miércoles, 18 de octubre de 2017

Pregunta


“¿ Qué es el Infierno?
¿Cuál es la sabiduría?
¿ Dónde está el Cielo?

— “A todo puedo, hombre, responder
Deja ante todo que esta noche
No esté sola y yo te diré”

A la madrugada siguiente
Tras el último beso
Yo me puse de pie

—La promesa del Cielo
Es el Infierno

—La promesa del Infierno
Es el Cielo


Esto es la sabiduría

miércoles, 4 de octubre de 2017

Los ojos que miraban las estrellas

Paso por una vereda. Tiene de techo el puente de la autopista y en ella una familia sin otro techo se refugia de la lluvia. Poseen unos colchones, unas mantas y unos libros.
Si la noche está despejada, ven las estrellas. Poseen el Universo.
Bajo el puente, la vida crece. Hay un pequeño niño entre los colchones y las mantas. Y un perro.
Lo dije. Poseen el Universo.
Y entonces se termina. El calor, el refugio y se terminan los colchones y las mantas.
Alguien llamó por teléfono o watssap y dijo: Cuidado, abajo de la autopista hay unos poseedores del Universo. 
Y se prepararon, con palos y fuego. Nadie pero nadie debe poseer solamente, pobremente, como indigentes, nada más que el Universo.
Al día siguiente, unas pilas de volutas grises, las pruebas de que los colchones habían sido quemados. La familia y el perro ya no estaban.
Ahora hay una obra abajo del puente de la autopista. Todo está quedando diseñado y limpio y hasta verde. Vida vegetal , sí.
Los ojos que miraban las estrellas ya no están.
¿Dónde están?

domingo, 24 de septiembre de 2017

NUNCA OLVIDÉ A MARÍA ROSA


Me acuerdo de María Rosa y su hijo Leandro como si este último tuviera eternamente cuatro años y ella estuviera hoy enfrente de mí, como ayer, con sus explicaciones de sonrisas y lágrimas, su pelo corto, su rostro agraciado y triste. Conocí a María Rosa en el Consejo del Menor, mi primer trabajo, con mis diecinueve años y mi maternidad de pocos meses.
María Rosa estaba en la calle con el pequeño Leandro y con dos pechos llenos de leche que ninguna inyección podía retirar. Porque en un acto de abnegación terrible, en un sacrificio impensable, ella había entregado a su pequeño bebé. Para que el bebé no estuviera en la calle, como ya lo estaba Leandro, lo había dado en adopción.
El Departamento de Adopción estaba en el cuarto piso de un edificio gris y ruinoso de la calle Humberto Primo. Era común que no anduviera el ascensor y que embarazadas y mujeres con niños pequeños tuvieran que subir por la escalera. También era común que los solidarios empleados, al pasar junto al pasillo donde esperaban las madres, insultaran en voz bien alta a aquellas atorrantas que abandonaban a sus hijos. De los atorrantes de género masculino que abandonan a sus hijos, no sé por qué siempre se olvidaban, curiosa y cómoda forma de amnesia. Comencé a trabajar en la institución en simulado estado de gravidez, pero cuando éste se hizo indisimulable, el cuarto piso, Adopciones, era fatal para mí. Cada vez que mi jefa me enviaba a ese piso (por escalera) los amables empleados me dirigían algún insulto o alguno de sus cínicos comentarios, creyendo que yo era otra jovencita que iba a dar en adopción. Gente respetable de traje gris. Seguramente vírgenes todos ellos.
De todas las formas de poder, no hay ninguna más ruin que la que ejercen algunos empleados administrativos. Quien está haciendo un trámite, ya sea el más molesto y banal como el más vital y crucial (dar un hijo en adopción, por ejemplo) no se atreve a enfrentarse al sádico impulso del empleado de manifestar su minúsculo poder maltratando, la mayor parte de las veces, con la mayor impunidad.
Pero hablábamos de María Rosa y de Leandro.
María Rosa llegaba a la oficina todos los miércoles. Saludaba con una sonrisa y se sentaba a esperar. A veces charlábamos y me contaba que todavía los médicos no lograban que dejara de producir leche materna. Ella añoraba a ese hijo entregado por amor, tan desesperadamente, que la leche no se iba. No se iba y ella venía a la oficina a hacer el pedido trágico, imposible, condenado al fracaso, de que le devolvieran al bebé.
Calibremos el caso. Vean ustedes cuántos matices, cuán profundo es el contenido trágico de esa situación que muchos hombres y muchas mujeres de la institución calificaban con un simple “que se joda” o el más compasivo “si no se supo cuidar que se joda”. Tres palabras u ocho sirven para lavarse las manos y para excluir del tema al otro partícipe del embarazo, (reveladora palabra), el progenitor que protegido por la sociedad sigue su camino.
Pero hablábamos del hijo de María Rosa. Ya había sido entregado a una familia. Una pareja con techo, con trabajo, con las posibilidades económicas que se le habían negado a la madre biológica. Con las huellas de Niobe en el rostro, lloraba por el hijo perdido, entregado por ella misma.
La asistente social que se ocupaba del caso, es decir, que hacía lo único que se podía hacer, que consistía en explicarle con calma que su reclamo era imposible, me dijo un día con fastidio: “Lo hubiera pensado antes”.
Y yo, que hacía poco había tenido a mi hija Daniela a la que orgullosamente le puse mi apellido, me indigné sin poder evitarlo. “Lo pensó —respondí en voz baja—. Lo pensó nueve meses: pensó incluso en este momento, en los dos pechos llenos de dolor”.
Es que la tragedia es autoconsciente. Cuando un héroe trágico da el primer paso, ya sabe cuál será el último.
Nunca me voy a olvidar de María Rosa y Leandro.
Como nunca me voy olvidar de quienes los trataron con crueldad.
Qué sabrán ellos.

lunes, 18 de septiembre de 2017

El mendigo de Barajas

Todos hemos vivido jornadas a puro agotamiento. Éste era uno de esos días.Venía cansada de doce horas de vuelo, con la diferencia horaria (Buenos Aires- Madrid) y tenía una escala de 9 horas en el aeropuerto de Barajas. La gente en general es amable pero está en su propio viaje. Así que había que aguantar la espera, la diferencia horaria, el cambio de moneda tras las doce horas de vuelo sin poder dormir un minuto.
Tal vez porque ya soñaba con Praga, mi destino entre otros, presintiendo que me enamoraría, tal vez porque sí, en el vuelo no dormí nada. Así que las 9 horas en Barajas se presentaban duras.
Trataba de esperar sin impaciencia ni ansiedad.
Un hombre, bajo, moreno, con una barba que raleaba, me pidió una moneda para comer.
"_Cómo no- le respondí- Pero espéreme, porque no quiero darle una moneda extranjera".
Revolví mis bolsillos, examiné bien las monedas, separé los pesos argentinos que aún llevaba encima y le dí dos monedas.
-Muchas gracias- me dijo y desapareció.
Unas tres horas después, mucho más cansada, me encontró entre mis bolsos sentada en el piso. Me sentía más agotada que nunca.
El hombre me preguntó con expresión preocupada.
-¿Cómo está?
-¡Hola!- le dije contenta de ver una cara apenas conocida.-¿cómo está usted?
Entonces tuvo un gesto insólito. No me dijo una palabra. Me tomó la mano como un caballero español y le dio dos besos.
Después sonrió y se fue.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Conjuro secreto


Si  una voz te dijera
lo que al viento susurro
que suaves mis manos
te esperan allí
donde mora el ensueño
y el secreto conjuro
en ardiente promesa
te entregara a mí

Si yo te dijera
que ayer por la noche
soñaba despierta
Que tu reina fui
Y que empuñé tu cetro
para hacerlo mío
Y abriendo mis labios
tu espada me hundí

