domingo, 15 de julio de 2018

La novela

Es una novela.
Es la historia más erótica que escribí en mi vida.
Es la historia más violenta que escribí en mi vida.
Es el único relato que escribí en que dos mujeres juegan ser fatales entrecruzando sus piernas.
Es el único relato que escribí dónde aparece una pieza cincelada por Benvenuto Cellini.
Esta historia pronto entrará en imprenta.
Espero que mi nueva novela llegue a manos de ustedes.

sábado, 30 de junio de 2018

La flor dorada



Un perfume árabe
Una flor dorada
Un muy suave beso
Violenta y desmaya

Transporta a mi boca
Miel dulce y dorada
Mi boca es una copa
Una copa muy blanda
Agua en que yo bebo
La suavidad de la espada

La quiero
Así que dame
Dame la noche, la lluvia, la luna anegada
Dame la orquídea abierta
El perfume de la flor dorada
Dale a mi boca, copa
Dale tu beso de miel, espada hecha agua


lunes, 18 de junio de 2018

BUENOS MODALES


                  
Buenos modales
Nadie debería escribir libros que la Reina de Inglaterra no pueda leer, o comentar afablemente con el Arzobispo de Canterbury. Con esto me refiero puntualmente a la frase inicial de una novela un célebre autor. Cito, ruborizada, el fatal primer párrafo de este libro.
“El Charolito sólo se fiaba de su propia polla...”, dice. Ese comienzo es terrible, sobre todo por la desconfianza que expresa... Y continúa “...porque era la única que no podía darle por el culo”. Más allá del vocabulario soez, expresa cierta paranoia, pero yo no indago en cuestiones psicológicas, y me ciño estrictamente a la cuestión de los modales.  Todo se puede decir con ingenio y sutileza de manera tal que en el Palacio de Buckingham se pueda contar entre taza y taza de té.
Demos una demostración práctica de cómo se puede escribir lo mismo sin decir palabrotas.
Para empezar, el nombre del personaje, el Charolito, es de muy baja estofa. Charol sería mejor, pero tampoco. Charold está bien. Incluso Lord Charold está mucho mejor. El resto de la frase plantea un problema difícil para una dama como yo, pero hay que enseñarle a la gente a escribir con decencia y así lo haré. Comencemos.

Lord Charold olía despreocupado una rosa, que su tía la Duquesa de York le enviara gratuitamente de su desarreglado jardín.
—Sabes, James.
—¿Señor?- —inquirió respetuosamente James, mientras acomodaba los tiestos flojos del jardín de invierno donde su señor fumaba en pipa.
—Hace diez años que estás a mi servicio y no puedo darte la espalda. Me preocupa—.dijo con displicencia.
—Señor, creo que debía confiar en mí. Hace diez años que estoy a su servicio—redundó James acalambrándose en su pose respetuosa.
—James, creo que comprenderás. Yo sólo puedo confiar en esta—dijo Lord Charold, bajándose los pantalones confeccionados por el mejor sastre de Trafalgar Square y los calzoncillos largos tejidos por su tía, la Duquesa de York-Por más que lo intente, lo cierto es que no puedo darle la espalda.
—Si me permite, Lord Charold—repuso James—yo no me incomodaría por darle la espalda. Hay que disfrutar de la vida. Como dijera San Patrick “Ninguna fruta es prohibida si sabe bien”
—¿Eso dijo San Patrick, James? Me admira.
—Creo que no lo dijo, señor, pero seguramente lo pensó.
—Es igual, es una bella frase. Como sea, no creo que haya nada igual a esta. Es una pena que no pueda darme la espalda— suspiró  Lord Charold—Apostaría que tu no tienes nada que se le parezca.
—Señor—se irguió James —Tal vez no sea mucho, pero seguramente algo se parece
—Disculpa, James. Aunque hace diez años que estás mi servicio, no te creo.
—Se lo juro, señor.
—¿Por qué juras, James? No te creeré si no lo veo.
            James se apresuró a bajarse los pantalones.
—Humm. Lo siento, James, no se parece. Hey, se ha volcado un tiesto a tu espalda.
—No veo ningún tiesto caído, señor.
—Mira bien.
—No hay ningún tesito en el piso, señor-dijo James respetuosamente.
—Entonces arroja uno.
—¿Cuál señor?
—Cualquiera.
James arrojó la maceta. Luego se inclinó a recoger los pedazos.
—James—dijo Lord Charold, emocionado—Te aumento el sueldo diez libras.
—Oh, señor—exclamó el mayordomo.
—Diez libras y un chelín.
—¡Oh Señor!
—Dí “Ay, señor” y te aumentaré diez libras y cinco chelines.
—Ay señor
—Llámame John y cierra la puerta.


