sábado, 27 de enero de 2018

NOCHEBUENA. Relato.

Por Paula Ruggeri. Todos los personajes y situaciones de éste relato pertenecen a la ficción.

NOCHEBUENA

—¡Lucía! —gritó el hombre, con voz turbia por el alcohol—. ¿Dónde está?
            Lucía sintió un sudor frío en todo el cuerpo. Sentía eso cada vez que la voz de su padre se elevaba más de lo normal. Aunque lo verdaderamente usual en su padre era emplear el grito. A medida que el tono de la voz iba aumentando, a los sudores fríos se añadían unas náuseas que avanzaban por la garganta hasta ahogarla.
            La madre le tomó el brazo.
No vayas, Lucía.
Pero su voz no era protectora. Era amenazante.
Lucía se soltó.
“No la mires, dijo Herodías”, había leído una vez. Su padre le pasaba libros. Leía mucho. A veces algunos libros eran extraños. Su madre intentaba quitárselos... pero no todos. Había leído Salomé.
¡Dónde está Lucía! —gritó el hombre.
Ya voy —susurró ella.
Tenía quince años. Era una adolescente pálida y alta, bien formada. Sólo unos días antes, en una plaza donde unos músicos homenajeaban al Che Guevara, un hombre grande se le acercó y la llamó hermosa.
            Eso era extraño. Los chicos de su edad le decían La Muerta. Era demasiado pálida. Sólo los adultos se fijaban en ella. A veces demasiado. La confundían.
            Ya estaba frente a él. La cama estaba bajo una ventana. Estaba abierta y se veía el jardín caótico, con una gran planta de ruda macho. Era una hierba muy fuerte, que su padre solía mascar a veces.
            Tapaba el olor a alcohol. A Lucía le desagradaba la ruda.
Sentate en la cama —dijo el padre.
Era alto. Sus pies sobresalían de la cama. En el piso se juntaban las colillas. A veces caían sobre el colchón y se prendía fuego. Lucía recordaba cuando varios años atrás el colchón se prendió fuego y su madre tuvo que apagarlo con mantas mientras el humo se adueñaba de la casa.
            Y él no se despertó. Siguió durmiendo, empapado por los baldazos que le tiraron sus hijos mayores.
            Eso fue hace mucho, cuando Lucía tenía siete años. En esa época el rostro de su madre era dulce por momentos. Ahora era una máscara dura, con ojos pequeños donde a veces el odio perforaba. Dos piedras.
            Los ojos de su padre eran grandes y pardos. Él decía que los ojos pardos eran los más expresivos. Había querido ser actor. Pero en lugar de eso había sido periodista. Eso produjo la gran frustración y el fracaso de su vida: no pudo ser escritor.
            De Lucía reclamaba su compasión y la obtenía.
Ser alcohólico —le decía— es vivir en el infierno.
            Le hablaba de su infancia, de su madre que había enloquecido siendo niño. Le hablaba de esa madre que era igual —decía— que ella, que Lucía.
Sos igual a mi madre —decía tiernamente. Y le acariciaba la mejilla.
            Le hablaba de la guerra. De la Revolución.
Vos me entendés —le decía—. No te parecés a tu madre. Ella es fría.
            Todavía lo de fría era suave. Lucía le había escuchado cosas peores sobre su madre.
            La recordaba llorando lágrimas marrones.
Era maquillaje que caía con las lágrimas, pero la pequeña Lucía creyó que eran lágrimas de sangre.
            Pero su madre ya no lloraba. Dos ojos como dos pequeñas piedras.
“No la mires, dijo Herodías.”
            Ahora él hablaba de Truman Capote. Otras veces hablaba de Sartre. O de Chandler.
            Sintió un tirón en la manga del vestido. Alzó la vista para encontrar las dos pequeñas piedras fijas en ella.
            —Vení —dijo la madre. El tono era imperativo. Miró al padre. Estaba dormido. Obediente, siguió a su madre. Sin decir palabra la mujer salió arrastrándola de la mano.
Le apretaba la mano con tanta fuerza que Lucía gritó.
Callate —dijo la madre—. Mirá.
            Apartó las plantas del jardín y las pequeñas piedras se fijaron en la hija, que se estremeció por el odio, el odio de la madre, el odio de esa mano clavada en la muñeca, el odio de mostrarle lo que le estaba mostrando.
            En el jardín, entre las plantas, había ocho o diez botellas de diferentes tamaños. Vino. Whisky.
            Lucía clavó sus grandes ojos castaños en las pequeñas piedras y vio el triunfo.
            Miró a la ventana. Abajo el padre dormía, su metro noventa de estatura sobresaliendo de la cama. Su madre loca, la dictadura, la guerra, el escritor que no pudo ser.
            ¿Qué eran las ocho o diez botellas comparadas con eso?

