lunes, 30 de enero de 2017

Si prendes una vela...

PRENDE UNA VELA EN EL LABORATORIO
Paula Ruggeri

La figura en harapos y de rostro oculto por vendajes sanguinolentos, de piel sucia color musgo, hacía contraste con el juego de té de plata servido pacíficamente en una mesa de jardín. Todo era plácido: los naranjos, florecidos, los limoneros aromáticos y la señora de pelo rubio vestida de lino ubicada cómodamente en una silla de herraje antiguo, sobre un almohadón bordado. Había otra silla más, desocupada. Y el monstruo la miraba de pie, con esfuerzo entre las vendas que tapaban sus ojos.
—Me devolvió la vista —dijo con garganta gutural.
—Siéntate, Urso —dijo ella gentilmente. Tomó un sorbo de té.
El monstruo titubeaba al hablar. Parecía que cada palabra le dolía, mucho. Su voz emergía de una tumba, como todo su ser.
—Tengo la garganta llena de tierra —lloró Urso.
—Puedes llorar ya —dijo ella, amable—.  Te di los ojos, no sabia que también las lágrimas, aunque claro, las lágrimas son tuyas...
—No me gusta mi trabajo...
—Urso —suspiro la dama—, tendrás que aprender a ser un caballero. No tolero otra clase de hombres. ¿Por qué no te sientas?
—Quiero ver bien. Quiero recordar mi nombre. Mi madre, mi padre. Qué vine a hacer al mundo.
—Tú tienes un corazón Urso —dijo ella sin abandonar del todo la simpatía—. Verás, no necesito tu corazón. Yo te traje. Soy tu creadora, hoy, así que toma asiento, toma un poco de aire con tu dios. ¿Ves que brisa fresca corre este atardecer? El verano es terrible, pero esta tarde es, no sé, piu bella
—No se qué dice, señora —gimió Urso—. No me gusta mi trabajo.
—Pues tienes más trabajo. Siempre lo tendrás. Y, oye, mañana será tu nueva jornada de trabajo. Y como paga te limpiaré la garganta y ya no tendrás tierra. Luego podrás descansar en tu lecho, en el cementerio, si quieres. Y a cada trabajo que realices, te limpiare un poco más, los oídos, las articulaciones....
—Mis piernas —gimió Urso.
—Tus piernas estarán bien, pero, oye, Urso: tu corazón no debe ser un problema ¿oyes? No esperaba semejante inconveniente. Llora si te place, pero haz lo que te indico. O te quitaré el corazón. Sabes que puedo hacerlo y entonces ¿qué quedara de ti? Ojos, orejas, perfectas piernas, maravillosas. Y ni lágrimas, ni risas, ni preguntas. Solo un asesino, lo que yo necesito.
—No soy un asesino —murmuró Urso, pero ella no lo oyó.
—Un asesino, todo lo que me hace falta, tu corazón, bueno, es un entretenimiento... Te hace interesante.... Cuando vuelvas a ser un hombre, bienvenido será el corazón. Claro de luna, copa de vino, noche, y cantar....
—Corazón —dijo Urso y se echó a llorar.
La mujer hizo un gesto de fastidio. Tenia sesenta años, era corpulenta, elegante y tenía un leve acento italiano.
—Llora otra vez —murmuró con fastidio—. Dolce far niente, Urso —dijo en voz alta—. Vete a tu lecho. Ya mismo


—Todas las noches muero lentamente y todas las mañanas resucito dolorosamente... —repitió el zombi.
—Bien. Y mi dueña es…
—Mi dueña es la signora Giovanna
—Exacto. De ahora en más, cada mañana cuanto te levantes respiras esa oración. Es el inicio de tu trabajo. Tú haces lo que yo, la signora, te indica y luego la signora sana tu cuerpo muerto y le da vida. Lo más importante son tus manos: ¿las sientes fuertes?
—Muy fuertes —dijo Urso.
—Bien. Esta vez no es mucha la fuerza que requiero. Una anciana dormida.


