martes, 16 de mayo de 2017

NUNCA CANTES EN TIERRA

NUNCA CANTES EN TIERRA



Se debatía en la red, envuelta en algas, con la incomprensión de un animal atrapado. Los hombres hacían poco caso de sus quejidos, el bote los acercaba más al muelle. Amarraron, descendieron con una carga que para ellos no era preciosa.
Todavía atrapada en la red, fue arrojada en el interior de una camioneta.

La transacción se realizó sin discusiones, los pescadores recibieron su paga y el hombre de traje contempló a su nueva adquisición, satisfecho. Mientras, el monstruo de las aguas emitía un sonido semejante a un llanto. Fue bañada y perfumada. Fue peinada y estúpidamente maquillada. La criatura parecía una grotesca muñeca.
Esa noche, un hombre entre todos iba a sucumbir al hechizo. Un hombre que no sabía ver a una sirena.

Había hombres sentados en butacas, pero ellos no importan. Había camareras desvestidas sirviendo bebidas, pero ellas tampoco importan.
Entre todos había un hombre gris. Parecía un viejo boxeador, la nariz achatada y la espalda ancha. Tenía el aspecto de un hombre acabado, pero que aún no lo sabe. Estaba solo en una esquina, esperando.
Las luces se apagaron y la atmósfera era tenue y oscura. Se apagó la música y se oyeron murmullos. El hombre gris vio que el barman le hacía una seña con la cabeza, hacia el escenario. Así que volvió la vista y en ese momento se quedaron a oscuras. Fueron unos segundos, sin dar tiempo a las quejas. La luz volvió y en el escenario estaba ella.
Primero vio una forma difusa, velada de verde. Alguien retiró los velos y se escuchó un suspiro unánime. O tal vez, fue la sensación de un suspiro. Nadie hablaba. No había música. El silencio era casi absoluto, salvo esa sensación de suspiro en el aire.
Era pelirroja y estaba atada a un caño que había en el centro de la plataforma, donde las bailarinas solían contorsionarse, pero ésta no bailaba. Las manos estaban atadas, unas manos de dedos blancos, agitados. Habían tenido el tacto de colocar una luz blanca, tenue que giraba sobre ella, y no las habituales luces rojas. Los brazos eran también blancos y bien torneados. La cabellera era larguísima, ondulada, de un rojo fuego. Su rostro se presentía, no se veía, semioculto por el largo cabello. De la cintura para arriba nada la cubría, tenía pechos pálidos y bien formados. La cintura era pequeña... y de ella partía una cola de sirena. Verde azulada, cubierta de escamas hasta las dos aletas al final, atadas al caño. Las aletas parecían reales. Era un truco magnífico. Hubo un aplauso, uno solo, espontáneo.
Entonces empezó el canto.
Cuando ella empezó a cantar, se oyeron algunos silbidos burlones. Pero fue sólo un momento. Pronto solo se escuchó su voz.
Mientras ondulaba su cuerpo, en lo que parecía ser un intento de liberarse, se oía su voz extática, dulce, hiriente, en un trance casi hipnótico.
El hombre gris la miraba absorto.
         Muy absorto.
         La pelirroja se ondulaba de abajo a arriba y de arriba abajo, como si no tuviera huesos. Se ondulaban los brazos, el torso y la cola de sirena.
         Por fin calló, se quedó quieta y bajó la cabeza, exhausta.
         Entonces los hombres exhalaron otro suspiro, apenas audible.
         La luz se apagó completamente unos segundos y cuando volvió ella no estaba ahí.
         Entonces el hombre gris se levantó.
         Caminó hasta el fondo de todo, donde había una puerta negra. casi oculta. No se tomó el  trabajo de golpear. La abrió y se enfrentó a un hombre flaco, consumido, de unos cincuenta a unos cincuenta y cinco años. Llevaba un traje blanco muy arrugado y un clavel mustio en el ojal y parecía cansado de todo.
         —¿Cuánto la pelirroja? —preguntó, abrupto.
         —¿Qué pelirroja?
         —La sirenita.