            No estaba en el comedor. La madre había logrado que esta vez se fuera a tirar a la habitación de los dos hijos varones. Era una noche especial. Era Nochebuena.
            La madre cocinó. Cocinó pollo. Lucía preparó ensalada. Como en todas las últimas Navidades, esta Navidad no había regalos. La madre cocinaba con los labios apretados.
De cuando en cuando se oían gritos ahogados, provenientes de la habitación cerrada.
No vas a ir —dijo la madre

            Llevaron la comida a la mesa. De las otras casas llegaba el bullicio de las fiestas.
Familias festejando. Tal vez no todas fueran felices, pero quien notaría eso en Nochebuena. Sólo las familias más desgraciadas son infelices esa noche.
            La madre servía pollo. Labios apretados. Los hermanos comían en silencio. Se veían fuegos de artificio. Y entre el bullicio de la calle y las campanas de la iglesia cercana llamando a misa de gallo se oían los gritos del padre, gritos ahogados por la puerta cerrada.
            La familia comía silenciosa. Pero Lucía estaba inquieta.
Mamá —dijo.
¿Qué?
¿Papá no va a comer?
Si quiere, que se levante —dijo ella con sorna.
Es Nochebuena —dijo la adolescente—. ¿No le vas a llevar pollo?
            Los ojos como piedras se clavaron en ella.
Lleváselo vos.
Entonces Lucía se levantó. Fue a la cocina y volvió con una bandeja.
Empezó a servir presas de pollo y ensalada en un plato.
¿Qué hacés? —exclamó la madre—. No le lleves nada, Lucía, está borracho.
            Lucía la miró. Sus ojos como dos pequeñas piedras. No dijo nada. Sus labios como una fina línea apretada.
Hacé lo que quieras —dijo la madre, despreciativa—. Yo no me muevo de acá.
Lucía avanzó por el comedor iluminado. Abrió la puerta del dormitorio. En una mano llevaba la bandeja. Con la otra cerró la puerta.
            Ahora estaba a oscuras.
Papá —susurró.
            Por la ventana abierta entraban algunos haces de luz tenue. Sus ojos se habituaron a lo oscuro. Primero vio la colilla encendida del cigarrillo. Luego empezó a distinguir el contorno del hombre acostado en la cama.
Sentate —dijo él con voz ronca.
Tuvo miedo. Un miedo repentino. La náusea ascendió por su garganta. Pero esta vez el hombre no gritaba. Hablaba susurrando.
Dejá la bandeja —le dijo.
¿Vas a comer? Te traje pollo. —La voz de Lucía era un hilo. Se arrepentía de estar ahí.
Pero se sentó. El hombre extendió la mano. Alarmada, Lucía vio el brillo de sus ojos. Ahora la mano estaba en su cuello.
No —respiró ella. La náusea se convirtió en un jadeo. Miedo.
Él la soltó.
Ella se recuperó.
¿Vas a comer? —dijo tratando de parecer tranquila
Entonces esa mano que se había extendido a su cuello rozó el hombro de la hija. Luego el hombre sonrió y la mano bajo hasta sus pechos y los acarició.
Cruzó el comedor corriendo. Ni la madre ni los hermanos trataron de detenerla. No preguntaron. Ni trataron de averiguar. Ninguna voz protectora dijo.”No salgas”. Aunque lo hubieran dicho, no lo hubieran impedido.
Corrió por la calle.
Llegó a la iglesia y se detuvo.
Estaba rodeada de luz. La Misa de Gallo.
Mujeres con vestidos largos, de lentejuelas brillantes, reían y abrazaban, besaban, saludaban. Hombre sonrientes, jóvenes, viejos. Adolescentes inquietos que reían. Entre ellos, un sacerdote de sotana blanca y violeta, principesca, revoloteaba y repartía bendiciones y saludos.
Todos parecían felices.