jueves, 31 de mayo de 2018

La tormenta


LA TORMENTA PASA

La tormenta pasa. A veces crees que no pasará nunca. A veces, un solo segundo, pensarás que te matara. Puede ser cuando balearon tu calle y acostaste a tus hijos en el piso y vos encima de ellos, porque estás en el primer piso, las recortadas disparan plomo hacia arriba y esos ventanales que tanto amaste ahora son el enemigo…¿importa cuándo? ¿hay que vivir en un lugar muy raro o exótico para que ocurra? No, la tormenta pasa por todos los sitios. Por los que ocupan un rincón en el diario, tan chico que parece una noticia sobre un zoológico lejano, hasta los que ocupan toda la pantalla de los canales de tu país, y ni hace falta, ni podés verlas, porque para eso hay que cruzar...el salón con ventanal dónde está el televisor y llueven las balas. Y pasó. Esa tormenta que creía que me mataría. Y que mató a otros. Por eso una vez escribí que la ficción está, tiene que estar, para recordar entre los vivos la memoria de los que se fueron.
Pasan las tormentas. Nací en primavera, en 1970, bajo el signo del Escorpión. Es el signo de todos. Todos tenemos nuestro veneno, en la dulzura, o el otro, el letal. Hay quienes matan con un beso, decía Wilde. Y por él pasó la tormenta, la tormenta de un beso.
Pasa la tormenta. Ahora tenés 23 años y tus hijos son niños, muy niños. La amiga dejó de serlo y te echó del departamento que ya no podías pagar, con la ayuda de diez hombres y en diez minutos. Tu trabajo de promotora y modelo se esfuma, la amiga que dejó de serlo se quedó con tu ropa y tu agenda y tus manuscritos. Estás bajo la lluvia de mayo, en la vereda de Julián Alvárez al 900, y mientras tus pertenencias se mojan, tu cabeza no piensa en la tormenta, sino en dónde pasar la noche. Y viene una señora con un termo de café con leche y otra con medias para tus chicos y otra que te dice Cuando Dios te cierra un puerta, te abre una ventana, y por un segundo tu cabeza escapa a la tormenta y se ríe de esos militantes teóricos y fervorosos amigos tuyos que prefieren discutir a Lenin durante horas y piensan que la simple caridad o la más digna solidaridad son "métodos del sistema para mantenerse". Tal vez la señora del termo fuera leninista. No lo sé. No es imposible. Tal vez fuera católica, es más, del Opus Dei. Para mí, siempre será la señora del termo y quisiera para ella la corona del Reina de Inglaterra, el tejado del Taj Mahal y un arco iris sin lluvia cada atardecer.
Esa tormenta también pasó. La amiga que ya no era amiga se borró de mi mente. No la reconocería. Tengo más presente a la señora del termo. Si no fuera así, la tormenta hubiera quedado en el pecho para siempre...
Ahora es de noche y estoy durmiendo. Viajo hacia atrás, todavía más. El piso es enorme, en Recoleta. Era mi barrio de infancia y entonces no valía nada. Había una juguetería a la que ya no podía ir porque la policía había montado una ratonera y habían matado al hijo adolescente del juguetero. Era el año 1976. La tormenta estaba pasando y yo tenía cinco años. Tenía un camisón celeste y me despertaron rasguidos y ruidos extraños. Me levanté. Caminé por el enorme pasillo. Un piso en Recoleta, dirán. No sé qué hora de la noche era. Vi a mi madre con una amiga suya rompiendo cosas. Discos. Hacían un ruido seco, metálico, casi un disparo y ya había oído disparos. Libros. Tardaban más en romper los libros. Los fragmentos iban a bolsas y las bolsas al incinerador del edificio. Cuando me vieron me enviaron a dormir.
Libros. Pasaron dos años y no vivía en un piso en Recoleta. Éramos cuidadores de un techo sin herederos en Villa Urquiza. Un techo para un matrimonio sin ingresos con cuatro hijos. Si pasó la tormenta por ahí no me di cuenta. Leía Los tres mosqueteros en esa casa soleada y me reía de como Artagnan lleva a sus tres amigos y a los cuatro lacayos a tomar chocolate a lo de un cura gascón que lo invitó a merendar...los mosqueteros, mis amigos, no tenían comida ¡y eran los héroes! Y mientras pasaba páginas, absorta, mi madre me sacudía los hombros y me daba una taza de harina mezclada con agua. Mi almuerzo.
Hoy hay tormenta en Buenos Aires. Llueve mucho. Todo está húmedo, pero ya casi no siento la fractura de mi pierna. La tormenta pasa siempre. Creo que puedo decir que se puede vivir confiando en que pase, como dice Edmundo Dantés al final del Conde de Montecristo, "ESPERAR Y CONFIAR". Aunque creas, por un segundo, que te puede matar. Lo único errado es creer, estés donde estés, que por tu casa, tu pueblo, tu país, no va a pasar la tormenta.


sábado, 12 de mayo de 2018

¿Un poema inédito de Pierre Louys?

Ayer fui a ver al Dr. Jonson, pero la ginebra marca Cañón que le llevé obtuvo un resultado imprevisto por mí. Le llevaba un poema de Lewis Carroll a ver qué autor inventaba, aquel del juicio del ratón, pero en lugar de empezar a declamar, en cuanto se lo di sacudió la cabeza, lo arrojó a un costado sin leerlo y extrajo de sus bolsillos un papel arrugado.
—Tomá —me dijo—, ésta es la auténtica Afrodita de Pierre Louÿs, la que escribió no sirve, no va con su carácter.
Balbuceé un pedido de explicaciones (había pagado la ginebra). Lo que me mostraba era un poema más o menos largo, en versos irregulares.
—Pierre Louys era un tonto que andaba ganduleando por Tánger, compartía una amante marroquí con Andre Gide, que era un gay indeciso, y, a pesar de su vida poco pudorosa, se dio el lujo de darle vuelta la cara a Oscar Wilde y, además, lo difamó. Publican un poema narrativo llamado Afrodita, bajo su nombre. Dije que no se corresponde con su carácter, así que investigué un poco y encontré este otro poema, el borrador original que escribió ese mediocre. Entendámonos —dijo alzando la mano de venas azuladas en un gesto de grandeza—, éste es el poema original escrito por el berreta Pierre Louys, ese que no cerraba la puerta del baño en Tánger y otras cosas impropias de decir a una dama. Después los editores lo modificaron y quedó como clásico de la literatura erótica. Erótica un corcho. Llevate este poema, por favor, y pagame otra ginebra. Me la merezco. Vas a ver que dice sinsentidos anacrónicos con la época helénica y cita mal a Hesíodo. Tomá el poema, nena.
Una de las cosas que más me cuesta tolerar de Jonson es que me diga nena, pero se lo deje pasar. ¡Y llamar berreta a Louys y a Gide gay indeciso!Pero tenía el día gruñon, a veces le pasa y ¡¡¡me estaba dando un inédito de Pierre Louys!!! Ahora mismo se los transcribo. Es cierto, tiene anacronismos, los antiguos griegos no tenían monasterios y está el asunto escabroso de la concepción de Afrodita. Pero, vamos, a esta altura del siglo XXl, ¡un inédito de Pierre Louys! Acá va.

