lunes, 27 de febrero de 2017

LA REVOLUCIÓN EMPIEZA EN CUALQUIER SITIO


Es un lugar pequeño. Muchos caminantes sin duda lo rehuyen. Es una casa de comidas con aspecto descuidado. Ese descuido melancólico que a veces rodea lo que amamos demasiado. No puedo explicar muy bien ese concepto, porque no es un concepto. A veces los lugares descuidados lo son porque sus dueños trabajan mucho. Y no hay tiempo para decoraciones vanas, para diseños. No hay tiempo para el espejismo. Hay tiempo de volar entre las cacerolas, preparando y lavando lo que los albañiles, los taxistas y las escritoras del barrio van a comer.
De entrada me gustó el nombre de la pizzería. Chaplin. No sólo se llama así, sino que el recuerdo del cómico triste ronda por todo el pequeño local. Como si la melancolía del noticiero y el diario sobre las mesas de fórmica, mirados por solitarios trabajadores, no bastara, un póster desteñido de la película “El pibe” y un muñeco muy viejo de Chaplin nos recuerdan que el nombre no fue puesto porque si.
A Chaplin le hubiera gustado. La mujer de mediana edad y aspecto juvenil lava la lechuga con energía detrás de un mostrador desde donde el comprador ve cómo se prepara la comida, en cacerolas abolladas y ennegrecidas, algunas sin manijas. Hay un póster de socio de Boca Juniors lleno de hollín del dueño, Beto, que siempre con ojos de estupor comenta las últimas noticias policiales, con un asombro resignado, a veces insoportable, de la crueldad de la vida.(Beto siempre ve la crueldad de la vida, hasta en días soleados como el de hoy, cuando yo escribo sobre él y no lo sabe ni lo sabrá tal vez nunca).
Hace mucho que quiero escribir sobre Chaplin y hoy me dieron la ocasión.

La revolución empieza en cualquier lado. Eso lo declaré al principio. Un chico muy serio envuelve y entrega los pedidos. Desde hace tres años, me habitué a un diario abierto sobre el mostrador, que leía el chico muy serio. Al reclamo de atención por parte de Beto, cuando por concentración en la lectura el chico no reaccionaba, siempre envolvía la comida con un gruñido que los lectores conocemos muy bien. Pero desde hace una semana  veo un libro. Fui tres veces en la semana y el señalador marcaba cada vez una página más avanzada. Hoy mi joven amigo estaba a treinta páginas del final. Envolvió mi pedido con un gruñido. El libro se cerró, desequilibrado por la cantidad de páginas pasadas y el chico gruñó más fuerte.
“No logo”. Un edición muy gastada, de tapas negras, con el plastificado roto. “No logo” de Naomi Klein, a quien nunca leí.
Me fui pensando que la revolución empieza en cualquier lado. Cualquier sitio es un buen lugar. Recordé mientras caminaba al escritorio a escribir esto la casa de madera de mi tío, el socialista hijo de italianos, que trabajaba en una jamonería y que tenia una biblioteca que envidiarían muchos escritores (y debo añadir que unas lecturas que a muchos autores les hacen falta). Recordé esa villa  contruída por italianos donde con lámparas de kerosén, después de la larga jornada en la jamonería o en la papelera cercana a la villa, leían a Rosa de Luxemburgo, a Bakunin, a Byron, a John Dickson Carr, a Alejandro Dumas. No necesitaban ser escritores o intelectuales. El conocimiento no es para los que lo ejercen como medio de vida: es para todos. Es una riqueza humana que de un modo infame pretenden convencernos de que es privativa de quienes pueden pagarse estudios universitarios y pertenecer a la casta de los que poseen los medios del conocimiento, que son hoy día una casta burguesa comparable a quienes poseen los medios de producción, los que Marx quería distribuir entre el pueblo. Hoy los medios de conocimiento son también un pasaporte social que se compra caro. Pero a diferencia de mis ex compañeros de militancia estudiantil, los que gritaban “universidad para los trabajadores”, yo no quiero eso. Yo misma no necesito a la Universidad. Yo pude leer a Spengler y a Descartes y a Leibniz, a Schopenhauer y a Spinoza en un cuarto donde compartía dos colchones con mis dos hijos pequeños. Que se crean otros que necesitan un mediador entre los libros y ellos. Mi amigo, el que envuelve los paquetes en Chaplin, sabe que no necesita más que su hambre de saber y sus preguntas para empezar la revolución.