Si yo te ofreciera
Mi sangre en mis sueños
Arrojada y desnuda te dijera:
Bébeme
Y luego desmayara,
Amor y duelo, gloria de una noche:
Traspásame
Al dios le duele el amor secreto,
Roza con su espíritu de llama
Mis piernas que te abrazan en sueños
Y de fuego viste mi corazón
El fuego que gime en mis versos
La Antorcha divina
Que robó Prometeo

Este lento conjuro

Te beberá entero

lunes, 21 de agosto de 2017

ROMANCE DEL PÁJARO Y LA FLECHA

ROMANCE DEL PÁJARO Y LA FLECHA

“ Seré una Curadora y amaré todo cuánto crece, todo lo que no es árido”              
 Éowyn
Un guerrero cruza el desierto. Su mirada es sed. Su pecho es sed.
            Es el último entre ellos. Siempre hay un último soldado. Cualquier desierto lo hallará perdido y nadie más que el desierto lo hallará. Lo buscarás, mujer, y creerás que lo has hallado una noche, pero solo su brazo te abraza, su corazón sigue en el desierto. En el desierto hay solo voces. Hay voces de pájaros muertos. Cantan sus hirientes trinos solo para el soldado del desierto. Hay voces de espadas muertas, voces de niños muertos, voces de libros que ardieron para siempre y silencio del viejo guerrero. El viejo guerrero puede ser más joven que vos, y siempre será más viejo. Eso no lo podés remediar. Tampoco lo entenderás nunca. Por eso el brazo que te abraza recuerda el desierto. Entonces, no lo busques. Sólo podés esperarlo. Así hace la mujer.
            La mujer espera lejos. Ella quiere esperarlo. Hace veinte años que lo está esperando. Veinte es igual a veinte. Nadie va a negar eso. Veinte años es igual a veinte siglos. Pueden negarlo, no me importará. Ella aviva las llamas, cuando solo queda una brasa, enciende el fuego nuevamente y se sienta a esperar otra vez. Ese es el único fuego perenne. Cuando la biblioteca termina de arder, el fuego muere. Pero el fuego que prende la mujer que espera, no se apaga nunca.
            Hay otra mujer que espera. Esa mujer está esperando más cerca. Tras el desierto, hay la montaña, tras la montaña, hay el bosque, tras el bosque está la llanura eterna, tras la llanura eterna, está la fina arena, la fina arena se pierde en el mar.  Tras el mar, está el hogar del viejo guerrero y el fuego perenne. Eso es muy lejos. La otra mujer que espera es una joven. Vive en el bosque. En el bosque hay árboles de flores rojas. Cuentan que las flores rojas son de sangre de otra joven. Por amar a un guerrero, dicen, la ataron al árbol y le prendieron fuego del que muere. La joven ardió hasta el fin y ese fue el fin del fuego, y nacieron las flores rojas. El guerrero era el último guerrero y se fue al desierto. También hay árboles con troncos rojos. Altos árboles, de madera dura como la roca. Son los guerreros que cayeron antes del desierto. Todos los guerreros caen antes del desierto, menos uno. Ningún guerrero sabe nunca si él será el último guerrero. Los guerreros se miran silenciosos antes de la batalla. A uno lo elegirá la muerte, para que mantenga su recuerdo en el mundo de los vivos. Es eso, mujer. La muerte llegó y lo eligió y no podés competir con ella. Vos parís vida, la muerte mata. ¿Qué recordará el guerrero? La vida es paciente y temerosa, trabaja y ara, besa y arroba, abraza y desvela, envuelve y danza, calla y trabaja, llora y ríe y es una vieja en el hogar, una novia en el altar, una amante poeta, una campesina en el campo de girasol. La muerte no es paciente ni laboriosa y no permite el olvido. Y vos, hombre, la muerte no es como la mujer que te abraza para que te olvides de todo, la muerte te elige y te da la memoria para siempre. Quiere que te vean las campesinas en el campo de girasol, que trabajan y ríen hasta que aparece tu figura, fuerte y cansada, tu espada negra, tus jirones de sangre y tus cicatrices, entonces se callará la risa y la joven ignorante de la muerte sabrá que la muerte existe.
            Pero el bosque es misterioso. Flores rojas, árboles altos.
            En el bosque hay una casa.
            En la casa está Nausícaa.
            Nausícaa está de pie en la tierra. Llega a su rostro el aroma de las flores y también el lento silencio del viejo soldado. Está viejo porque cree que ya lo sabe todo. Él no cree en misterios. Nausícaa tiene largo cabello negro ¿por qué? Nausícaa canta ¿por qué? Nausícaa sabe que él llega y lo espera ¿por qué? Misterios que nunca develará el viejo soldado, ni yo tampoco.
            Llega hasta él el murmullo interminable de la joven. Nausícaa, sin embargo, no abre los labios ¿por qué?
             El viejo guerrero camina bajo la sombra de los árboles altos, las sombras de antiguos guerreros; el aroma de las flores rojas, la sangre de una joven amante; sintiendo el aullido, el murmullo de Nausícaa que se le antoja un curso de agua. Su boca es sed, su pecho es sed y sus altas piernas son tan fuertes, más cansadas cuanto más fuertes. El arroyo, cree, lo llama y descansará.
 Pero el arroyo es una joven. Ella sonríe.
El soldado se detiene, asombrado.
Nausícaa sonríe más. El viejo instinto hace al soldado sonreír.
            Nausícaa lo interroga con los ojos.
            Él no dice nada.
            Por fin ella dice su diálogo
-Extranjero. No parecés vil ni necio.
 El viejo soldado la sigue a la casa, come, bebe, ávido desgarra el vestido de Nausícaa y ella solo sonríe, para él siempre sonreirá. Y al fin, cuando calmó su sed, él se durmió en su regazo.
Y la sonrisa de Nausícaa se esfumó. Él ya no recuerda que debe decir. Ella sí.