Ninguno de ellos era Lucía. Lucía estaba enfrente, en la esquina oscura, mirando las luces y el brillo y de sus grandes ojos castaños, de sus grandes ojos fijos, partían lágrimas calientes, abandonadas. Las más cálidas de esa Nochebuena.

miércoles, 17 de enero de 2018

Esos libreros

Ahora las rejas llevaron al último sueño ese pequeño negocio que hubo cumplido décadas. Ahora los carteles (geométricamente cortados y prolijamente escritos) que rezan CIERRE DEFINITIVO,  me dejan el amargo sabor que surge de la constatación de que todo pasa. Aunque últimamente, hay que decirlo, en Buenos Aires las persianas cerradas de los negocios empiezan a ser normales.
Los libreros, los llamábamos en el barrio, pero no vendían libros, sino papeles. Cantidades y cantidades de papeles y cartones de los colores del arco iris y varios más. Lápices de punta afilada y gomas de borrar. Cuadernos de todos los tamaños, como uno rosa en el que todavía tomo notas. Y estampas y estampitas.
Sí, eran muy católicos. Imprimían todo tipo de estampas,y recuerdos de bautismo y tenían oraciones en cartón pintadas sobre fondos de atardeceres por todos los rincones de la librería.
El señor era encuadernador de oficio. Sólo a él confiaba yo mis libros de historia para hacer fotocopiar, porque sabía que cuidaría delicadamente los lomos vetustos.
La señora era seria, con pequeños anteojos y pelo corto, caminaba discretamente por la librería resolviendo situaciones pequeñas que se solían presentar. La fotocopia de un documento roto. La selección que un niño hace de un color para sus carpetas. Un timbre insistente.
Ella era una señora encantadora.
Ahora no están o están escondidos, afilando lápices y pintando sus paredes de todos colores, los del arco iris y algunos más.

miércoles, 10 de enero de 2018

El Fénix

AVE FÉNIX

         Muere entre llamas, pero quinientos años más tarde, renace de sus mismas cenizas. Este milagro de la vida parece un águila enorme, más esbelta, de plumaje dorado y rojo. Se alimentaba de aire y rocío. Sus lagrimas curaban las heridas y aliviaban la congoja.
 El Fénix tiene su origen en el Antiguo Egipto, donde el ave llamada Bennu fue, cuenta la leyenda, la primera que se posó en la colina primigenia que se había originado del cieno. Éste ave personificaba al Sol. Los antiguos griegos la llamaron Phoinix o Fénix y la veneraban, creyendo en su aparición cada quinientos años. El fénix se nutre de rocío, y su pureza es ajena a los trabajos y las penurias de la tierra. Así lo explica una leyenda judía, que la señala como el único ave que no fue tentado por Eva a comer el fruto prohibido. Esa tentación no la resistieron los demás animales, por eso el fénix, llamado Milchan en la tradición hebrea, recibió la bendición de no morir, y una ciudad fortificada donde permanecer durante mil años sin ser molestado, renovándose cada milenio transcurrido.
“Solo viene a Egipto cada quinientos años, a saber cuando fallece su padre-nos cuenta Herodoto- Si en su tamaño y conformación es tal como nos la describen, su mole y figura son como las del águila y sus plumas en parte doradas, en parte rojas. Son tales los prodigios que de ella se cuentan, que aunque no les dé fe, no omitiré su narración. Para trasladar el cadáver de su padre desde Arabia hasta el Templo del Sol, se vale de la siguiente maniobra: Forma ante todo un huevo sólido de mirra, tan grande como puedan cargar sus fuerzas,  probando su peso mientras lo forma para ver si es con ellas compatible, va después vaciándolo hasta abrir un hueco donde pueda encerrar el cadáver de su progenitor, el que yacerá con una porción de mirra adecuada al hueco, hasta que el peso del huevo preñado con el cadáver iguale al que tenía, cierra la abertura después, carga con su huevo y lo lleva al Templo del Sol en Egipto.”
         El método con el cual el Fénix se regenera, para ejemplificar la eternidad y el ciclo de la vida, sufrió modificaciones según quien lo relatara, para Herodoto, lo hace mediante un huevo, para Plinio, nace de un gusano, pero el poeta Claudiano escribió el poema que le daría su definición para siempre: El fénix renace de sus propias cenizas. La fuerza poética de esa imagen, el bello pájaro feneciendo y naciendo nuevamente de sus cenizas, es tal vez la que lo convirtió en uno de los símbolos más poderosos, incluso en el día de hoy, donde todavía es corriente leer “renació como un fénix”.
         Una versión de la muerte y la resurrección del Fénix es la que lo lleva a morir en una alta montaña de Arabia, donde construye un nido de sándalo y otras maderas aromáticas. Se echa sobre él, abre sus magníficas alas y entonces la luz del sol lo consume junto con su nido, mientras canta su más bella canción. Pero de entre los restos de su nido nace un huevo, que el calor del sol empolla y así nace nuevamente el Fénix, alimentado por los rayos solares. El pájaro de luz recoge las cenizas de su padre y vuela hacia Egipto, donde las esparce sobre el templo de Osiris.
          Sobre la duración de sus ciclos hubo quien habló hasta de doce mil años. La creencia común entre los latinos era que renacía cada quinientos años.
         Durante el reinado del emperador romano Claudio se difundió la captura de un fénix en Egipto, que fue trasladado a Roma y que Claudio mandó exponer, pero nadie lo tomó demasiado en serio.

