lunes, 8 de agosto de 2016

EL JARDÏN DE LAS DELICIAS: NOVELA: EXTRACTO

EL JARDÏN DE LAS DELICIAS; EXTRACTO
Quedaron solos evitando mirarse hasta que para sorpresa de Ulises, la temerosa mujercita de la madrugada se le acercó resuelta.
—¿Hace mucho que esperás? —preguntó ociosamente la chica, de unos veinte años y ligeras ojeras azuladas. Llevaba el pelo muy corto y las uñas de negro.
—¿A ti qué te parece? —contestó cansado.
Ella no contestó. Lo miraba con interés y sin disimulo.
—Te parecés a alguien —le dijo—. A un héroe de historieta, pero no me acuerdo cuál.
—Si esperas protección, te diriges al héroe equivocado. Nunca pude proteger a ninguna chica joven de mí.
—Yo me puedo proteger sola —contestó la mujer un poco arrogante y se alejó otra vez.
Él se encogió de hombros. No tenía ánimo conversador. Pero observó que ella lo seguía mirando. Al fin se le acercó de nuevo.
Ulises se divirtió un poco afectando indiferencia. No venía mal, para amenizar la espera, jugar un poco.
— Yo te digo lo que querés saber, pero no necesito tus insinuaciones —le dijo brusca—. El siete por Medina llega a las tres menos cuarto. Una hora y cinco minutos después del cinco por Lacarra. Indefinidamente más tarde que el siete a Samoré. Soy tu guía de colectivos.
            Eso despertó su interés. Hasta entonces no se había tomado en serio a la chica, que lo fastidiaba un poco. Ahora sus palabras encendieron una pequeña luz de alerta y la miraba con atención.
Era pálida y no tenía el pelo muy corto, sino recogido y negro. Las uñas pintadas de negro eran muy largas. La campera oscura, deportiva, anunciaba su gusto por La Renga. Llevaba unas babuchas amplias, también oscuras, y las botas, como detalle insólito, eran blancas y con tacos. La mochila colgaba vacía. En conjunto, su atuendo era algo estrambótico, un rejunte de cosas que podía significar que su ropa no le importaba en absoluto o por el contrario, que la había vestido un gran diseñador de modas.
Ulises no perdió el tiempo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó sonriendo. Su sonrisa era amplia y brillante y de costado asomaban sus colmillos, muy blancos, en un fuerte contraste con la piel atezada.
 —Isolda —respondió la chica, con voz suave, casi tenue—. Y yo también espero para ir a Medina.
—¿Y cómo sabes que yo viajo a Medina? —mantenía la sonrisa. Alguien que no fuera la jovencísima Isolda, hubiera pensado que era una sonrisa peligrosa.
Ella hizo un gesto de impaciencia.
—Porque lo sabemos todos —respondió.
—¿Quiénes son todos?
—Todos los que viajamos a Medina. ¿Fumás? —de sus bolsillos extrajo un paquete de cigarrillos, arrugado. Le ofreció uno.
—Fumo sólo cuando me aburren.
—¿Te aburro?
—Sí —dijo él y afectó un aire de falsa indiferencia.
No engañó a Isolda, que le alargó el paquete. Extrajo uno para ella también, luego de que él sacara el suyo. Sus ágiles dedos bailaron un poco hasta que una blanca llamarada surgió de ellos, entonces lo encendió. El raro fuego alcanzó a encender los dos cigarrillos, para sorpresa del viejo marinero.
—Eres ilusionista. Y tu acento no es argentino, aunque hablas como una porteña.  —afirmó sin estar muy seguro.
—No. Mis manos se están incendiando eternamente desde que mentí mi amor. Es cierto, hablo como porteña aunque no lo soy. Es costumbre. ¿Te sigo aburriendo?
—Sí —él dijo esto con brusquedad. No sabía por qué la joven despertaba en él un sentimiento de enojo, mezclado con una violenta sensación de agrado. Linda e inaccesible. Humano al fin, a Ulises lo enojaban el yo y la circunstancia de una mujer que se le podía negar.
—Difícil de conformar —dijo Isolda—. El señor Ulises. Parece que la única historia interesante es La Odisea. Los filtros del amor no le impresionan y los tristes amantes separados tampoco.
—¿Lo del filtro de amor es cierto?
—No. Si lo fuera estaría muerta hace cientos de años. No estaría condenada. Tristán y yo fuimos sentenciados porque nuestro amor era verdadero y a mí no me importó casarme con otro y ser adúltera, traicionándonos a nosotros mismos y al rey mi esposo —dijo sin ironía—. Por eso él está en Medina y yo estoy acá. Mi castigo es verlo a través de la niebla y nuestra mayor tortura es escuchar los gemidos y las palabras de nuestro amor pasado. Nos sentimos arder por dentro hasta quemarnos el corazón de deseo sin satisfacción. Eso es el Infierno, Ulises. La promesa del Cielo. ¿Más entretenido ahora?
—Me sigues aburriendo —dijo, aparentando una indiferencia que estaba lejos de sentir. Por el contrario, estaba cada vez más interesado en la información que ella podía proporcionar. También le había dado el primer aviso de que el colectivo fantasmal existía y de que el viaje era real y estaba ahí, al alcance, próximo. Eso hizo latir fuertemente su corazón, repentinamente exaltado. No le importaba de Isolda otra cosa que lo útil que pudiera ser, pero le interesaban un poco en esos labios rojos y esos ojos oscuros. Le dijo con un fingido desinterés.
—Te escucho por cortesía y porque me convidaste un cigarrillo.
—¿Por qué sos tan grosero? —ella lo miraba con reproche.
—Por recuerdos de errores pasados.
—No sé de qué errores se trata, pero te aclaro que no te seduzco. El único hombre para mí es Tristán —suspiró largamente y por primera vez desde que hablaba con ella, Ulises percibió su vejez bajo la piel lozana—. Y ese es el Infierno. Toda la eternidad separada del único hombre y condenada a vivir entre sus sombras.
—¿Sus sombras?
—Vos sos una sombra de Tristán entre muchas sombras.
—¿Qué sientes cuándo te besa una sombra?
—Nada.
—Nada absolutamente
—Nada —repitió absorta.
 Ulises la tomó en brazos y la besó largamente. Isolda era bella y no lo aburría en absoluto.
—¿Qué sentiste? —preguntó al respirar al fin.
Isolda sonrió triste.
Ulises tomó nuevamente su cintura.
—¿Qué sentiste? —murmuró ronco.
Ella dijo lento, sin verlo:
—Frío.
Él ocultó una mueca de bronca. No la había sentido nada fría.
—Hay muchas cosas que quiero saber de ti —dijo—. No me alcanzará la noche para saber lo que quiero saber. Necesitaré mucho tiempo para conocerte completa. Quiero saber por qué, por ejemplo, tienes frío cuando te besan. Tendré que besarte muchas veces.
Ella rió, suave.
—Ya sabía que mentías con facilidad. No tenés tiempo para conocerme. Y no creo que te interese tanto. Me recordás a los caballeros de otros tiempos. Hablaban de amor cuando se sentían ardorosos, pero no amaban más que a su espada. Sólo le buscaban una suave envoltura. Las damas incautas se entregaban y al despertarse ellos ya no estaban en el lecho ni sus caballos en el establo. Y aunque no fuera ese tu caso, porque no todos los héroes emprenden sus hazañas por amor a sí mismos, vos ni siquiera disponés de esta noche. Sé bastante sobre vos, Ulises, y sobre tus viajes.
—Me admiras —dijo Ulises e hizo una pausa para darle un beso, que aprovechó para pensar bien sus palabras. Así que el beso fue largo y húmedo, acompañado por el juego elocuente de sus manos. Isolda exhaló un suave quejido. Él entonces se alejó un poco, apenas lo suficiente para hablar claramente.
—Me admiran, Isolda, tus palabras y opiniones. Si los caballeros buscaban una suave envoltura para sus espadas ¿las dulces damas no se las proporcionaban con placer? Yo creo que es algo bueno de probar. Pero la calle no es el mejor lugar. Si el siete llega a las tres y cuarto no cuesta nada esperar en un lugar más cálido.
—Este lugar está bien.
—Tú eres el lugar cálido.
Isolda sonrió. Los ojos se perdían en las manos de Ulises.
—¿No te desalentás nunca?
—¿Con una mujer hermosa? Nunca.
—No crees en los imposibles.
—No. En mi vida nunca hubo un imposible. Para mi desgracia, no existen los imposibles. Hubiera creído imposible conocer a la bella Isolda, una mujer nacida cientos de años después de mí por obra y arte de un poeta inspirado, y acabo de besarla en los labios. Tus labios arden ¿sabías que estás ardiendo? Pude sentir tu vientre bajo la ropa, sentir los furiosos espasmos pasados. Toda tu vida respira en tu piel y sólo por haberte sentido una vez, me siento capaz de escribir versos. Y no soy poeta.
—Sos una sombra, Ulises —dijo ella con tristeza—. Una sombra entre millones de sombras del único hombre. Ya lo sabés.
Por toda respuesta, Ulises la tomó de la mano, abrazó su cintura y empezó a caminar. Isolda también caminó, dejándolo hacer.