AfroditaCanto Primero: Crisis

Sentada con los blancos tobillos
carcomidos y marchitos de los besos
vemos a Crisis, desprovista de abrigos,
llorosos sus ojos de hallarse frente al Ciego
e impotente cantor de su tormento.
Laméntase Crisis de su negra suerte
con su ronca voz virginal de todo celo
en cantar loas al cantor que tiene enfrente.
Cálida, como las flores del Oriente
Perfumada con las gotas de rocío
de la mañana de este aciago desatino
pregunta su voz sedosa por Demetrio
a quien Afrodita, para su privado servicio,
mezquinamente confinó en un monasterio.
Pregunta a todos a donde queda eso
para mejor enviar sus improperios por correo
Sus ojos, negros, y sus pequeños senos,
traviesos como dos gemelos cervatillos,
apuntan allí donde está el vino
y altiva, manda en su busca al Ciego
cantor con los más sutiles requiebros
A Baco, el amante del delirio.
Mas Baco decide hoy estar sordo
y el Ciego no llega en su tropiezo
más que a volcar el cántaro en la fuente.
--¡Serán ciegas todas las aves del Infierno!
--exclama Crisis sin ningún sentido,
mas respetando la medida de estos versos.
Y, como una diosa, que busca su inmortal destino,
corre a los bordes de la fuente
Grita a Demetrio, que lo culpa de su suerte,
y tristemente se ahoga en vino tinto.

Canto Segundo: Demetrio

El suave aliento de Demetrio
perfumaba la entrepierna de Afrodita.
--Eres alto y esbelto --decía ella--
como la única palmera que hay en Delfos,
verdad es que ya está vieja.
Y con cara de infinito aburrimiento
chupaba una rosa y se tragaba una orquídea.
Rió Demetrio, tontamente, aunque con voz cristalina
y mordió fuertemente el peplo de Afrodita
quién exclamó en alemán un juramento:
--Voto a tal --dice afrancesada
luego de un más afortunado y suave beso.
--Aquí viene un mensajero justo a tiempo
y Demetrio mueve la perfecta cabeza
justo para ver un par de cuernos.
Es Hermes, el de los pies alados
que al varón le ofrece su casco
diciendo: --Le pertenece esto --
y mira intensamente un pliegue
demasiado rosado del peplo transparente.
El atribulado amante, sin sospechar la sorna
se colocó el casco y resultó la suya
testa coronada por la más indigna burla
mas agradeció a Hermes con mirada boba.
--¡Ya sé para que sirven estos cuernos!
--exclama la ingrata Afrodita luminosa
Y libra con Demetrio la más infame
aventura del amor humano y del placer divino.
¡Oh, vosotros, suspicaces!
Que sonreís ante esto complacidos
antes de dormir vuestro sueño sin amantes
Es la desgracia de Hermes la más infame.
Nos dice el bardo que en este canto
se dio Hermes por vencido
y por los caminos vaga eternamente errante.

Canto Tercero

Canta, oh Bardo,
la tontería del bello Demetrio
cuyo cuerpo que perdiera la belleza
que lo hiciera desgraciado
bajo la piedra yace fétido.
Y luego detente: canta
la desdicha de la bella Crisis,
la pequeña ninfa de los ríos mortales,
la que pereció en el vino
que en su boca derramaran
más de mil ochocientos amantes.
Mas cuando oigas
los suaves pasos ondulantes
de la diosa de los sueños
confusos y de las noches errantes.
Cuando sientas el aire
de un aroma dulce enrarecerse,
cuando tambalees como borracho
y no puedas resistir tomar de Chipre un vaso
cuando veas la sombra
que encendió en Vulcano los amores
y que hizo un prisionero de Ares
Calla, oh Bardo:
tu propia dicha te lo ruega,
de aquella que al nacer
castró a su padre
nada cantes y nada quieras.

sábado, 5 de mayo de 2018

La crítica del Dr. Jonson

Hoy fue una mañana fría y lluviosa, poco apropiada para la poesía, pero tenía una deuda, con ustedes y con el Dr. Jonson, al que le debía una botella de ginebra. Así que escribí un poema horrible, cosa que nunca lleva esfuerzo así que no me agradezcan. Simplemente se trataba de ver cómo funciona la mejor cabeza crítica de la Argentina.
No es un catedrático. No fue nunca a Filosofía y Letras. Simplemente es un pediatra jubilado, rezongón y borracho, con un hígado a prueba de bulones.
Sin embargo, es el mejor cerebro de la crítica contemporánea.
Su intuición es mágica, sólo con la ayuda de una ginebra, su cerebro puede diseñar un autor a medida del poema que se presente. Así cumplió el viejo anhelo de la crítica, lo llevo más lejos que nadie: Prescindir de los autores.
Escribi un poema por la mañana, y a las cinco de la tarde, me presenté en el bar de Lugano donde él cumple religiosamente horario.
Estaba sentado, cabizbajo. Sus dedos tocaban una taza de café frío. Todavía no cobró la jubilación, así que llego en el momento indicado. Hago una seña al mozo, que no necesita que le indique lo que quiero: una botella de ginebra marca Cañón.
Sirvo el vaso. Jonson se enciende. Parece un autómata cuyo mecanismo se acaba de accionar. Mira la hoja de papel. Toma un sorbo.
Lean el poema y así podrán valorar la magnífica crítica...

Oda terrible


Aciago día el de la ola terrible
que me tumbó abatiendo mis narices
con la ocre sal que rememora el nosocomio.

Micébiles estaban los borloros
y miserables estuvieron los bañeros
que confundieron mareo con ahogo.