 Heine lo recrea como mensajero de amor:
“Pasó un ave volando hacia el ocaso
volando hacia el Oriente, volando hacia los límites remotos...
...Al pie del mástil del velero buque
inmóvil sobre el puente
escuchaba feliz el canto del peregrino fénix”

LA MUJER QUE BUSCABA EL FÉNIX

 Era una choza humilde, y en un lecho yacía un hombre. El hombre era anciano y deliraba por la fiebre. Junto al lecho estaba su hija. Se llamaba Amra y había comprendido que solo una cosa quedaba por hacer.
-Resiste-murmuró al oído de su padre.
Y se marchó.

Caminando llegó muy lejos, tan lejos, pero no lo suficientemente lejos. Entonces contó su historia a un labrador. El labrador se conmovió y le dio un caballo. Con el caballo llegó lejos, muy lejos, pero no lo suficiente. Cabalgó hasta un río y a orillas del río el caballo se cayó, echando espuma por la boca. Entonces la mujer contó su historia al barquero. El barquero se conmovió y le prestó un bote. Con el bote llegó muy lejos remontando el río. Buscaba la montaña.
-La montaña está tras el bosque y tras el desierto- Le dijo un viajero. Ella le contó su historia y el viajero la acompañó por el bosque oscuro, partiendo su pan con ella.
Llegó al desierto donde el viajero se despidió. Era lejos, pero no lo suficientemente lejos. Caminó por las arenas hasta que creyó morir. Entonces vio una polvareda levantarse en el horizonte. Era una caravana de mercaderes que pronto llegó hasta ella.
Los mercaderes escucharon la historia de sus labios secos. Era hombres rudos, pero el jefe de ellos se conmovió. Le cedieron un camello y una parte de su agua.
Así la mujer cruzó el desierto.
 Tras el desierto se levantaba la montaña. Cuando Amra la vio, sus ojos estaban secos. Venía en búsqueda de lágrimas. Las lágrimas del ave dorada, hija del sol, que podrían curar a su padre.
 Al pie de la montaña, la mujer dijo su oración, antigua como el mundo.
“Te he conocido, te he visto de lejos. Ave que vuelas sobre el cielo y que traes luz en la tierra. Hija del Sol.
         “La noche te guarda y el día eres tú.
         “Te elevas sobre el polvo, porque conoces los más íntimos secretos de la tierra, manantial de vida. Renaces porque eres el germen de toda vida. Dame tus lágrimas para mi padre.”

El anciano dormía y gemía. Despertó y llamó a su hija. Pero ella no le contestó. Se creyó abandonado.

“Dame tus lágrimas, hijo del sol. Con ellas curaré mi padre”-susurraba la mujer al pie de la montaña. Aguardó horas bajo el sol y horas bajo la luna hasta que vio una claridad anaranjada. Las alas del ave Fénix que llegaba. Dejó caer la lluvia dorada sobre ella, que la recogió en un cuenco de barro. Pronto se vio cubierto el cuenco de las lágrimas que tanto habían costado.
El Fénix extendió su cuello iridiscente, su pico de oro y fuego apresó los harapos de la mujer. Con ella se elevó en el aire y como una exhalación cruzaron el desierto y el bosque y vieron el río desde el cielo. Como un viento llegaron al pueblo.

En el lecho el anciano ya no se quejaba. Dormía ese sueño que precede a la muerte. Una luz naranja entró en la cabaña y dibujó luces en su rostro dormido y cansado. Una sombra conocida se acercó y se inclinó sobre él. Entonces las lágrimas frescas y doradas cayeron sobre su frente y sus labios secos, y la voz de su hija le dio la bienvenida nuevamente a la vida. El hombre despertó y se sintió fuerte y sano. Y llegó a ver al ave Fénix desplegar sus alas y volar hacia el Sol.