martes, 7 de febrero de 2017

El niño enamorado de una nube

El niño se enamoró de una nube. La corrió por la planicie para abrazarla. La nube abrazó al niño, que su hundió en esa masa de aire gris. No vio el precipicio. Fin del cuento, escrito a los 12 años, por pedido de una maestra, que explicitó que la narración, de una carilla, debía ser "libre".
La mía fue muy libre. Asustó a las maestras, sobre todo a Raquel, una maestra formidable, experta en literatura y gramática ( no siempre esas dos experiencias van juntas), y que se esforzaba cada día por transmitirnos a ese grupo de niños su amor por ellas.
Hablar de Raquel para mí siempre es un placer. Vengo de una familia que cubría las paredes de libros, que hablaba con naturalidad de literatura y política, dónde el espacio para discutir estuvo siempre abierto.De niña tuve el privilegio de poder tirarme horas en la cama a leer a Dumas, y sin hacer la cama.
Por todo eso tener a los 11 y 12 años una maestra como Raquel fue un privilegio.
Raquel nos enseñó las formas poéticas, e ignorando la mediocridad imperante, nos propuso leer un libro por semana y exponer un resumen propio delante de la clase.
Tuve mis fracasos (cómo contar la Jerusalen liberada de Torcuato Tasso cómo si su versión de las Cruzadas con ninfas y magia fuera cierta) y mis triunfos, (La Divina Commedia y mi primer ensayo propiamente dicho).
Cada clase de Raquel era sorprendente. Nos explicó la definición de la metáfora, nos dio numerosos ejemplos, y acto seguido, nos tuvo creo que un mes a pura elaboración de metáforas.
Capitalicé cada ejercitación de Raquel. Creo que mi novela El jardín de las Delicias y mi libro Desencadenada son un ejemplificación lo mejor expuesta posible de sus clases.
Se llama Raquel Aguado Benitez de Pulido y enseñó, entre otras escuelas supongo, en la Escuela N°24 del Distrito 15, llamada Francisco Morazán en honor del prócer hondureño.
Esté dónde esté, señorita Raquel, le dediqué mi cuento La Cifra adversa, por ser un puro ejercicio de síntesis, cómo esos ejemplares que solía darnos. Y pienso en usted cada vez que termino un nuevo libro.
Por último, recuerdo su angustia cuando me preguntaba si no había yo leído el cuento del niño y la nube en algún libro. Y yo no tenía palabras para decirle que se escribe una historia para contar otra, que no soy mi personaje, que era literaria y no literal. Era una niña de doce años y sólo el tiempo me daría esas expresiones.
Sólo pude contemplar, impotente, como una lágrima recorría el bello rostro de Raquel.

jueves, 2 de febrero de 2017

La sirena que visitó a Andersen

LA SIRENA QUE VISITÓ A ANDERSEN.

 Era alto, desgarbado, sus largas piernas zancudas hacían reír a los niños, pero eso nunca le molestó. Las costas de su imaginación estaban sumamente pobladas, al contrario de lo que pasaba con esa playa fría en la que paseaba, murmurando. Murmuraba versos mientras caminaba, y el viento del mar golpeaba su cara, mientras pensaba en ninfas y tritones y en la tristeza de una sirena.
Se la imaginó pequeña y pálida, enamorada de un príncipe al que rescatara de un naufragio. No tardó en agregarle ojos negros al príncipe y ojos azules a la sirena. No era tampoco difícil construir el castillo de las sirenas en el fondo del mar, todo podía hacerse con coral y ámbar y caracoles, el castillo tenía además jardín y Hans plantó en él árboles azules y rojos, que daban frutos de oro y flores de azufre. Desde los jardines del castillo, se veía al sol como una flor púrpura, de su cáliz los rayos de luz fluían y se ondulaban en las aguas.
         Así se veía el hogar que la sirena despreciaría por el amor de un hombre, y así caminaba Hans cuando vio que no estaba solo.
         Las olas rompían contra un peñasco y sobre el vio a la sirenita. Era pálida,  gotas de sol y de mar resbalaban por sus escamas, y estaba en actitud de espera.
         A Hans no lo sorprendió. Apenas notaba la diferencia entre los mares de su ensueño y el mar real. Con naturalidad se acercó a la sirena y le ofreció su pañuelo, porque lloraba y era claro por qué lloraba.
-El tiene ojos negros-afirmó, mientras la sirenita aceptaba el pañuelo.
-Claro que los tiene. Negros como dos piedras.
-¿Y qué harás?
-Nada. Nada me lo puede dar. Tengo que aceptarlo. No tengo alma ni piernas. Soy la única desalmada que puede cantar. La maldita bruja quiere que le regale mi voz. Y a cambio me dará dos piernas. Con mi voz llegué hasta él y llego a todas partes. No puedo perderla.
Hans meditó. Faltaba mucho para el final del cuento y la sirena sufría más de la cuenta.Lo increíble del caso es que en lugar de estar resignada, como correspondía a su amor desmesurado, estaba enojada. Eso era un cambio en los planes que no esperaba hacer.
-Encima-dijo la sirena ofuscada-pretende que cada paso que dé con esas piernas me duela como una cuchillada y me salga sangre.
-Pero tu amor lo vale ¿O no?
-Las cuchilladas me las darán a mí, no a él- dijo furiosa- Me quiere cortar la lengua para darme unas piernas que no funcionaran siquiera bien. Además el príncipe se la pasa de fiesta en fiesta con esclavas que cantan para él y bailan.
“Y ella danzaba y danzaba, aunque cuando sus pies tocaban el suelo era como si pisaran afilados cuchillos”.
Andersen suspiró.
-¿Qué quieres, al fin?
-¿No lo sabes tú?- los ojos azules, rodeados de brillantes lágrimas, sonreían también un poco.-No quiero sacrificarme para amar. No quiero dejar de ser quien soy para fundirme en el sueño de un hombre, al que no puedo hacer feliz sin ser feliz yo misma.
-Pasaran  muchos años hasta que eso sea entendido, sirenita.“Ella reía y bailaba con la idea de la muerte en el corazón”-se entristeció el poeta- 
-   ¿ Qué puedo hacer?-sollozó la sirena
-Nada vale más que tu libertad-sentenció Andersen-No debes aceptar ningún amor que te la robe para siempre ni que te cause dolor.
          La sirena le arrojó el pañuelo y se rió de él.
- Ya lo sabía yo. Eres tú el que no lo sabe.
          Le dio un beso en la boca, le sonrió por última vez y volvió al mar.