martes, 7 de febrero de 2017

El niño enamorado de una nube

El niño se enamoró de una nube. La corrió por la planicie para abrazarla. La nube abrazó al niño, que su hundió en esa masa de aire gris. No vio el precipicio. Fin del cuento, escrito a los 12 años, por pedido de una maestra, que explicitó que la narración, de una carilla, debía ser "libre".
La mía fue muy libre. Asustó a las maestras, sobre todo a Raquel, una maestra formidable, experta en literatura y gramática ( no siempre esas dos experiencias van juntas), y que se esforzaba cada día por transmitirnos a ese grupo de niños su amor por ellas.
Hablar de Raquel para mí siempre es un placer. Vengo de una familia que cubría las paredes de libros, que hablaba con naturalidad de literatura y política, dónde el espacio para discutir estuvo siempre abierto.De niña tuve el privilegio de poder tirarme horas en la cama a leer a Dumas, y sin hacer la cama.
Por todo eso tener a los 11 y 12 años una maestra como Raquel fue un privilegio.
Raquel nos enseñó las formas poéticas, e ignorando la mediocridad imperante, nos propuso leer un libro por semana y exponer un resumen propio delante de la clase.
Tuve mis fracasos (cómo contar la Jerusalen liberada de Torcuato Tasso cómo si su versión de las Cruzadas con ninfas y magia fuera cierta) y mis triunfos, (La Divina Commedia y mi primer ensayo propiamente dicho).
Cada clase de Raquel era sorprendente. Nos explicó la definición de la metáfora, nos dio numerosos ejemplos, y acto seguido, nos tuvo creo que un mes a pura elaboración de metáforas.
Capitalicé cada ejercitación de Raquel. Creo que mi novela El jardín de las Delicias y mi libro Desencadenada son un ejemplificación lo mejor expuesta posible de sus clases.
Se llama Raquel Aguado Benitez de Pulido y enseñó, entre otras escuelas supongo, en la Escuela N°24 del Distrito 15, llamada Francisco Morazán en honor del prócer hondureño.
Esté dónde esté, señorita Raquel, le dediqué mi cuento La Cifra adversa, por ser un puro ejercicio de síntesis, cómo esos ejemplares que solía darnos. Y pienso en usted cada vez que termino un nuevo libro.
Por último, recuerdo su angustia cuando me preguntaba si no había yo leído el cuento del niño y la nube en algún libro. Y yo no tenía palabras para decirle que se escribe una historia para contar otra, que no soy mi personaje, que era literaria y no literal. Era una niña de doce años y sólo el tiempo me daría esas expresiones.
Sólo pude contemplar, impotente, como una lágrima recorría el bello rostro de Raquel.