, pero las recuerdo a ellas.
No miento si digo que todos en el colectivo estábamos molestos. Esa mujer que se quejaba así parecía salida de un episodio de Sex and the City..El trabajador normal que toma ese colectivo a las siete de la tarde para volver a su casa, su pensión, su rancho en la villa ( el colectivo en cuestión pasaba por barrios de casas, pensiones y villas) no mira con buenos ojos a esas criaturas marcianas que con ropa cara y carteras enormes invade sorpresivamente el espacio común proletario y laburante. Así que los murmullos se hacían oir, pero la mujer seguía en su letanía, en su queja.
Y entonces sucedió. Fue un milagro. Quiero decir que no se sacó los anteojos de sol, pero vi sus ojos.
No sé qué desdichas, cuánto cansancio, qué oscuridades hogareñas taparían el bronceado furioso, los anteojos de sol, la ropa carísima.Pero cuando la hija, una adolescente de catorce años, saludó antes de bajarse sola, escuché a la mujer decir:
-Por favor, llamame cuando llegues...
-No te olvides....
Y repitió: Llamame cuando llegues.
Dijo esto con la misma voz suplicante, temerosa y dulce ( ese pedido, ese ruego en el que los padres nos ponemos a merced de nuestros hijos), dijo esto con la misma voz que empleamos todas, pero todas, las madres del mundo.

martes, 26 de julio de 2011

HUASA MALLCU

En el Altiplano sudamericano, en las antiguas tierras de los incas, hoy Bolivia , habitaba el Huasa Mallcu, un gigante cuyo espíritu se presentaba a veces en forma de cóndor, protector de los hombres y de los pájaros por igual, en especial de los niños. En caso de peligro, Huasa Mallcu los hacía invisibles al atacante, salvándolos. Los espíritus malignos y los ladrones no tenían respiro con Huasa Mallcu acechándolos y ahuyentándolos. Era capaz de detener el granizo en el aire, protegía hogares y cosechas, acompañaba a los enfermos. Huasa Mallcu es el gigante benigno de la tradición inca, al que hoy sigue rindiéndose culto.

NARRACIÓN AL PIE DE LOS ANDES

Huasa Mallcu relató, al oído de una vieja hechicera, un antiguo y triste suceso, el más triste de todos cuantos vio, en los tiempos terribles de la conquista. Bajó de las alturas en forma de cóndor, y cerrando las alas en la ladera rocosa de la montaña, se vio al gigante bueno, de rostro oscuro y labios gruesos, llorar frente a la casa de la pequeña hechicera, que jamás olvidó lo que escuchó, ni el momento en que el gigante poderoso lloró lo perdido. La hechicera, cuyo nombre se perdió en los tiempos, anudó fuertemente la historia al cuello de un cóndor, el cóndor desplegó sus alas y la escondió en la montaña, el murmullo de la montaña la contó a un viajero, el viajero, de piel blanca como los antiguos conquistadores, la escribió para que fuera a su vez contada. Y ésta es.

“ Sobre el viento de las alturas y el batir de mis alas, sentía un murmullo creciente, como de oleaje, como un trueno que creciera sin cesar, y lo peor era que no bajaba del cielo, subía de la tierra y era compuesto de millares de pequeñas voces, voces que clamaban ayuda, mi bondad, voces que decían “ Huasa Mallcu bondadoso, padre del huérfano y protector de infelices, óyenos, sálvanos” Y a veces las voces eran pequeñas, pequeños suspiros, otras eran gritos desgarradores, a veces se oían tenues como brisa, otras eran demoledoras como el viento de las cumbres, otras eran voces demolidas...Y yo, Huasa Mallcu, creado por mi padre Sol para guiar a los pequeños pastores perdidos en las montañas, para salvar a los pequeños pichones caídos del nido, para perder a los ladrones de las huertas, nada podía a hacer contra hombres poseídos por afán de oro, con brazos de hierro, con corazones de hierro.
“Pero descendí, sobrevolé las chozas ardiendo, los maizales tomados por el fuego, los templos arrasados, cerré las alas para hacerlas brazos de gigante y abracé una madre con sus pequeños hijos, los subí sobre mis espaldas, abrí mis alas y se los llevé al padre Sol.
“ Y en tierra nueva permanecen eternamente salvados de maldad y alimentándose de luz. Son espíritus bondadosos que miran su antigua tierra y protegen los antiguos cantos y el cobre de los rostros, para que no desaparezcan de la faz de la tierra y sigan dando luz a la faz de la roca. Y ellos han olvidado el dolor y yo Huasa Mallcu, conservo todo el dolor en mí. Este espíritu llora ante una pequeña mujer. Pero ella conservará mi llanto como yo preservaré su rostro para que por siempre viva mi pueblo. Aunque la codicia es el más poderoso de todos los espíritus malos, puede más que el cóndor, puede más que el gigante y puede más que ambos, nadie puede más que el Sol ”
Así es la historia que cuenta el viajero haber escuchado a una montaña , historia viajera en alas del cóndor que una hechicera escuchó del mismo Huasa-Mallcu.
Lo cierto es que el Gigante Cóndor, el bondadoso Huasa-Mallcu, es venerado en tierras de los antiguos incas todavía hoy, y en una fecha especial se lo conmemora, se reúne la gente en su nombre y le dirige un hechicero las siguientes palabras.
“Huasa-Mallcu bondadoso, padre del huérfano y protector de infelices, óyenos, trajimos estas cosas que te ofrecen tus pobres hijos, tus miserable criaturas, víctimas de la crueldad de los blancos” Y a continuación, el antiguo rito inca se renueva con la misma fe, quinientos años después de la trágica Conquista

martes, 28 de junio de 2011

DUERME MATTEO

Duerme Matteo, duerme
Hay un lago donde se refleja tu rostro
Por que la Ondina quiere besarlo
Pero tú duerme, Matteo, duerme
Hay un enano en una cueva
La cueva está llena de oro
Pero en un cofre guardado con siete llaves
Está tu nombre escrito por los gnomos
Pero Duerme, Matteo, Duerme
Te llama en suspiros la Luna
Tú Duerme, Matteo, Duerme
Te llama el bosque susurrante
Tú Duerme, Matteo, Duerme
Helena de Troya toca tu hombro en la cama
Tú Duerme, Matteo, Duerme
Dios golpea la ventana con los nudillos...
Tú Duerme, Matteo, Duerme
Si Duerme Matteo, duerme el gnomo, la ondina,
el bosque y el Universo todo.
Déjalos dormir...