La habitación era sórdida y la piel de Isolda era tersa y Ulises era fuerte y además se sentía desconsolado. Ella estaba tibia y húmeda y él enérgico, casi violento, ansioso de su vientre, blando como el agua. Ella le hablaba: “Quiero vivir, vivir para siempre”, dijo. Él la hizo callar besándola hasta que sus labios sangraban.
Sólo soltó su boca para descender al vientre blando y tibio y entonces entre largos suspiros, la voz de Isolda, tenue como luz de luna reflejada, murmuró palabras angustiosas.
—La oscuridad. La oscuridad —la oyó Ulises exclamar dolorosamente, entre quejidos exhalados, arrancados por sus labios a la carne blanda. Así que la abrazó, desnuda y frágil, abrió sus piernas flexibles y largas y halló su suave envoltura, su ardiente abrazo profundo. La necesitaba, porque estaba tenso, porque era un hombre duro, un héroe de carne en que se vislumbraba la piedra. Necesitaba su suave, líquida ternura. La tenía abrazada y unida a él, acoplados, inseparables como la flecha dorada del cazador en el corazón de un pájaro.

El reloj corría minutos desesperados, y la esperanza del hombre era que el tiempo eterno se olvidará de él y de ella y amanecer entre los brazos de una mujer y no abordar jamás el infierno. La mujer susurraba en una lengua desconocida, y desmayaba y gemía. Ardía ella y ardía él y acabó en el preciso instante en que ella gritó y olvidó.