“Te contaré una historia”
 “Un naúfrago llegó a una playa y en ella una joven jugaba...”
            Nausícaa se torna grave. Él está dormido. Está muy cansado. Y cree que lo sabe todo. Eso le hace sentir compasión de él. Más de la que ya siente. El amor se pierde en el recuerdo, junto con la compasión. Nausícaa piensa en sí misma.
“ Una vez hubo un naúfrago. Se parecía a vos. Estaba cansado. Necesitaba un madero, algo a que aferrarse ...
...y halló una joven
...y luego partió”
“La joven siempre estaba ahí. Antes de que él llegará. Y se quedó cuando él se fue. Y él jamás volvió.
“Sé muchas cosas, soldado. Soy mucho más vieja que tú. Sabía que vendrías. Sabía que me desearías. Y sé que te irás.”
“Solo podés dormir un tiempo”
“Crees que querés ese fuego. El hogar. La mujer que siempre espera. Pero vos , soldado, sólo buscas la muerte. El hogar. El fuego fatuo.”
“ Conté la historia del soldado y la rosa. Canté el poema del cielo y del infierno. En mis manos está el paraíso, pero vos no lo querés. Dolor y muerte. El desierto y el mar. Tu destino no es el hogar, es el viaje. Nunca llegarás. Dormido, te aferrás a mí. Mañana te irás. No sabés que cuando llegues al hogar, tu viaje habrá terminado, la paz habrá llegado pero la vieja guerra no será olvidada. Volverá en tus viejas heridas, una y otra vez.  La vieja espada enmohecerá y a tu alrededor caerán muros que nunca fueron fuertes y todo será el recuerdo de la muerte...”
            “Tu espada es lenta y su hoja inflexible y dura. Pero nada es más dulce para mí. Y aunque hiciera lo que siempre quise, atarte a mis piernas por el fin de los tiempos, vos te vas por tus viejas heridas, tus cicatrices se hacen sangre y deberé dejarte partir, al desierto donde la sangre deja de correr...”
“ Porque tu destino es el viaje y no el hogar.”
            El viejo soldado se movió, inquieto y abrió los ojos.
Nausícaa sonrió.
“Hubo un soldado y hubo una rosa.
Ella estaba herida y él estaba cansado”
“Se hallaron a orillas de un lago”
El sueño volvió.
            Nausícaa sonrío para sí.
“Sólo estoy aquí para decirte que viviré más que vos. Que vivirá mi canto cuando tu espada lleve siglos muerta, porque las palabras del frío mueren en el frío. Que por todo lo que no me  ames, me amarán otros.  Que mi dolor pasará, mi vieja herida cerrará y entonces yo partiré, en un bote de negras aguas, con una vela blanca, a los jardines de Rivendel que nunca viste. Que alguien dormirá en mi regazo, y no se irá nunca. Y cuando llegue mi ocaso, morirán las tristes historias y no te recordaré. Que así viven odios y guerras y viejos soldados, así también vivo yo. Y no cantaré el amor inmóvil, ya nunca más. Y Nausícaa morirá y en su lugar habrá una mujer, en un hogar, y esa mujer seré yo... y llegará el frío y con el frío un hombre y ese hombre serás vos. Y ahora dormí que llega la noche, mientras yo velo, una noche más, un viejo soldado más.”
             Llegó la noche, llegó la luna y llegó el viento. El viento entró en la casa. Viento del Norte.
            El viejo soldado abrió los ojos. Vio el rostro de la joven. Su inocencia le hizo sonreír. Una sombra cruzó su frente: el camino. El camino estaba ahí. No podía descansar. No podía soñar.
            Cerró los ojos. Tenía que incorporarse. Tenía que deshacerse de ese abrazo. Tenía que seguir. Sus labios recibieron una suave presión. El beso de la joven. Pero él era viejo. Sonrió.
-Tengo que irme.
Ella pareció triste.
-Volveré.-mintió. El guerrero más valiente siempre es un cobarde para decir adiós a una mujer.
-¿Adónde?-preguntó ella.
El acarició su rostro. Al mar. Los ojos grandes, inocentes. La piel suave. Un dulce pájaro de juventud. Había visto dulces pájaros atravesados por flechas.
Ella sonrío entre sus lágrimas.
-Nunca te voy a olvidar.
-Recuérdame solo de vez en cuando.
Entonces se deshizo del abrazo de la mujer, se incorporó. Tomó su vieja espada y su escaso equipaje. Abrió la puerta. El viento del Norte los envolvió a ambos.
-Tengo frío-dijo ella.
            Y el soldado volvió al camino. Volvió por donde se había ido. El camino al desierto, nuevamente. Nausícaa se acostó en el lecho, a soñar y a esperar el día. El día de partir al mar. A los jardines de Rivendel.
            Porque su destino era el viaje y no el hogar.

En el hogar quedaban rescoldos del viejo fuego. La mujer se levantó y los atizó.
El viento era fuerte. Los ojos del soldado se nublaban. Fantasmas de Navidades pasadas. Dulces pájaros caídos. Heridas tan profundas que no cicatrizaban. Hielo. Hielo es lo único que puede aliviar el dolor. Lo rodeó la helada.
El fuego del hogar se apagó. La mujer dormía, la cabeza entre los brazos. En el sueño lo vio a él, joven, cuando  embarcó. Ambos eran jóvenes. Pensó, soñó, que la juventud era eso, embarcar. Oyó, soñó, que el mar golpeaba la escollera. Vio, soñó, una nave que la esperaba y sus velas negras. Despertó y siguió soñando. Soñando se colocó la capa, soñando tomó un arco y flechas, soñando se dirigió a la orilla y vio en su sueño, la nave que la esperaba. Suspiró, miró la vieja casa y embarcó.
Sola en el temporal, la mujer conducía el barco. Sabía que de todas formas, siempre estaba a la deriva. Sabía que yendo a la deriva, hallaría lo que buscaba.
            Los vientos la llevaron a una orilla de arenas tibias. Cayó allí. Caminó por la playa. De lejos vio a una joven de cabellos negros. Sonrío un poco. Ella también había sido joven. Lo seguía siendo, puesto que había embarcado. Sólo que ya no esperaba nada.
-Esperarás así-pensó la mujer-hasta que entiendas.
La joven la saludó con la mano, agitando el brazo desde lejos, pero la mujer del Norte no respondió. La joven lejana siguió mirando el  mar.
La mujer del Norte siguió su deriva y halló el camino primero, por la llanura eterna, el viejo bosque luego. Los altos árboles rojos le dieron sombra. Cuando sentía hambre, tensaba el arco, disparaba la flecha, entonces el pájaro caía atravesado. La mujer comía.  Y seguía el camino.
La helada era muy fuerte. Pero el viejo soldado también. Él era la helada.
Nunca sabré si ella lo encontró. No sé que fue del viejo soldado. Lo vi partir y luego la vi llegar a ella.
Solo sé que será de mí. Tengo un bote de velas blancas. Cruzaré con él las aguas negras. Iré a los jardines de Rivendel, esos que nunca viste. Mi guerra ya terminó.
Olvidé decir al viejo soldado que la juventud es lo más viejo del mundo.


miércoles, 26 de julio de 2017

Delia Fernandez

Delia tenía la mano siempre tendida.
La podías encontrar en la puerta de la Escuela de Bellas Artes cada noche a las 21 y 15 o a las 22 hs, con sus ojos grises, su baja estatura (cuya mención siempre le arrancaba una carcajada), y su eterna sonrisa.
La podías ver con mirada penetrante hacia la ventana de la escuela, anhelante, esperando ver a Laila, su hija.
La podías ver en una ronda de pañuelos blancos, porque fue a más rondas de las que fui yo en mi vida, pero espero alcanzarla.
La podías ver con rollos de papel y útiles de pintura bajo los dos brazos, porque su compromiso con Laila se extendía a todos los chicos de la escuela.
A Delia la definía la palabra "compromiso", pero también "sentido del humor". Delia había llenado su vida de sentido y el tiempo de acciones.
Partió.
Te extraño, Delia.

sábado, 15 de julio de 2017

El poder de Narciso, o el Espejo

Acabo de mirarme en el espejo: cabello largo hasta los hombros, anteojos correctivos gigantes, remera básica de manga corta negra como el pantalón y mocasines blanco y negro, mis zapatos fetiche…Así la mirada dure unos pocos segundos, queremos saber cómo ven los demás nuestro aspecto…Espejo de cuerpo entero, espejo pequeño de cartera…Ese espejo que nació hace 400 años en Venecia fue objeto del caso más tremendo de espionaje industrial entre naciones….pero brevemente ya contaré esa historia.
La diseñadora venezolana Carolina Herrera siempre lo recomienda cuando le preguntan ¿qué hace falta en un vestidor? Una camisa blanca, claro, pero también, un espejo de cuerpo entero.
Hablando de Venecia, sus geniales vidrieros vivían hacia el siglo XVII recluidos en la isla factoría de Murano. De allí partían al mundo los primeros espejos cuyo reflejo tenía claridad y precisión; dos láminas de vidrio con un elemento químico parejamente distribuido entre ellas, la fórmula secreta del estado veneciano (Italia no fue una república hasta 1860).
Pero Narciso es fuerte, poderoso y se llama Francia. Y Luis XIV, rey de Francia y dueño de una importante corte, le encarga a su ministro Colbert que consiga esa fórmula, ofreciendo una fortuna a los vidrieros venecianos.
Venecia la Serenísima pierde la serenidad. Impone medidas extremas: si un vidriero escapa de Murano, se compromete a matar a toda su familia y enviar un asesino, (hoy diríamos sicario), a dónde vaya el traidor para matarlo.
Pero la fortuna ofrecida en la noche veneciana con acento francés, y la promesa de una vida palaciega, convencen al primer vidriero.
A la Corte de Francia llegó un hombre esbozado que deslizó un veneno potente en la bebida del vidriero traidor.
Pero a Francia no le importó esa muerte: tenían la fórmula y se convirtieron en los mayores exportadores de espejos de Europa.
Hoy, un espejo se compra por pocos pesos en cualquier bazar.
Lo que es casi una definición de la historia.


