sábado, 8 de marzo de 2014

NACERÁ UNA BRUJA



 Un día  nació una bruja. El temor de perecer aferrados a su talle ondulante  fue como aquel otro temor antiguo a perder la vida por el canto de las sirenas. Esta bruja, no una sirena, pues estas se cuidaban de que los humanos no llegaran hasta ellas, dijo un último enigma , atada a un tronco, con el que fue quemada.
            Ella pronunció en un susurro: “Nacerá de mis cenizas una bruja que no os atreveréis a quemar”.
Vientos desatados llevaron sus cenizas.
En una tierra cercana nació una mujer. Temiéndola  por su inteligencia, el padre la encerró en lo alto de una torre. Solo la lluvia entraba por la ventana tan alta. Pero llegó el día en que un rey enemigo asaltó el castillo. El castillo ardía y la joven no pudo esperar más  auxilio que el de la tormenta. Pero con la tormenta llegó un caballero y la rescató. Pensó en tomarla de esclava. Pero tímidamente, la mujer, la hija de la bruja que había perecido en las llamas, le contó su historia.
            “Amo la tormenta”- dijo ella y calló. Sintiéndose incapaz de toda cobardía, el caballero la sedujo. Tuvieron  hijos e hijas. Las hijas heredaron el antiguo poder de las cenizas y tuvieron otras hijas. Una de esas hijas escribió la historia con el fin de que las hijas dispersas se sepan hermanas y de que los hombres recuerden su poder, que resulta de la unión del conocimiento y la poesía, de la inteligencia y el valor, del leer en la armonía celeste que existen más límites que los finitos.
            Un día nacerá una bruja