viernes, 25 de noviembre de 2011

Mis 19 años

Diecinueve años. Buena edad para empezar a trabajar. Sólo que yo estaba embarazada de cinco meses. Por motivos inextricables, tal vez debido a mi estructura ósea más bien grande, la panza de embarazada no se veía. Ventajas y desventajas, nadie me daba el asiento en ningún lado, pero podía conseguir un trabajo. Y lo hice. Tuve mi primer entrevista en el Consejo del Menor, que estaba en Humberto Primo y San Juan, con la discreta panza de cinco meses. La jefa me explicó en pocas palabras. "Esto es una beca. Trabajás siete horas, no tenés vacaciones ni días por enfermedad. No tenés ningún derecho". "Tengo todos mis derechos", le contesté, con la impavidez de mis 19 años, "pero no los reconocen".
Curiosamente, la respuesta le gustó. Y quedé contratada.
Tengo recuerdos terribles y otros divertidos. Me acuerdo que me escondía en mi box cuando alguna mujer declaraba "me atendió un chica embarazada" y la asistente social, digna representante de la clase media alta que no era como esas mujeres que tenían seis o siete hijos, respondía "Se equivocó de piso. Acá no hay ninguna embarazada".
Mientras, el ascensor no andaba nunca y yo subía y bajaba escaleras con legajos.
Mientras mi trabajo fue hacer legajos, mis primeros horrores a lo Conrad fueron leyendo la letra apurada de las asistentes sociales. Recuerdo una historia: "la mujer dice que vivían con el marido y seis menores del trabajo de cartonero de él, pero el caballo se empacó en las vias del tren, el hombre trataba de hacerlo caminar cuando el tren los arrolló y mató al marido y al caballo que era su única propiedad. Se solicita subsidio".
Intenté imitar la redacción de una asistente social sin éxito. Escriben muy mal, apuradas, trabajando, y sus informes, cuanto peor escritos, eran más terribles que la mejor prosa de Dickens. Era la burocracia, que escondía la sangre en un nombre con número debajo en una carpeta de cartón, y cuando la carpeta de cartón se extraviaba, una familia quedaba sin hotel, sin comida, sin medicamentos. Me convertí en una máquina de buscar legajos (19 años) y hasta me llamaban de otros departamentos para que los buscara, mi fama de encontrar los legajos se extendió por los siete pisos, pero era sencillamente que los encontraba... buscándolos. Aprendí una regla muy sencilla de la investigación de documentos que después apliqué en mi trabajo en archivos de todo tipo: "si la carpeta de Rodriguez Juan se perdió, no la busqués en la R. Buscala en la S". Porque si se perdió, es porque no está en dónde debe estar, sino en otro lado. Por supuesto, también yo perdí legajos. Y me escondía muerta de vergüenza, cuando una mujer, cuyo nombre todavía recuerdo, venía a preguntar por su trámite estraviado por mí. 19 años y siete meses de embarazo.
Se habían dado cuenta. La primer medida fue no dejarme subir escaleras. La segunda... qué hacer con los derechos.... El delegado gremial dijo generosamente que trabajara hasta el día del parto y volviera diez días después; ahora pienso que tendría a alguien para darle mi beca y pensó que yo no volvería. Trabajé hasta el día del parto, pero a los diez días todavía no podía caminar. Durante veinte dias me fingieron la firma en la planilla, entonces una de las jefas vino a mi casa y me dijo que si no volvía no me podían conservar el puesto. Y volví. Consejo del Menor y la Familia. Donde trabajamos parturientas menores de edad (entonces eras mayor a los 21) y enfermos.
Empecé a hacer una inquieta revuelta interior al ritmo de los llantos y las gracias de mi hija. Cuando escuchaba llorar un bebé en el pasillo de la oficina perdía leche de mis pechos. Cuando veía a esas madres con mamaderas llenas de... té, se me partia el corazón. Empecé a robar la leche maternizada del departamento de Salud. Era un departamento poco saludable que estaba en el quinto piso, donde tenían algunas cajas de leche para bebés, encanutadas como el tesoro del Tío Rico. Recuerdo cómo, con una mujer que limpiaba, empezamos a repartirla al estilo Robin Hood en versión poco épica.
Tengo muchos recuerdos. Algunos se los voy a ahorrar. La mayoria, en realidad. La leche maternizada la venía a buscar una nena flaquita de ojos grandes que me recordaban Africa. Vivía en una pensión que su madre no pagaba, con dos mellizos recién nacidos y otros dos hermanos. Se negaban a atenderla siendo durísimos con ella. "Que venga tu madre". Y, a escondidas, yo le daba las bolsas de leche maternizada. No sólo era para los recién nacidos, la madre también comía eso.
Un dia la mujer vino. Tenía la estatura de una niña y ojos agrandados por el asombro de la tragedia cotidiana. Él, el padre de los niños, estaría en el mismo lugar donde estaría el padre de mi hija. Tal vez por eso, la idea de ser dura con ella me parecía cruel y estúpida.
Fueron crueles y estúpidas. Esas mujeres, que habían estudiado una carrera, que tenían un salario y una casa y a veces un marido, eran muchas veces crueles y estúpidas. Y yo cruel con ellas. Las odiaba. Ahora soy un poco mayor y entiendo un poco la teoría del espejo. Para ellas, eso era un trabajo. A veces, es cierto, lloraban a escondidas. Nadie es tan cruel. Pero esas mujeres desamparadas no eran un espejo para ellas. No se veían en ellas.
Yo sí.
Yo hacia poco tiempo habia parido una hija en la Maternidad Sardá después de haber hecho parte del trabajo de parto en un colectivo acompañada por mi madre.
Por eso tal vez, al año de trabajar y a los seis meses de nacida mi hija, harta de llorar tragedias por decenas todas las noches, cansada de perder leche escuchando llantos infantiles, harta de la crueldad estúpida y del mal banal, me busqué una buena asamblea sindical,le canté las cuarenta y una al delegado, que me indicó amablemente que me iban a reventar a cadenazos y me gané un maravilloso despido al día siguiente.
Empezaba otra historia. Pero ésa no se me olvidó. Y Matasiete, vos, viejo animal del gremio, te estoy buscando. Acordate. Tengo una cadena de imborrables recuerdos.
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