martes, 11 de julio de 2017

La suavidad de la espada


Un perfume árabe
Una flor dorada
Un muy suave beso
Violenta y desmaya

Transporta a mi boca
Miel dulce y dorada
Mi boca es una copa
Una copa muy blanda
Agua en que yo bebo
La suavidad de la espada

La quiero
Así que dame
Dame la noche, la lluvia, la luna anegada
Dame la orquídea abierta
El perfume de la flor dorada
Dale a mi boca, copa
Dale tu beso de miel, espada hecha agua


lunes, 26 de junio de 2017

Dale un corazón de seda

En un hogar pobre de campesinos nació una pequeña niña y no diremos dónde porque no importa mucho. Los padres eran tan pobres que no tenían nada para darle. La miraban tomados de la mano, con lágrimas en los ojos.
Vendrían las hadas que dan dones a todas las niñas desde que el mundo es mundo. Pero como la niña era muy pobre, pequeña y fea, eso era un simple trámite, por lo cual los padres suspiraron aliviados. Vendrían sólo las hadas buenas, tal vez viniera una sola, apurada, mirando el reloj. El hada maléfica sólo se dignaba ir a grandes palacios, a mansiones de estrellas de cine, maldecía a las hijas de los reyes. Así que sabían que su hija, al menos, no tendría ningún don maldito. Sólo esperaban que las apuradas hadas, como asistentes sociales del destino, le dieran aunque fuera un don a su hija que le permitiera sobrevivir.
Ella dormía en la cuna. Cada tanto un leve suspiro inquietaba a la madre. Instintivamente, quería darle leche de su cuerpo, pero estaban esperando la visita de las hadas.
Tocaron la puerta. El hombre abrió.
Eran dos mujeres con trajes de ejecutivas arrugados y largo pelo rubio. Sus ojos eran muy verdes y brillaban por igual. Llevaban sendas carpetas. Se detuvieron en el umbral para hacer cada una una cruz con sus lapiceras en las recién abiertas planillas.
—¿Cómo se llama la niña? -preguntaron a coro
—No tiene nombre aún.
—¿Y en qué están pensando? Póngale un nombre. Me lo exige la planilla—dijo un hada.
—Ada —dijo la madre.
—Ana —exclamó el padre.
—Ada Ana —repitieron a coro las hadas mientras escribían los dos nombres—. Bien, vamos a verla.
—¿Cuáles son sus ingresos? —preguntó una. Las dos hadas eran indistingibles.
—Soy jornalero, así que gano un poco de dinero.
—¿Pero puede mandarla a la escuela pública?
—Creo que si.
—"Creo" me suena mal. Va a mandarla a la escuela —dijo una de las hadas— Bien, su única oportunidad es el estudio.
Se acercó a la cuna, sacó una varita mágica de su carpeta y dijo:
—Ada Ana, tendrás una gran memoria. Memorizarás todas las letras y sonidos. Nada que leas u oigas se te borrara de la mente.
—Y ahora yo —dijo la otra.
—Ada Ana. Entenderás el lenguaje de la música y sabrás de melodías.
—Bueno —repuso mirando al padre—. Uno de los dones es para disfrutar. Sino para qué vivimos y nos alimentamos. No todo en la vida es trabajo.
Y entonces se abrió la puerta. Lentamente, chirriando sobre los goznes. Todos se sobresaltaron al ver a una gran señora, de larga cabellera azabache, con brillantes ojos negros, alta, con un traje rojo y la varita de oro en la mano. No llevaba ninguna carpeta.
—El hada maléfica... —murmuró la madre. Instintivamente quiso cubrir a su hija.
—Cálmese —dijo un hada rubia—. A veces ocurre, pero muy raras veces. Está de licencia casi todo el año ¿verdad?
El Hada Maléfica se acercó a la cuna de la niña.
—Vengo cuando es preciso. Esta niña será hermosa. Tú le diste memoria y tú le diste gusto por la música. ¿Qué puedo darle yo? Creo que ya lo sé. De hecho, lo sé porque no vine por azar. Sé lo que necesita.
Se acercó a la cuna con su varita de oro, tocó con ella la frente de la niña y dijo:
—Ada Ana: te doy un corazón de seda que se rasgue sólo con un beso, sólo con la promesa de un beso, sólo con el sueño de un beso.
-Será poeta —dijo el Hada Maléfica a las otras dos hadas.
Luego habló a los padres con sus labios de sangre.
—Lo malo es sólo un poco malo, ¿saben? Hada significa fata, destino en una antigua lengua. Yo sólo cumplo órdenes. Será poeta —repitió el Hada Maléfica.
Desaparecieron las tres hadas y la casa quedó a oscuras. Y Ada Ana lloró suavemente.

lunes, 19 de junio de 2017

El Dragón que devora los caminos

La campera negra, los vaqueros en los hombres y las calzas ajustadas como medias en las mujeres. Bolsos, mochilas, carteras las menos. Rostros agotados. De los ancianos a los adolescentes, todos tienen ojeras marcadas de dormir menos de lo que necesitan, y una mirada de no mirar nada.
Se acomodan como pueden, pero no hay comodidades. Son pocos los asientos para la cantidad de personas que el chófer hace subir al colectivo.
 A veces la gente tapa las puertas. A veces quedas casi encima del chófer y ese volante que frágil dirime tu destino y el de los demás, accidentales compañeros de ruta.
Todos llevan los auriculares puestos. Muchos viajan mirando sus teléfonos celulares. Se aíslan, apretujados por la multitud y a veces el interlocutor etéreo que de la nada les habla, les arranca una carcajada.
No están en las películas. Las ficciones se ocupan poco de ellos.
Son una multitud. Son muchas personas, de una en una, librando su batalla personal.
A veces alguien canta en voz alta. 
Hoy en un colectivo 25 atestado de gente, un hombre que vivía su locura personal de forma pública, cantaba desafiando unos versos propios que se repetían una y otra vez:
"Hoy es un bello día."
Es que no era un loco. Y ese no era un colectivo 25. Y esos no eran madrugadores yendo al trabajo.
"Es un bello día"_ Canta el juglar, y las damas y los caballeros, valientes y compuestos, miran sus celulares mientras el Dragón que devora los caminos los lleva a la Batalla.


viernes, 16 de junio de 2017

Niño que lloras

Acabo de verte en tu foto, niño llorando, golpeado brutalmente. Ciudad grande, no importa cual, robaste un teléfono con tu manito pequeña y las manos grandes y adultas te dieron su crueldad.
Gente de pueblo grande. Gente que gusta de llamarse "la gente" y "vecinos".
Gente cruel y estúpida. Lastimaron más que tu cuerpito inocente. Dolieron tu corazón, que ya venía lastimado.
Hoy lloré inútilmente al ver tu imagen, niño golpeado por adultos sin alma. Y aunque sé que nunca leerás esto, igual, sabes que pongo mi corazón en ti.
En ti, En ti.
En mis sueños te hamacará la luna como madre amorosa de blancos brazos sin violencia.
En mis sueños sin "gente" ni "vecinos", tendrás la luna cuenta cuentos sólo para ti, cada noche antes de dormir, aunque tu cama sea una pila de cartones.

miércoles, 14 de junio de 2017

El Unicornio

LA VISITA DEL UNICORNIO

Anoche volvió. Por quinta o sexta vez consecutiva. la pregunta oscura. Anoche volvió y trajo consigo rostros que quiero olvidar..

Los Censores.

