martes, 3 de abril de 2012

ANA Y EL HIPOGRIFO



Había una campesina llamada Ana y su historia pobló la fábula.
Quería algo difícil: quería trepar la montaña más alta de los Pirineos, quería ver su tierra desde las alturas y quería hacerlo antes de cumplir los veinte años. Aunque le dijeron que las niñas no juraban, ella había jurado hacerlo muy niña aún. Mientras le quedaba tiempo, el sueño fue sólo sueño. Pero llegó la primavera de los diecinueve años. La última antes de cumplir los veinte. Era la única joven del pueblo a la que nadie había podido casar y esa situación no iba a durar mucho más. Ya habían acordado su matrimonio y el año entrante la hallaría casada. Era preciso encontrar el medio de subir a la montaña pronto. El sueño tenía que dejar de serlo.
La más alta de las montañas era una cumbre escarpada y sobre ella se suspendía una tormenta. Hacía años, una bruja predijo que la tormenta no se iría hasta que una joven que no conociera el amor llegara hasta ella y tocará las nubes con sus dedos. No pudo decirlo muchas veces antes de que la quemaran en la plaza del pueblo, pero con decirlo una vez fue suficiente. La pequeña Ana juró acabar con la tormenta.
Una noche sintió una voz que la llamaba. Salió de la granja. La voz era de mujer y parecía venir de unos árboles cercanos. Corrió hasta ellos. No sabía explicarse por qué acudía a ese llamado, parecía sobrenatural. Le resultaba irresistible. Al llegar a los árboles no vio a mujer alguna. Solo había una zorra.
La zorra la miraba. Era raro que estuviera allí. Y que no hubiera caído en las muchas trampas que siempre había cerca de los corrales. Pero esta zorra la miraba a ella. Se volvió, caminó unos pasos y volvió a mirarla.
Ana dio unos pasos también. Qué impulso la llevaba, no sabía pero el llamado del animal era irresistible. La zorra la volvió mirar con sus ojos inteligentes y dio unos pasos más lejos.
Ana caminó tres pasos más, sin dejar de considerar el peligro. Las brujas solían usar zorras para comunicarse. El trato con brujas era el medio mas seguro de morir joven. Pero sintió nuevamente el llamado, y comprendió que no era pronunciado por ninguna voz humana y que una fuerza misteriosa y potente la impelía a caminar detrás de la zorra y lo hizo, y luego a correr, y lo hizo y al fin se halló en el camino a las cumbres.
Corrió hasta que las piernas no dieron más. Cayó a la tierra, casi desvanecida. Se permitió descansar, pero no mucho. Pronto estaban corriendo otra vez.
Estaban en un bosque oscuro y Ana se alegro de haber llevado yesca. Ahora caminaban. A la zorra parecía no agradarle la pequeña luz que usaba para guiarse en la espesura. Los ruidos del bosque, el ulular de los búhos, los árboles que parecían inclinarse y murmurar a su paso, todo ello asustaba a la joven que no quería separase de su yesca, lo único que le daba un poco de seguridad sin saber adonde iba ni por qué. Así reflexionaba cuando la zorra se detuvo. Alzó las orejas. Tenía el pelo erizado y miró a Ana con alarma.”Quieta”decía su mirada. “Quieta y silencio”. Ana obedeció. Pronto se oyeron voces. Salteadores, pensó. No tengo nada que puedan robarme. Como si hubiera leído sus pensamientos, la zorra la miró profundamente y volvió a erizar el pelo. Ana comprendió. Sí, tenía algo que podían robarle. El sudor del miedo la invadió. Los hombres se acercaban. Ana no comprendía sus palabras. Se preguntó si serían gitanos, de los que se contaban tantas cosas extrañas y a los que se perseguía y se temía tanto. Como a las brujas. En ese momento, dio un traspié y quebró un diminuta rama. La zorra la miró espantada y echó a correr. Pero Ana quedó paralizada. Pronto los hombres asomaron entre los árboles. No eran gitanos. Eran extranjeros, pero no parecían gitanos. Uno era alto, con una larga barba rubia. El otro era bajo y grueso. Vestían ricas ropas y su presencia a esas horas de la noche en un bosque oscuro era tan difícil de explicar como la de ella misma. Uno murmuró algo a su compañero y éste se fue. Quedaron a solas, Ana y el hombre rubio. Ana retrocedió. El hombre se adelantó.
-La tormenta- pensaba Ana. La montaña. No debía conocer a ningún hombre.
Como si entendiera al menos su miedo, el hombre sonrió y mostró su puño, adornado por un cuchillo.
Ana gritó. Y antes de que terminara de gritar, una pesada rama cayó sobre el hombre y acabó con él.
Y entonces se escuchó el rezongo de una vieja. Parecía que el bosque era centro de reunión, esa noche. Sin salir de su asombro, vio como se materializaba una anciana bruja que saltó sobre el hombre muerto y protestó enojada.
-¡Vas a subir la cumbre o eso también lo tengo que hacer yo por ti!
Detrás apareció la zorra, y parecía que una risa aviesa bailaba en sus ojos inteligentes. Parecía la mirada de otra bruja.
-Vamos, niña, que no tenemos toda la noche. Todavía hay mucho por hacer.


