lunes, 15 de abril de 2013

Rebeca, la novela

Viví en está historia casi un año, a pesar de que la escribí, en su mayor parte, en dos furiosos y apasionados meses...
En ella hay calles de Buenos Aires, lecciones de maquillaje y vidrieras de zapaterías, sin embargo, en la trama intenté, una y otra vez, atrapar a esa mariposa caprichosa que es el alma del Deseo...
El Deseo se esconde en el líquido de las copas, aguarda paciente a que el auto tome una curva, el Deseo espera al pie de un cuadro de Degas...se esconde entre la seda rasgada de la Noche....
El Deseo está ahí, a punto de cambiar tu Vida para siempre...

                                                                 REBECA



La mujer del impermeable blanco

Era rubia y se veía casi dorada, en un impermeable casi blanco como su pelo, con una faja ajustada. Era inapropiado, no llovía, pero eso marcaba su toque personal. No llovía y a ella no le importaba .Tenía unos zapatos de taco altísimo y sólo ella podía moverse con gracia por el salón con ellos. Sus muñecas ágiles se quebraban al tomar la copa, una y otra vez, dos, tres copas, hasta que empezó a reír, borracha. Sus partenaires se reían con ella, no de ella.
Y entonces lo vi. Tenía el pelo muy corto, a lo marino. Su traje era de un corte impecable, azul. Tenía cincuenta años o más, y se lo veía fuerte, alto, varonil. Ella reía y tambaleaba un poco sobre los finos tacos. Y él la tomó del brazo con fuerza.
No fue un simple llamado de atención, ni un gesto protector. La tomó como se manipula a una muñeca.
La rompió como a una muñeca. La sacó del salón, trastabillando. Antes de dejarse llevar por él, ella giró la cabeza, miró, casi provocadora,  hacia dónde yo servía una mesa, y me sonrió.
Fueron dos segundos. Dos segundos que entonces carecían de importancia. ¿qué importa la sonrisa de una desconocida? ¿ La de una mujer a la que un hombre arrastra por el suelo del salón? No lo sé. Pero ella reía, y reía y por unos segundos, yo, quise saber reír como ella. Levanté la mirada de la mesa y firme, le sonreí.
         Luego conté los platos vacíos, los cargué en la bandeja y pregunté qué necesitaban los señores, antes de alzar el brazo y cruzar con la bandeja en alto el mismo salón que ella recorrió a la rastra.

Conocí un camarero que decía que en las copas habitaban los truenos. Todos lo creíamos tonto, pero no lo era. Si ahora pudiera verlo, debería ir a la feria del libro, hacer una hora de cola y murmurar: “Soy Mariela ¿me recordás? La camarera del bar Sena, en Palermo”. Y el murmuraría “claro”, o no y firmaría el libro o me lo arrojaría a la cabeza, no lo sé. Éramos tontos y cuando decía esas cosas, lo tratábamos de tonto. Era el más lento, el más torpe, el que siempre recibía los billetes pasados por el lavarropas. Pero decía que en las copas habitaban los truenos y era, ah, el mejor de todos nosotros. Había un trueno en la copa que serví a la mujer rubia, un trueno que estalló en sus labios y entonces sus ojos me vieron por primera vez.

Rebeca era rubia y sólo podía ser rubia. Rebeca se llamaba Rebeca, y sólo podía llamarse así. Como la película. Una mujer inolvidable, decía el subtítulo. Y la gasa transparente de su camisón, acariciada por mil manos, sólo puede llevar su perfume, el de Rebeca, aunque la toque yo, y tal vez vos y cuantas y cuantos… ¿cuántas mujeres recuerdan el seno rosado de Rebeca? ¿cuántos hombres añoran los labios tibios de Rebeca? ¿Cuántos números de teléfono tuvo Rebeca? ¿Cuántos cientos de agendas guardaron, esperanzadas, el número prohibido? Pero ningún tango se llama Rebeca, creo yo. Creo que debería haber uno. Y deberían prohibir los impermeables blancos a toda mujer que no sepa llevarlos como Rebeca. Tal vez, prohibir el pelo rubio.
Tal vez haya amado demasiado a esa mujer. Tal vez el trueno quebró la copa y la destruyó para siempre.

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