martes, 7 de junio de 2011

Periodista

Este día, en mi país, se festeja el Dia del Periodista. En mi infancia (y aún hoy), era un dia importante. Era el dia en que salía con mi madre a elegir un regalo o los ingredientes de la torta. Cuando había dinero, el regalo era ropa elegante. Mi padre se vestía de manera elegante y lo sabía valorar. No era común en su medio militante su elegancia clásica, pero en muchas cosas él no era común. Su Remington todavía está, tan lustrada como el primer dia, en casa de mi madre. Sus cables de telex de Nicaragua, donde ruega nos oculten su estado depresivo luego de mandar la crónica de un bombardeo, también están, amarillentos. Sus fotos con científicos y políticos, y su diminuta agenda con teléfonos de presidentes, ministros y escritores, Borges entre ellos, también. Lo recuerdo sentado con dedos ágiles volando sobre la Remington, con pantalón de traje y camiseta, arrancando hojas a una velocidad pasmosa y dandómelas a mi. A mi, que tenia ocho años y un lápiz rojo en la mano, la encargada de la gran tarea de corregir sus fatales errores ortográficos antes de que vinieran del diario a retirar el artículo. También recuerdo los rezongos de mi abuela limpiándome en los dedos con piedra pomez las huellas del delito de jugar con la cinta roja y negra de la máquina cuando él no estaba. Recuerdo momentos extraños, voces de madrugada, ser subida a autos a horas intespestivas, puertas cerradas a los golpes, desapariciones frecuentes. De grande lo supe: una amenaza de muerte de la Triple A, un secuestro, meses durmiendo en el piso de la redacción de La Opinión, donde publicó y firmó la nota en que denunciaba el secuestro de Hector Hidalgo Solá, en 1978.
Después vinieron años de pobreza, enfermedad, el costoso precio de haber cumplido,como él la creia, con la profesión. Mis hermanos y yo y mi madre le hemos vendado brazos, alejado pastillas y botellas, cargado en sillas de ruedas. Y lo escuchábamos. Tengo horas y horas de escuchar a mi viejo. Me aproveché de todas sus lecciones de redacción: "Esta nota de cien palabras, la aumentás a ciento cincuenta palabras, la reducís a cincuenta...Esta otra, hacele tres copetes distintos". Reducido a una discapacidad producida por el ejercicio de su profesion, me transmitia todo lo que sabia. Los ejercicios eran durísimos y las calificaciones, crueles. Los talleres literarios para mi, comparados con las lecciones de mi padre, son grupos de autoayuda.
Y llego a los cuarenta años, escribiendo a toda velocidad, comenzando al segundo de sentarme, con dos dedos y faltas de ortografia, como él.
A la memoria de Andrés Dionisio Ruggeri, en su día.
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