Oh Artemisa casi perezco
Oh San Sulpicio, qué martirio
renacer entre la espuma cual Venus
debería ser más divertido.

Si al menos conociera a la griega
mitología el dorado bañero
si al menos hubiese sido Apolo,
¡conformista, le bastaba parecerlo!

No atreviéndose a ser piedra,
ni río ni lluvia de oro
no atreviéndose a ser hombre:
menos aún a convertirse en toro.

Estáis a punto de decirme
¡lo sé! que tal hubiera hecho Zeus
mas se trataba de Apolo.

Es igual confesad que es triste
el destino de una poeta
que fue salvada de las olas...

...sin consuelo sometida
a los azares de la enfermería
y presintiendo el Olimpo
confinada a la camilla.

Jonson leyó esto mismo que ustedes acaban de leer. ¿Tiene este poema algo especial? Es un poco ridiculo, pero nada más. Digno de esta mañana sin sol. Sin embargo él toma de su vaso, alza la vista y abre la boca para bostezar.Me da tiempo de alistar el grabador. Y declama con voz monocorde, clara y sin titubeos
“ Ah, ¡es una obra de juventud de la querida Ema Berdier! (1905-1999) Ema Berdier, la que fuera amante de Juan Fernandez, del servicio de patología del hospital Muñiz. Buen patólogo, bastante bueno, lástima que tomara tanto. Este poema habla claramente de una época de soledad de Ema, confinada en cama por un severo problema de laringe. En él hallamos la frustración, el lúgubre infierno de la insatisfacción, la situación social de la mujer, y la tortura hedónica del deseo, oposición dialéctica ésta que se simula en la aparente dulzura femenina. La dulzura femenina, acaso el único defecto de este poema, ha arruinado brillantes carreras literarias, de poetas que no hallaron nunca en diccionario alguno un sinónimo de la palabra ‘lánguida’. Nótese que Ema Berdier no la utiliza en ninguno de sus poemas, su dulzura es sólo simulada: bajo la apariencia de suavidad de los versos, late un corazón de valkiria, de hurí del paraíso de Mahoma ansiosa de formar un sindicato, de filósofa que intenta liberarse de las cadenas de su belleza, de mujer sensual que no ignora que su destino final es el sacrificio y arremete con la fuerza de la rima, cuando lo que se rima son improperios.”
Dijo todo esto sin respirar, tomó el útimo trago del vaso y dejó caer la prodigiosa cabeza . Sirvo otro vaso. Levanta la cabeza, lleva el vaso a los labios y después de un prolongado y extático brindis consigo mismo y su portentoso cerebro, prosigue así:
“Analicemos el poema. A punto de ahogarse, la rescata un bañero ¿de qué la salva? La salva del mar, es decir, de la libertad. ¿Y qué es un bañero sino un hombre? Es decir que el bañero no la ha salvado, sino que le ha quitado la libertad. ¡Oh Artemisa! exclama la poeta, refiriéndose seguramente a aquella cazadora intrépida y virgen, tal vez la única feminista de todo el Olimpo. Y luego “Oh San Sulpicio”, en un distinto tono, demostrando cómo la burbuja hedónica del deseo siempre se deshace al aparecer la rigidez eclesiástica del internado de señorita donde vivió sus primeros años.
El brillante Apolo se esfuma y aparece en su lugar un vulgar bañero. Se desvanece el hechizo y viene el amargo reproche. “No atreviéndose a ser piedra, ni río ni lluvia de oro...”. Aquí la lírica helenística se nos muestra en todo su esplendor.
Ema A. Berdier es una de las tantas poetas que han sufrido el oprobio de la sociedad masculina. Lo digo porque conocí bien a Juan Fernandez, era buen patólogo, pero todo lo que tomaba era un oprobio. Por eso Ema empezó una larga relación con Victoria Sackville West. La conoció en ocasión de un viaje a Inglaterra. Ema quería ser como Rimbaud en su segunda etapa, cuando se dedicó al comercio, por eso quiso importar de Londres sales para damas, fue una incursión en el capitalismo demasiado poética. Ya hacia esa época las damas no se desmayaban, salvo las hipotensas y lo remediaban con sal de mesa. Conoció a Vicky Sackwille West, ella se desmayaba a menudo y Ema le daba sales, hasta que practicando otros métodos de reanimación, empezó un ardoroso amor, que termino cuando Virginia Woolf las agarró a trompadas. Sin embargo y como siempre ocurre, no sabemos si el amor se concretó o fue simplemente platónico, ejemplificando Vita, o Vicky, simplemente a la Artemisa del poema. En cambio lo del patótogo del Muñiz lo sé de posta, si hasta les presté la llave de mi departamento un montón de veces.
Ema Berdier fue una gran escritora que llegó a todo demasiado temprano o demasiado tarde, nunca a tiempo. Pudo ser un amor imposible de Borges, pero tomaba otro tranvía, pudo suicidarse el mismo año que Lugones, Alfonsina Storni y Horacio Quiroga, pero no tenía ganas, pudo hacer muchas cosas que no hizo. Los últimos años, (como Rimbaud en su segunda etapa), fue comerciante: atendía un lavadero en Villa Crespo. Hoy nos encargamos de darla a conocer, ya que su destino fue tal vez el más triste para una poeta. Aún hoy se sostiene que nunca escribió ella, sino Juan Fernandez.Ese a duras penas escribìa los informes de patología. Un caso entre los muchos de opresión machista en el mundo de las letras.”
Deslumbrante. Llevaba sombrero para la ocasión, me lo quité con respeto. Comprobé que mi grabador había cumplido resguardando sus grandes palabras, gracias a las cuales tenemos otra fascinante historia para la página literaria argentina, una nueva poeta maldita para nuestro panteón. Sólo costó una ginebra. Todavía quedaba para dos vasos, pero no tenía más poemas.
Pagué la cuenta y dejé a Jonson bebiendo con expresión de beatitud.