martes, 7 de junio de 2011

Periodista

Este día, en mi país, se festeja el Dia del Periodista. En mi infancia (y aún hoy), era un dia importante. Era el dia en que salía con mi madre a elegir un regalo o los ingredientes de la torta. Cuando había dinero, el regalo era ropa elegante. Mi padre se vestía de manera elegante y lo sabía valorar. No era común en su medio militante su elegancia clásica, pero en muchas cosas él no era común. Su Remington todavía está, tan lustrada como el primer dia, en casa de mi madre. Sus cables de telex de Nicaragua, donde ruega nos oculten su estado depresivo luego de mandar la crónica de un bombardeo, también están, amarillentos. Sus fotos con científicos y políticos, y su diminuta agenda con teléfonos de presidentes, ministros y escritores, Borges entre ellos, también. Lo recuerdo sentado con dedos ágiles volando sobre la Remington, con pantalón de traje y camiseta, arrancando hojas a una velocidad pasmosa y dandómelas a mi. A mi, que tenia ocho años y un lápiz rojo en la mano, la encargada de la gran tarea de corregir sus fatales errores ortográficos antes de que vinieran del diario a retirar el artículo. También recuerdo los rezongos de mi abuela limpiándome en los dedos con piedra pomez las huellas del delito de jugar con la cinta roja y negra de la máquina cuando él no estaba. Recuerdo momentos extraños, voces de madrugada, ser subida a autos a horas intespestivas, puertas cerradas a los golpes, desapariciones frecuentes. De grande lo supe: una amenaza de muerte de la Triple A, un secuestro, meses durmiendo en el piso de la redacción de La Opinión, donde publicó y firmó la nota en que denunciaba el secuestro de Hector Hidalgo Solá, en 1978.
Después vinieron años de pobreza, enfermedad, el costoso precio de haber cumplido,como él la creia, con la profesión. Mis hermanos y yo y mi madre le hemos vendado brazos, alejado pastillas y botellas, cargado en sillas de ruedas. Y lo escuchábamos. Tengo horas y horas de escuchar a mi viejo. Me aproveché de todas sus lecciones de redacción: "Esta nota de cien palabras, la aumentás a ciento cincuenta palabras, la reducís a cincuenta...Esta otra, hacele tres copetes distintos". Reducido a una discapacidad producida por el ejercicio de su profesion, me transmitia todo lo que sabia. Los ejercicios eran durísimos y las calificaciones, crueles. Los talleres literarios para mi, comparados con las lecciones de mi padre, son grupos de autoayuda.
Y llego a los cuarenta años, escribiendo a toda velocidad, comenzando al segundo de sentarme, con dos dedos y faltas de ortografia, como él.
A la memoria de Andrés Dionisio Ruggeri, en su día.

martes, 17 de mayo de 2011

Lectores, amigos, mucho mas que todo eso

Tengo apenas unos minutos para escribir estas lineas. Me encantaria decir que estoy presa en un barco pirata o cruelmente vigilada por un editor proxeneta. Pero sólo tengo un tobillo fracturado y muy poca movilidad. Algo muy vulgar: yo que hago aeróbicos con pesas dos veces por semana y una clase de patin artístico los sábados sin jamás una lesión, me resbalé en la vereda jabonosa de un lavadero de autos. Acá estoy, demasiado agotada para inventarles una historia o escribir otro poema. Así que creo que llegó el momento de decir:GRACIAS. Gracias por estar ahí, leyendo esto. Gracias a quienes me hicieron ver que cuando la palabra es fuerte, cuando la vocación es real, no hay editor miserable y fracasado que desde la imaginaria altura de una masculindad indecisa( ni fracasada, ni frustrada, sólo indecisa, eso da una altura perfecta al menos ante mi metro setenta)me dijo "dedicate a otra cosa".El libro que motivo ese consejo agotó en un año y medio 12.000 ejemplares. Faltaban aún cuatro libros más, pero lloré, si lloré frente a esas palabras. No valen tampoco las palabras del autor consagrado y ahora condenado por plagio "deja de escribir mariconadas"Yo misma presencié, en una charla con sus editores, como pagaban las notas elogiosas de sus tiempos de éxito. No vale la lejana voz censora de un padre preocupado por el camimo incorrecto que tomaba su hija mujer, destinada en sus planes a otra cosa. No valen las palabras que escribió en el margen de uno de mis poemas de mis doce años "mediocre".
Claro que cuando te enfrentaste al primer hombre que te dijo mediocre y ese es el primer hombre, tu padre, ya nadie, hombre o mujer, va a detenerte.
Abri este blog no me acuerdo en qué mes del año 2007 y le envié su dirección a siete amigos. Esa fue la única campaña de promoción que hice. Todavía me acuerdo de la sorpresa de recibir el primer comentario de un desconocido. Se llama, creo, Ruben Dhuggieri y todavia le estoy agradecida. Como a Antonio Lopez, como a la brillante Miss T, como a Fernando, con quien tuvimos una airada discusión que supimos resolver, de un modo hasta cariñoso, porque él es un caballero navegante. A todos ustedes, gracias, por darme aún más fe en mi convicción, de que la palabra se vale por si misma.De que un poema, una historia, es un espejo que nos ayuda a vernos ....semejantes. GRACIAS.

miércoles, 20 de abril de 2011

CANTAR DE LA BRUJA

Dile, Luna, que lo amo
Díselo al poeta, díselo al soldado
Díselo al pensante que derrama su tinta
en inútiles libros de filosofia
díselo al que que tiene la voz tan potente
que llora y se ríe cuando él canta, la gente
Haz que sueñe conmigo mañana
el hombre más lejano que duerma de espaldas.
Pero sobre todo, sobre todas las cosas
llévate contigo este suspiro de rosa
Tú sabes, no preguntes.
él no es un hombre bello¿para que?
sueño la belleza que alberga su pecho.
El tiene voz dulce o tiene voz tronante,
pero es cuando calla,pero es cuando mira,
que sus ojos negros, Luna, me desmayan.
Asi que dile, como cada noche,
al soldado que duerme,
que la bruja lo espera
al músico que sueña, que la bruja lo ama,
al filósofo que delira, que estoy en su cama,
pero llévale, a él, a él, el suspiro de una rosa
de una rosa débil que aun no se deshoja
sólo se desmaya en la noche de luna
soñando un delirio de pura locura:
si puede una bruja soñar con un hombre, es con él.
Dale, Luna, mi carta esta noche,
suspira en su frente,
hazle mil reproches
Dile que mis manos son tibias y mi boca blanda
dile que las brujas aman
y se ponen débiles y se ponen palidas
y lloran despacio y olvidan la magia

lunes, 11 de abril de 2011

MERCADO NEGRO:ULTIMA ENTREGA!

Capitulo 5: Arráncalo y partéselo en la cabeza
MacDillon despertó en una pesadillesca ciudad, ya saben cuál, me cansé de decirlo, Nueva York. Y se encaminó a su casa como sonámbulo. Y embocó la llave a duras penas. Aún podía verse una estrellita solitaria bailando sobre su cabeza. Entró y encendió la luz. Y sentada en su jergón roñoso, recostada más bien, en la pose de Madame Recamier, se hallaba una rubia espectacular. Como Isabel Sarli, pero más flaca y teñida.
—¿Tú eres el que busca a mi esposo? —susurró.
—¿Qué?¬—MacDillon estaba sordo como un topo.¿O era una tapia?
—¡Qué si tú eres el que busca a mi esposo!
—¿Y quién es tu esposo?
—¿No adivinas quién soy? —dijo la rubia teñida incorporándose y dejando ver dos pechos voluminosos enclaustrados en un corpiño que en mi opinión, tenía rellenos. Era como Ivana Trump, con más maquillaje. O sea, era lo que los hombres llaman un sueño y las mujeres llamamos una pajarraca.
—¿Quién eres?¬—Mac Dillon preguntó esto con la naturalidad y la calma de quien ha recibido doscientos dólares en lugar de tres mil y una golpiza del sargento García. O sea, como alguien que ha perdido la capacidad de asombro que es el origen de la filosofía según Aristóteles.
—Soy la futura viuda de MacEnroe.
—¿El tenista?
—No te hagas el idiota.
—Entonces el que se masturba con guantes de cirujano usados.
—-El mismo. Mi femineidad no soporta ese desprecio.¿Me comprendes?
—Claro—MacDillon buscaba como un loco un peine en sus bolsillos para hacerse bien la raya. Sería gratis esta vez.¡Bien!
—Si dinero es lo que buscas, aquí hay de sobra—ella le arrojó una cartera.
Pero él se arrojó sobre ella.Y fue, creánme, maravilloso. Se habían juntado el hambre y las ganas de comer. En fin. Patéticos. Eso terminó mas rápido que una pizza delante de MacRae.
—Al fin un hombre me comprende—exclamó ella. Triste ¿eh?
“Al fin una mujer no me cobra, me paga” pensó él, no sin lógica.
—Matarás a ese cerdo.
—Claro.
—Y te casarás conmigo.
—Por supuesto.
—Y me harás el amor toda la noche.
—Bueno...la noche es larga.
—Y es toda nuestra.
¬—Pero yo me levanto temprano.
—¿Me estás diciendo que te levantas temprano o que es imposible de levantar?
—Qué romántica. Prueba.
—Probaré.
Y probó. De todas las formas. Pero fue imposible.