Un censor puede esconderse en cualquier lado. Un censor puede ser una maestra de escuela que tacha en rojo, una bibliotecaria que da vuelta un viejo fichero para que nadie pueda hurgar en sus rincones, un editor que escudado en oscuras razones comerciales, tan oscuras como inexistentes, te rechaza un libro y te dice que no servís para escribir...Hace años que no lo veo, recuerdo su nombre y no su cara...Si alguien que lee esto piensa cómo él, puede decirlo...claro que lo mucho escrito demostrará que escribo, ergo...escribo. La editorial que habían dejado en manos de ese censor se fundió en poco tiempo. ¿Quién puede estar tan loco de dejarle al censor, al sacerdote de las hogueras y al señor Tijeras un emprendimiento editorial?

El censor también puede ser un bestseller academizado "deja de escribir mariconadas con referencias literarias". Por supuesto, serán referencias que él no entiende.Por que ese es el censor: aquel que por no poder disfrutar de algo, no quiere que lo disfrute nadie.El censor de libros es un lector herido en el corazón de la comprensión: difusamente entiende que en ese libro, en ese poema, hay un corazón  que él apenas puede ver, un fuego cuyo calor presiente pero no puede sentir, el censor no está totalmente mutilado para la comprensión.

Está mutilado para el disfrute de la comprensión.El Eros.

 Así que tiene algo de ese cazador de aves que no puede disfrutar de la magia de su vuelo pero si puede percibir que el ave vuela: entonces dispara para verla caer.

Pero hablaba de la visita del Unicornio.

Cada madrugada que me encuentra despierta, cada noche que me pregunto para qué escribir, cada hora de insomnio en que los fantasmas de los censores aparecen mientras lucho por escribir un nuevo libro, aparece él, el Unicornio...

Tiene un solo cuerno de plata y se materializa aéreo sobre esta mesa. Es pequeño y grácil y no necesita hablar. Silenciosamente se posa sobre mi mesa, ésta dónde escribo ahora, y con su cabeza elegante y grácil revuelve un poco entre las hojas escritas.

Y me mira.

Su mirada es cálida en la noche fría y en unos pocos segundos siento ese primer incendio que sentí la primer vez que escribí un poema.

A todos nos puede visitar el Unicornio. A una escritora, a un zapatero como mi amigo Elvio, a una maestra de inglés como mi amiga Esther, a un actor como mi amigo Matteo...El unicornio nos recuerda que nunca debemos permitir que la noche o el día nos mutilen nuestro deseo de amar lo que hacemos.

 La mejor poesía es la que se vive. No tengan dudas de que si viven poetícamente aparecerán duros censores...


 Pero amando escribimos la vida con caracteres imborrables y cada línea nueva es una batalla librada a nuestro favor...con la silenciosa presencia del Unicornio...

miércoles, 7 de junio de 2017

El señor Reflejo

La frase favorita del señor Reflejo era: ¿Para qué lees eso?
"Eso" era José Zorrilla o Karl Von Clausewitz. Yo, sentada en mi escritorio de la Biblioteca Nacional, me preguntaba si Mr. Reflejo creía que el mundo había comenzado el día de su nacimiento. Por entonces yo tenía 24 años, dos hijos , un novio, y muchos cuadernos garabateados.
Pero así no empezó la historia. Pese a su severísimo aspecto de Tortuga Ninja, Reflejo empezó con eso que Freud denominaba "seducción de imprenta".
-¿Así que escribís? Me dijo un día, inclinada yo sobre una hoja lapicera en mano- Te puedo ayudar a publicar.
Ya estaba todo claro. No era la primera vez que me topaba con esos seductores editoriales compulsivos. Nunca me pude pude olvidar de un sociólogo español que, el verano anterior, me vio caminando con un cuaderno bajo el brazo por una avenida y me ofreció publicarme esos ruinosos artículos que escribía por esa época (23 años).Veintitrés años míos. A veces me cuestiono la url de este blog, creesquesoysexy.blogspot.com, pero la hice así en honor a estos especímenes, que necesitan publicar a mujeres incautas como el lobo a Caperucita.
 Otra famosa frase es "Yo te voy a abrir las puertas". Los abridores de puertas también abundaban hasta hace poco, que me abrí la puerta yo sola, veintinueve años después de que ofrecieran abrirme las puertas por primera vez. Abrí mis puertas , las necesarias, con prepotencia de trabajo.
También recuerdo a cierto best seller, escritor de éxito entonces, después académico, que me dijo en un bar frente a la Biblioteca: ¿Por que no escribes un libro? Yo tengo amigos..."
Creo que uno se tiene que ganar lo que sea que se proponga hacer. Más allá de eso, estos señores sólo padecían de compulsión editorial y no había que creerles. aunque durmieras, como yo lo hacía, menos de cuatro horas diarias para escribir. Aunque publicar tus poemas y someterlos temblorosa a la mirada ajena fuera tu mejor sueño.
Aunque escribir sea la razón de tu vida, no se la entregues, te lo ruego, a un  Señor Reflejo.

jueves, 1 de junio de 2017

Divina obsesión

DIVINA OBSESIÓN


Anoche mientras dormía
Soñé ¡ divina obsesión!
Que mi manto te cubría
Y que el Azar se llama Dios
Y solitaria navega tu barca
Por el mar azaroso del temor
Y que ese mar es mi feudo
¡ Y el océano reino yo!
y tormentas te acechaban
tormenta que te envié yo
por naufragar tu barca
en la isla del Buen Dolor
y te cubro con mi manta
a ti, desnudo como un dios
o desnudo como un hombre
cuando lo sueño yo
Y amaina la tormenta
Y tu barco naufragó

Anoche mientras dormía
Olvidé mi triste obsesión
Que sola y helada lloro
Porque el Azar es mi señor
Y porque él me lleva y me lanza
A tormentas donde no hay Dios
Y en negro océano, furia y tormenta
Yo me muero sin perdón

Dime hoy, que estoy despierta
Que soñar es mi razón
Que sola en negra tormenta
A oscuras yo canto amor
Que mi reino es el océano
Porque así lo quiero yo
Y que mi palacio es una isla
Y en la isla reino yo
Y cuando naufragas cada noche
Solo en la tormenta, sin salvación
Soy un refugio de tibieza y consuelo
Soy un abrazo de blanco  encantamiento
Soy una reina desnuda, coronada por el viento
Y fuerte como eres te rindes en mi seno
Y la tormenta amaina ¡ bello don del cielo!
Amaina entre mis piernas ¡ divina obsesión!
Amaina la tormenta pues mis labios son tu dueño
Y el azar se llama Dios


viernes, 26 de mayo de 2017

Bebe, copa

Un perfume árabe
Una flor dorada
Un muy suave beso
Violenta y desmaya

Transporta a mi boca
Miel dulce y dorada
Mi boca es una copa
Una copa muy blanda
Agua en que yo bebo
La suavidad de la espada

La quiero
Así que dame
Dame la noche, la lluvia, la luna anegada
Dame la orquídea abierta
El perfume de la flor dorada
Dale a mi boca, copa
Dale tu beso de miel, espada hecha agua


viernes, 19 de mayo de 2017

El viejo ministro y la manifestante

Conozco ministros desde mi infancia. El malvado cardenal Richelieu, el avaro y ladino cardenal Mazarino, y otros ministros de la historia que encarnaron en personajes más o menos caricaturescos, más o menos terribles.
A Conrado lo conocí por mi padre, de quien fue un buen y leal amigo.
Tenía, ya ex ministro y ex senador, un despacho cálido y luminoso sobre una avenida, con un secretario, un gran escritorio rodeado de plantas,  una ventana que dejaba pasar la luz y  era amplia y sin cortinas. Biblioteca. Foto del ministro entregándole a Diego Armando Maradona una copa mundial.
El despacho de un hombre que los había tenido en los frágiles palacios del poder narraba sus logros con modestia.
Algunas tardes de otoño (a él le gustaba mucho el otoño), me recibía para hablar de política con más amabilidad por parte de él que mía.
Era la lógica del poder y la lógica de la barricada. Un diálogo armónico, porque ni el poder es tan fuerte, ni la barricada tan débil.
Una tarde hablábamos del alzamiento militar de una famosa Semana Santa. Yo era una estudiante de 16 años, y él un ministro de gobierno. Los militares se habían acuartelado y las multitudes llenaron las calles y plazas, al grito de "Si se atreven les quemamos los cuarteles". Posteriormente, se discutió mucho la decisión del gobierno democrático de entablar una negociación con los militares rebeldes.
-Lo que pasa Paula-me dijo esa tarde Conrado- es que hubiera sido un baño de sangre.
-Pero nosotros estábamos dispuestos a enfrentarlos- exclamé.
Conrado me dio la lección de política más importante de mi vida.
-¡Paula! ¡mi hijo estaba allí!

