martes, 26 de mayo de 2015

Volvé, Dickens

La vidriera era oscura. Tan oscura era, negro de hollín, negro de noche, que si no fuera por la cartulina amarilla que decía "Manos: cinco pesos" hubiera seguido de largo. Pasé de largo treinta veces, cincuenta, cien, no sé cuántas, pero un día me detuve.
Manos: cinco pesos. Alcé la vista y unas letras que supieron ser luminosas decían JOANNA, peluquería . No decían eso, el nombre era otro. No me interesa ser realista al extremo de perjudicar a la gente buena. eso se los dejó a muchos de mis colegas. La mezcla del periodismo y la literatura es un monstruo de dos cabezas que siempre me fue ajeno.
JOANNA, peluquería. Toqué la puerta. Un mujer joven, delgada y menuda, peinada con una sencilla cola de caballo, abrió la puerta, trabada por una cadena.
-¿Sí? inquirió. Tenía esa cara de pocos amigos que da el cansancio.
Le señalé el cartel.
El interior era alumbrado por una luz de cuadro de Van Gogh que se obtiene fácilmente con una lampara de 25, esa luz amarilla de los bares donde se emborrachan sus personajes. El espejo estaba rajado, el tapizado de la butaca, roto, con la gomaespuma asomando.
Lo único que brillaba era un televisor.
Me ofreció una silla. El televisor era en blanco y negro y estaban dando una telenovela. Joanna, supongamos que es su nombre, no le podía sacar los ojos de encima. Puso una mesita a regañadientes y encima de ella una toalla sucia. Luego empezó a limarme la uñas. Cada diez segundos se daba vuelta a mirar la pantalla: una joven actriz ( después reconocí a Emilia Attias) resistía con heroísmo el acoso de un vulgar malandrín. Su nobleza era maravillosa. Así lo vi, porque estaba viéndolo con Joanna. Si lo hubiera visto en mi casa o en cualquier otro lado, hubiera pensado que eran dos actores patéticos con un guión de cuarta pensado para idiotas. Pero no era así, entendí , ella era noble y bella y él un vulgar malandra. Ella jamás venderá un milímetro de su piel. Ella es como Joanna, imagino. Entonces viene el corte y me pone una mano de calcio. Sacudiéndose la aventura de la mirada, me pregunta si quiero un par de medias por cuatro pesos.
Veo un diploma colgado en la pared, con manchas verdes. Veo que Joanna se recibió de peluquera en una academia en 1990. Tal vez tenga mi edad, pero parece más joven. Su corazón puro y sin mácula la mantuvo así.
Me llevo las medias, las manos esmaltadas y la absoluta conciencia de que el peor actor del mundo tiene una misión que cumplir y que la peor de las ficciones es mejor que lo real.
Ya lo sabía. Lo sabía cuando leía Los tres mosqueteros en el fondo de mi casa de Villa Urquiza. Lo supe siempre pero lo había olvidado. Ahora yo escribo ficciones y me preocupan demasiado los engranajes, tuercas y tornillos.
Esto pasó hace dos meses. Ahora camino por esa calle todos los días y busco la peluquería de Joanna, con sus vidrios de hollín. Y no la encuentro. Se esfumó, como un fantasma que vivió demasiado tiempo a la sombra de la gran avenida y se fue, en busca de refugio, con su televisor y sus heroínas de corazón puro. Como ella misma.

