jueves, 20 de abril de 2017

EL CABALLERO DE LA ROSA ENCARNADA

El caballero de la rosa encarnada
Paula Ruggeri
Cansado el caballero, meditando el  fin cercano, llegó a orillas de un lago en busca de la patria de los hombres que es la tierra. Dejó a un lado el yelmo y la sangre que caía de su frente malherida hizo de la tierra un cómodo lecho para su cabeza. Se retiró despaciosamente del hierro de su antigua armadura y miró por última vez su espada, que fue roja, una y otra vez, hasta que ella misma se halló cansada. Pero al querer volver a la tierra que es la cuna de los caballeros, como de los siervos, de amos y de esclavos, sintió un suave tacto, una caricia similar al llanto de la mujer que dejó, una y otra vez, roja como su espada.
          Volvió la vista y halló una rosa, cuyos pétalos ocultaban la vergüenza de no ser el sueño de nadie y de su pudorosa desnudez.
--No me mires, bondadoso caballero. Yo también estoy herida y desnuda como tú. Moriré cuando un caballero llegue en busca de las aguas de este lago. Lloré de alivio cuando vi que habías abandonado el caballo. No quiero morir bajo el peso de los cascos. Quiero acabar entre las hojas del libro que leí y que me hizo amar a un hombre como tú. Uno tras otro, los caballeros subían a mi torre con sus sueños y cansancio y a todos he dado a beber mi boca hasta que esta se hizo sangre. Como favor te ruego que si has de hablarme, me llames Rosa Encarnada.
  --Rosa Encarnada-- respondió él-- No he de pisotearte pero no quiero oír tristes historias. Tu historia la he visto una y otra vez. He visto arder bosques y mujeres y rosas. He recorrido el desierto y la selva y la montaña. Vi arder ciudades enteras y verse aplastadas por sus murallas y libros y niños y perros fieles a sus amos. Déjame descansar ahora, Rosa Encarnada, yo no te dañaré. Vive y déjame morir en mi sueño más preciado.
   La Rosa Encarnada, oyendo esta respuesta, vislumbró la hoja de la espada y concibió un sueño. Abrió sus pétalos hasta descubrir su corola como una pequeña boca y su voz se tornó un susurro.
--Yo cantaré y tú dormirás y vendrá el silencio con el sueño mejor de los hombres.
   El caballero no respondió nada esta vez. Su respiración fatigosa probaba que sus sueños no eran todo lo agradables que debían ser. La Rosa Encarnada se compadeció de él y olvidó las heridas de espadas como la que él llevaba. Olvidó la sangre que la había hecho rosa. Sintiéndose blanca cantó despacio su vieja canción.

    Alta en la torre

     

Yo vi a mi rey
     Pero alta en la torre
     Para siempre quedé
     Mirando marchar a mi Rey
     Sólo una rosa soy ahora
     Pues duerme sin mí mi dueño
     Pero llegará la noche
     Y seré yo su sueño
     Soñará que me rindo
     Y me rendirá su espada
          El caballero soñaba y su mano buscó la espada. Y al despertar escuchó las últimas palabras de la rosa.
Viéndola  ya dormida, con la abierta corola, sin pudor creyendo que la noche y los sueños la cubrían, se compadeció de ella. Y decidido a cortarla y acabar con su tristeza, blandió la espada por vez última.
Y la rosa despertó y se abrió en su último esplendor y lanzó un grito. Entonces el caballero supo que su patria estaba en la punta de su espada y la hundió entre los pétalos. Estos recibieron a la espada cerrándose sobre ella. Así ambos se durmieron.
 Entonces la sangre de ambos bañó la tierra, en la que uno en el otro son el eterno sueño.
 Un día nacerá un caballero.
         Se llamará el Caballero de la Rosa Encarnada.
 --Mi patria--dirá-- está en la punta de mi espada.    




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