martes, 17 de abril de 2018

La muchacha y el cuervo

Fue en 1989. Yo, la muchacha del cuervo, tenía 19 años. Y un avanzado estado de gestación.
Trabajaba durante el día. Consejo del Menor y la Familia. Era difícil subir los dos pisos por escalera hasta la oficina, y abrir los pesados cajones de los antiguos ficheros.Era difícil cargar las pilas de legajos , o incluso subir hasta el quinto piso cuando me enviaban a buscar algún papel.
Era difícil.
Cuando llegaba a mi casa, después de un largo viaje en colectivo, ponía en un muy viejo tocadiscos a Tchaikovski. Y se me caían lágrimas, lágrimas buenas, de esas que curan.
Porque me había visitado el cuervo. Y su pico es hiriente y certero y frío como un bisturí.
Un cuervo sabe dónde herir con precisión, y puede hacerlo sólo con su codiciosa mirada.
Cuando te mira un cuervo, tu brillo se cubre de niebla, envolvente como el mirar del cuervo.
El Cuervo me dijo: Tu hija va estar mejor con un rico matrimonio que pueda darle todo.
Los Cuervos no entienden de Poesía. No entienden el Amor. No entienden la Vida. Todo para ellos debe ser dinero.
El Cuervo me mira con su impermeable gris.
Yo tengo las Cartas de Blaise Pascal en mi mochila de estudiante. Y mis ocho meses de gestación.
Me di media vuelta y estiré el brazo. Un colectivo 114, el Dragón justiciero de esta historia, frenó a mi lado. Subí, me senté y abrí el libro de Pascal.

martes, 10 de abril de 2018

Sueño en el palacio


Sueño en el palacio

Sueño el perfume de La Alhambra
En el arco de tu pecho
Tu boca es una puerta,
Tu aliento, un jardín perfumado
Bailan violetas en un lecho borracho
Estrellas mareadas, mirá, es la luna loca
Que tambalea en un cielo hecho de topacios
Tu pecho, el arco de La Alhambra
Y todas sus puertas son bocas tibias
Rosadas, dulces. Me besan como esclavas
Cada flor de cristal me  muerde los labios
Polvo de violetas baña tu espalda
Que abrazan mis piernas en medio del agua

Tan dulce es el beso de la espada
Que nadie creyera que al fin matara
Me besa furiosa y me deja exhausta

Y si no tuvieras furia y yo no desmayara
Pálida sobre el lecho, de mí misma raptada
Si en un sueño, vos mi dueño
Me vieras rosada y exánime
Y un dulce de mieles de vos se adueñara
Fuera de mí mi espíritu
Vagando difuso
En la danzas más  locas
En tu sueño confuso
Por jardines te llevara
A yacer entre flores y hiedra
No era sueño:
Te llevaba embriagada del beso divino
Besándote en el arco tenso de tu pecho
Cruzamos  puertas de plata 
Nos abrazamos en lechos de hiedra
Con jazmines y ámbar
Con la piel blanca de la luna
Reflejada en un lago de nácar

El perfume de tu beso me llevó embriagada
A las puertas de la Alhambra

viernes, 23 de marzo de 2018

Claudia De Bella, la escritora, la traductora, la mujer y la amiga

Querida Claudia, te fuiste esta madrugada.
Te recuerdo, siempre tan valiente (su sello era una valentía visible pero muy, muy discreta), en las oficinas de una editorial que no vale la pena recordar. Con esa valentía visible y discreta, hiciste frente a esos editores perfectamente míseros en sus almas. Claudia, un alma fuerte.
Escribías, y hacías de la traducción otro estilo de tu escritura. Eras entre tantos talentos, profesora de inglés y hasta te animabas a la artesanía. Acá junto a mi escritorio tengo un porta lápices que me regalaste, hecho con tus manos y tu ingenio, con piezas de deshecho de computación. Hace ya varios años, y lo tengo aquí, a mi lado.
Luchadora, y con tu valor discreto, me hablabas desde el hospital cuando te hicieron tu trasplante de riñón, que esperaste tanto tiempo. La larga lucha de Claudia por su salud es una novela que seguramente contiene sentimientos complejos que, por su brevisima seriedad al hablar del tema, yo no conozco y no puedo escribir.
Ella me hizo el honor de traducir al inglés un cuento de mi autoria, La amada inmóvil.
Pero más bien me hizo con el honor de su amistad, de su respeto y consideración por mi persona. Me hizo un bien, repito, porque ella era especial, muy especial, y te evaluaba con calma antes de decidir si ibas a entrar en su vida.
Te extraño, Claudia.

viernes, 2 de marzo de 2018

SUEÑO


SUEÑO DEL ALBA

Acuérdate de esas noches
Amor que he tenido
Y perdido en el alba
Las sombras de nuestras voces
Del llanto y del goce
Por él amadas
Por este mi caro sueño
Yo me uní contigo
En la tierra y las aguas
Tú sabes que yo no miento
Si digo que soñé esa noche
Que un sueño me amara
Tus manos que me han dejado
La marca del hombre
Que ayer me dejara
Mi llanto que ayer muriera
Cuando entre tus brazos
Se iba mi alma
Acuérdate que esa noche
Yo cante este sueño
Que perdí en el alba
Únete a mí en el sueño
Pues a tu vida toda yo la soñara
Deja que muera el sueño
Que yo haré entre mis versos
La prisión del hombre
Que yo soñara

Si es que él lleva tu nombre
Tú no puedes saberlo pues eres sueño
Que ayer soñara


sábado, 27 de enero de 2018

NOCHEBUENA. Relato.

Por Paula Ruggeri. Todos los personajes y situaciones de éste relato pertenecen a la ficción.