         —Nada. No la ofrezco —replicó—. Sólo canta —agregó, al ver el sofoco repentino del otro.
         —No me jodas.
         La voz se había vuelto dura. En las facciones del hombre se mostraba el viejo gallo de riña. Eso hizo meditar un poco al del traje blanco.
—Quiero esa y pago. Arreglamos cuentas y me la llevo.
—Mirá que... —recapacitó. Una lenta sonrisa se dibujó en sus labios finos del hombre de blanco—. Está bien —dijo, acentuando la sonrisa—. Llevátela. Voy a hacer que te la dejen en el auto.
—¿Qué, no camina?
—No. No camina.
El hombre gris apretó el puño y en los ojos del hombre de blanco hubo un temblor ligero, una luz de miedo que se apagó cuando el hombre rió toscamente. –Yo la voy hacer caminar. Qué se cree. La sirenita.
El hombre de blanco también rió, sólo que un segundo después de lo que hubiera convenido. Pero no se mostraba aliviado. Parecía querer que el hombre se fuera pronto y se llevara a la sirena. Pero no como quien se libra de un problema, sino como quien lo pospone por un rato. El problema seguiría eterno, como las redes de pescador, la trampa sinuosa con que el cazador se aprisiona los tobillos.
La mujer callaba, envuelta en un sobretodo gris, de hombre.
—Te voy a comprar ropa —masculló él.
Ella no dijo nada.
—¿Qué, sos muda?
Ella no contestó.
—No hablás, no caminás. Yo te voy a hacer gritar y caminar y volar también.
Ella seguía en silencio. Eso lo irritó. Pero igual, vista de cerca, incluso con esa ropa ridícula, estaba mejor de lo que había creído. Los ojos.
—Tenés dos faroles.
Otra vez sin respuesta.
—Así que no me contestás. Ya te voy a hacer hablar.
Sonreía.
Estaban muy cerca del río y por las ventanillas abiertas llegaba la brisa, el aroma del agua y del verde, inconfundible. Era una noche despejada. Noche de luna.
—Quiero ir al río—dijo ella.
—¿Al río dijiste? ¿De dónde sos?
—Quiero ir al río.
Acento paraguayo, le pareció, pero raro. Exótica. Me gusta. Le dedicó una sonrisa ávida y dio otro giro al volante.
—Bueno. Vamos al río.
Estacionó lo más alejado del muelle que pudo. Cuando se apagó el motor, se alisó el pelo, sonrió y se arrojó sobre la presa.
Jadeaba él y ella en silencio.
Las lágrimas corrían por el rostro de la sirena.
—Llevame al río.
“Llevame al río.”
El no respondía. Miraba, reconcentrado, hacia delante.
Al fin bajó del auto, dio la vuelta resoplando, abrió la otra puerta y la cargó. La cargó, y  murmuró algo ininteligible.
Caminó hacia el río.
Los pechos de ella, fríos, se apretaban contra su pecho. La sirena por fin sonreía, pero él no la miraba. Sólo caminaba hacia delante.
Cuando estuvieron cerca de la orilla, la depositó en el suelo.
Ella lo miró, con una mezcla de agradecimiento y estupor, y habló nuevamente.
—En el agua —imploró. El acento era eso, agua. Ella era blanda, como el agua. Eso decía su mirada, súplica del agua. Eso decía su piel y su escurridiza cintura. Eso decía, pero él no escuchaba o sí. Llevó la mano al bolsillo.
Algo brilló entonces, algo metálico que irrumpió en la paz de la noche, junto al río. La hoja de la navaja describió un zigzag veloz y cimbreante y se hundió de arriba abajo en la cola verdeazulada, de abajo arriba, volvió rápida a su dueño y se cerró rápida en el puño.
Se oyó un gemido terrible.
La dulce, herida voz de la sirena.
—Te abrí —murmuró él.
Se alejó, subió al auto, arrojó el sobretodo viejo por la ventana y se fue.
Se llevó las manos a la herida y a la vida que se le iba a borbotones. Sus ojos se abrieron a la mayor desmesura, la pregunta que nunca tendrá respuesta; los ojos y la pregunta de la muerte. La cabellera roja se erizó, los ojos dejaron de preguntar y se volvieron vidriosos, el cuerpo se sacudió en un espasmo y en un instante brevísimo esa criatura de extraña y peligrosa belleza fue otro despojo horrible de la muerte.

La sirena es peligrosa para sí misma.