martes, 16 de mayo de 2017

NUNCA CANTES EN TIERRA

NUNCA CANTES EN TIERRA



Se debatía en la red, envuelta en algas, con la incomprensión de un animal atrapado. Los hombres hacían poco caso de sus quejidos, el bote los acercaba más al muelle. Amarraron, descendieron con una carga que para ellos no era preciosa.
Todavía atrapada en la red, fue arrojada en el interior de una camioneta.

La transacción se realizó sin discusiones, los pescadores recibieron su paga y el hombre de traje contempló a su nueva adquisición, satisfecho. Mientras, el monstruo de las aguas emitía un sonido semejante a un llanto. Fue bañada y perfumada. Fue peinada y estúpidamente maquillada. La criatura parecía una grotesca muñeca.
Esa noche, un hombre entre todos iba a sucumbir al hechizo. Un hombre que no sabía ver a una sirena.

Había hombres sentados en butacas, pero ellos no importan. Había camareras desvestidas sirviendo bebidas, pero ellas tampoco importan.
Entre todos había un hombre gris. Parecía un viejo boxeador, la nariz achatada y la espalda ancha. Tenía el aspecto de un hombre acabado, pero que aún no lo sabe. Estaba solo en una esquina, esperando.
Las luces se apagaron y la atmósfera era tenue y oscura. Se apagó la música y se oyeron murmullos. El hombre gris vio que el barman le hacía una seña con la cabeza, hacia el escenario. Así que volvió la vista y en ese momento se quedaron a oscuras. Fueron unos segundos, sin dar tiempo a las quejas. La luz volvió y en el escenario estaba ella.
Primero vio una forma difusa, velada de verde. Alguien retiró los velos y se escuchó un suspiro unánime. O tal vez, fue la sensación de un suspiro. Nadie hablaba. No había música. El silencio era casi absoluto, salvo esa sensación de suspiro en el aire.
Era pelirroja y estaba atada a un caño que había en el centro de la plataforma, donde las bailarinas solían contorsionarse, pero ésta no bailaba. Las manos estaban atadas, unas manos de dedos blancos, agitados. Habían tenido el tacto de colocar una luz blanca, tenue que giraba sobre ella, y no las habituales luces rojas. Los brazos eran también blancos y bien torneados. La cabellera era larguísima, ondulada, de un rojo fuego. Su rostro se presentía, no se veía, semioculto por el largo cabello. De la cintura para arriba nada la cubría, tenía pechos pálidos y bien formados. La cintura era pequeña... y de ella partía una cola de sirena. Verde azulada, cubierta de escamas hasta las dos aletas al final, atadas al caño. Las aletas parecían reales. Era un truco magnífico. Hubo un aplauso, uno solo, espontáneo.
Entonces empezó el canto.
Cuando ella empezó a cantar, se oyeron algunos silbidos burlones. Pero fue sólo un momento. Pronto solo se escuchó su voz.
Mientras ondulaba su cuerpo, en lo que parecía ser un intento de liberarse, se oía su voz extática, dulce, hiriente, en un trance casi hipnótico.
El hombre gris la miraba absorto.
         Muy absorto.
         La pelirroja se ondulaba de abajo a arriba y de arriba abajo, como si no tuviera huesos. Se ondulaban los brazos, el torso y la cola de sirena.
         Por fin calló, se quedó quieta y bajó la cabeza, exhausta.
         Entonces los hombres exhalaron otro suspiro, apenas audible.
         La luz se apagó completamente unos segundos y cuando volvió ella no estaba ahí.
         Entonces el hombre gris se levantó.
         Caminó hasta el fondo de todo, donde había una puerta negra. casi oculta. No se tomó el  trabajo de golpear. La abrió y se enfrentó a un hombre flaco, consumido, de unos cincuenta a unos cincuenta y cinco años. Llevaba un traje blanco muy arrugado y un clavel mustio en el ojal y parecía cansado de todo.
         —¿Cuánto la pelirroja? —preguntó, abrupto.
         —¿Qué pelirroja?
         —La sirenita.
         —Nada. No la ofrezco —replicó—. Sólo canta —agregó, al ver el sofoco repentino del otro.
         —No me jodas.
         La voz se había vuelto dura. En las facciones del hombre se mostraba el viejo gallo de riña. Eso hizo meditar un poco al del traje blanco.
—Quiero esa y pago. Arreglamos cuentas y me la llevo.
—Mirá que... —recapacitó. Una lenta sonrisa se dibujó en sus labios finos del hombre de blanco—. Está bien —dijo, acentuando la sonrisa—. Llevátela. Voy a hacer que te la dejen en el auto.
—¿Qué, no camina?
—No. No camina.
El hombre gris apretó el puño y en los ojos del hombre de blanco hubo un temblor ligero, una luz de miedo que se apagó cuando el hombre rió toscamente. –Yo la voy hacer caminar. Qué se cree. La sirenita.
El hombre de blanco también rió, sólo que un segundo después de lo que hubiera convenido. Pero no se mostraba aliviado. Parecía querer que el hombre se fuera pronto y se llevara a la sirena. Pero no como quien se libra de un problema, sino como quien lo pospone por un rato. El problema seguiría eterno, como las redes de pescador, la trampa sinuosa con que el cazador se aprisiona los tobillos.
La mujer callaba, envuelta en un sobretodo gris, de hombre.
—Te voy a comprar ropa —masculló él.
Ella no dijo nada.
—¿Qué, sos muda?
Ella no contestó.
—No hablás, no caminás. Yo te voy a hacer gritar y caminar y volar también.
Ella seguía en silencio. Eso lo irritó. Pero igual, vista de cerca, incluso con esa ropa ridícula, estaba mejor de lo que había creído. Los ojos.
—Tenés dos faroles.
Otra vez sin respuesta.
—Así que no me contestás. Ya te voy a hacer hablar.
Sonreía.
Estaban muy cerca del río y por las ventanillas abiertas llegaba la brisa, el aroma del agua y del verde, inconfundible. Era una noche despejada. Noche de luna.
—Quiero ir al río—dijo ella.
—¿Al río dijiste? ¿De dónde sos?
—Quiero ir al río.
Acento paraguayo, le pareció, pero raro. Exótica. Me gusta. Le dedicó una sonrisa ávida y dio otro giro al volante.
—Bueno. Vamos al río.
Estacionó lo más alejado del muelle que pudo. Cuando se apagó el motor, se alisó el pelo, sonrió y se arrojó sobre la presa.
Jadeaba él y ella en silencio.
Las lágrimas corrían por el rostro de la sirena.
—Llevame al río.
“Llevame al río.”
El no respondía. Miraba, reconcentrado, hacia delante.
Al fin bajó del auto, dio la vuelta resoplando, abrió la otra puerta y la cargó. La cargó, y  murmuró algo ininteligible.
Caminó hacia el río.
Los pechos de ella, fríos, se apretaban contra su pecho. La sirena por fin sonreía, pero él no la miraba. Sólo caminaba hacia delante.
Cuando estuvieron cerca de la orilla, la depositó en el suelo.
Ella lo miró, con una mezcla de agradecimiento y estupor, y habló nuevamente.
—En el agua —imploró. El acento era eso, agua. Ella era blanda, como el agua. Eso decía su mirada, súplica del agua. Eso decía su piel y su escurridiza cintura. Eso decía, pero él no escuchaba o sí. Llevó la mano al bolsillo.
Algo brilló entonces, algo metálico que irrumpió en la paz de la noche, junto al río. La hoja de la navaja describió un zigzag veloz y cimbreante y se hundió de arriba abajo en la cola verdeazulada, de abajo arriba, volvió rápida a su dueño y se cerró rápida en el puño.
Se oyó un gemido terrible.
La dulce, herida voz de la sirena.
—Te abrí —murmuró él.
Se alejó, subió al auto, arrojó el sobretodo viejo por la ventana y se fue.
Se llevó las manos a la herida y a la vida que se le iba a borbotones. Sus ojos se abrieron a la mayor desmesura, la pregunta que nunca tendrá respuesta; los ojos y la pregunta de la muerte. La cabellera roja se erizó, los ojos dejaron de preguntar y se volvieron vidriosos, el cuerpo se sacudió en un espasmo y en un instante brevísimo esa criatura de extraña y peligrosa belleza fue otro despojo horrible de la muerte.