En un claro la vieja encendió un fuego y de entre sus ropas extrajo una hoja amarilla, de su zapato sacó una larga aguja, con la aguja se pinchó el dedo y escribió unas líneas incomprensibles. De adentro de su sombrero de bruja sacó una hogaza de pan, sobre la hogaza cayeron gotas de su sangre.
-Come niña, tiene buen sabor.
Ana lo miró con aprensión.
-Estuvo a punto de ser tu sangre la que corriera. Tal vez no te hubiera disgustado tanto ¿eh? Las jóvenes son todas iguales. No rechaces el bocado porque yo te quité el otro. ¿Qué, te enojas? No me importa. Te ayudé y te voy a seguir ayudando. Esta hoja, se la darás al primer ciervo que encuentres, montarás en él y él te llevará. Puedes dormir cuando llegues a la cumbre y detengas la tormenta, ahora, ve, corre, el ciervo te espera.
Y Ana, a quien la vieja desagradaba bastante, corrió.
Ya había luz y era suerte, porque se estaba quedando sin yesca. El bosque era grande pero en la mañana, menos amenazador. Y en un claro, encontró al ciervo. El ciervo estaba en actitud de espera . Puso la hoja a sus pies.
El ciervo la leyó y con toda naturalidad le preguntó.
-¿Conoces al hipogrifo?
-No.
-Te llevaré hasta él. Cuando lo encontremos le darás la misma hoja, solo que con tres gotas de sangre de tu seno blanco que tendrás que lastimar, es la moneda en que se paga al hipogrifo. La sangre de una virgen, es la única moneda que acepta.
-Por eso tenía que ser casta.
-Por eso.
Ana montó sobre el ciervo, que la llevó hasta el fin del bosque subiendo la montaña. El ascenso era difícil, pero el ciervo era ágil, los manchones de verde iban cediendo a la piedra a medida que subía. Por fin, al límite de sus fuerzas, el ciervo se detuvo frente a una gruta. El viento era terrible y los oídos de Ana zumbaban. Sentía un mareo muy fuerte. La rodeaba la bruma.
.-Aquí te dejo-dijo el ciervo.
-¿Qué tengo que hacer?-gritó Ana.
Pero el ciervo bajaba de nuevo y no le respondió.
Tenía la hoja amarilla. La dejo ir. Giró y se perdió hacia arriba en un remolino. El frío le congelaba los huesos. Abrazada a la piedra, soportaba la fuerza del viento creyendo que se iba a volar.
Entonces se ennegreció la montaña, el viento se hizo más terrible y Ana ni siquiera pudo gritar cuando inmensas alas grises la sobrevolaron y el hipogrifo descendió a muy escasas rocas de distancia. Su cuerpo era de un caballo, pero tenía garras, como las águilas, sólo que de gran tamaño, su cabeza era la de un águila y su mirada era terrible. Ana descubrió sus pechos, pero no tenía con que herirse, temblando de frío, buscó con lo ojos casi cegados por el viento alguna piedra filosa, pero el Hipogrifo tendió su garra y con ella hirió levemente a la doncella. Fueron tres gotas exactas de sangre roja las que vertió y recogió la garra. Luego el animal pareció mirar más benignamente a la joven, inclinó el largo cuello cubierto de crines y de plumas, y Ana, con el pecho aún descubierto, montó en él, sujetó las crines, se abrazó al cuello del hipogrifo y se halló envuelta en viento, elevándose. Hacia abajo, una inmensa mancha verde que desaparecía, hacia arriba, la cumbre y la tormenta, que ya veía arreciar, negra y tétrica. Las alas grises batían el aire de la montaña y la joven cumplía su sueño en vuelo. Largo fue el ascenso y una vez el hipogrifo descendió en el pico exacto de una roca, allí, en equilibrio sobre sus garras, se mantuvo un largo e imponente momento: la montaña llegaba a su fin y gruesas gotas caían del aire, pronto llegarían a la tormenta. El sueño se volvía pesadilla cuánto mas cerca estaba de alcanzarlo. Parecía preguntarse el Hipogrifo si la joven resistiría, pero ella se estrechó mas fuerte a su cuello y lo alentó a seguir. Entonces extendió sus alas. Dominaba los vientos con ellas, y un graznido potente y desafiante, como un grito de guerra atronó las estelas negras de viento. Ana gritó, escondiendo las cabeza entre las plumas grises, entonces de un envión se vio impelida nuevamente a las alturas.
La tormenta arreciaba, agua y granizo, el cielo se veía negro, rayos y truenos daban un concierto ensordecedor, el hipogrifo seguía ascendiendo.
Nuevamente se detuvo. Esta vez, el animal inclinó el largo cuello y la depositó en la cumbre helada. Ya nada la protegía. El hipogrifo emprendió vuelo en círculos alrededor de la cumbre, instándola a actuar. Sólo una cosa tenía que hacer, levantar las manos y tocar la nube, el negro espeso que se cernía sobre ella cubriéndola de blanco mortal. Casi no podía respirar, el corazón estallaba en el pecho, cada segundo que pasaba la muerte la cercaba más y más. Pero con un supremo esfuerzo se puso de pie y entonces el viento voló su capa, su piel sufría el castigo de la tempestad, pero su mano tocó la nube...Y la tormenta desapareció. Se hizo jirones en el aire frío de la montaña y el cielo celeste iluminó a Ana y a su valiente hipogrifo. Que la llevó muy lejos, donde nadie fuera a hacerle pagar su hazaña con la hoguera y donde conoció el amor hasta que anciana, volvió a la montaña para descansar.