Al fin ella se hartó. Se arregló la ropa, repitió dos o tres palabrotas y le sugirió que hablaran de negocios.
—Mi marido va a estar mañana a las cinco en el fumadero de opio de la calle Cuarenta y ocho y la Decimonovena Avenida.¿Te ubicas o te hago un plano?
—¿Dónde está el bar con el busto de Jefferson pintado de rojo?
—Sí. El bar tiene un sótano. Ese sótano es un fumadero de opio. Al fondo a la derecha hay un baño. En el baño hay un caño. Arráncalo y partéselo en la cabeza. Será limpio, no hay mucho que se derrame. Barato para ti, pero yo te lo pagaré caro.
—¿Cuánto es caro?
—Carísimo. Me casaré contigo. Será el modo de que no abras la boca. Y serás el dueño del emporio MacEnroe.
—Oye. Yo leí novelas. No soy tan bruto como piensas. Las rubias siempre dicen eso y mienten.
—Pero yo soy castaña. Lo demás es agua oxigenada.
—Es verdad—reconoció él—Mañana a las cinco estaré ahí.
—Sí. Y te amaré para siempre.
“¡Y me pagará por ello!” —pensó MacDillon.
—Está bien-dijo—Lo mataré.
—-Eres mi héroe.
—¿Cómo te llamas?
—Evangelina Salazar de MacEnroe.
—Con eso me convences. Con ese nombre no puedes ser una arpía de novela.
—Claro que no. Me voy. Ahí queda mi cartera. Gasta lo que hay adentro, pero cuídala. Fue un regalo de bodas.
—Descuida. Podrás llevarla en el funeral.
—Claro que no—ella se mostró escandalizada—¿No ves que es roja? Sería una falta de respeto.
Bien, llegó la hora de mostrarse un poco rudo.
—Vete-dijo—Eres una perra. Cuando seas mi mujer, te trataré como mereces. Para mañana a esta hora serás viuda.
—Adiós—dijo ella y un destello extrañamente metálico asomó en su mirada. ¿Era lo que parecía?¿Tenía lentes de contacto de color? No podría asegurarlo.
En eso MacDillon reparó en un detalle. No conocía a MacEnroe. Salió al corredor y gritó.
—¡Evangelina!
—Salazar—se volvió ella con un mohín de coquetería.
—No lo conozco.
—¿A quién?
—A tu marido.
—En mi cartera hay fotos.
—Bien.
—¿Ya me puedo ir?
—Vete.
—Adiós.
Y se fue.

Y al día siguiente, MacDillon tomó la cartera y contó los billetes. Había allí tres mil dólares. Bailó horriblemente mal una polca.
Y luego miró la foto.
MacEnroe se parecía mucho a MacRae.
¿Extraño? Si A es igual a B...entonces MacEnroe era MacRae!
Pero se conocían desde la infancia. Transcurrieron juntos la adolescencia, con la vieja Lucy..¿sería posible?
¿Ya lo adivinaron, no?

A las cinco, MacDillon fue al bar de la Cuarenta y ocho y La Decimonovena avenida, con un busto de Jefferson pintado de rojo, descendió el sótano, fue al fondo, tornó a la derecha, entró al baño, le costó bastante arrancar el caño, fue hacia MacRae, que fumaba opio en una hamaca y le partió la cabeza.
Uf. Ni Chase lo hubiera hecho mejor. Qué escena violenta. Y en un solo párrafo.
Luego dejó el caño, salió, y en la esquina estaba Rose.
—Oh, Joe—parloteó—¡Te conseguí la motosierra!
La apartó suavemente.
—Olvídalo, nena. Me caso.
—¿Tú?
¬—Sí, yo ¿por qué no?
—¿Pero con quién?
—Ya lo sabrás¬—dijo sombrío.
¬—Mira. Algo pasa en el bar.
—Olvídalo, nena. Te enviaré un pavo relleno en Acción de Gracias.
—Pero mira. Está el sargento García.
—Tu amigo, eh, espero que le cobres caro.
—Pero viene hacia aquí.
—Es que eres guapa, Rose. Incluso vestida.
¬—Pero mira lo que lleva en la mano, Joe, eh, mira.

Y llevaba en la mano el caño sangriento.
Y en la otra mano, dos esposas.
Y tras de él venían veinte policías más.

Y ese fue el fin de MacDillon.
EPILOGO
Ya lo adivinaron, ¿no? Evangelina Salazar es la viuda de MacRae, que pagó su viudez con los tres mil dólares que su finado marido recibiera del ignoto para siempre MacEnroe a cambio de los guantes usados de cirujano.
Y MacDillon es un idiota.
Pero eso lo sabían desde el principio.
En cuanto al magnate, Mary se entendió con él, por medio de Rose, que entre otras cosas, colaboraba con MacEnroe ayudándolo a calzarse los guantes.
Gracias a Dios, terminé este cuento. Ya puedo ir y confesarme.

lunes, 4 de abril de 2011

MERCADO NEGRO: CUARTA ENTREGA

Capítulo 4:¿Y qué pasó entonces?
Buena pregunta. Pero no tiene fácil respuesta. Ya se me ocurrirá algo. Oh, bien. Mac Dillon, llegó a su casa, cortó el piolín y vio desparramarse un montón de billetes. Pero qué se le iba a ocurrir contarlos. Era un montón de billetes.
De billetes de un dólar.
Doscientos miserables dólares de cambio chico.
Pero el muy idiota todavía no se dio cuenta. Está bailando una polca por la habitación y baila horriblemente mal. Con razón siempre tiene que pagar. ¿Quién lo haría gratis con un hombre que es feo, es tonto, baila mal y, detalle fundamental, no cuenta el dinero?
Su primer acercamiento a la realidad fue cuando quiso comprar una botella de whiskie la Ruina de los Campbell con un billete de un dólar y dijo, muy macho.
—Quédate con el vuelto, ejem, preciosa.
Y no digamos lo que le contestó Ejem, Preciosa.
Entonces metió la mano en el bolsillo y por fin contó el dinero. Creía tener trescientos dólares. Pero tenía tres. Compró chicles. Volvió al departamento. No era fuerte en matemáticas. Pero logró darse cuenta de que no tenía tres mil dólares. Entonces lo invadió su instinto criminal. Y no supo que hacer con él.