La sirena es peligrosa para sí misma.

viernes, 5 de mayo de 2017

La Ninfa

La Ninfa

Su pequeña fuente para ella es un lago. No importa que el ruido de las avenidas cercanas perturben las ondas de las aguas: ella está ahí, por voluntad de un escultor, como un último chiste de artista lanzado a la gran ciudad, antes de que se convierta en eso, una gran ciudad. Ahí, en ese Jardín Botánico que es una paradoja viva, verde, y piedra, un retiro para paseantes, para lectores y para enamorados.
Los escultores y los paisajistas trabajaron en común: el jardín esconde varios secretos y uno de ellos es que una pequeña escultura es completada por la curva de una planta colocada artísticamente detrás.
Cualquiera que haya plantado un árbol sabe que es una forma de poesía ¿cómo no iba ser maravilloso el trabajo de escultores y botánicos juntos?
De niña, paseaba mucho con mi madre por este gran jardín. La tierra de los senderos es roja (tierra traída, según mi madre, de la provincia de Misiones, dónde está el Iguazú y su catarata)
Ella sabe de paisajismo: así como Carlos Thays diseñó el Botánico de Buenos Aires, su bisabuelo el belga Gislain Espagne diseñó los parques de la ciudad de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires, y una usina cultural, científica y artística como hay pocas. Contratado durante la época de su fundación, Gislain se ocupó de hacer traer bulbos y semillas de todas partes del mundo, trasladadas en condiciones severamente indicadas por él, distintas según cada bulbo, para hacer de los parques de La Plata una reserva de plantas y árboles que representara cada rincón del planeta.
Mi abuela me contó que a Gislain un señor le encargó un parque para su esposa. Bajo la ventana de ella había un terreno yermo. Gislain trabajó en silencio con ocho jardineros toda la noche. La señora durmió normalmente.
Cuando despertó, abrió la ventana para ver un hermoso parque…
Volviendo a ella, la ninfa del Jardín Botánico; ella está ahí para recibirte. No importa cuán gris pongan los autos y colectivos el color celeste del día. Te olvidas las palabras histeria, desamor, pulsión, sentido, displacer. Olvidas a Flaubert, a Merimee , a Freud y a Eva Sunnz.
Mírala, se mueve. Da la vuelta alrededor de la fuente, ella te mira, no te mira, te busca con un movimiento de la mano, te habla de amor, te susurra, te dice que la mujer tuvo siempre un cuerpo fuerte, y que su seducción y la debilidad no tienen nada que hacer juntas.

Ella está acá, con su gracia, con su movimiento juguetón impreso en la piedra por un escultor para que nunca olvides que el amor es sólo un juego.

miércoles, 26 de abril de 2017

NACERÁ UNA BRUJA

NACERÁ UNA BRUJA

Un día  nació una bruja y fue tan grande el temor de perecer aferrados a su talle ondulante como aquel otro temor antiguo a perder la vida por el canto de las sirenas. Pero las sirenas daban su vida en el canto y no pretendían más que se la devolvieran en su justo valor. Esta bruja, no una sirena,( que se hubiera cuidado de los humanos no llegaran hasta ella), tuvo que decir un último enigma y confiar al destino su solución, atados sus brazos y piernas a un tronco, con el que fue quemada.
 Ella pronunció en un susurro: “Nacerá de mis cenizas una bruja que no os atreveréis a quemar”.
Vientos desatados llevaron sus cenizas.
            En una tierra cercana nació una mujer. Temiéndola  por su inteligencia, el padre la encerró en lo alto de una torre. Sólo la lluvia entraba por la ventana tan alta. Y llegó el día en que un rey enemigo asaltó el castillo. El castillo ardía y la joven no pudo esperar más auxilio que el de la amada tormenta. Pero con la tormenta llegó un caballero y la rescató. Pensó en tomarla de esclava. Pero tímidamente, la mujer, la hija de la bruja que había perecido en las llamas, le contó su historia.
 “Amo la tormenta”, dijo ella y calló. Sintiéndose incapaz de toda  cobardía, el caballero la sedujo. Tuvieron  hijos e hijas. Las hijas heredaron el antiguo poder de las cenizas y tuvieron otras hijas. Una de esas hijas escribió la historia con el fin de que las hijas dispersas se sepan hermanas y de que los hombres recuerden su poder, que resulta de la unión del conocimiento y la poesía, de la inteligencia y el valor, del leer en la celeste armonía que existen más límites que los finitos.
            Un día nacerá una bruja   

jueves, 20 de abril de 2017

EL CABALLERO DE LA ROSA ENCARNADA

El caballero de la rosa encarnada
Paula Ruggeri
Cansado el caballero, meditando el  fin cercano, llegó a orillas de un lago en busca de la patria de los hombres que es la tierra. Dejó a un lado el yelmo y la sangre que caía de su frente malherida hizo de la tierra un cómodo lecho para su cabeza. Se retiró despaciosamente del hierro de su antigua armadura y miró por última vez su espada, que fue roja, una y otra vez, hasta que ella misma se halló cansada. Pero al querer volver a la tierra que es la cuna de los caballeros, como de los siervos, de amos y de esclavos, sintió un suave tacto, una caricia similar al llanto de la mujer que dejó, una y otra vez, roja como su espada.
          Volvió la vista y halló una rosa, cuyos pétalos ocultaban la vergüenza de no ser el sueño de nadie y de su pudorosa desnudez.
--No me mires, bondadoso caballero. Yo también estoy herida y desnuda como tú. Moriré cuando un caballero llegue en busca de las aguas de este lago. Lloré de alivio cuando vi que habías abandonado el caballo. No quiero morir bajo el peso de los cascos. Quiero acabar entre las hojas del libro que leí y que me hizo amar a un hombre como tú. Uno tras otro, los caballeros subían a mi torre con sus sueños y cansancio y a todos he dado a beber mi boca hasta que esta se hizo sangre. Como favor te ruego que si has de hablarme, me llames Rosa Encarnada.
  --Rosa Encarnada-- respondió él-- No he de pisotearte pero no quiero oír tristes historias. Tu historia la he visto una y otra vez. He visto arder bosques y mujeres y rosas. He recorrido el desierto y la selva y la montaña. Vi arder ciudades enteras y verse aplastadas por sus murallas y libros y niños y perros fieles a sus amos. Déjame descansar ahora, Rosa Encarnada, yo no te dañaré. Vive y déjame morir en mi sueño más preciado.
   La Rosa Encarnada, oyendo esta respuesta, vislumbró la hoja de la espada y concibió un sueño. Abrió sus pétalos hasta descubrir su corola como una pequeña boca y su voz se tornó un susurro.
--Yo cantaré y tú dormirás y vendrá el silencio con el sueño mejor de los hombres.
   El caballero no respondió nada esta vez. Su respiración fatigosa probaba que sus sueños no eran todo lo agradables que debían ser. La Rosa Encarnada se compadeció de él y olvidó las heridas de espadas como la que él llevaba. Olvidó la sangre que la había hecho rosa. Sintiéndose blanca cantó despacio su vieja canción.