NOCHEBUENA

—¡Lucía! —gritó el hombre, con voz turbia por el alcohol—. ¿Dónde está?
            Lucía sintió un sudor frío en todo el cuerpo. Sentía eso cada vez que la voz de su padre se elevaba más de lo normal. Aunque lo verdaderamente usual en su padre era emplear el grito. A medida que el tono de la voz iba aumentando, a los sudores fríos se añadían unas náuseas que avanzaban por la garganta hasta ahogarla.
            La madre le tomó el brazo.
No vayas, Lucía.
Pero su voz no era protectora. Era amenazante.
Lucía se soltó.
“No la mires, dijo Herodías”, había leído una vez. Su padre le pasaba libros. Leía mucho. A veces algunos libros eran extraños. Su madre intentaba quitárselos... pero no todos. Había leído Salomé.
¡Dónde está Lucía! —gritó el hombre.
Ya voy —susurró ella.
Tenía quince años. Era una adolescente pálida y alta, bien formada. Sólo unos días antes, en una plaza donde unos músicos homenajeaban al Che Guevara, un hombre grande se le acercó y la llamó hermosa.
            Eso era extraño. Los chicos de su edad le decían La Muerta. Era demasiado pálida. Sólo los adultos se fijaban en ella. A veces demasiado. La confundían.
            Ya estaba frente a él. La cama estaba bajo una ventana. Estaba abierta y se veía el jardín caótico, con una gran planta de ruda macho. Era una hierba muy fuerte, que su padre solía mascar a veces.
            Tapaba el olor a alcohol. A Lucía le desagradaba la ruda.
Sentate en la cama —dijo el padre.
Era alto. Sus pies sobresalían de la cama. En el piso se juntaban las colillas. A veces caían sobre el colchón y se prendía fuego. Lucía recordaba cuando varios años atrás el colchón se prendió fuego y su madre tuvo que apagarlo con mantas mientras el humo se adueñaba de la casa.
            Y él no se despertó. Siguió durmiendo, empapado por los baldazos que le tiraron sus hijos mayores.
            Eso fue hace mucho, cuando Lucía tenía siete años. En esa época el rostro de su madre era dulce por momentos. Ahora era una máscara dura, con ojos pequeños donde a veces el odio perforaba. Dos piedras.
            Los ojos de su padre eran grandes y pardos. Él decía que los ojos pardos eran los más expresivos. Había querido ser actor. Pero en lugar de eso había sido periodista. Eso produjo la gran frustración y el fracaso de su vida: no pudo ser escritor.
            De Lucía reclamaba su compasión y la obtenía.
Ser alcohólico —le decía— es vivir en el infierno.
            Le hablaba de su infancia, de su madre que había enloquecido siendo niño. Le hablaba de esa madre que era igual —decía— que ella, que Lucía.
Sos igual a mi madre —decía tiernamente. Y le acariciaba la mejilla.
            Le hablaba de la guerra. De la Revolución.
Vos me entendés —le decía—. No te parecés a tu madre. Ella es fría.
            Todavía lo de fría era suave. Lucía le había escuchado cosas peores sobre su madre.
            La recordaba llorando lágrimas marrones.
Era maquillaje que caía con las lágrimas, pero la pequeña Lucía creyó que eran lágrimas de sangre.
            Pero su madre ya no lloraba. Dos ojos como dos pequeñas piedras.
“No la mires, dijo Herodías.”
            Ahora él hablaba de Truman Capote. Otras veces hablaba de Sartre. O de Chandler.
            Sintió un tirón en la manga del vestido. Alzó la vista para encontrar las dos pequeñas piedras fijas en ella.
            —Vení —dijo la madre. El tono era imperativo. Miró al padre. Estaba dormido. Obediente, siguió a su madre. Sin decir palabra la mujer salió arrastrándola de la mano.
Le apretaba la mano con tanta fuerza que Lucía gritó.
Callate —dijo la madre—. Mirá.
            Apartó las plantas del jardín y las pequeñas piedras se fijaron en la hija, que se estremeció por el odio, el odio de la madre, el odio de esa mano clavada en la muñeca, el odio de mostrarle lo que le estaba mostrando.
            En el jardín, entre las plantas, había ocho o diez botellas de diferentes tamaños. Vino. Whisky.
            Lucía clavó sus grandes ojos castaños en las pequeñas piedras y vio el triunfo.
            Miró a la ventana. Abajo el padre dormía, su metro noventa de estatura sobresaliendo de la cama. Su madre loca, la dictadura, la guerra, el escritor que no pudo ser.
            ¿Qué eran las ocho o diez botellas comparadas con eso?

            No estaba en el comedor. La madre había logrado que esta vez se fuera a tirar a la habitación de los dos hijos varones. Era una noche especial. Era Nochebuena.
            La madre cocinó. Cocinó pollo. Lucía preparó ensalada. Como en todas las últimas Navidades, esta Navidad no había regalos. La madre cocinaba con los labios apretados.
De cuando en cuando se oían gritos ahogados, provenientes de la habitación cerrada.
No vas a ir —dijo la madre