Decidió olvidar las últimas andanzas de Rose. Decidió acudir a ella, como siempre lo hacía cuando lo acometía el instinto criminal y no sabía que hacer con él.
Rose era secundariamente prostituta y pelirroja, pero primordialmente tenía buen corazón.
En el buen corazón de Rose pensaba Mac Dillon cuando le tocó el timbre.
—¿Quién es? — dijo una voz dulce como un violín en primavera.
—Ábreme.
—Ya voy.
—Perra.
—Sí, querido.
MacDillon masculló palabrotas. Entretanto, la lluvia caía y Nueva York parecía más sucia y bajo la lluvia monótona y mugrienta renacía el instinto criminal que venía a aplacar. Sólo Rose, la de buen corazón, podía ayudarlo.
Y allí estaba ella, la polaca pequeña y dulce, con su deshabillé de rosas desteñidas como sus mejillas marchitadas.
Con dulce sonrisa abrió la puerta y lo miró de arriba abajo.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a destruirte.
—Destrúyeme rápido, entonces y vete.
—¿Qué pasó con tu buen corazón?
—Lo tiré al inodoro.
—Perra—dijo MacDillon y le tiró una bofetada.
—Gracias—dijo ella.
—¿Qué me dices?
—Gracias—repitió y le pegó un sartenazo que lo lanzó de nuevo a la calle.
—¿Qué se hizo de tu buen corazón? —repitió él atontado.
—Lo arrojé las alcantarillas podridas de esta ciudad putrefacta, dura y cruel. He aprendido, Joe. Me has enseñado la crueldad.¿Ves este abrelatas? —dijo extrayendo un pequeño artefacto del bretel de su corpiño— Te asombrarías de ver las cosas que he abierto con él.
—Bueno, Rose, como siempre, eres especial. Sin ti, no sabría que hacer.¿Cuánto te debo?
La dulce cara de Rose se amplió con una brillante sonrisa.
-Veinte dólares de ahora mas veinte de la última vez.
—Espera, te debía veinte, está bien. Pero un timbrazo son quince ¿o no?
—Veinte dólares de ahora más veinte de la última vez-repitió Rose, con un delicioso mohín de asco en su dulce carita. A Mac Dillon los mohines de Rose lo mataban lentamente_ Cinco me costó el abrelatas.¿Fue brillante, no?
—Sí, no lo esperaba.¿Qué tal una motosierra la próxima vez?
—Oh, eso es caro.
—Tal vez pueda pagarlo.
—¿Estás de nuevo en el negocio?
—No te importa—masculló.
—Es igual. Avísame cuando quieras la motosierra, cariño. Abrígate y no tomes frío.¿Quieres pasar y tomar algo caliente?
—¿Cuánto sale eso?
—Oh, cinco dólares un té.
—¡Té en Nueva York! Estás loca, cariño.
—El café está tan caro...
—Déjalo, Rose. Otro día.
—Adiós, querido.

Qué dulce es esta Rose-pensaba Joe mientras volvía a hundirse en la ciudad acalambrada de putrefacción. Qué dulce una buena mujer en esta ciénaga asquerosa.
Se sentía relajado y optimista cuando cruzaba la calle con el semáforo en rojo. Se sentía tan optimista que no se dio cuenta cuando lo durmieron de un puñetazo.

...Sobre la cabeza de MacDillon bailaban estrellitas de colores en alocado círculo. Era un espectáculo digno de verse. Arrojado en la vía, lo contemplaba el Sargento García y otros dos policías igualmente asquerosos.
—Buenos días, Joe. Sabemos que buscas a MacEnroe. Sólo queremos decirte que lo olvides. Ya sabes que andamos detrás de ti.
—Y déjala en paz a Rose. Es una buena chica—agregó otro que mascaba chicle.
—Así que ya sabes.
Se fueron orondos dejándolo ahí. Lamentablemente, él estaba desmayado y no los oyó... Bueno, no se perdía de nada. Cuánto más tiempo duermas en Nueva York, mejor. Eso dicen.
¿Pero cómo sabían que buscaba a MacEnroe si él no buscaba a Mac Enroe? Mistery. Pero no es tan misterioso. Ya lo verán.
En realidad él sí buscaba a MacEnroe. Pero hasta ahora solo lo había buscado en la guía telefónica. Y no lo encontró. Uno no se encuentra multimillonarios petroleros en la guía. Así que llamó a MacRae. Y MacRae le dijo, solícito, que no se preocupara por MacEnroe. Qué no le iba a pagar un dólar más. Qué los que más tienen, siempre son los mas tacaños. Y que por favor, no volviera a llamar a la hora de la cena. Y le cortó.
¿Cómo hallar a MacEnroe? No lo sabemos. Pero MacEnroe supo hallarlo a él.¿Cómo?
Tal vez Rose lo supiera. Pero por ahora, yo no.

Continúa el lunes próximo.

lunes, 28 de marzo de 2011

MERCADO NEGRO: TERCERA ENTREGA

CAPÍTULO 3: El sucio Mac Rae
Dos noches más tarde, MacDillon recibía de manos de Mary una bolsa roja, de las que se usan para la basura patológica en todos los hospitales de buen nombre y en los de mal nombre también.
Cruzando el puente de Brooklyn, mirando ensoñado las estrellas, Joe MacDillon soñaba con el maravilloso contenido de su bolsa sintiéndose Santa Klaus. Tres preciosos pares de guantes usados por cirujano eran, a ver, quinientos dólares por guante. La aritmética no era su fuerte. Cada par valía mil dólares. O sea, tres mil dólares. Vaya juguete que le esperaba al niñito negro. Vaya juerga que le daría a Rose.
Apenas se halló en su lúgubre domicilio llamó a MacRae.
Marcó su sucio número y espero. Esperó lo suficiente para impacientarse. Al fin, una dulce voz femenina le respondió.
¬¬—Hello.
—Quiero hablar con MacRae.
—Tiene la boca ocupada, cariño. Pero dime lo que quieres y yo se lo diré.
—¿Rose? —exclamó sorprendido.
—Oh, no. No digas quién eres. Estoy pasándola bien.
—Si fuera tan bueno como dices, no podrías conversar, Rose. Cuando era conmigo, no conversabas.
—Tú siempre especial, Joe MacDillon—dijo ella con una risita-Pero verás, por ahora estamos cenando. Lo que tiene en la boca es un hermoso pavo del Día de Acción de Gracias.
—Pero eso fue ayer.
—Sí, fue ayer ¿Dónde estabas tú? No me saludaste. Estamos cenando lo que quedó.¿Qué quieres que le diga? Le pasaré el mensaje durante el postre.
—¿Y cuál es el postre?
—Yo, cariño ¿qué más?
—Déjalo, Rose. Lo llamaré mañana.
—OK, pero que no sea muy temprano. Estoy con contrato hasta el mediodía. Y avísame cuando me necesites, amor y recuerda que me debes veinte dólares ¿sí, querido?
Rose colgó y MacDillon se quedó mascullando. No importaba. Rose no era la única mujer en el mundo.

Pasó la noche y MacDillon se despertó al mediodía. Hora de llamar a MacRae.
Marcó el maldito número.
¬—Hello—respondió una dulce voz femenina.
—Oh, no, Rose. Otra vez no.
—Pero me estoy yendo, baby. Te paso con este tigre.
—Ahora él es un tigre.
—Tú también, tú también. Pero él no ha dejado nada del pavo de Acción de Gracias. No me dejó probar bocado. Me voy a casa por que me muero de hambre. Así que te doy con él. Bye, bye, dulce baby.
Llamar dulce baby a ese mamarracho es demasiado ¿o no? Por eso nunca quise ser prostituta..Por las cosas que hay que decir.
—¿MacDillon?
—¿MacRae?
—Él mismo.¿Qué tienes?
—Gripe.
—¿Qué tienes para mí?
—Guantes sucios. Tres pares.
—Te has portado. Bien. ¿conoces la esquina de la Cuarenta y ocho y la Décimonovena Avenida?
—¿Te refieres al bar que tiene un busto de Jefferson pintado de rojo para hacer juego con el matafuegos?
—Sí, donde estaba la casa de la vieja Lucy ¿la recuerdas?
—¿Cómo me voy a olvidar de la vieja Lucy? Estaba vieja, pero esas francesas...
—Dios, si te dejaba sin aire.
—Si habré gastado de mi primera libreta de ahorros con la vieja Lucy.
—Y luego tu padre te tiraba de las orejas, ja.
—En cambio el tuyo te pagaba todas las juergas.¿Y qué fue de Lucy?
—La reventó el reuma. Empezó con el lumbago.
—Claro, el lumbago. Gajes del oficio.
—Y después el reuma y después le encontraron artritis.
—Pobre Lucy.
—Terminó en el Hospital General.. así empezamos en este negocio ¿recuerdas?
—Sí, cómo no me voy a acordar.
—¡ENTONCES NO PREGUNTES LO QUE YA SABES Y VE AL BAR DE LA CUARENTA Y OCHO Y LA DECIMONOVENA AVENIDA CON EL BUSTO DE JEFFERSON PINTADO DE ROJO DONDE ESTABA LA CASA DE LA VIEJA LUCY QUE TENÍA EL LUMBAGO DE TANTO AGACHARSE Y ARTRITIS DE TANTO ARRODILLARSE Y TRAE LOS MALDITOS GUANTES!!!!!!!!
—¿Y mis tres mil? — preguntó MacDillon.
Pero MacRae ya había cortado.

