domingo, 3 de noviembre de 2013

Tantos mapas del tesoro...

Estando tres hombres solos y un Dios verdadero....
Esa es la primera frase escrita por el español Juan de Garay, acompañado tan sólo por otros dos hombres, Hernando Arias de Saavedra, y otro cuyo nombre no recuerdo. La llamaron Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Ayres. Unos cuatrocientos años fueron suficientes para abreviar el nombre.
Buenos Aires es un nombre auspicioso.
El Acta de la Fundación fue extraviada, o destruida, poco tiempo después. Se cree que el trozo de cuero de vaca escogido absorbió mal la tinta. Y Garay tuvo que hacer copias, reclamado por la Autoridad del otro lado del mar.
Y yo fui, en mi faceta de historiadora, de las tantas personas que inevitablemente se tentaron con una búsqueda imposible del Acta perdida.
No me importan los Tesoros, pero amo buscarlos. Ya hace más de diez años, cuando sellaba libros, cargaba estantes con ellos, y mantenía discusiones estériles con mi "jefa" bibliotecaria
 "¡NO TE PAGAN POR LEER!" -decía ella.
"¿Lo cree asì?", respondía yo.
Me enloquecí por entonces, literalmente, por las páginas manuscritas por Jorge Luis Borges, en márgenes y páginas en blanco, de todo tipo de libros. Mientras fue Director de la Biblioteca Nacional, utilizó su oficina para estudiar, y quedaron los libros a fuer de testigos: Giordano Bruno, Romain Rolland, distintas traducciones al inglés de la Divina Commedia, Rudolf Steiner... así, los recuerdo mucho tiempo después, y mucho más lejos de aquellos estantes.
No me gustan los tesoros, pero amo la búsqueda. La Jefa bibliotecaria envió los libros borgeanos a mezclarse con el resto. Y a mí me prohibió tocar las computadoras, no fuera cosa de que siguiera haciendo lo que no debía en la casi virginal base de datos. Digo casi, porque salvo yo o alguien más, demasiado cultas tal vez, las profesionales del saber no hacían esa clase de búsqueda.
Debo decir que todo cambió mucho y que hoy un bibliotecario es un facilitador, no un censor. Aleluya. Y como la vida a veces es justa, llevo siete años de matrimonio feliz con un bibliotecario.
Bueno, en esa media hora del almuerzo dónde todos desaparecían (eran muy celosos algunos compañeros en eso de cumplir y hacer cumplir que mis inútiles dedos no tocaran las computadoras), hice una búsqueda en la base de datos que me arrojó un listado de 178 títulos.
A veces me preguntan: ¿buscaste por ANTIGUAS LEYENDAS NÓRDICAS, o por EL PROBLEMA DE AQUILES Y LA TORTUGA?
¡No! La clasificación en literatura es demasiado precaria.No es comparable a la detallada descripción temática de ADMINISTRACIÓN DE EMPRESAS o MARKETING. Hice otra cosa. Tuve en cuenta que la ceguera de Borges aparece, lamentablemente, en 1955, dificultándole la escritura, y que los libros vistos eran ingleses, italianos y alemanes, a eso sume las editoriales más corrientes entre los libros que ya había visto, por ejemplo, Smith y Elder, Penguin Books, y armé diferentes módelos de búsquedas, lo único que no variaba era el año límite de edición: 1955.
Claro que la búsqueda fuera, tal vez, limitada, y que unos años después, dos investigadores que tenían el respaldo de la gestión actual lograrían mucho más. Pero recuerden que a mi no me pagaban por leer. Que era demasiado estúpida para cualquier tarea que no fuera sellar libros.
Por que obviamente una madre soltera de 25 años no puede ser otra cosa que una imbécil. ¡Claro que sí! ¿Y lo dice acaso el católico? No, lo dice ese moralista burgués, el de la casa, el auto y el título, universitario, no nobiliario, aunque él no se entera. (En la estructura de estado argentino, los títulos universitarios son los que pagan salarios, y los que no tiene título, sacan el trabajo adelante). Recuerdo mi tiempo en una editorial estatal, el director de la institución hablaba, en un artículo, de los círculos aúlicos, pero la Sociología y las Ciencias de la Comunicación en cónclave decidieron cambiar el, para ellos, término inexistente, por abúlico. Casi desde debajo del escritorio murmuré: no... por favor... es áulico.