martes, 12 de mayo de 2015

La mujer que leía a Clausewitz

Y por fin lo tengo. Tiene tapa con reborde verde y una mapa militar.
Lo tengo 21 años después del día en que debí tenerlo.
Tarde feliz en el Parque Rivadavia. Frío, sol y libros. Tengo 21 años y dos niños. Una pareja que ronda cerca.
Tomo un libro de un puesto.
¡Me interesa mucho! Se llama LA CAMPAÑA DE ITALIA DE 1796...el autor es Karl von Clausewitz.....
-¿Te gusta ese libro?-pregunta el librero, un hombre maduro, de barba. Sonriente.
-Lo quiero llevar- dije. Costaba cinco pesos de entonces.
-¡Una mujer que lee a Clausewitz!- exclamó el librero.
Es extraño, nunca olvide ese raro halago. Sí, soy una mujer que lee a ese y a otros analistas militares, gracias a eso publiqué, en 2009, mi análisis de la batalla de Vuelta de Obligado. Pero entonces, a los 21 años, mis conocimientos se vinculaban más a un juego, el ajedrez. Pasarían años hasta que mis lágrimas cayeran sobre papeles que hablaban de muertos de doce años de un siglo atrás.
-Lo quiero llevar -repetí.
Se acercó mi pareja. Tomó el libro, . "¿para qué querés esto?- Lo arrojo sobre el puesto...Llegué a percibir una mirada triste del librero mientras me iba arrastrada por ese hombre.
Él dejó de ser mi pareja.
Pero yo leí De la Guerra, de Clausewitz. Y varios libros sobre él. Que lo critican por moralista o por inmoral, Los leí trabajando en la biblioteca nacional . (Por razones personales, esa institución no lleva mayúsculas).
Se repitió la historia en cierto modo.
¿Para qué lees eso? Tenés que leer Pensar la guerra, de Aron. Eso decía con su voz engolada un escritor muy mayor llamado Miguel Reflejo.
Y yo recordaba el machismo hermoso del librero. ¡Una mujer que lee a Clausewitz!
Pasaron los años para el librero y para mí. Le compré decenas de libros y él siempre añadía una explicación.
"·Este ejemplar de la Historia de la Oligarquía argentina, tiene una falla famosa en la tapa". Por ejemplo.
Un día dejó de darme explicaciones. Indiferente, guardaba los libros en sus bolsitas y me los cobraba.
Hasta que una tarde de primavera, con 41 años recién cumplidos, vi un espectáculo hermoso.
En el puesto, una chica de veinte años miraba los libros y él iba de un lado a otro, alborozado, enseñándole, guiándola....
Entonces entendí que con 40 años y un libro de Historia propio publicado, mi librero favorito me había graduado y entraba una nueva alumna.
En el sitio de honor de mi escritorio, está La campaña de Italia de 1796....En las paredes, grabados de planos de distintas batallas....
Y aunque nunca supe tu nombre, amigo mío, soy una de muchas mujeres que leemos a Clausewitz gracias...a vos.

jueves, 7 de mayo de 2015

La rosa abierta

Pálida osadía
De la rosa abierta
Herida sin muerte
Por tan dulce flecha
Que vierte tan buena
Tan dulce violencia

Corazón tan suave
Que añora su flecha

Deseo tan cierto
El tallo me tiembla
Porque sabe su dueño

Así que Dame
De tu cuerpo todo
Mi cuerpo ondulante
Dame el Lícor más suave
La Flecha más dulce
La Noche embriagante

sábado, 2 de mayo de 2015

La ciclista sola

No había soledad de ninguna clase, justamente la clase de spinning estaba completa.
Casi todas mujeres en atuendos vistosos y muy descubiertas, salvo alguna con mucho sobrepeso que, tal vez, sea de las pocas heroínas que quedan. Porque una clase de spinnnig, para los que nunca la hicieron, es ciclismo con prácticas que no se dan en el ciclismo real: bicicleta fija, con carga, peso que se va aumentando,y se pedalea a veces veinte minutos de pie a carga completa....¿Rumbo?
Cada cuál tiene el propio. El mío es cambiar un stress por otro.
Había dos o tres hombres grandes y uno joven, alto....Lo miré. Miré a María, la profesora.
Algo eléctrico había en el aire.
María nos dejó a oscuras después de cerrar la puerta, acomodó su mochila, sacó su Ipod y todos nos sentimos atronados por Madonna.
-Carga cómoda-dijo al micrófono- Hoy vamos a hacer un trabajo aeróbico, Prepárense mentalmente, vamos ha hacer cuatro pasadas al 90 por ciento.
90 por ciento de nuestra capacidad de cardio, 170 o más pulsaciones. A eso se refería. Lo normal
María arrastró una bicicleta al lado de la suya. Eso es raro.
-¿Saben?-dijo- Hoy me siento sola. Más resistencia. Karina, tenés las rodillas en mal ángulo, acomodá la bici.
-Hoy me siento sola-repitió. ¿Nadie quiere pedalear a mi lado?¿Nadie? Puse una bicicleta a mi lado. Está vacía. Vamos, primera pasada al 90 por ciento. 10, 9, 8, 7....
El hombre alto corría la pasada silencioso....
-Qué sola estoy hoy, chicos. Cómo necesito que alguien pedalee a mi lado.----
El hombre se bajó lento de la bicicleta y por unos segundos, la bicicleta vacía y el aire electrizado temblaron.
Él se dio media vuelta, despacio hacia la puerta y se fue.
-90 por ciento-dijo la voz fría de María- Controlando el pulso, tres, dos, uno, cero, ya.
Y su voz monocorde siguió la clase con indiferencia.