¿Y a qué hora tendría que estar allí— se preguntó MacDillon. Pero imaginó que debía ser a la hora de comer.
Y al día siguiente, al mediodía, estaba allí con su bolsa roja y el bolsillo expectante.
Y allí estaba el busto de Jefferson pintado de rojo, pero faltaba el matafuegos. Y sentado, devorando unos huevos con tocino y esas porquerías que comen los yankis, estaba MacRae.
Se veía muy gordo y completamente pelado. Comía como un cochino. Con una mano grasienta llamó a MacDillon. Y MacDillon, diligente, se sentó a la mesa con cara de buen chico.
—¿Qué vas a comer?
—Pizza.
—Buena idea. Hey, Tommy. Una pizza grande con pepperoni. Sabes, aquí hacen la pizza de un modo que me encanta. Chorrea grasa, pero es riquísima Y bien, Joe, querido, ¿qué tienes para papi?
—Lo que sabes. Tres pares de guantes sucios.
—Sucios y sanguinolientos.
—Roñosos, infectos. Y valen tres mil dólares.
¬¬—Dámelos.
—Quiero mis tres mil.
—Hagamos un trato, MacDillon. Yo te daré los tres mil dólares, claro que sí, muchacho, el viejo MacRae siempre cumple. ¿No es verdad, Tommy? Mira que pizza, muchacho. Esto es una pizza. Sírvete, anda.
—Quiero mis tres mil.
—Te decía que haremos un trato. Yo te daré los billetes, sí, claro que sí, no vas a dudar del viejo MacRae. Pero los tengo envueltos en una servilleta.¿Y sabes por qué?
—Si la servilleta está limpia me parece bien.
—¿Y sabes por qué? —insistió MacRae
—¿Por qué? — se resignó.
—Porque nunca, oyes, nunca se debe mostrar el dinero. Pásame la bolsa, quiero ver que no me estás engatusando.
—Tú pasame algo de esa pizza. Comes como Pilón, no dejas nada.
—Oye, toda la vida te di de comer, así que no te quejes. Hum. Huele a gato muerto. Están asquerosos estos guantes. Bien, sirven- cerró la bolsa e increíblemente siguió comiendo—Oye, si no te comes eso dejámelo a mí.
—Come, a mí se me fueron las ganas.
—¿Estás seguro que no la quieres? No has comido nada.
—Como bien dijiste, huele a gato muerto. ¿Y desde cuándo gastas tanto escrúpulo frente a una porción de pizza ajena? Come y dame mi paga. Cargué esa bolsa dos días.
—Shshshsh. Estira el brazo izquierdo bajo la mesa y tómala.
MacDillon estiró el brazo izquierdo y tomó un bulto de la mano oculta de MacRae.
—Bien, bien, chiquito— MacRae simulaba seguir una conversación—¿Cómo está Mary? ¿Sigue tan guapa como siempre?
¬—Tú sigues ciego como siempre. Cuando tenga más, te lo haré saber. Y no te manches la camisa, MacRae. Rose no acostumbra lavarlas.
—Oh, Rose, Rose. Esa chica sí que es dulce ¿sabes lo que me hizo?
—No y no quiero saberlo. Adiós, MacRae.
—Espera, espera. Cocino un pavo como nunca lo has visto.
—Adiós MacRae,-repitió con furia y se fue, el idiota, sin revisar el interior de la servilleta atada con un piolín que llevaba en el bolsillo izquierdo. Y claro, Mac Rae estaba seguro que no lo haría. Acabó la pizza, pidió la cuenta, cargó la bolsa roja y se marchó.

lunes, 21 de marzo de 2011

MERCADO NEGRO: SEGUNDA ENTREGA

VIENE DEL POST ANTERIOR
Capítulo 2:Maldita Mary
Cruzando el puente de Brooklyn, MacDillon se perdía en ensoñaciones bajo las pálidas estrellas neoyorkinas. Llenar el carrito del supermercado de buena y sana comida chatarra. Invitar a Rose a una buena juerga. Comprarle un juguete al vecinito negro cuya madre se lo llevaba asustada cada vez que se le acercaba. ¿Por qué? se preguntó, amargado. A él le gustaban los niños. Porque, ya lo saben, ¿no? En el fondo, su corazón es tierno como la manteca. Podría proponerle matrimonio a Rose e ir al cincuenta por ciento. No, eso es muy generoso. Ochenta por ciento para él, veinte para Rose y si no le gusta que se vaya. Una cosa es ser un caballero y otra ser un imbécil. Después de todo, lo de MacEnroe se iba a terminar y hay que asegurarse la vida.
Pero ahora todo dependía de Mary.

Hacía cinco años que no veía a Mary, pero sabía que seguía en el Hospital. Mary era una sucia tipa, del mismo modo que él era un sucio tipo. No la veía desde que ella le pidió que le pintara el comedor y le colocara las cortinas y él le contestó que se pintara el culo y otras cosas que por pudor no digo. Soy consciente que una señora como yo no puede escribir un relato como este, pero la última vez que me confesé no tenía nada para decir. Así que aquí estoy, intentándolo. Bueno, él le dijo que se pintara el culo y que se colgara las cortinas de...ay, padre Mario. Cómo voy a decir eso. En fin, le dijo que se colocara y se pintara... Bueno, le dijo algo a Mary, que a pesar de ser una sucia tipa le ofendió, naturalmente y así cesaron sus relaciones. Y en esos cinco años, MacDillon había caído en la peor ruina. Durante un año, fue pintor de brocha gorda. Luego pensó que eso menoscababa su honor y se dedicó a ciruja. Y ahora lo encontramos cruzando el puente de Brooklyn, en busca de Mary nuevamente.

