miércoles, 3 de agosto de 2011

Los ojos tras los anteojos oscuros

Subió en el shopping Alto Palermo y era previsible. El colectivo estaba abarrotado, yo por milagro ocupaba uno de los pocos asientos y esta mujer de bronceado furioso e hieráticos anteojos negros, cargada de bolsas de ropa de marcas caras y de quejas, pronto me empezó a fastidiar.
Las quejas iban dirigidas a su hija, pero las escuchábamos todos.Vagamente, se entendió que sólo ella se ocupaba de la casa, que los varones no hacían nada
por la limpieza, que nadie cocinaba si ella no se ocupaba.La voz era fuerte, vibrante, exaltada. Su tono no se contradecía con las bolsas de ropas caras, ni con los anteojos ni con el bronceado furioso.El contenido del discurso quejoso, se contradecía un poco.La hija la escuchaba con sumisión no exenta de soplidos y quejidos simulados. Cada tanto un suave¿que querés que haga? escapaba de sus labios.Era pálida y regordeta, se vestía con una simple remera y pantalón de gimnasia, contrastando con la exagerada flacura de su progenitora, de brazos fibrosos coronados por manos huesudas y arrugadas. Por que, aclaro, esto fue un verano y no recuerdo qué verano, pero las recuerdo a ellas.
No miento si digo que todos en el colectivo estábamos molestos. Esa mujer que se quejaba así parecía salida de un episodio de Sex and the City..El trabajador normal que toma ese colectivo a las siete de la tarde para volver a su casa, su pensión, su rancho en la villa ( el colectivo en cuestión pasaba por barrios de casas, pensiones y villas) no mira con buenos ojos a esas criaturas marcianas que con ropa cara y carteras enormes invade sorpresivamente el espacio común proletario y laburante. Así que los murmullos se hacían oir, pero la mujer seguía en su letanía, en su queja.
Y entonces sucedió. Fue un milagro. Quiero decir que no se sacó los anteojos de sol, pero vi sus ojos.
No sé qué desdichas, cuánto cansancio, qué oscuridades hogareñas taparían el bronceado furioso, los anteojos de sol, la ropa carísima.Pero cuando la hija, una adolescente de catorce años, saludó antes de bajarse sola, escuché a la mujer decir:
-Por favor, llamame cuando llegues...
-No te olvides....
Y repitió: Llamame cuando llegues.
Dijo esto con la misma voz suplicante, temerosa y dulce ( ese pedido, ese ruego en el que los padres nos ponemos a merced de nuestros hijos), dijo esto con la misma voz que empleamos todas, pero todas, las madres del mundo.