Lloraba. Sus manos buscaron a ciegas el cuello de la anciana. Giovanna las guió suavemente. Ella tocaba al zombi pero se cuidó bien de tocar a su abuela dormida ni nada del cuarto.
—La comtessa. 98 años. Millonaria. Le haces un favor, Urso. vamos, aprieta.
—No puedo, signora —lloró Urso.
—Vamos, ya está muerta. No habla, le dan de comer por sonda, vamos Urso. tenemos solo veinte minutos. La enfermera volverá. Urso, no te limpiaré tu garganta.
El zombi llorando apretó el cuello débil de la anciana, los dedos flacos de ella parecieron cobrar vida, clavaron las uñas en la sábana y en la carne insensible de Urso. Luego lanzó un aullido ahogado por las manos que atenazaban su garganta y quedó repentinamente quieta y a la vez floja, como una muñeca sin vida.
Urso lloraba. Su corazón angustiado veló a la anciana. Se echó contra la pared y sollozó convulsivamente.
—Urso, estás ensuciando la pared —dijo Giovanna—. Y también hay que limpiar las uñas de la comtessa. Tiene restos de tu carne. Vete ya, baja con cuidado, yo lo hago
—Mi garganta —lloró Urso.
—Mañana. Ve a dormir.
—Mi paga —lloró Urso.
—Deja de llorar, quieres.... tengo que limpiar lo que hiciste mal. Mañana te pagaré.
—Mi garganta —amenazó Urso.
Giovanna lo miro calma. —Repite tu oración. Muero lentamente cada noche.
—Muero lentamente cada noche —dijo el zombi
—Y resucito dolorosamente cada mañana
—Y resucito dolorosamente cada mañana.
—Mañana tu creadora te devolverá la garganta limpia. Da gracias.
—Gracias.
—Y ve a dormir
—Dormir.... —Urso se fue con pasos torpes.
—Va a ensuciar toda la casa —dijo Giovanna, heredera de la comtessa muerta. Pero no la única heredera.


—Urso, invité a una persona a tomar el té.
—Yo no puedo tomar té. Mi garganta está sucia —lloró Urso.
—Esta tarde la limpiaré, como doble paga. Tienes que matarla. Ella charlará, reirá, es muy vulgar, sabes, estaremos en el jardín. Cuando se pinte la noche, en el cielo sin luna, pues hoy no habrá luna ya sabes... tú vienes sin que te vea y sabes qué hacer. El cuello. Pero no es todo.
—Pero no es todo.
—No. Di conmigo. Muero dolorosamente cada noche...
—Muero dolorosamente cada noche...


Había tazas de té a medio vaciar, una jarra de plata con olor a menta, un ramo de flores  luciéndose en la mesa de plata labrada, una señora rubia, vestida de lino, elegante, y de pie un monstruo que se miraba las manos, asombrado.

Un cadáver en la tierra del jardín.
En una silla colgaba una cartera con monogramas que indicaban que su poseedora muerta, al menos en carteras, no reparaba en gastos. El cadáver en el piso era una mujer de cuarenta años o menos, vestida de seda estampada de leopardo, pelo rubio corto y tacos dorados. Toda esa costosa ropa vestía un cadáver. Las lágrimas de Urso pronto empezaron a correr.
—Urso —dijo suave Giovanna—, creo que es tarde para presentarte a mi hermana.
—Su hermana. Maté a su hermana. Maté otra vez. Limpie mi garganta —lloró Urso
—Ahora no. Antes deberás cargarla y llevarla a un lugar seguro.
—Mi paga —rugió Urso.
—Muero dolorosamente cada noche —murmuró Giovanna, mirando hacia otro lado, como si Urso no existiera.
—Muero dolorosamente cada noche y resucito dolorosamente cada mañana. Mi creadora —dijo Urso.
—Ahora yo traeré el auto y tú la cargaras en el asiento trasero. Cuado caiga la noche, Urso, iremos al cementerio. Pedro nos abrirá y por unas noches, sólo por un tiempo, le prestarás a mi hermana tu cama. Te puedo asegurar que ella no se ofendería, no, no. Eres guapo.
—Mi paga —dijo Urso.
—No me fastidies y haz lo que te digo.