¡Una letra le restaba el sentido total a la frase!
O mejor, mientras editaba una publicación del siglo XIX, detrás de mí,  los sociólogos hablaban de la serie Lost .Yo no la veía y quedaba fuera de tema, pero los oí hablar de John Locke y de Hume. Me doy vuelta y hago un chiste: ¿y Jeremías Bentham?
¡Si que ves Lost!, me dicen asombrados.
Sociólogos.Personajes de Lost, filósofos empiristas, la misma distancia entre ambas cosas y el volumen del trabajo asignado, y el salario correspondiente a eso que otros, no yo, llaman formación.  Déjenme con mi título secundario y mi trabajo honrado y cambiemos de tema.
Bueno, sí, tengo título secundario, soy escritora, o bien escribo como trabajo principal. Al margen, me defino como historiadora. No soy Licenciada en Historia, sólo fueron años, muchos años, de trabajo de archivo, y lecturas, estudio, sumando muchas horas, días y años, los que lograron que lleve el de historiadora como un oficio. Un oficio más que cercano con la literatura; el historiador narra. Y muchos narran relatos diferentes y hasta opuestos, con los mismos sucesos.
De ahí que el saber narrar sumó, para mi entender, un elemento de análisis a mi trabajo en historia.
Tal vez recuerden, sí las leyeron, mis historias con la epistemología y Mario Bunge, en el prostíbulo temático, uno de mis viejos post. Bueno, el único libro de Bunge que leí se llama Causalidad.
Lo leí a los 14 años, lo terminé (libro sobradamente extenso), con la terquedad de esa edad. Entonces el planteo de una posibilidad de que la relación causa efecto fueran establecidas por el pensamiento, pero no estuvieran en la realidad, me parecía ¡una tontería!
Hasta que más de veinte años más tarde, me topé por un encargo editorial con unas cuantas carpetas de letras diversas, desvaídas por más de cien años, casi ocultas a los ojos... conmovedoras en su sencillez, a veces manchadas de sangre; órdenes de muerte, pedidos de metralla, poesía, cartas,
Y luego caminar, meditando, por tantas librerías, calle Corrientes, y otras calles, abrir un libro de historia, abrir otro, comprar algunos, y decirme; sí, vamos, claro que podemos imaginarnos causas y efectos.
Por eso a veces el papel del archivero, del bibliotecario, se tiñe de ridículo en el discurso del gran teórico. Nos llaman datistas, sólo porque no nos basta que un razonamiento sea válido (¿recuerdan que se puede hacer un razonamiento válido con premisas falsas, y entonces la conclusión será válida, pero no verdadera?).
Cuando razonamos queremos la mayor fidelidad, a lo que nuestros ojos ven y nuestras manos tocan.
Y, como poeta, como narradora, amo leer letras apasionadas en papel viejo y tinta desvaída.
Comprobar que todos tuvimos comienzos.
Acá una carta de uno de nuestros clásicos para despedirme. Quisiera haber sido el periodista que la recibió.
24/VII/1845. De Domingo Faustino Sarmiento, Santiago de Chile, a Juan María Gutiérrez. Carta autógrafa. Archivo Gutiérrez. Biblioteca del Congreso de la Nación.
Bueno, esta es la cita bibliográfica, y si no la hice bien, cuando me acueste, mi esposo lo manifestará de alguna forma. Este es un extracto de una carta de un gran escritor argentino, luego Presidente, a un critico de su tiempo.
Remito a usted el primer ejemplar de mi libro el Facundo que ve la luz pública [...] ¿Quiere usted encargarse de analizarlo por el diario El Mercurio, y decir que es un librote estupendo, magnífico, celebérrimo? Sin miedo de ofenderme, diga usted en este sentido lo que le dé la gana, soy tolerantísimo. Cuando más le permito que por no ofender mi modestia añada que es una producción indigesta, incorrecta y nauseabunda, pero nada más...

El humor y la zozobra de un autor de una obra que se editó en 150 ejemplares...y que hoy no hay catalogo de librero que mi país no la tenga...
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