viernes, 19 de mayo de 2017

El viejo ministro y la manifestante

Conozco ministros desde mi infancia. El malvado cardenal Richelieu, el avaro y ladino cardenal Mazarino, y otros ministros de la historia que encarnaron en personajes más o menos caricaturescos, más o menos terribles.
A Conrado lo conocí por mi padre, de quien fue un buen y leal amigo.
Tenía, ya ex ministro y ex senador, un despacho cálido y luminoso sobre una avenida, con un secretario, un gran escritorio rodeado de plantas,  una ventana que dejaba pasar la luz y  era amplia y sin cortinas. Biblioteca. Foto del ministro entregándole a Diego Armando Maradona una copa mundial.
El despacho de un hombre que los había tenido en los frágiles palacios del poder narraba sus logros con modestia.
Algunas tardes de otoño (a él le gustaba mucho el otoño), me recibía para hablar de política con más amabilidad por parte de él que mía.
Era la lógica del poder y la lógica de la barricada. Un diálogo armónico, porque ni el poder es tan fuerte, ni la barricada tan débil.
Una tarde hablábamos del alzamiento militar de una famosa Semana Santa. Yo era una estudiante de 16 años, y él un ministro de gobierno. Los militares se habían acuartelado y las multitudes llenaron las calles y plazas, al grito de "Si se atreven les quemamos los cuarteles". Posteriormente, se discutió mucho la decisión del gobierno democrático de entablar una negociación con los militares rebeldes.
-Lo que pasa Paula-me dijo esa tarde Conrado- es que hubiera sido un baño de sangre.
-Pero nosotros estábamos dispuestos a enfrentarlos- exclamé.
Conrado me dio la lección de política más importante de mi vida.
-¡Paula! ¡mi hijo estaba allí!

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