El timbre a esas horas de la noche sonó bochornoso. MacDillon resolvió mostrarse sereno y digno. No iba a arrastrarse a los pies de esa perra.
La casa estaba misteriosamente en silencio.
Repitió timbrazo y en eso momento una voz cavernosa de cigarrillos negros y bronquitis genética preguntó quién es.
—Yo—respondió MacDillon
—Yo también soy yo.
—MacDillon.
—Yo también soy MacDillon.
—Joe.
—Así que Joe. Mi hermanito querido. No estoy vestida.
—Mira Mary, hagamos las paces. Se acerca el Día de Acción de Gracias.
—Pamplinas, como decía el viejo Scrooge.
—Hace frío.
—Fuck you.
—¿Acá?
—Espera, que busco la cámara de fotos. Soy la nueva artista pop. Haré una exposición sobre las pequeñas cosas de la vida.
—Ábreme, Mary. Me congelo.
—Vaya. El hielo endurece.
—Necesito guantes..
—Qué delicado.
—Guantes de cirujano. Usados.
—Qué asqueroso.
Se sintió el ruido de los cerrojos y apareció una gordita pelirroja y pecosa, ajada en carnes, entrada en años, malhumorada, con un pucho en la boca, igual en todo a MacDillon, salvo en algunas cosas que por pudor no nombraremos.
—¿Así que quieres guantes de cirujano y usados?¿Cuánto me das por ellos?
¬—Nada.
—Ajá. El comedor sigue sin pintar.
—Píntate el culo.
Mary lanzó una risotada.
—Siempre el mismo ¿eh?.Pasa.
MacDillon pasó sacudiéndose el frío. Miró las paredes. Necesitaban cuatro manos de pintura.
—Dame algo de tomar.
—¿Qué me darás por un whiskie doble?
—Nada.
Mary lanzó otra risotada. El pucho se quemaba entre sus dedos. Lo arrojó al piso y lo pisoteó, causando otra quemadura a la alfombra.
—La alfombra de mamá—murmuró MacDillon apenado.
—Qué tierno.
—Dame el whiskie. Tengo la garganta seca.
—¿Cuánto me das por tres pares de guantes sucios de cirujano? —dijo Mary bruscamente y mirándolo de frente.
—Nada.
—¿No conoces otra palabra?
—Para tí, no.
—¿Qué me das? — insistió.
—Mataré a tu perro si no me los das.
—Está muerto.
—Mataré a tu marido si no me lo das.
—Y me harás el favor más grande de la vida y te trataré como a un hermano, pero no te daré los sucios guantes.
—Mataré a tus hijos.
—Ja. Si eres capaz de encontrarlos, te daré un premio, pero no los sucios guantes.
En ese momento, MacDillon aguzó el oído. Le pareció oír un maullido. Sí, era un maullido.
—Ahorcaré a tu gato.
Mary lo miró.
—Mataré a tu gato.
—Mi...
—Gatito—Y MacDillon se levantó y comenzó a buscarlo.
—¡No! ¡NO! Mi gatito no—Mary empezó a sollozar convulsivamente. Y MacDillon suspiró satisfecho. Obtendría lo que buscaba.


continúa el lunes próximo

lunes, 14 de marzo de 2011

MERCADO NEGRO: UNA TURBIA HISTORIA EN CINCO ENTREGAS

La verdad, estoy cansada de que me tilden de sensible. Yo como todos los autores serios, me formé, comme il faut, leyendo novela negra. No soy sensible, para nada. Tengo un corazón de roca como mi gran amigo Reverte. Para demostrarlo, escrbi esta pequeña historia, en diciembre del 2001: excelente momento de la historia argentina para escribir historias como esta. Va en cinco entregas, cada lunes. Ojala les agrade.


CapÍtulo 1:
Guantes usados de cirujanos

Era una calle a oscuras, las ventanas temerosas se hallaban cerradas, lastimeramente aullaba un perro como si hubiera recibido una patada.
Y efectivamente, la había recibido. O bien el perro había hecho algo que no debía o Joe MacDillon paseaba por aquella calle.
Ambas cosas eran ciertas. El perro había mirado amorosamente a Joe MacDillon y le había dado la amistosa patita (nunca debes hacer eso, perro ¿oyes?) Y Joe MacDillon le había dado una regia patada.
Mientras él camina pateando perros y latas por igual en ese basural llamado...
...Nueva York. Ciudad brillante, cosmopolita, el centro de la civilización. Pero tras la civilización se oculta la barbarie. Las brillantes luces de Broadway no alcanzan a ocultar los opacos harapos de los mendigos, ni la nariz rota de un viejo boxeador borracho ni el labio partido y tumefacto de la vieja meretriz que le pidió dos dólares.
Nueva York. La pobreza desnuda sus calles y sus luces, el bajo mundo se apodera del alto mundo, la exitosa bailarina, cuyo nombre brilla en las marquesinas del teatro, pasa altiva frente a la vieja pordiosera que una vez también supo llevar plumas y diamantes. Las plumas vaya usted a saber dónde fueron a parar, los diamantes, al banco de empeños, de donde así como entraron salieron, pues eran tan falsos como Nueva York, falsa opulencia, falso brillo, falsas estrellas de neón y mejillas de falso rubor.
Pero ¡ah! La basura de Nueva York. La basura de Nueva York era inigualable. En ningún otro lugar había basura que valiera tanto como aquella.
Y Joe MacDillon lo sabía bien. Tan bien, que ningún basural se le escapaba.

Mientras él camina pateando perros y latas por el lado oscuro de la vida, masculla palabrotas. El canto de un beodo parece entonar un muezín, sea lo que sea un muezín, a las malas costumbres, al Dios de los malos, a la malignidad de las cosas.
Y mientras Joe MacDillon camina, se detiene a revolver la basura. Encuentra un zapato marrón izquierdo de hombre. La próxima cerveza estriba en que encuentre el par derecho. Pero en lugar de eso encuentra un guante.
-Maldita Mary-masculla, mientras se fija si aparece el otro.
Aquellos eran malos tiempos para MacDillon y de todo culpaba a Mary. Pero ¿quién es Mary?¿Una rubia burbujeante que le exprimió los sesos y la billetera? ¿Una morena insinuante que le arrebató su herencia con malas artes? ¿O una gordita pelirroja y pecosa, ajada en carnes, entrada en años, malhumorada, con un pucho en la boca, su hermana Mary tal vez, igual en todo a él salvo en algunas cosas que por pudor no nombraremos?
Todo se sabe al fin y no hay por qué adelantarse. Mac Dillon encontró el guante, pero no el zapato. Era igual, aún le quedaba un cigarrillo. Y si a MacDillon le queda un cigarrillo, no tiene porque trabajar más.
Sin embargo, debe la renta, debe el gas y le debe veinte dólares a Rose, la meretriz dulce y de buen corazón que le alivia la dura vida. Hacía dos meses que no le hacía una visita y estaba desesperado por hacerla. Pero una deuda es una deuda.