—El sombrero te queda bien y la venda mejor —dijo la signora con simpatía—. ¿Cómo está mi hermana?
Urso miro el asiento trasero del vehículo, un Mercedes Benz de los años noventa, espacioso, de color celeste.
—Su hermana está quieta —dijo la voz gutural.
—Así me gusta.
—Sólo se le mueve el pelo un poco.
—Qué raro. Es el viento, pero mejor no cerrar las ventanas, ¿no?
El cementerio de noche. Ciudad dormida, su puerta tenía doble candado. Por las rejas se avistaba el inmenso jardín de flores y cruces torcidas, las flores, ese torpe cariño sin esperanza, las cruces, ese ruego de madera sin demasiada fe. Había una puerta casi escondida entre la reja. Una puerta pequeña, la de Pedro, el cuidador. Giovanna dio dos palmadas y se bajó del auto.
—Te quedas con ella hasta que te llame
Se cubrió los hombros con un chal tejido de hilo de seda. Llevaba una pequeña cartera, de esas que llaman sobres, bajo el brazo. Su vestido bailaba un poco en el vuelo aéreo de las faldas en la noche. Zapatos de taco, color rosa. Parecía que estaba en la puerta de un restaurante, no de un cementerio. Una señora delicada, no alguien que conducía un auto con un zombi y un cadáver. Sonreía un poco. Sabía lo que quería y sabía quién era, y le causaba un poco de gracia. La hija de una gran familia adinerada que no tenia nada era una navaja. Con sus discriminaciones, su dejadez, su abandono, su incomprensión y, por último, su reparto injusto del dinero, tan sólo porque ella no era lo que querían que fuera, habían fabricado su alma, le habían dado forma, la habían convertido en una sutil navaja florentina, un diseño de Cellini. La fortuna pasaría a sus manos, porque la navaja se clavaría en cada corazón que hubiera en el medio. Y, además, tenía un esclavo, el esclavo que la biología y la brujería juntas le habían dado, como un pacto con los dos poderes de Dios, sus dos caras.
—Enciende una vela en un laboratorio —le murmuró una vez, como broma, un compañero de clase.
Una vela, incienso, un libro de hechicería, un cadáver en una camilla, una aguja perforando el muerto corazón... y ella, la bióloga, la mujer que nunca amó a un hombre, la descastada de la familia Cencigni, ella era una navaja, y también un dios. Y ahora todo sería suyo.
Y acá está en el cementerio, con su falda aérea y su chal, sonriendo para si. Dios y la navaja mataron a una hermana ahora y la lista sigue. Mientras, hay que dominar a Urso. La preocupa un poco.
Pero ahora da otras dos palmadas para que Pedro la oiga. Pedro no se domina, sólo se paga.
Un hombre viejo salió de una casilla escondida.
—Don Pedro —dijo Giovanna.
—Signora.
Sin decir más palabras, la signora mostró un fajo de billetes.
—Una mitad por abrirnos la puerta, otra mitad por cerrarla cuando salgamos. El doble por no decir jamás nada.
—Señora. Tanto tiempo con los muertos me hizo muy silencioso. Y el dinero es bueno. Si hubiera más gente como usted....
—Yo te daré más, tendré ocasión, Pedro. Entraré con el zombi y una nueva vecina.
—No hay problema —dijo Pedro y extendió la mano. Recibió un fajo de billetes y empuñó las llaves. La pesada puerta de hierro se abrió chirriando. La signora se estremeció
—¿No puede hacer menos ruido? —susurró.
—No señora, como los muertos no se despiertan, nadie aceita la puerta.
—Pues pago por que la aceite.
—Ah. Me privaría entonces de uno de los pocos sonidos que me acompañan  aquí. No lo sé. Veremos cuánto es la paga —en el viejo se notaba un dejo burlón. Pero Giovanna no le prestaba atención.
Se volvió a Urso:
—Urso, abre la puerta del coche y carga a la signorina que asesinaste.
No hubo respuesta.
—¿Urso?— repitió con voz nerviosa la signora.
—Usted la asesinó. Yo tengo la garganta sucia —dijo Urso desde el auto con voz gutural pero firme.
—Ah, Urso. No, fuiste tú. Tú con tus grandes manos viriles. Créeme, a ella le gustó. Le gustaban los hombres, cuanto más fuertes, mejor. Yo soy un poco más delicada. Por eso debes ayudarme y llevar a mi hermana a tu lecho en la tumba. Así que....
—Yo no mato —dijo Urso—, yo no cargo. Yo quiero mi paga.
La doctora en biología, segura de si habitualmente, un tanto inquieta miró a Pedro, pero éste se dio media vuelta y se encerró en su casilla. Se oyó la doble vuelta de llave.
No se podía contar con él. Lo había dejado claro.
—Muero dolorosamente cada noche —empezó a decir Giovanna, aunque su voz no era muy segura— y resucito dolorosamente cada mañana. Mi creadora es la signora Giovanna y a ella me debo.
—Muero lentamente cada noche —dijo Urso. Bajó del auto. Abrió la puerta trasera y Giovana respiró aliviada.
—¿La cargo? —pregunto el zombi.
—Cárgala.
—Debe limpiar mi garganta —dijo Urso con el cadáver en brazos.
—Oh, si —dijo Giovanna. Había recuperado la seguridad—, pero mira, estás cargando en tus brazos a una exquisita mujer. Disfrútalo. Y la acostarás en tu cama.  Claro, tienes unas horas antes del amanecer... Antes del DIA hay que cerrar la tumba y tu vendrás conmigo, aunque yo no soy tan joven... ni mucho menos sexy. Sólo tu creadora, una signora.
Caminando por los pasillos entre las tumbas, seguro, Urso llevó el cadáver seguido de la señora a una tumba que se notaba había sido tocada recientemente.
—Pedro trabaja tan mal —suspiró la signora—. Tu cruz está torcida, Urso. No importa, ahora habrá que sacarla. Deja a mi hermana en el suelo.
Con delicadeza, casi con ternura, Urso depósito el cadáver en el piso.
—Ahora mira. Ahí está tu nombre. Roger Ousseley. ¿Francés o inglés? Curioso.
—Soy Urso —dijo él, confundido—. Quiero recordar a mis padres.
—Todo se andará, ahora abre la tumba para dejar a mi hermana ahí. ¿Te gusta ella?
—Bella —dijo Urso llorando.
—Bella. Tuya. Duerme con ella. Yo no mirare. Ámala si quieres.
—Bella —dijo Urso llorando y acarició a la mujer muerta.


