jueves, 25 de septiembre de 2014

Milagros inesperados

Otra caja. La abro con dificultad. Otro libro para sellar.
Otros, en rigor. Eran unos 70. Pasa Guillermo burlándose. "la Cátedra de Sellado Uno Y Dos" "Borges", me decían también.
Era cierto, yo tenía 25 años, unos jeans de calce justísimo, tops ajustados y muy largo el pelo y solía hablar de Blaise Pascal, o de Cicerón. Mi incorrección recibía el castigo apropiado, no se preocupen. "No te pagan por leer", gritaba la jefa, Beatriz.
Un sello en la portada, otro cada cien hojas, y uno en la última página.
La última página de ese libro tenía una inscripción de puño y letra.
Jorge Luis Borges, Adrogué, 1941. Y una serie de citas....
No importa el largo periplo de esos libros.  Fue una mano amiga salida directamente de una caja, fue un guiño,  un apretón de manos.....un milagro inesperado....
Procesos Técnicos de Libros tenía luz eléctrica y ni una ventana.
Ahora nos vamos  de ahí.
Al Sol y al Verde.
Nadie más para jugar al futbol con mis hijos pequeños que yo misma. Les enseñaba lo poco que sabía y esos fines de semana de padres solos enseñándo a patear la pelota a los retoños, la compartían con esta mamá que hacía lo propio.Un lunes los niños no tuvieron clase y yo dije:Perfecto, todo el parque para nosotros....Y con su ropita de deporte y nuestro pequeño arco de goma inflable, nos fuimos a jugar al futbol al parque cercano....
Era raro...unos hombres, más de una docena, de físicos perfectos, corrían alrededor del parque en orden militar.
Un auto negro estaba estacionado dentro del parque.
No nos dejamos inmutar. Inflé el arco y comenzó el tiro al blanco.Dani metió varios goles, Ger estaba orgulloso de su buena zurda. Tenían menos de ocho años. "Vamos" los arengaba yo....gritando, jugando al DT...Así lo hacíamos siempre, nuestro arco infable era el más importante del mundo.
Y entonces el auto negro dio la vuelta y se estacionó a pocos metros de nosotros....Yo me asusté, alzé a los niños de a uno, levantamos campamento y quisimos irnos...pero no, no terminamos de irnos cuando seis de los hombres vestidos de futbolistas corrieron a nosotros como un relámpago, y formaron fila mientras pasábamos sonriéndonos, brazos en la cintura....casi riendo.....
Pasamos delante de ellos avergonzados....tenían el rostro curtido por el sol, y ropa de fútbol de verdad...y cómo sonreían....
Pocos días después, un lunes pasé en taxi y el taxista me dijo, señalándolos: ¿Los ve? Son el plantel de San Lorenzo, que a veces entrena acá.
No sé sus nombres y supongo que tal vez están retirados....
Pero no los olvidé, con sus sonrisas, nunca...
Ahora el cielo se vuelve nocturno. Muy nocturno. Dani tiene catorce años y estuvo en la escuela desde las doce del mediodía. Casi no comió nada y carga con una escultura en arcilla húmeda, que por turnos llevamos en brazos...Yo llevo un pan en el bolsillo,es para que lo coma  ya sentada, por fin, en el colectivo, rumbo al hogar....
Pero son Siete las calles que hay que cruzar para llegar a la parada. Y el colectivo 47 pasa cada 45 minutos...y hay hambre y frío y un cráneo de barro chorreante, que hace de mi hija un pequeño Hamlet que cuestiona, cuándo llegaremos, cuándo comeré....Me da un poco de verguenza decir que nuestros medios eran más bien escasos, que yo había cruzado treinta calles caminando con el pan en el bolsillo, y que nos encanta Dickens.
Estamos a una cuadra y vemos al 47. Para. Estará levantando gente, pienso.
-No llegamos ni corriendo y con el cráneo no puedo correr-dice Dani.
Pero el colectivo rojo y negro no se mueve. Seguimos caminado y no se mueve. Y unos diez minutos después, estamos arriba y sentadas al fondo, mirando la nuca de ese hombre misterioso, que es chofer de colectivos, y un ser único que nos salvó esa noche....


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