Cuando entró en su lúgubre departamento, de paredes verdes y mohosas, con un jergón tirado en el piso y una colección completa de botellas de todas las clases, excepto la clase de botellas llenas, sonó el teléfono.
Mac Dillon se detuvo en el umbral, escéptico a sus oídos. Hacía un año que no pagaba el teléfono. Un milagro había sucedido. Sin comprender nada atinó a alzar el auricular.
—¿Hola?
—Pedazo de idiota.
—¿MacRae? —Trató de no sonar incrédulo.
—¿Y quién más te va a pagar ese teléfono? —llegó el momento, al fin en este relato negro oirán la esperada palabrota-Shit.
—Oye, MacRae—había un punto colérico en esa voz ronca— Acepto que pagues mi teléfono si quieres, pero no que blasfemes.
Hubo un intervalo de silencio estupefacto del otro lado. Mac Dillon sonrió, complacido. Por fin había sorprendido a esa rata.
—¿Qué eres, una damisela?
—No, pero soy un caballero y por mi honor no permito que se me hable así. Así que cortaré y volverás a llamar. Adiós, MacRae.
Colgó el teléfono. En menos de un minuto sonaría de nuevo. Sesenta, cincuenta y nueve, cincuenta y ocho..., empezó a contar los segundos mientras encendía su cigarrillo. Así que lo necesitaban a él, a MacDillon. Entonces tendrían que pagarlo caro.
RI I I I NGGG!!!!!!
Ese ring sonó enojado ¿o me parece a mí?
—Escucha, rata de las cloacas. Tengo trabajo para ti y no quiero que me vuelvas a cortar el teléfono. Se lo ofreceré a otro ¿entiendes, maldito hijo de puta?
—Oye, ya te dije que no digas palabrotas. Dime que quieres, por que estoy esperando una llamada ¿sabés? Y no quisiera por nada del mundo que le dé ocupado a mi amiguita.
—Qué amiguita, no te hagas el interesante. Jodes menos que el chofer del Papa. Te va a contratar el Vaticano por eso, pero primero harás algo por mí. ¿Te suena el nombre de MacEnroe?
John MacEnroe. El multimillonario petrolero.¿JOHN MAC ENROE? Oh, la diosa Fortuna llama a la puerta..
Rápidamente se repuso.
—Humm, MacEnroe ¿el tenista?
—No te hagas el idiota.
—Oh, ya sé a quién te refieres. Ese tunante.
—¿Qué inmundicia de novela de espadachines andas leyendo? Te crees D’Artagnan ¿eh? Eres maldita carroña de Brooklyn, así que deja las palabras finas. ¿Recuerdas la buena época de la basura patológica, cuando robabas la basura de los quirófanos y cada guante de cirujano usado te dejaba veinte dólares? ¿Te imaginas a D’Artagnan robando guantes de cirujano?
—¿Eso es lo que quieres?¿Guantes de cirujano?
—Eso es lo que quiero, pero el negocio ha cambiado un poco, desde que sabemos el nombre del sucio tipo que se masturba con ellos. Ahora por uno solo de esos guantes podríamos sacar quinientos dólares. El enfermito tiene con que pagar ¿Mac Dillon? ¿Sigues ahí? Habla, rata del pantano, que no tengo toda la noche.
—Estoy acá— y por fin la voz de MacDillon sonó alterada— Así que es MacEnroe. Podemos sacar más de lo que dices.
—Escucha, idiota, ahora no tienes nada. Eres un ciruja. De momento, ese es el precio. Cuando tengas un par, ponte en contacto conmigo. ¿Tu hermana Mary sigue en el Hospital General?
—Sí-contestó Mac Dillon lentamente— mi hermana Mary sigue en el Hospital General.
—¿Sigue como instrumentadora?
—Sigue como instrumentadora.
—-Hay un porcentaje discreto para ella si es necesario, pero espero que no sea necesario, eh, Joe? Ella no debe saber para qué los quieres. Dile que tú te masturbas con ellos.
MacRae cortó.
—Maldita Mary—murmuró MacDillon mientras miraba el gabán que se acababa de sacar.
Sonreía (su sonrisa era una mueca torcida, una peligrosa cornisa a la que asomaban amarillos dientes temerosos de caer), sonreía cuando abrió la puerta y salió a la calle.

CONTINUA EL LUNES....

domingo, 27 de febrero de 2011

viernes, 4 de febrero de 2011

UN ESTILO DE VIDA

Me encanta despertarme muy temprano, al asomar a la vida gorriones y otras aves de buen aspecto, escuchar sus simpáticos trinos y sentir los rayos de ese sol radiante veraniego, o los tibios rayos otoñales, e incluso el frío sol invernal me agrada a esa hora matutina, me gusta abrir la ventana, respirar el aire fresco, y luego servirme, en una bonita taza azul que tengo, de sopa, un cuarto litro de vodka y meterme en la cama otra vez.
Luego ya no me despierto hasta la hora del té, que también me agrada, cercano al atardecer, cuando las nubes toman sus caprichosos colores, suelo tomar la botella de vodka y rendirle culto mientras el sol nos dice adiós. Mucho no lo veo, pero lo saludo cuando llega y cuando se va. De todos modos tal vez piensen que no es sano mi modo de vida, pero usted que puede saber. Ya lo conozco, ya me lo sé: se despierta a las siete, toma café, se da una ducha, lee el diario, sale a correr y cuando ya hecho bastante el ridículo se dedica a trabajar, o sea, es un esclavo del sistema improductivo. ¿Pero este sistema produce algo que no sea porquerías? Señor, señora, su estilo de vida es detestable y el mío maravilloso ¿Se olvido de su hígado?-¿Pero quien quiere acordarse de algo tan desagradable como un hígado? ¿Vio su hígado? ¿Vio su hígado alguna vez? ¿Alguien se lo ha presentado? Si nunca lo vio y no se lo han presentado, entonces, no se como lo va a recordar. Bah.
Bah.
¿ Cómo siguen mis veinticuatro horas?
Llega la noche y se acabó el vodka. Algo hay que hacer. Evidentemente, ya sabemos que. Me visto con lo imprescindible porque en mi estado no puedo abrochar muchos botones y salgo a la calle. Ay, Buenos Aires. Condenada ciudad. Esta lleno de gente deleznable, prostitutas vulgares con poca ropa ofreciendo sexo y mendigando amor( ¡ qué frase! Pasaré a la historia por esa conmovedora metáfora), hay gente borracha que pasea su desvergüenza y como si no tuviéramos bastante hay policías asquerosos.
Como vemos, a la noche se termina la paz. Pero de algún modo tengo que comprar el vodka. Espero que no me confundan con una de esas pobres prostitutas. Pero en fin. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
Bueno, siempre encuentro algún gil que me haga compañía ( y alguien que tire la primera piedra y la segunda)y pronto me doy cuenta de si tiene dinero y si le gusta hacer regalos galantes, específicamente vodka. Entonces me acomete el amor. Me doy cuenta de que ese hombre, fortuito enviado del destino, tiene grandes ojos celestes o pequeños ojos marrones o como me pasó una vez, un ojo de vidrio. Admiro sus bellas manos varoniles y aprecio que un hombre, puede ser cualquier cosa, pero siempre será un hombre. Y por esta frase no pasaré a la historia, pero no me negaran que es aristotélicamente cierto. Todos los hombres tienen virtudes importantes y amigables sobre todo de noche, si una ha bebido un cuarto litro de vodka y si Navidad es todos los días del año. Porque lo importante es que el espíritu navideño habite en nuestros corazones. Y el amor es libre y tu también necesitas amor. Dicen los Stones que es así. Y todo lo que dice un Stone es cierto.
Bueno, nunca les pregunto nada, no me interesa saber si tienen apellido, porque un hombre no necesita nombre para ser hombre, igual que las rosas no necesitan ser rosas para que una las llame así. Siempre me hacen feliz. Siempre. ¿Para qué quiero más? Cuando pienso en usted, señora respetable, tan respetable que da asco que te respetan así. Confiese que desearía, por una noche ser una arrastrada como yo, gozar del amor anónimo, que a veces es como una paliza a los sentidos y a veces es una paliza de verdad, pero si hay vodka... con vodka todo se olvida. Bueno, no ha logrado convencerla, pero tampoco quería convencerla. La calle ya está fea sin viejas putrefactas como usted.
Bueno, a veces descanso. Si Dios lo hace, porque yo no. Entonces como, tomo café, yogur, cereales, cerveza y prendo el televisor.
Miro una película.
Hoy fue un día de descanso. ¿Y saben por qué escribo esto?
Vi una película. Ví “Rescatando al soldado Ryan”
Solo les diré una cosa. Denme un nazi cualquiera. Le rompo la crisma, lo despellejo vivo, le saco las tripas, las cuelgo de la ventana y les saco una foto. Denme un nazi cualquiera y eso es lo que hago. Haber matado a Tom Hanks. Y la pobre de Meg Ryan llorando. ¿Nadie piensa en ella? ¿Cómo van a matar a Tom Hanks? El único hombre bueno, decente, que ama a los niños y los perros, que jamás engañaría a una mujer, y que hasta es lindo y todo.
Tenía que decirlo, tenía que descargarme. El único hombre con el que me hubiera casado. Y ahora voy a quedar para vestir santos.
Por eso me gusta el vodka. ¿Ven? Hay una razón para todo.

miércoles, 19 de enero de 2011

La Rosa Alada

Mi corazón
Es el ala de una rosa
Sólo una rosa tiene alas
Esa rosa es mi corazón


Tu corazón
Es un tallo fuerte y fértil
Sólo un tallo tiene mi rosa
Ese tallo es tu corazón

viernes, 7 de enero de 2011

Mi tia Gilda en París

Fiona, mi prima filósofa que por esas cosas de la vida trabaja de manicura, me trajo hoy este escrito de la Tía Gilda. Gilda tiene ochenta años y ya alguna vez incluí páginas íntimas escritas por ella, porque las creo de gran valor. Este fragmento de diario habla de París, de etimologías y de sueños. Así que lo transcribo, sin cortes ni censura. A diferencia de mi prima Fiona, yo creo que no por hacer explotar frecuentemente calefones Gilda deje de ser, a su modo, una poeta eminente. Así que con ustedes, una vez más , el diario de Gilda Sáenz de Olavarrieta, mi tía, que dice así.