—Urso —dijo delicadamente la doctora unas horas más tarde. La noche había transcurrido a oscuras y mientras ella se envolvía en su chal y suspiraba, paciente, pero atenta, Urso había yacido con el cadáver. —Se acerca el día —dijo—. Deja a mi hermana y tapa la tumba.
—Asesina —dijo Urso.
—¿Urso? ¿Qué dijiste?
—Asesina —repitió Urso, incorporándose—. Ella, bella y muerta. Tú, asesina.
La signora se envolvió más en el chal y recitó inquieta...
—Muero lentamente cada noche...
—No. Esta noche no. Me llamo Roger Ouselley. Nunca maté una mujer en mi vida. Jamás violé a ninguna. Limpia mi garganta.
—Muero lentamente cada noche y resucito dolorosamente cada mañana —dijo Giovanna—. Urso, entierra a mi hermana ya mismo. No hagas bromas.
—Signora. Mi creadora. —Pacientemente, el zombi con sus manos comenzó a  cubrir el cadáver. El pozo era profundo. Lloraba.
—Maldito sea tu corazón —dijo Giovanna—. Urso, casi llega el DIA. Déjala y vámonos. Pedro nos abrirá.
—Signora —dijo Urso—. Es mi primera noche sin morir lentamente, y no he resucitado dolorosamente esta mañana.
—Qué cosas dices, Urso  —dijo Giovanna, nerviosa. —Muévete. Pon la cruz en la tumba.
—Limpia mi garganta —rugió el zombi—. Me llamo Roger Ousseley y soy francés, pero crecí en España. Tengo esposa e hijos. Nunca maté a nadie. Nunca violé a una mujer.
—Pues lo hiciste. Mataste a mi abuela y a mi hermana y esta noche violaste a una mujer muerta. Tres horas. Nunca había visto eso. Apasionante. Eres un hombre espléndido, Roger. Ahora pon la cruz, despide a tu amada y vámonos.
—Tú morirás sino limpias mi garganta.
—Urso... —Lentamente, Giovana extrajo de su sobre una fina aguja—. Te daré algo: limpiaré tu garganta.
—Si. Ahora. Mi paga.
—Ven, Urso, abre tu boca
El zombi se acercó. Sus manos estaban tensas. Giovanna vio eso y se preparó. —Abre tu boca.
Y clavó la aguja en el corazón.


El zombi trastabilló.
—Bruja maldita —dijo su voz ronca.
—Asesino —dijo ella sonriendo—. Violador. Asesino cuando yo quiero y  violador cuando yo quiero, el tiempo que quiera. Mi esclavo.
“Prende una vela en un laboratorio, siempre”, había dicho ese estudiante riendo.
Prende una vela...
Si prendes la vela... Con la aguja en la mano, tal vez la vela te proteja.
—Bruja —rugió el zombi—. Bruja... Nunca maté a nadie pero te mataré a ti.
Giovanna lanzó un grito ahogado. Corrió. La aguja cayó sobre la tierra y el chal voló en el viento del cementerio...

Caminó por las calles. Dónde dormir. Quién es mi madre, quién es mi padre. Limpia mi garganta.
—Muero lentamente cada noche —dijo llorando a un hombre apurado.
—No hay dinero, viejo —le respondió sin detenerse.
—...Resucito dolorosamente cada mañana.... — se paró en la plaza del pueblo  tapándose los ojos vendados con una mano manchada de sangre. La poca gente de esa mañana en la calle somnolienta lo señalaba asustada.
—Mi creadora —alcanzó a decir antes de caer sobre la piedra gris de la ciudad recién despierta. En su cuello tenia las uñas de ella y en sus labios el rezo del esclavo.


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