    Alta en la torre

     

Yo vi a mi rey
     Pero alta en la torre
     Para siempre quedé
     Mirando marchar a mi Rey
     Sólo una rosa soy ahora
     Pues duerme sin mí mi dueño
     Pero llegará la noche
     Y seré yo su sueño
     Soñará que me rindo
     Y me rendirá su espada
          El caballero soñaba y su mano buscó la espada. Y al despertar escuchó las últimas palabras de la rosa.
Viéndola  ya dormida, con la abierta corola, sin pudor creyendo que la noche y los sueños la cubrían, se compadeció de ella. Y decidido a cortarla y acabar con su tristeza, blandió la espada por vez última.
Y la rosa despertó y se abrió en su último esplendor y lanzó un grito. Entonces el caballero supo que su patria estaba en la punta de su espada y la hundió entre los pétalos. Estos recibieron a la espada cerrándose sobre ella. Así ambos se durmieron.
 Entonces la sangre de ambos bañó la tierra, en la que uno en el otro son el eterno sueño.
 Un día nacerá un caballero.
         Se llamará el Caballero de la Rosa Encarnada.
 --Mi patria--dirá-- está en la punta de mi espada.    




jueves, 6 de abril de 2017

Sueños como espadas



¿Es en sueños que suspiré en tu pecho
un gemido de placer pleno
de no ser Dos sino Tres y Uno,
como el dios y el misterio?

O tiene el dios que nos sueña
a vos y a mí en abrazo y desvelo
caprichos peligrosos y perfectos...

...nos da sueños como finas espadas

y escudos con la consistencia de un sueño

jueves, 9 de marzo de 2017

Poema para un aqueo

SOY TROYANA

Caerás una noche, voluble y errante
Marinero en tierra, yo no soy tu amante
Yo soy una Furia que viene a visitarte
Yo tengo una espada a la que nada puede
La que de ti pende. Yo llevo una daga
Yo llevo una lanza de punta envenenada
Yo llevo palabras que son cuchilladas
Yo llevo el aliento cuyo aroma desprende
El llanto del cielo que un infierno promete
Yo llevo una espada de nervios hirientes
Palabras que te abren, te desnudan
Te despojan de tu armadura
Yo te invito a entrar en el terreno
Donde la lucha se libra con mayor denuedo
¡qué podrán tus manos, por fuertes que sean!
¡qué podrá en mi boca tu viril inteligencia!
Tú eres hombre, tu poder
Es fuerza vana
Yo, mujer, tengo palabras
Yo soy troyana.

Ayer lloré en los muros
De mi ciudad derribada

Cadenas de esclava en mis pies llagados
Sombría y muda me ataste a tu carro

En tu tienda sollocé desnuda
Para vencerme no usaste armadura

Hoy yo te he vencido
Escribo los versos que son tu castigo

Caerás una noche, voluble y errante
Te matarán mis labios como ayer me mataste
La estrella que te lleva te traerá mañana
Y aunque huyas, tu pecho llevará mi espada

Caerás en mis brazos, serás prisionero
De la eterna rosa que es tu eterno sueño


lunes, 27 de febrero de 2017

LA REVOLUCIÓN EMPIEZA EN CUALQUIER SITIO


Es un lugar pequeño. Muchos caminantes sin duda lo rehuyen. Es una casa de comidas con aspecto descuidado. Ese descuido melancólico que a veces rodea lo que amamos demasiado. No puedo explicar muy bien ese concepto, porque no es un concepto. A veces los lugares descuidados lo son porque sus dueños trabajan mucho. Y no hay tiempo para decoraciones vanas, para diseños. No hay tiempo para el espejismo. Hay tiempo de volar entre las cacerolas, preparando y lavando lo que los albañiles, los taxistas y las escritoras del barrio van a comer.
De entrada me gustó el nombre de la pizzería. Chaplin. No sólo se llama así, sino que el recuerdo del cómico triste ronda por todo el pequeño local. Como si la melancolía del noticiero y el diario sobre las mesas de fórmica, mirados por solitarios trabajadores, no bastara, un póster desteñido de la película “El pibe” y un muñeco muy viejo de Chaplin nos recuerdan que el nombre no fue puesto porque si.
A Chaplin le hubiera gustado. La mujer de mediana edad y aspecto juvenil lava la lechuga con energía detrás de un mostrador desde donde el comprador ve cómo se prepara la comida, en cacerolas abolladas y ennegrecidas, algunas sin manijas. Hay un póster de socio de Boca Juniors lleno de hollín del dueño, Beto, que siempre con ojos de estupor comenta las últimas noticias policiales, con un asombro resignado, a veces insoportable, de la crueldad de la vida.(Beto siempre ve la crueldad de la vida, hasta en días soleados como el de hoy, cuando yo escribo sobre él y no lo sabe ni lo sabrá tal vez nunca).
Hace mucho que quiero escribir sobre Chaplin y hoy me dieron la ocasión.

La revolución empieza en cualquier lado. Eso lo declaré al principio. Un chico muy serio envuelve y entrega los pedidos. Desde hace tres años, me habitué a un diario abierto sobre el mostrador, que leía el chico muy serio. Al reclamo de atención por parte de Beto, cuando por concentración en la lectura el chico no reaccionaba, siempre envolvía la comida con un gruñido que los lectores conocemos muy bien. Pero desde hace una semana  veo un libro. Fui tres veces en la semana y el señalador marcaba cada vez una página más avanzada. Hoy mi joven amigo estaba a treinta páginas del final. Envolvió mi pedido con un gruñido. El libro se cerró, desequilibrado por la cantidad de páginas pasadas y el chico gruñó más fuerte.
“No logo”. Un edición muy gastada, de tapas negras, con el plastificado roto. “No logo” de Naomi Klein, a quien nunca leí.
Me fui pensando que la revolución empieza en cualquier lado. Cualquier sitio es un buen lugar. Recordé mientras caminaba al escritorio a escribir esto la casa de madera de mi tío, el socialista hijo de italianos, que trabajaba en una jamonería y que tenia una biblioteca que envidiarían muchos escritores (y debo añadir que unas lecturas que a muchos autores les hacen falta). Recordé esa villa  contruída por italianos donde con lámparas de kerosén, después de la larga jornada en la jamonería o en la papelera cercana a la villa, leían a Rosa de Luxemburgo, a Bakunin, a Byron, a John Dickson Carr, a Alejandro Dumas. No necesitaban ser escritores o intelectuales. El conocimiento no es para los que lo ejercen como medio de vida: es para todos. Es una riqueza humana que de un modo infame pretenden convencernos de que es privativa de quienes pueden pagarse estudios universitarios y pertenecer a la casta de los que poseen los medios del conocimiento, que son hoy día una casta burguesa comparable a quienes poseen los medios de producción, los que Marx quería distribuir entre el pueblo. Hoy los medios de conocimiento son también un pasaporte social que se compra caro. Pero a diferencia de mis ex compañeros de militancia estudiantil, los que gritaban “universidad para los trabajadores”, yo no quiero eso. Yo misma no necesito a la Universidad. Yo pude leer a Spengler y a Descartes y a Leibniz, a Schopenhauer y a Spinoza en un cuarto donde compartía dos colchones con mis dos hijos pequeños. Que se crean otros que necesitan un mediador entre los libros y ellos. Mi amigo, el que envuelve los paquetes en Chaplin, sabe que no necesita más que su hambre de saber y sus preguntas para empezar la revolución.