"Hoy vino Fiona, abrió todas las ventanas, me retó porque había dejado el gas abierto y me dijo una vez más que hay un hogar muy lindo donde hay gente simpática de mi misma edad. Creo que sé que anda intentando , dice que podría haberme matado y que me lo estoy buscando por escribir mi diario para el blog de mi sobrina dejando la lechera en el fuego. Así que yo espero que valoren como se merece esta página artística, hato de irresponsables que ignoran que la muerte más horrorosa no es la que nos buscamos, sino la que no buscamos.
Soy una filósofa impresionante, no debería estar acá, en esta cocina destartalada, oyendo cómo gotea la canilla. Debería estar en la Sorbona, dando conferencias y seduciendo estudiantes tiernos que me hablen en francés. Que me digan madame. Siempre quise que me digan madame. Y el afrancesado afrancesamiento francés con un francés. Dios quiera que algún día aprendan a expresarse delicadamente como yo. Manga de cochinos.
Ah, París. Qué daría yo por París. Los cuarenta años de más que tengo. La canilla de la cocina. El horno que ya no funciona. Daría generosamente todo eso y mucho más, por un departamento en Montparnasse, les Champs Elyssés, o el barrio que ustedes quieran, no tengo preferencias. Se me ocurre que puedo ofrecer mi tostadora y, ¡mondieu!, hasta la licuadora. Y mi diario íntimo y mis poemas inéditos, que muy pronto, según Fiona, cuando esté muerta y no lo pueda disfrutar, valdrán una fortuna. Bien —me toca el turno de carraspear, ajustarme el nudo de la corbata y mirar de soslayo mi agenda y las piernas de mi secretario con bermudas—, atiendo cualquier propuesta que quieran hacerme dentro de un razonable límite de tiempo. Mi secretario atenderá sus ofertas. Si me disculpan, tengo una urgente reunión con mi plomero. Ya saben, rutina pero ineludible. Y sonrío con suficiencia.
Sueño. Oh. Sueño.
Ah... París. La luna sobre París. La lluvia en París. Los perros que ladran en París (ladran en francés). El pan francés es tan francés que da pena comérselo. Pero los franceses se lo comen sin compasión. ¡Qué barbarie! Un hombre galante bebe champagne en mi breve zapatilla número 40, a la salida de la ópera, riéndonos de un perro que no sabe ladrar en francés. Malvada, soy malvada. Dos de mis breves zapatillas bastan para emborrachar a un cosaco. El galante francés se queda dormido sobre mi alfombra persa. Desesperada para despertarlo le quemo los bigotes franceses con un fósforo, se quema el francés, se quema la alfombra persa, se quema mi departamento en Montparnasse, arde París.
Y yo ya no tengo canilla, ni horno, ni tostadora, ni licuadora, ni diario íntimo, ni poemas inéditos. Oh, sólo me queda arrojarme al Sena.
Entonces me despierto. Y a partir de ese sueño, aprendí a valorar mis escasas posesiones y sólo las cambiaría por una casa en cualquier barrio de Venecia. Ah, Venecia.
Ya no soñaré más. Un atardecer en Venecia. El León de San Marcos. La noche cayendo sobre las serenas facciones de un bello gondolero. Ya no soñaré más. El gondolero pretende que le pague el viaje, después de... después de... qué bestia ese hombre. Grosero. Poco caballero. ¿Cómo le voy a pagar después de...? Ya no soñaré más. Le tuve que dejar mis zapatillas, que todavía tenían el sabor del champagne y los bigotes chamuscados del francés. Ya no soñaré más. También quiso mi reloj. Ya no soñaré más. Arguyó que mi reloj era berreta. Ya no soñaré más. Le tuve que dejar mi camisa. Y mi cinturón, mi pollera. Sólo me quedó la cruz bendecida por Pablo VI. ¿Bastaría para defenderme de la canaille? Soportaría las vejaciones como una mártir, susurré a la cálida noche veneciana. La luna desnudaba cruel mi escaso pudor. Sólo me quedaba arrojarme al canal.
Ya no soñaré más, cada vez que sueño me despierto más pobre. Y desde mi último sueño no tengo que ponerme. No puedo ir por Europa solamente con una cruz sobre el cuello, aunque la haya bendecido Pablo VI. Qué estúpido gondolero, la cruz era de oro. Ja, ja, ja.
Oh, tan triste y tan pobre.Pensar que guardo una exquisita fortuna en forma de papeles viejos que podría comprar a todos los gondoleros de Venecia y a todos los gañanes de París.
Me encantan los gañanes de París. Nadie sabe que significa gañanes en castellano, pero en las traducciones París está llena de gañanes. Yo quiero ir a Paris para saber como es un gañán. Yo me imagino que un gañan es un hombre joven, de los bajos fondos de París( París es la única ciudad con bajos fondos), que pasea con una camiseta blanca que marca sus bíceps y una boina negra y un cigarro en la comisura por el Barrio Latino (París en la única ciudad con barrio latino), a la pesca de poetas incautas que se hallen perdidas buscando los Campos Eliseos ( Paris es la única ciudad con...eso, los Elíseos). Una pobre poeta maldita que con un poco de esfuerzo puede creerse que el gañán es bueno y que su Je t’aime es auténtico. Aunque presumiblemente y sobretodo pasada cierta edad, a la poeta le importe un comino el je t’aime y todo lo demás. La pregunta es y pensando en mi posible viaje a París: ¿podré pagar las cuentas del gañán? Quiero decir ¿serán muy altas las expensas en los bajos fondos? ¿Fumará demasiado cigarros caros? ¿Gastará mucha plata en esas camisetas? Porque a esta altura de la vida el amor no tiene precio sino costo, bah. Yo creo que los gañanes de París a esta altura deben ser representados por agentes inmobiliarios. Si es que es un gañán lo que yo me imagino.
Porque me asaltan las dudas. Mi hija Fiona me dijo que los gañanes son los gatos. Los gatos sueltos, los callejeros, los que se mojan bajo la lluvia de París y que lo que tengo que hacer con ellos es dejarles platitos con comida de gatos por las esquinas de los Champs Elisées y del barrio latino.
Así que vamos a buscar el diccionario de la RAE y vamos a ver de una perra vez que significa gañán.
Veamos.
Gañán: 1.Mozo de labranza.2 Hombre fuerte y rudo..
OH. Fuerte y rudo. Tengo razón y, no mi hija Fiona que quiere divertirse ella sola con todos los gañanes y por eso me manda a comprar comida para gatos.
Bah ¿quién se acuerda de la comida de los gatos en el barrio latino de París, cuando un mozo de labranza fuerte y rudo con una camiseta blanca apretada y una boina negra se acerca...lento...con el paso elástico de un tigre ..y te sonríe?
Así que ya se dónde voy, Fiona.París me espera. Te dejo el calefón