            Llevaron la comida a la mesa. De las otras casas llegaba el bullicio de las fiestas.
Familias festejando. Tal vez no todas fueran felices, pero quien notaría eso en Nochebuena. Sólo las familias más desgraciadas son infelices esa noche.
            La madre servía pollo. Labios apretados. Los hermanos comían en silencio. Se veían fuegos de artificio. Y entre el bullicio de la calle y las campanas de la iglesia cercana llamando a misa de gallo se oían los gritos del padre, gritos ahogados por la puerta cerrada.
            La familia comía silenciosa. Pero Lucía estaba inquieta.
Mamá —dijo.
¿Qué?
¿Papá no va a comer?
Si quiere, que se levante —dijo ella con sorna.
Es Nochebuena —dijo la adolescente—. ¿No le vas a llevar pollo?
            Los ojos como piedras se clavaron en ella.
Lleváselo vos.
Entonces Lucía se levantó. Fue a la cocina y volvió con una bandeja.
Empezó a servir presas de pollo y ensalada en un plato.
¿Qué hacés? —exclamó la madre—. No le lleves nada, Lucía, está borracho.
            Lucía la miró. Sus ojos como dos pequeñas piedras. No dijo nada. Sus labios como una fina línea apretada.
Hacé lo que quieras —dijo la madre, despreciativa—. Yo no me muevo de acá.
Lucía avanzó por el comedor iluminado. Abrió la puerta del dormitorio. En una mano llevaba la bandeja. Con la otra cerró la puerta.
            Ahora estaba a oscuras.
Papá —susurró.
            Por la ventana abierta entraban algunos haces de luz tenue. Sus ojos se habituaron a lo oscuro. Primero vio la colilla encendida del cigarrillo. Luego empezó a distinguir el contorno del hombre acostado en la cama.
Sentate —dijo él con voz ronca.
Tuvo miedo. Un miedo repentino. La náusea ascendió por su garganta. Pero esta vez el hombre no gritaba. Hablaba susurrando.
Dejá la bandeja —le dijo.
¿Vas a comer? Te traje pollo. —La voz de Lucía era un hilo. Se arrepentía de estar ahí.
Pero se sentó. El hombre extendió la mano. Alarmada, Lucía vio el brillo de sus ojos. Ahora la mano estaba en su cuello.
No —respiró ella. La náusea se convirtió en un jadeo. Miedo.
Él la soltó.
Ella se recuperó.
¿Vas a comer? —dijo tratando de parecer tranquila
Entonces esa mano que se había extendido a su cuello rozó el hombro de la hija. Luego el hombre sonrió y la mano bajo hasta sus pechos y los acarició.
Cruzó el comedor corriendo. Ni la madre ni los hermanos trataron de detenerla. No preguntaron. Ni trataron de averiguar. Ninguna voz protectora dijo.”No salgas”. Aunque lo hubieran dicho, no lo hubieran impedido.
Corrió por la calle.
Llegó a la iglesia y se detuvo.
Estaba rodeada de luz. La Misa de Gallo.
Mujeres con vestidos largos, de lentejuelas brillantes, reían y abrazaban, besaban, saludaban. Hombre sonrientes, jóvenes, viejos. Adolescentes inquietos que reían. Entre ellos, un sacerdote de sotana blanca y violeta, principesca, revoloteaba y repartía bendiciones y saludos.
Todos parecían felices.

Ninguno de ellos era Lucía. Lucía estaba enfrente, en la esquina oscura, mirando las luces y el brillo y de sus grandes ojos castaños, de sus grandes ojos fijos, partían lágrimas calientes, abandonadas. Las más cálidas de esa Nochebuena.

miércoles, 17 de enero de 2018

Esos libreros

Ahora las rejas llevaron al último sueño ese pequeño negocio que hubo cumplido décadas. Ahora los carteles (geométricamente cortados y prolijamente escritos) que rezan CIERRE DEFINITIVO,  me dejan el amargo sabor que surge de la constatación de que todo pasa. Aunque últimamente, hay que decirlo, en Buenos Aires las persianas cerradas de los negocios empiezan a ser normales.
Los libreros, los llamábamos en el barrio, pero no vendían libros, sino papeles. Cantidades y cantidades de papeles y cartones de los colores del arco iris y varios más. Lápices de punta afilada y gomas de borrar. Cuadernos de todos los tamaños, como uno rosa en el que todavía tomo notas. Y estampas y estampitas.
Sí, eran muy católicos. Imprimían todo tipo de estampas,y recuerdos de bautismo y tenían oraciones en cartón pintadas sobre fondos de atardeceres por todos los rincones de la librería.
El señor era encuadernador de oficio. Sólo a él confiaba yo mis libros de historia para hacer fotocopiar, porque sabía que cuidaría delicadamente los lomos vetustos.
La señora era seria, con pequeños anteojos y pelo corto, caminaba discretamente por la librería resolviendo situaciones pequeñas que se solían presentar. La fotocopia de un documento roto. La selección que un niño hace de un color para sus carpetas. Un timbre insistente.
Ella era una señora encantadora.
Ahora no están o están escondidos, afilando lápices y pintando sus paredes de todos colores, los del arco iris y algunos más.

miércoles, 10 de enero de 2018

El Fénix

AVE FÉNIX

         Muere entre llamas, pero quinientos años más tarde, renace de sus mismas cenizas. Este milagro de la vida parece un águila enorme, más esbelta, de plumaje dorado y rojo. Se alimentaba de aire y rocío. Sus lagrimas curaban las heridas y aliviaban la congoja.
 El Fénix tiene su origen en el Antiguo Egipto, donde el ave llamada Bennu fue, cuenta la leyenda, la primera que se posó en la colina primigenia que se había originado del cieno. Éste ave personificaba al Sol. Los antiguos griegos la llamaron Phoinix o Fénix y la veneraban, creyendo en su aparición cada quinientos años. El fénix se nutre de rocío, y su pureza es ajena a los trabajos y las penurias de la tierra. Así lo explica una leyenda judía, que la señala como el único ave que no fue tentado por Eva a comer el fruto prohibido. Esa tentación no la resistieron los demás animales, por eso el fénix, llamado Milchan en la tradición hebrea, recibió la bendición de no morir, y una ciudad fortificada donde permanecer durante mil años sin ser molestado, renovándose cada milenio transcurrido.
“Solo viene a Egipto cada quinientos años, a saber cuando fallece su padre-nos cuenta Herodoto- Si en su tamaño y conformación es tal como nos la describen, su mole y figura son como las del águila y sus plumas en parte doradas, en parte rojas. Son tales los prodigios que de ella se cuentan, que aunque no les dé fe, no omitiré su narración. Para trasladar el cadáver de su padre desde Arabia hasta el Templo del Sol, se vale de la siguiente maniobra: Forma ante todo un huevo sólido de mirra, tan grande como puedan cargar sus fuerzas,  probando su peso mientras lo forma para ver si es con ellas compatible, va después vaciándolo hasta abrir un hueco donde pueda encerrar el cadáver de su progenitor, el que yacerá con una porción de mirra adecuada al hueco, hasta que el peso del huevo preñado con el cadáver iguale al que tenía, cierra la abertura después, carga con su huevo y lo lleva al Templo del Sol en Egipto.”
         El método con el cual el Fénix se regenera, para ejemplificar la eternidad y el ciclo de la vida, sufrió modificaciones según quien lo relatara, para Herodoto, lo hace mediante un huevo, para Plinio, nace de un gusano, pero el poeta Claudiano escribió el poema que le daría su definición para siempre: El fénix renace de sus propias cenizas. La fuerza poética de esa imagen, el bello pájaro feneciendo y naciendo nuevamente de sus cenizas, es tal vez la que lo convirtió en uno de los símbolos más poderosos, incluso en el día de hoy, donde todavía es corriente leer “renació como un fénix”.
         Una versión de la muerte y la resurrección del Fénix es la que lo lleva a morir en una alta montaña de Arabia, donde construye un nido de sándalo y otras maderas aromáticas. Se echa sobre él, abre sus magníficas alas y entonces la luz del sol lo consume junto con su nido, mientras canta su más bella canción. Pero de entre los restos de su nido nace un huevo, que el calor del sol empolla y así nace nuevamente el Fénix, alimentado por los rayos solares. El pájaro de luz recoge las cenizas de su padre y vuela hacia Egipto, donde las esparce sobre el templo de Osiris.
          Sobre la duración de sus ciclos hubo quien habló hasta de doce mil años. La creencia común entre los latinos era que renacía cada quinientos años.
         Durante el reinado del emperador romano Claudio se difundió la captura de un fénix en Egipto, que fue trasladado a Roma y que Claudio mandó exponer, pero nadie lo tomó demasiado en serio.

 Heine lo recrea como mensajero de amor:
“Pasó un ave volando hacia el ocaso
volando hacia el Oriente, volando hacia los límites remotos...
...Al pie del mástil del velero buque
inmóvil sobre el puente
escuchaba feliz el canto del peregrino fénix”

LA MUJER QUE BUSCABA EL FÉNIX

 Era una choza humilde, y en un lecho yacía un hombre. El hombre era anciano y deliraba por la fiebre. Junto al lecho estaba su hija. Se llamaba Amra y había comprendido que solo una cosa quedaba por hacer.
-Resiste-murmuró al oído de su padre.
Y se marchó.

Caminando llegó muy lejos, tan lejos, pero no lo suficientemente lejos. Entonces contó su historia a un labrador. El labrador se conmovió y le dio un caballo. Con el caballo llegó lejos, muy lejos, pero no lo suficiente. Cabalgó hasta un río y a orillas del río el caballo se cayó, echando espuma por la boca. Entonces la mujer contó su historia al barquero. El barquero se conmovió y le prestó un bote. Con el bote llegó muy lejos remontando el río. Buscaba la montaña.
-La montaña está tras el bosque y tras el desierto- Le dijo un viajero. Ella le contó su historia y el viajero la acompañó por el bosque oscuro, partiendo su pan con ella.
Llegó al desierto donde el viajero se despidió. Era lejos, pero no lo suficientemente lejos. Caminó por las arenas hasta que creyó morir. Entonces vio una polvareda levantarse en el horizonte. Era una caravana de mercaderes que pronto llegó hasta ella.
Los mercaderes escucharon la historia de sus labios secos. Era hombres rudos, pero el jefe de ellos se conmovió. Le cedieron un camello y una parte de su agua.
Así la mujer cruzó el desierto.
 Tras el desierto se levantaba la montaña. Cuando Amra la vio, sus ojos estaban secos. Venía en búsqueda de lágrimas. Las lágrimas del ave dorada, hija del sol, que podrían curar a su padre.
 Al pie de la montaña, la mujer dijo su oración, antigua como el mundo.
“Te he conocido, te he visto de lejos. Ave que vuelas sobre el cielo y que traes luz en la tierra. Hija del Sol.
         “La noche te guarda y el día eres tú.
         “Te elevas sobre el polvo, porque conoces los más íntimos secretos de la tierra, manantial de vida. Renaces porque eres el germen de toda vida. Dame tus lágrimas para mi padre.”

El anciano dormía y gemía. Despertó y llamó a su hija. Pero ella no le contestó. Se creyó abandonado.

“Dame tus lágrimas, hijo del sol. Con ellas curaré mi padre”-susurraba la mujer al pie de la montaña. Aguardó horas bajo el sol y horas bajo la luna hasta que vio una claridad anaranjada. Las alas del ave Fénix que llegaba. Dejó caer la lluvia dorada sobre ella, que la recogió en un cuenco de barro. Pronto se vio cubierto el cuenco de las lágrimas que tanto habían costado.
El Fénix extendió su cuello iridiscente, su pico de oro y fuego apresó los harapos de la mujer. Con ella se elevó en el aire y como una exhalación cruzaron el desierto y el bosque y vieron el río desde el cielo. Como un viento llegaron al pueblo.

En el lecho el anciano ya no se quejaba. Dormía ese sueño que precede a la muerte. Una luz naranja entró en la cabaña y dibujó luces en su rostro dormido y cansado. Una sombra conocida se acercó y se inclinó sobre él. Entonces las lágrimas frescas y doradas cayeron sobre su frente y sus labios secos, y la voz de su hija le dio la bienvenida nuevamente a la vida. El hombre despertó y se sintió fuerte y sano. Y llegó a ver al ave Fénix desplegar sus alas y volar hacia el Sol.